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LA EDUCACIÓN, UN MITO

Autor: Graciela Sonia Ríos Cantú.

Empleo, contratación y despido

02-2005

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Habrá que resignificar el concepto "educación".
Es imperioso redefinir las motivaciones que impulsan a padres y madres de familia a
sobresforzarse toda su vida, para que sus descendientes obtengan una carrera
profesional.
Se vuelve indispensable replantear las metas y las ilusiones que edifican los profesionistas
del futuro.
Se le han atribuido dones y poderes especiales a las universidades y a las instituciones de
estudios superiores que no sólo no les pertenecen, sino que jamás han poseído.
Quizá ese afán de los padres por brindarle a sus hijos todo lo que no tuvieron y de
proporcionarles más y mejor de lo que sí alcanzaron a tener, hizo que convirtieran a la
educación superior en una alegoría, una receta "infalible" para alcanzar el éxito.
La máxima de transfigurarse en "alguien" a través de la posesión de un título profesional se
convirtió en un introyecto para las generaciones posteriores. Es decir, se transformó en
creencia ciega que se adoptó sin dedicarle mayor reflexión, por lo que fue quedando en el
olvido su contexto de efectividad y validez y, se dejaron de lado gran parte de las
implicaciones y significados que eran indispensables incluir como ingredientes clave, para
obtener los resultados esperados.
Ahora, en el nacimiento de este nuevo siglo, la posibilidad de obtener por medio de una
carrera profesional un trabajo próspero que ofrezca la victoria económica, ha resultado un
mito que a pasos agigantados se esfuma, estrellándose con la realidad en la que viven las
generaciones engendradas entre los eslabones de la interminable cadena de crisis que se
han producido en México, a través de la magnificencia de sus problemas y de la
ineficiencia de sus gobernantes.
Como si no hubiésemos aprendido la lección que la historia ha brindado, el error consistió
una vez más en cifrar la esperanza en la obtención de logros y resultados propulsados por
factores externos, como la posesión de conocimientos, la adquisición de créditos y
puntajes académicos, diplomas, títulos, distinciones y menciones especiales. Dejando a un

lado la voluntad, la inteligencia, y principalmente, la parte humanizada, creativa y divina del
ser humano.
Una vez más, la cultura voraz del consumismo enajenó la verdadera esencia y se perdió
significado que ofrecía la oportunidad de ser protagonista activo de un sistema
cuidadosamente planeado, guiado por expertos y con la organización necesaria para
alcanzar la meta: el aprendizaje. Aprendizaje que por sí mismo, escindido del potencial
personal y en descuido de las necesidades de desarrollo humano de los individuos, no
sirve para algo.
Aún así, la adquisición de títulos profesionales se convirtió en un codiciado tesoro para las
mayorías, capaz de impulsar a cualquiera y de todos los niveles socioeconómicos a
intentar poseerlo, sin importar el sacrificio y las renuncias personales o familiares que esto
implique.
Ofrecer un título profesional como sinónimo de triunfo económico y garantía de ocupar una
posición privilegiada dentro de la sociedad, se elevó a categoría de "herencia".
Herencia que fue condicionada en muchos casos, cuando los padres, olvidándose de los
intereses de sus hijos, los manipulaban u obligaban, a inscribirse en profesiones que
prolongaran las tradiciones familiares o en aquellas que pudieran ofrecer una mayor
rentabilidad económica en el futuro.
La educación es el mejor patrimonio para los hijos, decían los padres, como desdeñando
los bienes materiales, sin darse cuenta que éste era a su vez, un bien de consumo, que a
pesar de ser intangible, ha sido el más acariciado de todos, por ser justamente el que
abriría la puerta para acceder a los demás.
La población entera pareció haber olvidado que las instituciones con fines educativos
poseen también, contrario a lo que proclaman, fines de lucro, y que éstas, sólo están
poniendo al alcance de las manos, pero con colegiaturas a la altura de los sueños y las
expectativas, las anheladas profesiones solicitadas.
Así como no se puede culpar a los productores de alimentos por el incremento en el índice
de obesidad de los pobladores de un país, tampoco debe condenarse a las instituciones de
estudios superiores, por egresar a más profesionistas de los que los medios productivos y
laborales pueden contratar, o por graduar a demasiados profesionales de unas cuantas
carreras y demasiado pocos en algunas otras.
No puede considerarse pecado sino visión de negocio, el haberse abocado a satisfacer la

demanda de los consumidores.
Ante este panorama, se vuelve imprescindible replantearse motivaciones y decisiones en
torno a la elección de una carrera.
Los tres factores tradicionales para decidir la profesión a cursar eran: vocación, habilidades
personales y oportunidades del mercado laboral. Siendo el primero de ellos, el último en
importancia por haberse equiparado con sueños "efímeros" que podrían desaparecer con
el transcurrir del tiempo. En cambio, concentrarse en las oportunidades del mercado
laboral ocupaba la mayor relevancia, ya que, era una forma de "asegurar" un porvenir.
Después de décadas, al fin nos hemos dado cuenta que estudiar una licenciatura en
economía no nos hará Presidente de la República, que ser ingeniero en sistemas no nos
convertirá en el genio mundial de la informática, pues esto es tanto como decir que
pertenecer al signo de Sagitario, nos hará grandes magnates de los negocios, como puede
serlo ahora alguno de los industriales más poderosos del país.
De esta manera, el tiempo favorece hoy darle prioridad y espacio a la conquista de las
necesidades de desarrollo humano personal: autorealización y autotrascendencia (solo por
mencionar las más importantes), que permitirían a las personas elegir una profesión que
les nutra el alma, que les expanda la conciencia y el espíritu.
Ya nos dimos cuenta que para labrarse un futuro no sólo se necesita adquirir
conocimientos, también es indispensable desarrollar habilidades como: expresión verbal,
ortografía, adaptabilidad, trabajo en equipo, estabilidad emocional, entre otras, y, poner en
marcha aspectos inherentes al ser humano que cuente con espíritu de crecimiento, como
el entusiasmo, la voluntad, la creatividad, el ingenio, la persistencia, etcétera.
Será momento por fin de que los padres se den cuenta que la responsabilidad mayor no es
planear con calma el futuro de sus hijos, sino más bien, descubrir y desarrollar sus talentos
y proveerles los medios disponibles a su alcance, para procurarles la construcción
continua, permanente y cotidiana de su felicidad.
La educación no es ya un mal necesario, ni una actividad forzosa temporal de la que
podría librase una vez que se tuviera en las manos un certificado de título profesional.
La educación actualmente no es otra cosa que una necesidad continuada, incesante,
diaria, indispensable para poder coexistir con los otros, en el complejo, desafiante y
globalizado mundo actual.

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Graciela Sonia Ríos Cantú.

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