El propósito de este artículo es analizar los cambios que se
produjeron en la estructura ocupacional de la provincia, que sin duda
estuvo afectada por los cambios sociales y económicos de la transición
económica y social operada en las últimas décadas del siglo XIX y
primeras del actual. Para ello efectuamos un análisis de las tablas de
ocupaciones contenidas en los tres censos nacionales del período,
presentando sus características y proponiendo una interpretación de los
mismos. Antes de ingresar en el tema que nos ocupa, es necesario
considerar algunas cuestiones metodológicas referidas al uso del
material censal.
1. ACERCA DE LA UTILIZACIÓN DE LOS 'CENSOS HISTÓRICOS'
Toda medición -y, entre otras muchas otras posibles, las censales- está
acechada por posibles sesgos derivados del marco conceptual con el que
fue realizada, por la calidad de los instrumentos de medición, y por la
aplicación práctica de los mismos. Algunos de estos riesgos potenciales
suelen llegar a concretarse, y las diferentes calidades atribuídas a los
relevamientos censales son su resultado. Los manipuladores de censos han
adquirido un valioso conocimiento que orienta al investigador de la
historia remota o reciente acerca de los recaudos que debe adoptar antes
de utilizar tales fuentes. Nuestra indagación sobre los censos
nacionales de 1869, 1895 y 1914 está basada principalmente en su parte
editada, y sólo de manera muy limitada en las cédulas originales de los
dos primeros, en el Archivo General de la Nación. No está de más
consignar que no existe ejemplar alguno de estos censos en las
bibliotecas o archivos de Santiago del Estero. Esta inexistencia es un
magnífico -aunque triste- ejemplo de la paradójica vinculación de esta
provincia con su pasado, perpetuamente oscilante entre la exaltación y
la destrucción.
Pero una medición, a pesar de sus limitaciones, es mejor que ninguna, y
a esta certeza elemental debe atribuírse el interés de los
investigadores en estos materiales. Como otros documentos, ellos
reflejan una época a la vez que dicen de un momento puntual. Lo dicho,
la letra y la cifra, aparecen como exponentes de un léxico y un clima de
ideas, de un conocimiento técnico, de un entrecruzamiento entre realidad
local y usos de otros países adoptados como referentes. La escritura
tersa y casi ingenua de Don Diego de la Fuente caracteriza los cuadros
históricos provinciales en el Primer Censo Nacional de 1869, que
comprenden una Idea General y una Investigación Retrospectiva seguida
por nueve tablas de datos. (3) En el Segundo Censo Nacional, en 1895,
campea ya un tecnicismo más europeo, que no duda en presentar todos los
cuadros, desde la titulación a la denominación de las ocupaciones, en
castellano y en francés. (4)
En cuanto al de 1914 (5), basta citar la opinión de Bagú: "Por su
criterio social, su vasta diversificación temática y su preocupación por
la precisión del dato, es el mejor de los seis censos nacionales
generales". (6)
Aún antes que los mismos datos que consignan, cada uno de estos
relevamientos refleja el estado del arte de censar, de describir
población, economía, y sociedad mediante variables de uso ya para
entonces generalizado en Europa y Estados Unidos. No olvidemos que antes
del dispuesto por Sarmiento, el censo más completo del territorio había
sido el de Carlos III, que principalmente pretendía contar almas -es
decir, personas bautizadas- clasificadas por la condición racial y por
la jurisdicción donde residían; el estado civil y el número de párvulos
eran los únicos indicadores que acercaban a la descripción de la
constitución familiar y la edad. Otros censos parroquiales (como el de
San Carlos, Salta, en 1805) agregaban el tamaño de los hogares. Hasta
mediados del siglo, los censos de alcance provincial o comunal tenían
como objetivo principal el clásico de medir las bases de la contribución
impositiva y la incorporación de población civil al ejército.
El de 1869 incorporó clasificaciones por sexo y edad (en cortes
quinquenales hasta los 20 años y decenales luego), nacionalidad, estado
civil, nivel de instrucción, provincia de nacimiento, cruzando en todos
los casos estas variables por el departamento de residencia. La somera
descripción de la actividad económica fue ampliada en 1895 mediante un
conjunto de nuevas variables, que se amplían y refinan en 1914 agregando
diversas materias. Si se considera que el primero tiene un tomo, el
segundo dos, y el tercero diez, así como la progresiva calidad de la
información generada, se puede apreciar el avance registrado en este
terreno, congruente con las nuevas concepciones sobre las funciones del
Estado en materia de políticas públicas. Si no hubiera otros indicadores
-que los hay-, bastaría estos para hablarnos del giro casi copernicano
que se operó en la Argentina durante las décadas que mediaron entre uno
y otro.
De estos dos registros de lectura de los censos, el explícito y el
implícito, ninguno acaba por imponerse sobre el otro, y ambos se
reclaman y requieren para comprender su contenido con una mirada actual.
Así, aunque no guía estas páginas el propósito de analizar el ‘discurso
del censo’, no es posible omitir un interrogante esencial: ¿cuánto
cambió en la estructura ocupacional y cuánto cambió en la mentalidad y
el lenguaje del censista? En los grandes números parece haber poco lugar
para la duda, pero en el detalle de las ocupaciones menos pobladas es
legítimo sostener la reserva que emerge de la pregunta. Este problema
está ilustrado por la magnitud y extensión de la regla usada para medir:
en 1869 el listado incluye 116 ocupaciones efectivamente censadas en
Santiago del Estero; en 1895 llegan a 141, pero se transcribe el listado
completo de ocupaciones aplicado en todo el país, que es de 186. En 1914
las ocupaciones censadas llegan a 249. La diferencia entre 116 y 249
puede expresar el crecimiento y la diversificación de la estructura
ocupacional, y de hecho la expresa. Pero también podría comprender ese
‘algo más’ que está relacionado con la producción de conceptos y
categorías, en la oficina del censo, antes que con la producción de
bienes y servicios en el taller, la oficina o el campo de cultivo.
