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Cambios y sesgos distributivos en dos formas de subutilización
Numerosas exposiciones públicas y un variado listado de indicadores
socio-económicos, ubican a la provincia de Santiago del Estero entre las
más rezagadas del país. Esto resulta así no solamente atendiendo a su
nivel de producto per-cápita[1][1], sino por la propia composición
sectorial del empleo y del producto, caracterizada por la baja
participación urbana de la actividad industrial y un sector agropecuario
con extendidos bolsones de improductividad.
Estos rasgos conforman una provincia carente de las bases mínimas de
competitividad y de concentración de capital privado en actividades de
escala y potencial suficiente como para encarar un sostenido proceso de
crecimiento. No obstante, en muchos indicadores sociales la posición
retrasada que ocupa Santiago del Estero en el concierto nacional, es
menos desfavorable en virtud de un generoso proceso de transferencia de
recursos recibido por diferentes vías desde el Gobierno Nacional, cuyos
efectos se sintetizan en la evolución de hogares y personas con
Necesidades Básicas Insatisfechas, que favorecieron a la provincia
durante la década del 80.
Enmarcado por este contexto provincial, el aglomerado urbano Santiago
del Estero-La Banda, cuyas bases económicas son esencialmente
burocráticas, concentra dos terceras partes de la PEA urbana de la
provincia de Santiago del Estero (el 66,1%), según el Censo de Población
`91). Por lo tanto, el estudio del mercado laboral urbano provincial
puede encararse con un grado razonable de representatividad cuantitativa
a través de dicho aglomerado, para el cual, por otro lado, se cuenta con
los datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) que el Instituto
Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) realiza en los principales
centros urbanos del país.
Este trabajo se propone analizar la evolución de dos formas de
subutilización de la fuerza de trabajo, en base a la información
provista por el mencionado relevamiento estadístico: la desocupación
abierta y la subocupación visible[2][2]. Además de examinar su nivel,
evolución y composición de estas dos formas de subutilización con la
evidencia estadística disponible, se procura, como objetivo adicional,
identificar los sesgos que cada una de ellas puedan presentar, en el
sentido de perjudicar o no a ciertos y determinados estratos de ingreso
de los hogares o de los ocupados. Este abordaje, a su vez, significa un
aporte al conocimiento parcial de la influencia de algunos fenómenos
provenientes del funcionamiento del mercado laboral sobre los patrones
distributivos vigentes y sus cambios.
El análisis se extiende a lo largo de la década del 90, período
atravesado por algunos cambios significativos a nivel de la economía
nacional, desde los picos hiperinflacionarios de 1989-91, pasando por la
aplicación del plan de convertibilidad y la crisis recesiva de 1994-95
generada a partir de los desequilibrios externos de la economía mexicana
(el denominado efecto tequila). Quedan excluidas, en lo fundamental al
menos, las consecuencias de la recesión de los años 1998-99 provocada
por los impactos de las crisis de pago externo de las economías del Este
y acentuada a partir de la devaluación brasileña de 1999.
Asimismo, es pertinente fundamentar el abordaje, para Santiago del
Estero-La Banda, de una problemática exhaustivamente tratada en diversos
trabajos, generalmente referidos al Gran Buenos Aires. En esencia, el
propósito de sus autores se ha centrado en el análisis de los impactos
producidos por los profundos cambios en las reglas del juego y en las
reformas introducidas en América Latina desde la crisis de la deuda de
comienzos de los 80, e intensificadas en nuestro país desde inicios de
la siguiente década[3][3].
Sin embargo, en el aglomerado bajo estudio las reformas o
transformaciones se instalan en el marco de una estructura económica
cuyo “sector moderno” no puede caracterizarse en términos de empresas o
grupos de ellas tecnológicamente o de alta productividad, productora de
bienes predominantemente destinados a mercados externos o nacionales
cuyas fluctuaciones pudieran servir como elementos transmisores al
interior del sector urbano provincial de auges o de crisis originadas
fuera de la provincia.
En su sector económico urbano más formalizado, el aglomerado presenta
una alta incidencia del sector público, donde las variables de cantidad
(ocupados estatales) o de precio (salarios) son determinaciones
institucionales que introducen una componente de fuerte rigidez al
mercado laboral. De manera que tanto el desempleo de origen tecnológico,
como las alteraciones de precios relativos de origen cambiario no
impactan de un modo directo en el ingreso o empleo urbano. No puede
decirse lo mismo de las coyunturas recesivas que emergieron de
situaciones de incertidumbre y de corte de la cadena de crédito que se
extendieron por toda la economía nacional y que afectaron también los
componentes internos de la demanda urbana (p.ej.: durante del efecto
tequila de 1994-95).
