El renacer de la esperanza en Venezuela

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Venezuela vive tiempos de angustia, desolación y frustración. Hay un conjunto de evidencias irrefutables que así lo demuestran. Como por ejemplo: la inseguridad cotidiana, la escasez de alimentos, medicina, repuestos… el alto costo de los productos, los bajos sueldos para la gran mayoría, el detrimento acelerado del sistema de salud pública, el deterioro del servicio eléctrico, del servicio de agua potable, el pésimo servicio de las instituciones públicas, la altísima impunidad, la gravísima corrupción pública, la incompetencia de los servidores públicos, la violencia urbana, la agudización del enfrentamiento político, el deterioro constante de la convivencia …

Tal vez, la lista sea interminable por que en todos lados se encuentran problemas de toda índole, que repercuten en la salud física, armonía emocional y espiritual de la persona.

Y frente a este panorama de tales dimensiones nefastas para la vida de calidad personal y comunitaria, donde prácticamente se sobrevive como se pueda y a costa de lo que sea y de quien sea,  surge la gran pregunta: ¿Puedo cultivar  la esperanza y la capacidad de soñar ante tanta adversidad?

La respuesta desde la óptica pesimista es un no rotundo. Y desde allí, se destruye la energía más poderosa que puede tener la humanidad: la esperanza y la capacidad de soñar. Quien pierde la esperanza y capacidad de soñar se convierte en un cadáver ambulante, en un autómata, porque la creatividad e inmoviliza la acción. Sin esperanza y capacidad de soñar, el hombre pierde el rol protagónico que tiene frente a la construcción de nuevas realidades, porque se convierte en uno más del montón, se une al rebaño para ser arreado. Sin esperanza y capacidad de soñar, se pierde la pasión por la vida, el trabajo, la pareja,  el país… Se le entrega el control a la apatía, al conformismo y la mediocridad.

El adagio popular que dice: “la esperanza es la último que se pierde”, es una sentencia impregnada de sabiduría, porque mientras se tenga vida, ningún ser humano debería permitirse perder la esperanza. Por tanto, el debate se presenta entre dos opciones: la primera es elegir y actuar como cadáveres ambulantes, sin esperanza, sin pasión, sumergidos en el conformismo y la mediocridad. Esta alternativa es la del pesimismo. La segunda es elegir y actuar como protagonistas de la historia, sin perder la esperanza de que se puede sumar en la construcción de nuevas realidades en pro de la vida de todos, sin discriminación ni exclusión.

La segunda opción representa la alternativa del optimismo, donde la adversidad se convierte en espacios de aprendizaje, de crecimiento personal, donde se fortalece la fuerza de voluntad, la disciplina… Es posible que haya que detenerse  para darle cabida a la reflexión y auto-interpelación, pero nunca se pierde la esperanza y la capacidad de soñar, siempre se busca y se lucha por encontrar salidas, por alcanzar la luz que con seguridad hay al final del túnel, aunque no se pueda ver.

Elegir y actuar asumiendo el rol de protagonistas de la historia, implica hacerse la siguiente pregunta ¿qué puedo y debo hacer para mejorar los espacios donde se tiene cierto control? Esos espacios son la familia, el lugar donde se trabaja, los círculos sociales que se frecuentan, el vecindario donde se vive… Desde esos espacios, con la llama de la esperanza encendida y la capacidad de soñar fortalecida, se debe comenzar a actuar. La acción marca la diferencia, porque la esperanza y los sueños sin la acción se esfuman en el aire, como el humo del cigarrillo.

Algunos se pueden preguntar ¿Pero de qué sirve que yo haga tal o cual cosa, si el resto sigue sin cambiar? La respuesta es que cada ser humano debe asumir su responsabilidad y rol protagónico, ya que formamos parte de un sistema, y como se sabe los sistemas son interdependientes, interconectados y se retroalimentan, por tanto, lo que haga cada integrante afecta positiva o negativamente  al sistema en su totalidad. Desde esta óptica, el aporte de cada individuo es de suma importancia para darle vida al sistema del cual forma parte o para destruirlo, con lo cual se estaría autodestruyendo.

Todo ser humano por naturaleza, por su peculiar característica de ser inacabado, lo cual implica un perenne hacerse en la toma de decisiones y en la acción, lleva consigo la llama de la esperanza y la capacidad de soñar, solo que en muchas ocasiones esa llama y esa capacidad se dejan apagar, debido a la rutina, comodidad, adversidad, apatía, facilismo, mediocridad…

Por tanto, esa fuerza interior, esa energía que se encuentra en las entrañas de cada ser humano, de cada venezolano, el único responsable de encenderla es el individuo, para que cada día, desde los espacios que se tiene cierto control,  actúe con pasión y sume en la construcción de nuevas realidades que desarrollen y reproduzcan la vida del sistema del cual forma parte.

Venezuela, nuestro gran país, le implora de rodillas, a cada ciudadano que encienda la llama de la esperanza, desarrolle la capacidad de soñar, actúe con pasión y perseverancia desde la familia, desde el trabajo, desde el vecindario… en la construcción de un país donde quepamos todos, sin discriminación ni exclusión.

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Medina García Héctor Eliel. (2016, marzo 3). El renacer de la esperanza en Venezuela. Recuperado de http://www.gestiopolis.com/renacer-la-esperanza-venezuela/
Medina García, Héctor Eliel. "El renacer de la esperanza en Venezuela". GestioPolis. 3 marzo 2016. Web. <http://www.gestiopolis.com/renacer-la-esperanza-venezuela/>.
Medina García, Héctor Eliel. "El renacer de la esperanza en Venezuela". GestioPolis. marzo 3, 2016. Consultado el 9 de Diciembre de 2016. http://www.gestiopolis.com/renacer-la-esperanza-venezuela/.
Medina García, Héctor Eliel. El renacer de la esperanza en Venezuela [en línea]. <http://www.gestiopolis.com/renacer-la-esperanza-venezuela/> [Citado el 9 de Diciembre de 2016].
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