Hay en los tres censos una importante diferencia conceptual que aún no
hemos mencionado: se habla de "profesiones" y no de "ocupaciones".
Creemos que el concepto antiguo de "profesión" conserva una huella
estamental, y en consecuencia es más rígido e invariante que el
contemporáneo de "ocupación". La profesión revela, antes que lo que se
hace, lo que el individuo es, y ello denota una condición social; la
ocupación describe sólo lo que se hace en el empleo. Por ello es que los
censos actuales preguntan sobre la actividad realizada y sobre las
características del establecimiento en que se trabaja (en el caso de los
asalariados) para realizar luego la clasificación por ramas y grupos,
mientras que en los censos que analizamos se partió de la identidad
social (profesional) que hacía el propio censado. O al menos, eso
creíamos hasta que nos introdujimos en algunos pormenores del
relevamiento. Por eso, a pesar de aquella reserva, vale la pena
transcribir la instrucción a los censistas para el registro de la
profesión que consigna el censo de 1895, pues estas líneas,
sorprendentemente actuales, explican que los censos pudieran registrar
con eficacia el alto volumen de la fuerza de trabajo femenina.
Debe anotarse cuidadosamente la profesión, industria o medio de vivir de
cada individuo, distinguiendo siempre que sea posible la clase de
trabajo en que se ocupa. Así, si es obrero, no basta poner simplemente
esa palabra sino que debe detallarse si trabaja como albañil,
carpintero, peón de ferrocarril, carrero, etc.. En las colonias o
chacras, donde no solamente los hombres sino también las mujeres o niños
trabajan en la agricultura, debe anotarse a esas mujeres y niños como
agricultores, siempre que en realidad ayuden a sus padres o maridos. Las
mujeres y niños que ayudan a sus maridos o madres en el despacho de un
almacén, fonda, café u otra ocupación, anotarán como que ejercen el
comercio, la industria o medio de vida que tiene el dueño de casa. En
general, debe tratarse de especificar claramente el oficio, ocupación o
medio de vida, de manera que no deje lugar a duda alguna (...)
La apreciación comparada de los tres listados permite ver como se
modifica el patrón de clasificación, tanto conceptual como
enumerativamente. Mientras que en 1869 hay un simple listado alfabético,
en 1895 se introduce el concepto de agrupamiento de las ocupaciones, en
18 agregados. Ello nos acerca a lo que hoy llamamos ramas de actividad,
pues se habla de I-Producción de la materia prima, II-Producciones
industriales, III-Comercio, IV-Transportes, etc. Esta clasificación se
mantiene en 1914, con leves pero sugestivos cambios: las cuatro últimas
categorías del censo anterior (XV-Profesiones ambulantes -‘Acróbatas’,
‘mercachiflles’, ‘Músicos’ y ‘Vendedores diversos’-, XVI-Personal de
fatiga que no tiene trabajo fijo ‘Jornaleros’-, XVII-Personal a cargo de
otros -‘Mendigos’, ‘Prostitutas’, ‘Rufianes’-, y XVIII-Sin profesión)
han sido subsumidas en una menos comprometida: 17-Designaciones
generales sin indicación de una profesión determinada y varias. También
agrega la 15-Personal dependiente de gobiernos extranjeros y la
16-Sports y ejercicios físicos, que entonces representó una innovación:
empezaban a difundirse el fútbol y la esgrima, como entretenimientos que
entonces eran selectos.
Ninguno de los censos es enteramente confiable en la calidad de la
información transcripta en los cuadros analizados, aunque la calidad y
precisión van creciendo desde el primero al tercero. Esto se debe a que
algunas denominaciones de ocupaciones no son enteramente excluyentes ni
lo suficientemente abarcativas como para registrar toda una categoría
productiva. Es lo que sucede con la profesión de "Empresario" -utilizada
en 1895 y luego abandonada- que hoy nos resulta ambigua. Sólo se
registran 5, pero el mismo censo nos indica la existencia de por lo
menos una treintena de empresas manufactureras, agropecuarias,
financieras y de comunicaciones que merecían el nombre de tales. (7)
La rama administración pública, no registrada en 1869, solo es
borrosamente presumible a través de 28 ‘empleados’. Que en 1895 existan
bancos pero no ‘banqueros’ es razonable si se reserva ese nombre para
los propietarios y no para los gerentes. No es posible con los datos
disponibles alimentar el grupo ocupacional de los ‘Directores y
funcionarios públicos superiores’, ya que no se identifica a ministros,
directores, jueces ni legisladores en ninguno de los censos.
También es notable que la explotación forestal no aparezca como
reconocible hasta 1914. En los primeros censos sólo se consigna a unos
pocos "leñadores", que inclusive disminuyen de 66 a 35 entre 1869 y
1895. Diversas fuentes indican que había actividad forestal y empresas
obrajeras organizadas por lo menos desde 1875, al construirse el
ferrocarril de Córdoba a Tucumán. En 1914 hay una cifra más creíble de
2.307 ‘leñadores’ -mantenemos las comillas para resaltar lla ajenidad
del vocablo- y además 17 explotadores de bosques. Todo esto abona la
idea de que la lectura de los datos de los censos debe ser cruzada con
la proveniente de otras fuentes, e inclusive cotejada con otros planos
de la misma fuente.
2. EL MÉTODO DE RECLASIFICACIÓN UTILIZADO
Nuestra tarea consistió en seleccionar un criterio clasificatorio común
para los tres conjuntos de datos, de modo de volverlos comparables.
Aunque podrá discutirse la elección, nos inclinamos por el Código
Internacional Uniforme de Ocupaciones (C.I.U.O.), que presenta la
ventaja de que los diez grandes grupos permiten aperturas en 81
subgrupos, de los cuales sólo se abrieron 54 pues los restantes no
estaban representados dentro de las ocupaciones de la época. Es decir,
se trata de una clasificación considerablemente refinada, interesante
para captar los matices de la aparición de nuevas ocupaciones.