Esto no significa, sin embargo, que el aglomerado no registre la
incidencia las reformas económicas operadas en la economía argentina
durante la década. Así, por ejemplo, es previsible que la estabilidad de
precios haya dinamizado la actividad e introducido un elemento de
progresividad en la distribución. En cuanto a la política salarial, se
advierte que por primera vez se aplican reiteradamente reducciones
nominales de sueldo en la administración pública en los niveles
superiores y medios del escalafón (en 1994-95), estrechándose
considerablemente la brecha de remuneraciones.
En cuanto a la creación neta de empleo, es evidente que si bien perdió
capacidad de absorción, el estado provincial no actuó como una fuente de
expulsión de personal muy importante. A favor del desplazamiento de la
fuerza de trabajo hacia el sector privado se pueden mencionar medidas
como las jubilaciones anticipadas y los retiros voluntarios del período
1994-95, y las privatizaciones encaradas tardíamente, recién desde 1994,
y no se produjeron despidos masivos de la planta administrativa. Aunque
en términos netos pudieran haber contribuido a acumular problemas de
empleo, es improbable que la incidencia de estas medidas hayan sido muy
significativas en términos cuantitativos.
En el ámbito privado, la globalización y las reformas económicas de los
90 trajeron consigo, como consecuencia del proceso de concentración
económica resultante, la presencia de capitales en algunos sectores
orientados al sector servicios. Además de los ligados a la privatización
de los servicios públicos (electricidad, gas, agua) se registró su
presencia en el comercio minorista y los servicios (instalación de super
e hipermercados, venta de electrodomésticos, seguros, administradoras de
fondos de jubilación y pensión, medicina prepaga, tarjetas de crédito,
etc.). Esto, en el segmento más formalizado y concentrado del sector
privado.
Además, la liberalización de los mercados y las nuevas formas de consumo
asociadas al avance tecnológico, abrieron también un margen o espacio
para la movilización de capitales locales de mediana o pequeña
envergadura (farmacias, remises, locutorios, estaciones de servicio,
etc.).
Adicionalmente, en un tercer nivel que abarcó las esferas pública y
privada, las modalidades de empleo promovido y los planes oficiales
traducidos en ocupación transitoria y subsidiada de la mano de obra
junto con la flexibilización de hecho, fueron inductores de
precarización del trabajo y de deterioro en la calidad de los empleos.
En la década, entonces, pueden distinguirse algunos factores de
dinamismo y de cambio en el mercado laboral de Santiago del Estero-La
Banda; en este trabajo se pretende arrojar elementos de juicio sobre las
posibles implicancias de los mismos la estructura, nivel y sesgo
distributivo de las dos formas de subutilización de la fuerza de trabajo
consideradas.
Desempleo abierto
Es el rostro más visible de los problemas de empleo; a menudo la
atención y las expectativas públicas se concentra en el indicador que lo
mide, la tasa de desocupación abierta, que sólo proporciona una visión
parcial e insuficiente, que ha llevado con frecuencia a esperar una
asociación inversa entre su nivel y el grado de desarrollo del ámbito
geográfico correspondiente[4][4], sin tener en cuenta la existencia de
otros mecanismos de ajuste del mercado laboral (variaciones de la tasa
de actividad , las migraciones, la flexibilidad de las retribuciones o
la calidad del empleo). Suele también dejarse de lado la sensibilidad de
la demanda de trabajo a las fluctuaciones del nivel de actividad que se
desprende de la estructura sectorial de la ocupación y del producto del
área en cuestión. Las mencionadas omisiones han impedido resolver la
aparente contradicción de una tasa baja de desempleo en un contexto de
subdesarrollo económico.
Precisamente, en el cuadro 1 figuran, para la década del 90, las series
de la tasa de desocupación del aglomerado Santiago del Estero-La Banda,
vis a vis los promedios nacionales.
