Mi abuelo se llamaba Don Roberto G. Cantú. No era Roberto, era Don Roberto. Todos le decían así desde su juventud.
Y es que, todavía a mediados del siglo pasado, no era común que ni siquiera los hombres tuvieran la oportunidad de realizar estudios profesionales. Así que existían pocos "ingenieros" o "licenciados", y por eso, a quienes destacaban en sus labores o a aquellos que ya eran mayores de edad, se les antecedía en su nombre el título de "Don".
Cuando se prosperaba económicamente, el ofrecer educación universitaria a los hijos se convirtió en un valor primordial para la familia.
Un título académico superaba cualquier otro prefijo que pudiera anteponérsele al nombre y, "garantizaba", según se creía, convertir a las personas en "alguien" y darle a ese "alguien", armas para hacerse de un "lugar" dentro de la sociedad.
Esto ya no resulta necesariamente así, o al menos no es el único factor que influye para que suceda.
En esta época, es un error pensar que cursar una carrera universitaria tiene como único objetivo, entrenar a las personas para satisfacer demandas laborales, como error resulta también el creer que se podrá cubrir una demanda laboral, tan sólo porque se ha estudiado una profesión.
Habrá ahora que cursar una carrera profesional pensando que, entre otras cosas, servirá para apoderarse de un nivel de instrucción que permita contemplar al mundo y sus circunstancias de una forma más madura, amplia y acertada. Aprendiendo a la vez, a distinguir las diferencias en la conceptualización que de esto hacen los demás, y adentrarse en el inexplorado mundo de la tolerancia ante la diversidad, indispensable para un mundo ya globalizado.
Una carrera profesional será la base que sustente los conocimientos posteriores maestrías, doctorados, que deberá adquirir cualquiera, si desea una comunicación homogénea y nutritiva con quienes le rodean, si pretende acceder a desenvolverse en un nivel jerárquico medio o superior dentro de una organización.
Con ello, podrá establecer relaciones igualitarias, donde la competitividad tendrá lugar a través del intercambio de conocimientos profundos y disparadores de niveles de aprendizaje y conciencia superiores, que permitan aportar a la humanidad ideas, productos y oportunidades "útiles".
De la misma manera, debe ampliarse ya el campo de visión de los estudiantes y recién egresados, y ellos tanto como sus padres, ajustar sus expectativas y convencerse de que no se obtendrá un empleo tan sólo por haber estudiado una profesión.
Hoy por hoy se requieren más atributos. Entre otros, el dominio de por lo menos un segundo idioma, y dentro de muy poco será un tercero. El contar con el desarrollo de habilidades integrales en el arte, la cultura, los deportes. El tener una personalidad que refleje el equilibrio emocional que será necesario, para resolver los retos y obstáculos que se presentarán en su mundo laboral y personal. Alguien que no se de por vencido fácilmente, que tenga capacidad para intentar nuevos caminos para llegar a la meta que se ha propuesto, que cuente con creatividad suficiente como para inventar las oportunidades que no le ofrece el medio externo. Y, por supuesto, una visión de largo alcance que le permita contemplar, prever, las consecuencias de sus actos.
Lo anterior lo comento en base a la experiencia que poseo de más dos décadas dedicadas a vincular empleos vacantes, con personas que pudieran ocuparlos.
Es por esto que me llamó la atención la carta abierta publicada en El Norte la semana pasada, de un profesionista llamado Erick Mejía, en la que manifestaba su inconformidad ante su subempleo, y donde narraba las circunstancias que según él, provocan esta situación.
Este joven comenta que es licenciado en cosas inútiles. Pero que ni él ni sus compañeros desempleados son realmente los inútiles, sino los directivos empresariales incapaces de generar empleos; los dirigentes de la economía nacional, que son incompetentes para producir un crecimiento económico y un incremento del ingreso per cápita y, que son inútiles además, los diseñadores de los planes de estudio escolares.
Me parece que un argumento como el de la inutilidad de los dirigentes empresariales, gubernamentales y académicos, resulta débil. Ellos han sido siempre, a través de los años, tan útiles o inútiles como hasta ahora, y a pesar de esto, millones de personas han obtenido empleo.
El muchacho manifiesta además, su creencia de que el mundo laboral está hecho para los que están bien relacionados con las cabezas de las empresas. Puedo garantizarle que es un número minúsculo quienes hayan logrado una posición por "relaciones". Habría que cuestionarse cuál y que tan grande fue el marco de referencia para sustentar esto.
Por último, señala Erick que fue "entrenado para satisfacer una demanda laboral inexistente".
Desde mi punto de vista, todas estas ideas nacen de un paradigma que ante nuestras circunstancia actuales, resulta inoperante. Un paradigma que debemos romper forzosamente, para iniciar la creación de otro más "útil" que lo substituya.
Como decía, decidir estudiar una carrera profesional debe tener una motivación multicausal; ser el elegido entre muchos para ocupar alguno de los pocos puestos vacantes que existen, implicará poseer altos estándares en el cumplimiento de multifactores.
Un carta como esta muestra un tipo de pensamiento llamado catastrofista; lamentablemente es reflejo del pensamiento de muchos, ante una realidad que resulta desalentadora.
Según Aaron Beck, estudioso de la depresión, pensar así es el antecedente del desánimo, la conducta apática y las reacciones somáticas, todos, síntomas de este trastorno.
Afortunadamente es modificable al través del aprendizaje. Puede empezarse por mejorar las dimensiones fundamentales que se usan para entender lo bueno o malo que ocurre.
Así Erick, por ejemplo, habría de intentar explicarse las situaciones como algo de duración transitoria y no permanente (nunca conseguiré empleo), con un alcance específico y no global (me cierran ¿todas? las puertas) y donde la adjudicación de la situación sea interna y no externa ("me entrenaron", "me prometieron", "los incapaces", "los inútiles" vs ¿y yo?, ¿qué he hecho? ¿qué he dejado de hacer?).
De esta forma, enfocará su energía en buscar nuevas o mejores alternativas y conquistar sus propósitos.
Una de ellas, entre otras, pudiera ser considerar que quizá él podría ser más útil si abriera un centro de trabajo para él y otros más, como forma para multiplicar las fuentes de empleo.
Le ofrezco a Erick y a todos los no empleados, subempleados y mal empleados, que envíen su currículo a mi correo para ser promovidos con diversas empresas.
Muy probablemente no consigan, a través mío, trabajo, pero podemos intentarlo.
Mientras tanto, ojalá se responsabilizaran los que sí son inútiles, y se pusieran a crear más y mejores oportunidades laborales para todos.
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