Habrá que resignificar el concepto "educación".
Es imperioso redefinir las motivaciones que impulsan a padres y madres
de familia a
sobresforzarse toda su vida, para que sus descendientes obtengan una
carrera
profesional.
Se vuelve indispensable replantear las metas y las ilusiones que
edifican los profesionistas
del futuro.
Se le han atribuido dones y poderes especiales a las universidades y a
las instituciones de
estudios superiores que no sólo no les pertenecen, sino que jamás han
poseído.
Quizá ese afán de los padres por brindarle a sus hijos todo lo que no
tuvieron y de
proporcionarles más y mejor de lo que sí alcanzaron a tener, hizo que
convirtieran a la
educación superior en una alegoría, una receta "infalible" para alcanzar
el éxito.
La máxima de transfigurarse en "alguien" a través de la posesión de un
título profesional se
convirtió en un introyecto para las generaciones posteriores. Es decir,
se transformó en
creencia ciega que se adoptó sin dedicarle mayor reflexión, por lo que
fue quedando en el
olvido su contexto de efectividad y validez y, se dejaron de lado gran
parte de las
implicaciones y significados que eran indispensables incluir como
ingredientes clave, para
obtener los resultados esperados.
Ahora, en el nacimiento de este nuevo siglo, la posibilidad de obtener
por medio de una
carrera profesional un trabajo próspero que ofrezca la victoria
económica, ha resultado un
mito que a pasos agigantados se esfuma, estrellándose con la realidad en
la que viven las
generaciones engendradas entre los eslabones de la interminable cadena
de crisis que se
han producido en México, a través de la magnificencia de sus problemas y
de la
ineficiencia de sus gobernantes.
Como si no hubiésemos aprendido la lección que la historia ha brindado,
el error consistió
una vez más en cifrar la esperanza en la obtención de logros y
resultados propulsados por
factores externos, como la posesión de conocimientos, la adquisición de
créditos y
puntajes académicos, diplomas, títulos, distinciones y menciones
especiales. Dejando a un
lado la voluntad, la inteligencia, y principalmente, la parte
humanizada, creativa y divina del
ser humano.
Una vez más, la cultura voraz del consumismo enajenó la verdadera
esencia y se perdió
significado que ofrecía la oportunidad de ser protagonista activo de un
sistema
cuidadosamente planeado, guiado por expertos y con la organización
necesaria para
alcanzar la meta: el aprendizaje. Aprendizaje que por sí mismo,
escindido del potencial
personal y en descuido de las necesidades de desarrollo humano de los
individuos, no
sirve para algo.
Aún así, la adquisición de títulos profesionales se convirtió en un
codiciado tesoro para las
mayorías, capaz de impulsar a cualquiera y de todos los niveles
socioeconómicos a
intentar poseerlo, sin importar el sacrificio y las renuncias personales
o familiares que esto
implique.
Ofrecer un título profesional como sinónimo de triunfo económico y
garantía de ocupar una
posición privilegiada dentro de la sociedad, se elevó a categoría de
"herencia".
Herencia que fue condicionada en muchos casos, cuando los padres,
olvidándose de los
intereses de sus hijos, los manipulaban u obligaban, a inscribirse en
profesiones que
prolongaran las tradiciones familiares o en aquellas que pudieran
ofrecer una mayor
rentabilidad económica en el futuro.
La educación es el mejor patrimonio para los hijos, decían los padres,
como desdeñando
los bienes materiales, sin darse cuenta que éste era a su vez, un bien
de consumo, que a
pesar de ser intangible, ha sido el más acariciado de todos, por ser
justamente el que
abriría la puerta para acceder a los demás.
La población entera pareció haber olvidado que las instituciones con
fines educativos
poseen también, contrario a lo que proclaman, fines de lucro, y que
éstas, sólo están
poniendo al alcance de las manos, pero con colegiaturas a la altura de
los sueños y las
expectativas, las anheladas profesiones solicitadas.
Así como no se puede culpar a los productores de alimentos por el
incremento en el índice
de obesidad de los pobladores de un país, tampoco debe condenarse a las
instituciones de
estudios superiores, por egresar a más profesionistas de los que los
medios productivos y
laborales pueden contratar, o por graduar a demasiados profesionales de
unas cuantas
carreras y demasiado pocos en algunas otras.
No puede considerarse pecado sino visión de negocio, el haberse abocado
a satisfacer la
demanda de los consumidores.
Ante este panorama, se vuelve imprescindible replantearse motivaciones y
decisiones en
torno a la elección de una carrera.
Los tres factores tradicionales para decidir la profesión a cursar eran:
vocación, habilidades
personales y oportunidades del mercado laboral. Siendo el primero de
ellos, el último en
importancia por haberse equiparado con sueños "efímeros" que podrían
desaparecer con
el transcurrir del tiempo. En cambio, concentrarse en las oportunidades
del mercado
laboral ocupaba la mayor relevancia, ya que, era una forma de "asegurar"
un porvenir.
Después de décadas, al fin nos hemos dado cuenta que estudiar una
licenciatura en
economía no nos hará Presidente de la República, que ser ingeniero en
sistemas no nos
convertirá en el genio mundial de la informática, pues esto es tanto
como decir que
pertenecer al signo de Sagitario, nos hará grandes magnates de los
negocios, como puede
serlo ahora alguno de los industriales más poderosos del país.
De esta manera, el tiempo favorece hoy darle prioridad y espacio a la
conquista de las
necesidades de desarrollo humano personal: autorealización y
autotrascendencia (solo por
mencionar las más importantes), que permitirían a las personas elegir
una profesión que
les nutra el alma, que les expanda la conciencia y el espíritu.
Ya nos dimos cuenta que para labrarse un futuro no sólo se necesita
adquirir
conocimientos, también es indispensable desarrollar habilidades como:
expresión verbal,
ortografía, adaptabilidad, trabajo en equipo, estabilidad emocional,
entre otras, y, poner en
marcha aspectos inherentes al ser humano que cuente con espíritu de
crecimiento, como
el entusiasmo, la voluntad, la creatividad, el ingenio, la persistencia,
etcétera.
Será momento por fin de que los padres se den cuenta que la
responsabilidad mayor no es
planear con calma el futuro de sus hijos, sino más bien, descubrir y
desarrollar sus talentos
y proveerles los medios disponibles a su alcance, para procurarles la
construcción
continua, permanente y cotidiana de su felicidad.
La educación no es ya un mal necesario, ni una actividad forzosa
temporal de la que
podría librase una vez que se tuviera en las manos un certificado de
título profesional.
La educación actualmente no es otra cosa que una necesidad continuada,
incesante,
diaria, indispensable para poder coexistir con los otros, en el
complejo, desafiante y
globalizado mundo actual.
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