Resulta claro que el resultado presenta limitaciones, ya que las
profesiones registradas presentan, en muchos casos, insuficiente
información como para justificar un encasillamiento óptimo. Uno -y no el
menor- de los problemas es que algunos de los distintos subgrupos en que
abrimos la clasificación (dos dígitos) provienen de la organización
actual de la producción económica. Por ello, en la tabla que consigna la
clasificación por grandes grupos, al final del trabajo, separamos al
Gran Grupo 7/8/9 en dos partes: la primera comprende las manufacturas de
índole artesanal que no pueden ser calificadas de ‘Producción
Industrial’, como lo hacen los tres censos. La segunda contiene aquellos
subgrupos más afines con el sentido actual de industria. Como ejemplo,
dentro del subgrupo 8-9 Vidrieros, ceramistas y trabajadores asimilados,
los ‘Alfareros’ fueron considerados artesanos y los ‘Carboneros y
ladrilleros’ obreros de la industria. No sabíamos si los ‘Torneros’ (hay
1 en 1869, 2 en 1895 y 1 en 1914) labraban madera o metal, lo cual los
hubiera llevado al subgrupo 8-1 Ebanistas, operadores de máquinas de
labrar madera y trabajadores asimilados’ en el primer caso, o al 8-3
Obreros de la labra de metales’ en el segundo. En ese caso adoptamos la
conservadora decisión de adscribirlos a la segura carpintería antes que
a la incipiente metalurgia. Y a lo mejor erramos: quizá en 1895 Pedro
Saint-Germes, Luis Pinto o Jaime Vieyra, o alguno de los otros
propietarios de ingenios, tenía ya en sus talleres a un tornero
calificado traído de Europa, lo que de hecho sucedió en otras
profesiones.
Por último, depuramos los listados de las ocupaciones que hoy no
consideramos componentes de la población económicamente activa (ej.
‘Estudiantes’, ‘Mendigos’, ‘Rentistas’), y trasladamos de una rama a
otra las ocupaciones que, de acuerdo al criterio actual, debían ser
mejor ubicadas para captar la magnitud y composición de la estructura
ocupacional (ej. llevar ‘Prostitutas’ y ‘Rufianes’ al subgrupo 5-9
Trabajadores de los servicios no clasificados bajo otros epígrafes).
3. LOS CAMBIOS PRINCIPALES REGISTRADOS
En lo substancial, se ha trabajado con las tendencias "gruesas", con las
cuales parece disminuirse el posible margen de error, que se expresa en
las cifras absolutas y porcentajes sobre el total de cada uno de los
grandes grupos ocupacionales. Sintetizaremos las principales rasgos que
surgen de la comparación.
Disminución relativa de la P.E.A.
La población económicamente activa, que representa el 64,2 % en 1869,
desciende al 59,7 % en 1895. En 1914 constituye el 55,5 %. Esta
disminución es semejante a la operada en todo el país, y continuará
progresivamente esa tendencia en los censos sucesivos, hasta
estabilizarse entre 30 a 40 %. La clave de esta disminución es que, a
fin de siglo, ser trabajador -en su doble sentido de estar ocupado o de
tener un oficio- era una suerte de condición natural del varón y la
mujer de más de diez años, criterio que será modificado más tarde, a
favor de la aparición de una serie de figuras en las que ahora no es
necesario detenerse, aunque sí enunciar sucintamente: ‘No activos’ o
‘Inactivos’ para niños, cónyuges sin trabajo remunerado extradoméstico,
estudiantes, desocupados, etc. Veremos en otro apartado el caso de las
mujeres, en que se produce un retiro gradual del mercado de trabajo que
empieza a apreciarse en este período.
Crecimiento relativo moderado del personal administrativo, comercio y
servicios
El Grupo 3-Personal administrativo y trabajadores asimilados no está
bien registrado por los censos, particularmente por el de 1869, que
además de no registrar ni un sólo empleado contable, tampoco distingue
al personal de la administración gubernamental. Sólo nos habla de ‘28
empleados’ que atribuimos al sector gobierno. Aunque la cifra total de
este subgrupo -que en total pasa de 29 a 1.076 en el período estudiado-
pueda estar subregistrada en 1869, no cabe dudar de su crecimiento por
la expansión indudable de la organización burocrática del trabajo, desde
el gobierno a las empresas. El crecimiento del Gran Grupo 4-Comerciantes
y vendedores es algo más contundente: de 615 a 4.991 personas, que
relativamente significa pasar del 0,7 al 3,4 % de la P.E.A.
En una proporción semejante, pero con un mayor tamaño absoluto, crece de
7.858 a 11.297 personas el Gran Grupo 5-Trabajadores de los servicios.
La clasificación a nivel de subgrupos nos hace presumir un cambio
cualitativo en la composición del grupo, aunque no nos fiaríamos
demasiado de esas cifras. No es congruente que aumenten las lavanderas y
planchadoras de 886 a 6.502 y los trabajadores domésticos disminuyan de
5.685 a 3.811. El crecimiento de la población urbana en el período es
indudable, aunque las cifras censales no lo expresan porque en 1869 se
registró un número no creíble de población urbana en algunos centros
poblados (caso de las 8.352 personas en la rural Villa Salavina,
superando a las 7.775 de la capital provincial). Pero si la población
urbana crece y aumenta la demanda de servicio doméstico, lo más
razonable es suponer que todos los subgrupos ocupacionales de esta
actividad se expandieron. Como en otros casos, nuestro criterio es el de
confiar más en el volumen total del grupo, que parece crecer por el
mayor número agregado de los servicios domésticos.