Las cifras permiten confirmar que en una de las provincias más rezagadas
del país según lo reflejan diversos indicadores socioeconómicos, la tasa
de desocupación se mantuvo durante toda la década por debajo del
promedio nacional, lo cual ha sido una constante histórica[5][5]. Sin
embargo, es evidente que el quiebre que se produce en 1994-95, marca el
comienzo de una escalada de la tasa que alcanza su nivel récord en
octubre de 1996 (12,4%). Este abrupto ascenso, que ubica la tasa en un
nivel superior[6][6], se corresponde -con algún desfase relativo al
promedio nacional- a las consecuencias que en materia de destrucción de
empleos se atribuye al efecto tequila. Posteriormente, dicho indicador
experimento variaciones bastante compatibles con el comportamiento del
ciclo a nivel país, con algún descenso en el período 1997-98 y un nuevo
repunte durante la fase recesiva de 1999.
Como dato complementario al nivel y evolución de la tasa, es menester
examinar los indicadores sobre la duración del desempleo que se exhiben
en el cuadro 2. La tendencia que se verifica es consistente con en los
movimientos de la tasa, en el sentido de mostrar un profundo deterioro
entre 1994-96, con una reducción en 1998 que no permite retornar los
valores iniciales de la década.
De modo coincidente, Murmis y Feldman (1997a) han destacado, en el marco
de un proceso creciente de fragmentación social, la agudización del
desempleo de larga duración para el Gran Buenos Aires durante la década
del noventa, considerándolo un verdadero “núcleo duro” de desocupación
de difícil remoción para algunas áreas sin diversificación productiva.
Por su parte, en torno de la misma cuestión, Pessino (1996) [7][7]
afirma:
“Los largos lapsos de desempleo ocasionan costos sociales altos, puesto
que la capacitación y la motivación pueden depreciarse durante largos
lapsos sin trabajo y pueden surgir efectos de estigma por parte de los
empleadores que se resisten a contratar personas que llevan mucho tiempo
desempleadas.”
Para caracterizar la estructura del desempleo abierto y su evolución
durante el período, se han escogido los indicadores adicionales
presentados en el cuadro 3[8][8], cuyas cifras insinúan algunas
tendencias importantes a lo largo de una serie de cuatro ondas
representativas, que permiten distinguir:
a. Una período de desempleo abierto muy reducido, con tasas de actividad
y de empleo relativamente elevadas en función de lo que históricamente
predominó en el aglomerado, y que registra los efectos iniciales del
plan de convertibilidad, sobre todo los derivados de la estabilidad de
precios (1992-94).
b. Un bienio donde se manifiesta plenamente el impacto negativo del
efecto tequila, con un ascenso muy fuerte de la desocupación, y caída de
las tasas de empleo y actividad (1994-96).
c. Un lapso caracterizado que con altibajos donde la tasa se ubica a
niveles inferiores al pico de 1996, pero notoriamente mayores a los
pretequila (1996-98).
A lo largo de la serie expuesta, se pueden apreciar algunos cambios
importantes en la estructura del desempleo. En este sentido, desde 1994
se observa una mayor expansión de las desempleadas mujeres, una suerte
de sesgo de género en el fenómeno, lo que se ha mantuvo a lo largo del
subperíodo de fuerte crecimiento de la tasa acompañado por recesión y
persistió, más tarde, con la reducción de la misma. Por su parte, el
considerable ascenso en la proporción de jefes desocupados, agrava las
consecuencias de la desocupación independientemente del valor de la
tasa. Esta proporción se muestra en 1998 estabilizada y próxima a los
niveles de 1996, a pesar del descenso de la tasa.
En lo que se refiere a la distribución de la desocupación por edades, se
advierte entre los hombres una mayor concentración en los tramos
superiores a los 34 años; pero es esto algo que se remonta al período
previo al de altas tasas y que ya era visible hacia 1994. Desde ese año,
se nota un cierto “estiramiento” del tramo afectado.
En cuanto a las mujeres, desde 1992 más de la mitad de las desempleadas
se han ubicado en edades entre 20 y 34 años, llegando a proporciones
cercanas al 70% en coexistencia tanto con tasas generales de
desocupación muy bajas como con tasas muy altas (1992 y 1996,
respectivamente). Como contraparte, la proporción de las mujeres jóvenes
desempleadas ha oscilado fuertemente y en sentido inverso al de las
trabajadoras de mayor edad.
