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Si no le gusta su empleo, si está inconforme, por favor, ¡déjelo!
Retírese y busque otro. Así
dejará de echarse a perder la vida y de entorpecer la de los demás.
El ser humano ha modificado el exterior en casi todos sus aspectos.
Hemos evolucionado
mucho. Los avances tecnológicos y científicos han logrado cambios que
han rebasado
incluso nuestra capacidad para controlar que se ponga en riesgo nuestro
hábitat y nuestra
existencia. Sin embargo, en el terreno de lo interno, en el campo del
desarrollo personal,
en relación con la maduración que logramos como humanos, casi todo sigue
igual.
Ahí seguimos jugando juegos y poniéndonos máscaras que no nos permiten
llegar a
ningún lado. Máscaras que no nos dejan ver ni ser vistos como realmente
somos, ni
expresar nuestras necesidades como se debe sin juicios, críticas o
chantajes-, ni asumir
nuestra responsabilidad con sensatez.
Si algo se desea y no se tiene, se inicia una lucha por poseerlo, se
despierta la ambición y
por tanto, se invierte o promete cualquier cosa con tal de conseguirlo.
Pero si el objeto anhelado se alcanza, se obtiene, entonces aparece una
necesidad de
controlarlo, dominarlo y someterlo, de hacer que se convierta en imagen
y semejanza, y
cuando esto no sucede, se trata de aniquilarlo.
Lo obtenido se desdeña, se desatiende, se menosprecia, o, en el mejor de
los casos, se
abandona.
Igual pasa con el amor que en estos términos, realmente nunca lo fue-,
igual sucede con
el trabajo, que pronto -bajo esta actitud- terminará por perderse. Y
después, tal como lo
hace un pequeño de tres años, se renuncia a la conquista para ir en pos
de alguna otra.
Ofrecer en esta época un empleo es otorgar un privilegio, es brindarle a
una persona una
distinción y ayudarle a satisfacer muchas de sus más apremiantes
necesidades;
principalmente en las económicas y las de autorrealización.
Hubo una época, lejana por cierto, en que las personas podían darse el
lujo de no aceptar
una oferta laboral y esperar a que llegara otra que pintara más acorde a
sus expectativas.
La última vez que esto sucedió fue en los años del 96 al 99 y solamente
en el sector de la
tecnología, principalmente para los que habían estudiado carreras
relacionadas a las de
sistemas, gracias a la adecuación que había que hacerles a las
computadoras por la
cuestión de cambio de siglo.
Poco duró el gusto. Muchos de los que contrataron duplicándoles y hasta
triplicándoles el
sueldo, fueron despedidos habiendo pasado el apuro. A otros, los menos,
los dejaron
trabajando turnos muy largos, ocupando las mismas posiciones jerárquicas
que tenían
años atrás y con escasos o nulos incrementos salariales.
Fuera de este sector, no ha habido una época de bonanza para los
empleados desde hace
más de década y media.
Por cada cien personas al día que envían su currículo en busca de una
oportunidad, se
llena, a lo sumo, el perfil de una o dos vacantes nuevas.
Conseguir empleo es algo que se ha convertido en una actividad
complicada y, en mi
opinión, de alto riesgo. Pensemos solamente en lo que se afecta la
autoestima, la
confianza y la seguridad de quien va de escritorio en escritorio,
contando sus hazañas y
teniendo que confesar o "disfrazar" sus fracasos, sus sinsabores, en
miras de agradarle a
un extraño para intentar ser seleccionado.
"No le voy a fallar", es la frase que con mayor frecuencia escucho y una
de las que más me
conmueven. Por una parte, porque contratar a un candidato, no está en
función de las
posibilidades de que pueda o no fallarle a alguien. Por otro lado,
porque manifiesta la
desesperación y necesidad de quien que se ve forzado, por las
circunstancias, a
someterse y suplicar que le brinden una oportunidad.
Así que si usted tiene un empleo y no le gusta, por favor no lo
conserve; permita que sea
otra persona quien ocupe su lugar. Alguien que pueda disfrutar de las
actividades que
tendrá que realizar, que pueda sentirse agradecido tan sólo porque fue,
entre muchos,
elegido; alguien para quien el sueldo que recibirá resulte una bendición
y que esté
conforme con el horario, con el carácter de sus jefes, con sus
compañeros, con el
ambiente de la empresa.
Permanecer en un lugar que no le gusta o en el que no le brindan el
trato, el lugar o el
sueldo que cree merecer, no es justo para nadie, ni siquiera para usted
mismo.
Conservar un empleo por conveniencia, por comodidad, por no arriesgarse
a probar algo
nuevo o por miedo a no encontrar algo mejor, es, desde mi perspectiva,
una manera de
traicionarse a sí mismo, de defraudar a la empresa en la que labora,
pero también de
perjudicar a la sociedad completa, al país entero.
Si a usted le pagan el sueldo que le prometieron cuando entró y no
menos; si desempeña
las funciones que le ofrecieron y que aceptó al iniciar la prestación de
sus servicios, y no
otras de menor categoría; si no tiene que doblar turnos, ni trabajar
todos los fines de
semana, ni aguantar descalificaciones, insultos o maltrato, bien podría
dar gracias al cielo
por la oportunidad que tiene y que otros anhelan.
Permanecer en un sitio deseando que fuera otro, es hacerse tonto a sí
mismo. Fantasear
con actividades, sueldos, posiciones jerárquicas que nunca le
ofrecieron, es un
autoengaño que sólo le traerá frustraciones. Así, usted se convertirá,
gracias a su
comportamiento, en un boicoteador no sólo de esa compañía, sino también
de sus cada
vez más escasas probabilidades de ascenso.
Personas en estas situaciones son altamente nocivas para el ambiente
laboral; consciente
o inconscientemente sabotean la posibilidad de progreso de la empresa
misma. Son
personas que todo critican, que nada valoran, que juegan el papel de
víctimas. Son los
pobrecitos no comprendidos que nadie les agradece el favor que creen que
le hacen a la
organización con su presencia.
Si no le gusta su empleo, por favor, ¡váyase!. Tenga el valor de
renunciar e irse.
Pero si decide quedarse, por los motivos que quiera, por lo difícil de
conseguir otro cargo o
simplemente porque no se considera lo suficientemente valioso o capaz de
conquistar otra
posición en cualquier sitio, asuma la responsabilidad que esto conlleva
y desempeñe su
posición con convicción, entrega y alegría.
Si decide conservar su empleo, si se queda, por necesidad o por gusto,
-no importa el
motivo- hágalo sabiendo que las cosas no serán como usted quisiera. Que
no es usted
quien manda, ni quien decide lo que es importante de lo que no, ni
cuánto debe ganar, ni
cuáles son las funciones que deberá realizar.
Comprenda que con una actitud como la que hasta ahora ha tenido, no
alcanzará lo que
desea.
Asuma de una buena vez su papel y su lugar en la empresa, pero si no
puede o no le
gusta, váyase a donde sí lo valoren y lo merezcan. Créame, habrá muchos
que se lo
agradezcan.
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