Esto compensa holgadamente la disminución de los militares, que pasan de
ser un reducido contingente de Guardias Nacionales más los "hombres de
Taboada" en 1869 (desde luego que no están nombrados así en el censo), a
una fuerza más reducida pero más orgánica luego de la constitución del
Ejército promovida por Sarmiento y continuada por el roquismo. Como en
otros casos ya aludidos, parece gravitar aquí el crecimiento de la
organización burocrática, en su sentido weberiano.
Gran transformación interna en el grupo de trabajadores agrícolas
El Grupo 6-Trabajadores agrícolas y forestales, pescadores y cazadores
representa el 22,3 % de la PEA en 1869, el 20,5 en 1895 y el 20,9 en
1914. Pero dentro de esta línea de relativa estabilidad del grupo, hay
grandes y sugestivas variaciones dentro de los distintos subgrupos.
Disminuye la población campesina (de 13.246 a 7.949 entre 1869 y 1914) y
aumentan los obreros agrícolas (de 605 a 13.655 en el mismo período).
Pero además hay cambios importantes dados por la aparición de nuevas
ocupaciones, y por un refinamiento del registro. Podemos apreciar aquí
los cambios simultáneos en la producción y en el censo. Dejan de usarse
agrupamientos de varias de ellas consideradas afines (ej.
‘Abastecedores, acarreadores, reseros’ se divide en ‘Abastecedores’ y
‘Carreros’, aunque esta última va a la rama Transporte; también
‘Estancieros y hacendados’ se divide en sus componentes). A la inversa,
en algunos casos se pierden importantes distinciones socio-ocupacionales
(ej. la diferenciación entre ‘Agricultores’ y ‘Labradores’, que permite
visualizar a la burguesía agraria y al campesinado, se vuelve borrosa al
subsumirla en el genérico ‘Agricultores’ que se utiliza en 1895; en 1914
se la recupera nuevamente. Se eliminan términos que aluden con mayor
riqueza antropológica a ocupaciones existentes (ej. ‘Boyeros’,
‘Añapadores’ y ‘Meleros’, que no registramos por no pertenecer a esta
rama, etc.). También desaparecen distinciones, quizá innecesarias, entre
ocupaciones afines, como sucede con ‘Hortelanos’ y ‘Quinteros’. Aparece
una denominación más técnica desde el punto de vista agronómico, lo que
es notorio en 1914 (ej. ‘Horticultores’, ‘Reconocedores de frutos’,
‘Cabañeros’, ‘Reconocedores de frutos’ o ‘Vitivinicultores’).
Ocupaciones de la rama Agricultura y ganadería censadas
en Santiago del Estero en 1869, 1895 Y 1914
(Se consignan sólo ocupaciones en las que se registró al menos un
individuo;
en bastardila las ocupaciones que aparecen por primera vez)
El crecimiento de los obreros agrícolas es el primer indicio de que en
el cuarto de siglo estudiado se produjo un cambio en las relaciones de
producción agrarias, expandiéndose el trabajo asalariado. Nuestra
impresión es que el campesinado relativamente autónomo -con o sin
tierras, pero generalmente sin tierras en propiedad, con derechos de uso
consagrados por el tiempo dentro de las extensas estancias o de tierras
fiscales, disminuye su volumen total porque parte de esa fuerza de
trabajo, principalmente hombres, son convocados a nuevos mercados de
trabajo, tanto locales como de otras provincias. Todos los datos de que
disponemos nos hablan de la expansión de la agricultura comercial
realizada en tierras nuevas en las que se realizan fuertes inversiones
en infraestructura que emplean mano de obra asalariada (Gancedo, 1885;
Vessuri, s/fecha).
Decrecimiento de la producción manufacturera tradicional
Los cambios que se operan en este sector, principalmente en las
manufacturas textiles, son importantes y requieren un análisis más
detenido.
Cuadro 1
Variaciones en las manufacturas de hilado y tejido y en la confección de
ropas
Las actividades de hilado y tejido eran realizadas mayoritariamente por
mujeres. En el censo de 1869, donde no se registró el sexo de los
trabajadores, se habla directamente de ‘Hiladores e hiladoras, tejedores
y tejedoras’. En el de 1895, la ocupación ‘Tejedores’ comprende 12.356
personas, de las cuales 12.387 son mujeres y 69 varones. La principal
vía para explicar esta disminución es la irrupción de los textiles
importados: otros autores (Dargoltz, 1979; Alen Lascano, 1994, págs.
203, 254-256) sostienen que la influencia negativa de la importación
sobre las manufacturas tradicionales se habría operado en forma casi
inmediata a la apertura al sector externo del puerto de Buenos Aires, en
1810 y años siguientes.
Esta interpretación debe ser revisada, por distintos motivos. En primer
lugar por el momento en que ocurre la crisis de la industria textil
tradicional: tanto o más importante que las cifras en sí mismas es la
fecha en que se produce este impacto económico-ocupacional: entre 1870 y
1995. A fines de este período se había desarrollado una considerable
industria textil en el país, que representa un cuarto de los
establecimientos y ocupa el 30 % de la mano de obra ocupada en la
industria. En Buenos Aires, en 1892, el rubro hilado, tejido y
confección ocupaba 1657 operarios y era la rama con más personal en la
industria de la capital. Había siete fábricas de hilados de lana, con
7.000 husos y una producción de 450 toneladas por año, y cuatro fábricas
de tejidos de lana; dos de ellas, que elaboraban mantas y frazadas,
producían 240.000 metros al año. (8)
Las cifras del Cuadro 1 pueden ser leídas en sentido inverso: a pesar de
la introducción de textiles, la mano de obra local ocupada en la
producción de hilados y tejidos todavía empleaba en 1895 unas 12.000
personas. Más aún, esta cifra se mantienen apenas menguada en 1914. La
conclusión es que la apertura de los mercados no provocó una ruptura
radical e inmediata del artesanado local, sino que la producción
industrial y la artesanal coexistieron hasta muy entrado el siglo XX.
