Quizá las mujeres nacidas después de los ´70 no tienen que enfrentarse a los "problemas masculinos" que padecen, aquellas que nacieron en décadas anteriores. Me refiero a los problemas que los hombres en la actualidad les generan a sus parejas porque alguna vez éstas aceptaron acuerdos injustos, como consecuencia de una cultura de género que menospreciaba a la mujer. Sin embargo, ésta ha aprendido a valorarse y por tanto, no está dispuesta ya a seguir tolerándolos.
Es innegable que el hombre tuvo un poderío que le permitió comportarse como el rey de la creación durante siglos, pero las cosas han cambiado, las mujeres también, y ellos, los varones, siguen sin querer enterarse.
En un mundo creado por y para hombres, las mujeres permanecían en un papel "terciario", en calidad de objeto de desahogo sexual, de representante ante eventos sociales, de incubadora, nodriza, niñera, sirvienta y "ama" de casa, es decir, esclava, la señora "de", la que es "propiedad y pertenece a" y está "casada con", el verdadero amo y señor del hogar.
La mujer no tenía derecho a opinar, ni a pensar por cuenta propia o a tomar alguna decisión. Su función, y para muchos todavía la más excelsa y la que debería preservarse eternamente, era la de cuidar y educar a los hijos, complacer al marido y evitarle contrariedades.
Estos papeles eran desempeñados con resignación, abnegación, sumisión, y hasta con satisfacción y orgullo por las mujeres de "antes". Aquellas que apenas sabían leer y escribir, las que no tenían idea de lo que pasaba más allá de la puerta de su casa, las que no se interesaban en aprender un oficio porque ni en sueños pensaban en ser independientes económicamente, ni mucho menos, en poseer la obligación de mantenerse o de sacar adelante y sostener a sus descendientes.
Mujeres dispuestas a tener todos lo hijos que Dios mandara aún a costa de su salud y de una deficiente atención para ellas mismas, su cónyuge y su prole. Mujeres capaces de aceptar humillaciones, degradaciones y hasta golpes, propinados por un marido que se convertía en poco tiempo, en un personaje grotesco, despreciable y muchas de las veces, alcohólico e infiel.
Sin embargo, en los últimos 50 años el despertar de la mujer ha revolucionado prototipos y modificado posturas e ideologías.
Desde mi cosmovisión, la mujer subversiva, al menos en México, no nació como franca rebeldía hacía la imposición del tradicional rol femenino, sino como un quehacer de la joven "moderna" que habitaba en los años cincuentas y que se encontraba en una posición socioeconómica más o menos desahogada.
Esta generación comprendió que poseía inteligencia y que por lo tanto no debería seguir en el anonimato, así que tomó los libros y se inscribió en las universidades.
De esta manera, el manejo de sus relaciones con el sexo opuesto inició una evolución. El compartir dentro del aula las mismas tareas, exámenes y expectativas, hizo que se iniciara entre "sexos" una comunicación distinta, de mayor igualdad, de un tú a tú que lo convertía en "amigo" para los trabajos de grupo y en "enemigo", cuando se competía por la calificación más alta.
Contando con más conocimientos la mujer de esta clase social se fortaleció a sí misma, desarrolló su capacidad de relacionarse, de opinar y de actuar.
Fue el incrementar la seguridad en sus habilidades, lo que la llevó a incursionar dentro de los negocios familiares, o bien, a convertirse en mircoempresaria, autoempleándose para atraer más ingresos que facilitaran alcanzar el mejoramiento del patrimonio familiar.
De pronto la novedad pasó a ser cotidianeidad, la mujer dejó de sentir esa emoción de aventura para transformar sus inquietudes en compromiso, principalmente con ella misma. Olvidó lentamente pero de manera firme, que debía pedir permiso para pensar, ser y actuar, y se apoderó de ella una sensación de competencia, que la impulsó a la independencia económica y por lo tanto, a la autosuficiencia personal.
Habiéndose convertido en "sujeto" de acción ya no estuvo dispuesta a ser "objeto" una vez más, por lo tanto comenzó a exigir derechos y a inculcarle a sus hijas el respeto a sí mismas y el deseo de superación.
Ahora son muchas las mujeres que demandan respeto, comprensión y estima, que proclaman igualdad en el trato y en sus obligaciones, principalmente las domésticas, que habían sido impuestas bajo sus hombros inmemorialmente.
La mujer se permite "ser" en plenitud e incluye en su actuar una participación activa en la intimidad, ante la mirada atónita del varón poco inteligente, que se mofa del cambio pero que en su interior, vive una antagónica realidad que lo lleva a gozar de placer y temblar de miedo, frente la amenaza de perder su autoridad y poder.
Y en esta polaridad de sentimientos, el hombre, ocupado por vivenciar estas primicias e incrédulo ante la posibilidad de un triunfo real, se quedó pasmado, estático y adormecido, sin reaccionar ni anticipar consecuencias, sin percatarse de su propio estancamiento.
Así, en lugar de alcanzar una "igualdad" dentro de las gratas "diferencias" que existen entre hombres y mujeres, la brecha entre los sexos, comienza un nuevo y enorme distanciamiento, pero ahora es a él al que le toca la peor parte, al que le toca perder.
Es momento que el varón reflexione en las modificaciones que requiere su comportamiento, si desea satisfacer el nuevo "perfil" del hombre que demanda actualmente su compañera, y que está dispuesta a encontrar ya sea a su lado, o tarde o temprano, junto al de alguien más.
Un hombre que impone, domina y atemoriza a su familia, que insiste en ser el poseedor de la verdad y el generador de obediencia en todas sus decisiones, puede lograr aparentemente su propósito, el sometimiento, pero no negará que ha percibido en los ojos de su mujer o de sus hijos la lástima que sienten por él, al contemplar su incapacidad para obtener por la vía del amor, la justicia y la razón, aquello que desea o necesita.
Si anteriormente el hombre experimentaba el peso de reprimir sus sentimientos, debiendo ser el fuerte, el que tomara las decisiones y el obligado a la manutención de su familia, ahora, siendo la mujer capaz de compartir con él estas responsabilidades, prefiere canjeárselas por otras, en las que incluya el hacerla sentir que es una mujer amada y comprendida de manera auténtica.
Es que, lo que la mujer de hoy requiere no es un hombre que la mantenga ni que piense o decida por ella, sino un compañero sensible, comprensivo y cariñoso, que comparta sus problemas e ilusiones. Un hombre que sin llegar a ser pasivo y dependiente, la respete, la necesite, la desee sexualmente y la quiera con una fuerza que la estremezca y la haga sentir única y maravillosa.
La relación entre un hombre y una mujer y su permanencia como pareja, no debe estar basada en algo distinto al amor, si así fuera, que triste e insulso resultaría el acompañamiento que de ese modo se otorgue.
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