Entretanto, se generaron formas de reconversión de las ocupaciones, que
incluyó la búsqueda de nuevos oficios. Eso sucede con el rubro de la
confección (subgrupo 7-9 Sastres, modistas y trabajadores asimilados en
el que predominan las costureras), que pasa de 7.771 personas en 1869, a
10.294 en 1895, y a 17.559 en 1914. Se produjo aparentemente un
desplazamiento desde el hilado hacia la elaboración de ropa, y este
proceso se operó en todo el país..
No es difícil colegir que la crisis de la manufactura textil tradicional
se debió no sólo a la importación de telas para confecciones, o
directamente de ropa hecha (Dorfman, 1986, págs. 217-218), sino también
a la producción de hilados y tejidos industriales elaborada en el país.
Ambas compitieron con la producción local mediante la circulación de
mercaderías que permitía el ferrocarril a menor costo, y por la
consiguiente expansión de la red comercial, desde el mayorista hasta el
vendedor ambulante. En otro trabajo (Tasso, 1989) hemos señalado el rol
de los sirios y libaneses en este proceso, cuya inmigración se acentúa
después de 1895. Una medida del grado de modernización del sector
industrial la proporciona el censo de 1895 al consignar 1.748
trabajadores ocupados en lo que podemos llamar "sector formal" (9), los
cuales representan el 1,1 % del total nacional, una proporción
evidentemente muy baja si se la compara con el peso relativo de la
población provincial, que llegaba al 3,3 %.
No menos interés reviste analizar los cambios en la magnitud para
algunos oficios artesanales de tipo tradicional. En el marco de una
tendencia declinante, se observa la brusca disminución del primer
período intercensal, junto a una leve recuperación en el siguiente.
Cuadro 2
Variación de la población ocupada en oficios artesanales
Magnitud del empleo en los distintos sectores productivos
Los cambios en el tamaño de cada sector son bastante disímiles: mientras
la población total casi se duplica entre 1869 y 1914, el sector primario
crece sólo el 50 % en ese lapso. En la producción secundaria la mano de
obra disminuye en un 20 %, mientras que en el sector servicios se
triplica. Estos cambios, que reflejan una fuerte y relativamente rápida
transferencia de mano de obra desde unas actividades hacia otras, pueden
ser apreciadas en el cuadro 3. Aunque la precisión con que los censos
midieron estos cambios puede ser cuestionable, es evidente que los
grandes números implicados nos están dando cuenta de un gran cambio en
la economía y en la sociedad.
Declinó, como hemos visto, la producción textil artesanal, que era la
que ocupaba mayor cantidad de personas, en el contexto de grandes
cambios que afectaron al mundo rural. En el sector secundario los
cambios también son notables, aunque los tamaños de la mano de obra sean
menores. El crecimiento de este sector que se advierte en 1914 es
resultado de actividades nuevas, en las que fue mayor la participación
masculina. La participación de los extranjeros en todos los sectores es
mayor que su participación porcentual en el conjunto de la población,
llegando a estar sobrerrepresentada en casi tres veces en el sector
servicios. Esto es congruente con su mayoritaria residencia urbana, y
también con su calificación ocupacional y sus niveles de instrucción,
sensiblemente más elevados que los de la población nativa.
* En 1869 este subgrupo no fue registrado; en 1895 fue denominado "Sin
profesión"; en 1914 "Varias y sin especificar".
** En 1895 este subgrupo fue denominado "Personal de fatiga que no tiene
trabajo fijo"; en 1869 y 1914 "Jornaleros".
Los jornaleros y trabajadores sin profesión declarada
Este es otro aspecto de interés que presentan los censos estudiados. El
Censo de 1869 sólo registró trabajadores sin calificación como
"jornaleros", pero en los siguientes aparece un subgrupo notable por su
magnitud como es el de la población de ocupación no bien definida, o no
declarada, o "sin profesión", o de profesiones "varias y sin
especificar". Colocamos ambas categorías en el Gran Grupo X, que
comprende a los subgrupos X-2 de Trabajadores que han declarado
ocupaciones no identificables o insuficientemente descriptas -en el cual
anotamos a los jornaleros y peones- y el subgrupo X-3 Trabajadores que
no han declarado ninguna ocupación.
En el primero de estos subgrupos colocamos a los peones y jornaleros de
los tres censos, y en el segundo a los comprendidos en la categoría
XVIII-Sin profesión de 1895, y los trabajadores de profesiones Varias y
sin especificar de 1914.
Separamos a los ‘jornaleros’ o ‘peones’ de las personas que no tienen
una ocupación suficientemente definida -que el censo de 1895 llama ‘sin
profesión’- porque ambos subgrupos parecen tener distinta composición.
Los jornaleros representan el 14,4 % de la PEA en 1869, el 13,4 % en
1895 y el 13,1 % en 1914. Vale la pena anotar que la cifra exacta que
consigna el último de estos censos es 16.097, pero nuestra propia
clasificación la hizo crecer al agregar otras ocupaciones de
calificación ocupacional similar. Es visible que los jornaleros decrecen
levemente, lo que estaría indicando un incipiente proceso de adquisición
de calificación ocupacional.
El subgrupo de personas ‘no profesionalizadas’, o sin oficio definido,
aumenta. Adviértase que está formado principalmente por mujeres: éstas
representan el 70 % en 1895 y algo más del 80 % en 1914.
El trabajo femenino
Estas cifras están denotando varios procesos distintos que afectaron la
estructura ocupacional. Uno es el cambio del lugar social de las mujeres
respecto del trabajo: la coacción moralizadora o disciplinamiento de los
sectores populares llevó a un retiro gradual de las mujeres del trabajo
productivo manufacturero, induciéndolas o bien a roles domésticos de
servicio en las en sus propias familias, o bien a estas mismas
actividades en hogares de los sectores medios y altos. Según Campi y
Bravo (1995), que estudiaron el caso tucumano, esto se produjo no sólo
mediante disposiciones legales sino también a través de mensajes
aleccionadores desde las instituciones y sectores sociales más poderosos
y encumbrados: Estado e Iglesia, clases medias y altas. Así, podría
afirmarse que en este período comienzan a nacer los roles sociales del
"ama de casa" sin salario y de la ‘trabajadora doméstica" asalariada.
Sin duda, los otros cambios ya señalados (la declinación de las
manufacturas textiles), así como la urbanización, incidieron en esta
gradual transferencia de mano de obra femenina desde el sector
manufacturero hacia el de los servicios.
Las cifras del Cuadro 3 muestran un muy alto grado de participación
femenina en la fuerza de trabajo, pero declinando gradualmente y
cambiando de ubicación en la estructura ocupacional. Dado que el Censo
de 1869 no registró la clasificación por sexo, recién puede indagarse
con precisión este proceso entre 1895 y 1914. No obstante era ya visible
en 1869, por el género usado al nombrar las ocupaciones, que esta
participación era alta.
El crecimiento del número de ocupaciones es bien expresivo de los nuevos
empleos que se abrieron a las mujeres en el curso del período estudiado,
sobre todo en el sector terciario. No es fácil verificar de manera
concluyente la hipótesis de Campi y Bravo (1995) para el caso
santiagueño, al menos sin disponer de una base más amplia de fuentes
documentales como la que ellos manejaron. No obstante, es visible una
reconversión ocupacional dentro del sector manufacturero, dada por la
expansión de la confección de ropas, al que probablemente se fueron
desplazando las hilanderas y tejedoras, o teleras. También se advierte
que la dinamización y expansión del terciario está expresando una gran
transformación social en cuanto al tipo de servicios demandados, y que
los volúmenes de la mano de obra empleada en este sector tiene como
protagonista muy importante al trabajo femenino.
Modernización y composición de la fuerza de trabajo
La estructura ocupacional es profundamente reveladora de los cambios
operados en la economía, por lo que una serie temporal extensa permite
una mejor apreciación de los cambios que se operaron en el período. En
este lapso no sólo hubo demanda permanente de trabajadores, sino que se
requerían niveles de calificación laboral más elevados. Así como en las
zonas agrícolas había actividades que requerían mucho esfuerzo y escasa
calificación -como el cavado de acequias, desmonte y destronque- había
también necesidad de mano de obra para tareas técnicamente más
complejas, como la preparación de suelos o el riego. Algunos productores
empezaron a traer obreros calificados del extranjero, como es el caso de
Maximio Ruiz cuando necesitó un experto en la elaboración de vino, o de
Francisco Giuliano cuando empezó a fabricar queso para vender en Buenos
Aires. (10)
* El Censo de 1869 no clasificó a la población ocupada por sexo. No
obstante, la denominación de las ocupaciones (transcripta textualmente
en todo este cuadro) permite apreciar en cuáles la mano de obra era
femenina, en forma mayoritaria o total. Los excesos de haber supuesto
que todo el grupo ocupacional era femenino se compensan con el
subregistro de aquellos en los que hay mano de obra minoritaria. En los
grupos dominantes por su tamaño (hiladoras y tejedoras, costureras) las
tasas de masculinidad son 0,56 y 0,32 respectivamente en 1895; y de 0,30
y 0,02 respectivamente en 1914.
** La mano de obra femenina en la producción primaria fue estimada
calculando el porcentaje que ella representaba en 1895 (14 %), el más
bajo de los dos censos disponibles. Las estimaciones se indican en
bastardilla.
Cada sector de la economía fue registrando modificaciones internas de
tipo cualitativo a lo largo del período estudiado. Para abordar un
estudio global de la magnitud de esta transición, reclasificamos las
ocupaciones contenidas en los censos, hasta donde lo permitía la
información proporcionada en las denominaciones, manteniendo el esquema
trisectorial. Para algunas ocupaciones de baja calificación -como la de
peones o jornaleros- no se ssuministran datos que permitan adscribirlas
a sector productivo alguno, y aunque por el abultado número de
integrantes es presumible que la mayor parte fueran trabajadores
agropecuarios rurales, ya en 1895 y 1914 existían establecimientos
manufactureros de tipo urbano que los demandaban. Por ello, el cuadro 3
consignaba estas ocupaciones fuera del marco sectorial.
El procedimiento consistió en calificar a cada ocupación como
‘tradicional’ (ej. cuidadores de hacienda y pastores, estancieros,
hacendados, agricultores, labradores, alfareros, cigarreros, costureras,
hiladoras, tejedoras y telaristas, lavanderas, empleados domésticos,
curanderos, etc.) o como ‘moderna’ (ej. mayordomos, alambradores,
criadores y cabañeros, leñadores y obrajeros, carboneros, foguistas,
industriales, comerciantes y empleados de comercio, contratistas,
maestros, empleados de ferrocarril, telegrafistas, profesionales,
empleados de banca, seguros y administración pública, etc.). La
asignación a cada categoría contiene seguramente errores, dado que no
siempre es posible captar la magnitud de los subsectores ‘modernos’ y
separarlos de los ‘tradicionales’. El criterio general consistió en
considerar tradicionales a las ocupaciones características del tipo de
economía existente hasta 1869, y modernas a aquellas que fueran
asociables al tipo de economía emergente en el período. Obviamente, una
vez calificada una ocupación como tradicional o moderna, se la consideró
en forma idéntica en todos los censos.
Nota: Los porcentajes fueron calculados sobre el total para cada sector
y año consignados en el Cuadro 2. Se excluyen las actividades no bien
especificadas y la fuerza de trabajo sin calificación.
La primera observación que surge de este cuadro es que el sector de los
servicios resultó el más permeable a la modernización, pues la mano de
obra en ocupaciones ‘nuevas’, o ligadas a las formas de producción
emergentes son las más elevadas desde el comienzo del período. Ello está
asociado a la expansión de los servicios del Estado -tales como
administración, educación, y salud- o privados y ligado a ellos el
empleo de más personas con mayor calificación. A la vez, el ritmo de
crecimiento es alto: las ocupaciones modernas en los servicios se
duplican en el período 1869-95, y siguen creciendo bastante en el
período 1895-1914.
En los sectores primario y secundario la intensidad de la modernización
fue, comparativamente, mucho más baja. Pero igualmente se advierten dos
interesantes características de la estructura ocupacional santiagueña.
Una es el peso de la producción manufacturera tradicional, que había
crecido a lo largo del siglo XIX, y que sufre el impacto de las nuevas
condiciones macroeconómicas. Otra es la evolución de los sectores de
tipo moderno en la producción agropecuaria y en la industria, que
empiezan un despegue en el período 1869-95.
Este último fenómeno parece estar ligado al incipiente desarrollo
industrial cañero, y el anterior a la expansión de la agricultura
comercial que se opera en las áreas de riego a partir de la llegada del
ferrocarril.
La estructura ocupacional provincial y la nacional
Entre otros autores, Ortiz (1955) y Dorfman (1986) han estudiado en
líneas paralelas los censos que comentamos en este trabajo, y la
comparación de la estructura ocupacional santiagueña con la del país
resulta conveniente. Para ello, clasificamos nuestros datos con un
criterio semejante al que ellos ofrecen.
Fuente: Ortiz, R. (1955); Dorfman A. (1986); Segundo Censo Nacional de
1895 (elaboración del autor).
Son visibles los rasgos que acompañarán a la estructura ocupacional
santiagueña durante la primera mitad de del siglo actual:
sobreabundancia de la mano de obra de baja calificación, reducido tamaño
relativo de los sectores de comercio y transporte. Deben destacarse
otros aspectos: la menor magnitud relativa del sector agropecuario, el
abultado sector de las manufacturas, y la muy reducida del sector
"industrial".
4. ALGUNAS CONCLUSIONES
Ninguno de los cambios acaecidos podría ser entendido sin proyectarlos
sobre el gran ciclo de desarrollo liberal y capitalista argentino
iniciado en 1862.
El trazado de la red ferroviaria fue uno de los factores que contribuyó
a producir estos cambios, y junto a él se inició la explotación forestal
a gran escala. La consideración de los efectos negativos de esta
actividad en los recursos naturales de la provincia (Dargoltz 1979,
Bazán 1984, Alen Lascano 1991) no debe excluir sus consecuencias
positivas e inmediatas sobre la producción agropecuaria, y más
específicamente sobre la agrícola, además de su mediación en desarrollo
de la región sud-este, en la radicación de la inmigración extranjera y,
en general, en el proceso de modernización social (Tasso 1989; 1994 b).
Si bien esos efectos se hicieron sentir ya en el período 1895-1914, en
una perspectiva macrotemporal fueron aún más intensos en las tres
décadas que siguieron.
Es también bastante claro, a nuestro juicio, la incidencia de estas
transformaciones en la población provincial. Hacia 1895 es bastante
claro que la economía provincial sufría los efectos de la crisis de
1890. En el período 1895-1914 se registra su mayor crecimiento, y la
menor tasa de emigración neta de nativos se observa en el último de esos
años (17,5 % en 1869, 16,1 % en 1895, y l4,6 % en 1914), lo que puede
ser considerado un indicador de la expansión del empleo. Dado que las
tasas históricas de emigración de población santiagueña son
significativas a lo largo de un siglo antes del período considerado
(Farberman 1992, Alvarez 1993), y que los censos posteriores superarán
notablemente las de 1914 (Rechini de Lattes y Lattes 1969), puede
inferirse que hacia la segunda década de este siglo el aparato
productivo provincial alcanza un desarrollo mayor al que tuvo antes y
después de esa fecha.
Desde el punto de vista del empleo, la estructura ocupacional alcanzó
también una complejidad y diversificación notables. Desde ya, ello
implicó el nacimiento de un conjunto de relaciones de producción de tipo
capitalista que antes no existían, al menos en la magnitud que entonces
alcanzaron. La asalarización se generalizó, y con ella se produjo un
colapso indudable del complejo de estrategias de vida propias de la
población rural existentes hasta ese momento. Cuánta población
subempleada contenía la economía anterior a 1870? No es posible dar una
respuesta precisa, pero es indudable que era numerosa, como lo muestra
su inmediata movilización a lo largo del medio siglo analizado, cuando
se redefinieron los lazos sociales entre peones y patrones en el mundo
agrario, incluyendo la generalización del salario junto a obligaciones
de lealtad que, según Vessuri (s/fecha), extendieron su vigencia hasta
mediados del presente siglo. Debe destacarse que los altos volúmenes de
población con baja calificación -peones, jornaleros, personas sin
ocupación definida, tal cual las clasifican los propios censos junto a
las actividades no bien especificadas- constituyen una fuerza de trabajo
flotante que seguramente compartió el trabajo agrícola y el forestal, y
que constituyó el origen de las corrientes de trabajadores migrantes
hacia otras regiones del país en los períodos posteriores a 1914. Sus
débiles conexiones con el aparato productivo, la falta de acceso a la
propiedad de la tierra, los convirtieron en una masa marginal
especialmente demandada por el desarrollo capitalista. Pero es claro que
la existencia del ferrocarril, ya desde 1875, permitió estos
desplazamientos en gran escala.
Ahora podemos fechar entre 1869 y 1895 el comienzo de la crisis de la
estructura productiva preexistente, que a lo largo de estas páginas
hemos llamado tradicional. Señalemos aquí dos momentos de este impacto:
uno primero más brusco, entre los años señalados, y otro caracterizado
por una erosión paulatina y no abrupta, como lo muestra el análisis de
las ocupaciones entre 1895 y 1914. La supervivencia de la economía
sustentada en la labranza campesina y en las manufacturas es la
evidencia más llamativa de nuestro análisis, pero ella se potencia si
consideramos algunos datos posteriores a 1914, en el sentido de la
expansión del minifundio, contra lo que haría suponer una aplicación de
las tesis clásicas de la expansión del capitalismo en la agricultura
(Kautsky, [1899]1974; Flichman, [1977]1987).
En un trabajo anterior (Tasso, 1995) hemos aportado datos provenientes
de los censos agropecuarios a lo largo de este siglo. Los autores que
estudian la estructura ocupacional agraria (Flichman 1987, Bisio y Forni
1976, Forni et alt. 1984, Forni y Benencia 1987) no conceden especial
atención a la correspondencia entre el régimen de tenencia de la tierra
y los tamaños de las explotaciones con los volúmenes de empleo agrario,
la cual nos parece reveladora de la formación de una estructura agraria
dual a lo largo de este siglo. El minifundio y su forma social
característica -el campesinado- se habría expandido contemporáneamente
al desarrollo de la agricultura capitalista, y apoyando funcionalmente
este desarrollo, ya que permitía la radicación rural de la mano de obra
necesaria al tiempo que permitía poner techo a los salarios y aseguraba
la reproducción de los lazos propios de la estructura social del
patronazgo.
Fuentes: Elaboración propia sobre datos de los Censos Nacionales de
1869, 1895 y 1914. En el de 1869 se utilizó la Tabla N° 6 "Profesiones",
pág. 318 y ss; en el de 1895, el Cuadro XXVI a. "VIII-Provincia de
Santiago del Estero. Población argentina y extranjera de 14 años arriba,
por sexo, según profesiones", Tomo II, pág. 365 y ss.; en el de 1914 el
Cuadro VII "La población clasificada por profesiones, oficios y medios
de vida, distinguiendo sexos y argentinos y extranjeros", Tomo IV, pág.
271 y ss.
Referencias: Abreviaturas: t.a = trabajadores asimilados. Las cifras con
asterisco (estimadas) no se suman al total dado que no están consignadas
en los censos.
La cifra total de P.E.A. es menor a la consignada en los censos
respectivos dado que se dedujeron las ocupaciones consideradas
económicamente no activas. 2. Los grupos ocupacionales son los
consignados en la Clasificación Internacional Uniforme de Ocupaciones
(C.I.U.O.) 1980. 3. En algunos subgrupos ocupacionales (dos dígitos) se
mencionan en bastardilla la (o las) ocupaciones que componen la mayor
parte o la totalidad del subgrupo. En los casos en que estas ocupaciones
difieren significativamente entre un censo y otro, se las consigna por
separado indicando el censo al que corresponden.
Notas
(1) Ponencia presentada al Taller Trabajo y Población en el Noroeste
Argentino, organizado por el Programa de Investigaciones sobre Trabajo y
Sociedad (PROIT-INDES), Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de
Santiago del Estero, 28 y 29 de junio de 1996. Este trabajo forma parte
de una investigación más amplia del autor en torno al tema, de la cual
constan referencias en la bibliografía. Por ello se omiten aquí las
usuales referencias teóricas y de contexto. Una versión preliminar de
este trabajo consta en Actas del I Congreso de Investigación Social del
NOA, UNT, Tucumán, septiembre 1996.
(2) Carrera del Investigador Científico y Tecnológico, CONICET;
Docente-investigador en la Universidad Nacional de Santiago del Estero.
(3) Primer Censo de la República Argentina, 1869, Instituto Geográfico
Argentino, Imprenta del Porvenir, Buenos Aires, 1872.
(4) Segundo Censo de la República Argentina, 1895, (Levantado el 10 de
mayo), Tomo II "Población", Taller Tipográfico de la Penitenciaría
Nacional, Buenos Aires, 1898.
(5) Tercer Censo Nacional, 1914, (Levantado el 1 de Junio), Tomo IV
"Población", Talleres Gráficos Rosso y Cía., Buenos Aires, 1916-17.
(6) Bagú, Sergio: Argentina 1875-1975. Población, economía, sociedad.
Estudio temático y bibliográfico, Ediciones Solar, Buenos Aires, 1983,
pág. 16. [La primera edición es de 1978].
(7) Censo Económico 1895, Legajo 245, Archivo General de la Nación.
(8) J. Dimas Helguera: La producción argentina en 1892, citado por
Dorfman (1986, pág. 212).
(9) Censo de 1895, Capítulo XI, Cuadro 1, Industria: "Número de
establecimientos industriales existentes, su personal nacional y
extranjero, por sexos", págs. 286 y ss.
(10) Entrevista a los señores Rosa, Ruiz y Giuliano.
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Entrevista a los señores Rosa, Ruiz y Giuliano.
__________________________
Autor. Alberto Tasso
Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales
Universidad Nacional de Santiago del Estero
tasso@arnet.com.ar
Aportado por: Revista Trabajo y Sociedad, Indagaciones sobre el empleo,
la cultura y las prácticas políticas en sociedades segmentadas.
http://www.geocities.com/trabajoysociedad/
Trabajo y Sociedad pretende constituirse en un espacio de las ciencias
sociales para la publicación de artículos y textos sobre los problemas
del desarrollo de las sociedades latinoamericanas, particularmente los
referidos al estudio de las articulaciones del mundo laboral con la
estructura social, el sistema productivo y las prácticas culturales y
políticas. Esta revista electrónica es publicada por el Programa de
Investigaciones sobre Trabajo y Sociedad (PROIT) de la Maestría en
Estudios Sociales para América Latina de la Universidad Nacional de
Santiago del Estero (UNSE) en Argentina. Sus integrantes son académicos
que realizan sus tareas en vinculación con la UNSE y con el Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). El
Programa es financiado por el Consejo de Investigaciones Científicas y
Técnicas (CICYT-UNSE) y participa de las actividades de la Asociación
Argentina de Especialistas en Estudios del Trabajo (ASET) y de la Latin
American Studies Association (LASA).
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