Al examinar la desocupación según niveles educativos, se puede apreciar
para todo el período que, sin diferenciar por sexo, los trabajadores más
afectados fueron los de educación primaria. Lo llamativo es cómo, desde
1996 comienzan a aparecer entre los datos de desempleados varones y,
sobre todo, mujeres con nivel educativo superior (terciario o
universitario). Para el Gran Buenos Aires, se ha encontrado también la
pauta de un crecimiento del desempleo, inicialmente entre los
trabajadores con menor capital humano, hasta afectar progresivamente a
los de educación secundaria y, finalmente, terciaria. Esta tendencia,
surgiría como resultado de la obsolescencia que en dicho capital
experimentan los trabajadores más educados a raíz del acelerado proceso
de reestructuración productiva y tecnológica[9][9]. Este proceso, por
cierto, poco tendría que ver en Santiago-La Banda con el comportamiento
de su casi inexistente industria manufacturera, lo cual limita sus
alcances explicativos en el caso objeto de estudio[10][10].
Del cuadro 3, también se desprende que las variaciones del desempleo
producen alteraciones en la estructura educativa de los desocupados,
básicamente a través de las mujeres con educación primaria, con
ocupaciones muy vulnerables (servicio doméstico). Como balance neto de
los años de la serie, se nota una mayor presencia de desocupados más
instruidos.
El análisis por rama de actividad revela que la rama de la Construcción
está claramente sobrerepresentada respecto de su incidencia entre los
ocupados[11][11], pero esta sobrerepresentación se acentuó en el
subperíodo de fuerte aumento de la tasa, lo que es indicativo de la
importancia de su contribución al desempleo, confirmándose la
sensibilidad de esta actividad al ciclo, máxime en una estructura
productiva con exigua presencia industrial[12][12].
El comercio, otra rama presuntivamente generadora de empleo precario y,
por lo tanto, de desocupación, atenuó su preponderancia durante la
fuerte suba de tasas y la acrecentó nuevamente con la caída posterior,
de donde se deduce que la cantidad de trabajadores que el comercio
arroja al desempleo exhibe cierta rigidez en relación a los movimientos
cíclicos.
En lo que se refiere a los servicios, es constante su subrepresentación
a lo largo del período. En especial, las evidencias disponibles sugieren
el rol moderador que ha jugado el sector público pese a su participación
ligeramente ascendente en el desempleo, ya que la distancia con la que
tiene sobre los ocupados se mantuvo muy pronunciada.
Tal es, en consecuencia, el panorama que ofrecen las principales ramas
de actividad en lo que hace a su contribución al desempleo en un
aglomerado carente de una actividad industrial significativa; ello
supone la exclusión de una rama caracterizada por fuertes fluctuaciones
en materia de producto y empleo a la cual se atribuye una significativa
incidencia en la destrucción de puestos de trabajo en los centros más
industrializados y desarrollados del país, sobre todo hasta
1994[13][13].
Debido a la dificultad de establecer correspondencias estrictas entre
las calificaciones que surgen de los dos criterios de codificación
utilizados por la EPH durante el período, sólo puede decirse que entre
1992-94, lapso que debería registrar los cambios estructurales derivados
de la convertibilidad con crecimiento paralelo del producto, la
estructura de calificaciones de los desempleados no experimenta
alteraciones. Con posterioridad, en la onda de mayor tasa, la de 1996,
se puede observar que el desempleo afecta con más fuerza a los
trabajadores que ocupan los dos tramos inferiores de la jerarquía, sobre
todo a los de calificación operativa. La disminución posterior de la
desocupación incide en este tramo, en tanto que los más calificados
(calificación técnica) y los no calificados, no fueron reabsorbidos en
igual proporción, con lo que crece la importancia relativa de estas dos
categorías. Por lo tanto, en todo el período no se percibe un sesgo
final definido en la estructura del desempleo atendiendo al nivel de
calificación.
La incidencia de la precariedad y de las causas de la desocupación sobre
el desempleo abierto puede analizarse con datos que, para el aglomerado
Santiago-La Banda y dentro de las ondas tomadas como referencia, sólo
permiten evaluar la evolución 1996-98[14][14] (cuadro 4).
La lectura del cuadro 4 , permite advertir una leve disminución en la
influencia de la destrucción de los puestos de trabajo permanentes entre
1996 y 1998. Sin embargo, dentro de las formas de trabajo no
permanentes, adquieren mayor importancia las ligadas a las formas
“inestables”, en detrimento de los trabajos “temporarios” , que son
característicos de actividades como las de la construcción, típicamente
discontinuas.
Consecuentemente, el cambio apuntado puede atribuirse a que en 1998 la
rama de actividad mencionada, principal generadora de los trabajos
temporarios, pierde significación en su contribución al desempleo frente
a los trabajos propiamente inestables.
En cuanto al origen de la desocupación (cuadro 5), la gravitación que
adquieren los despidos en 1998, se corresponde con la mayor importancia
del trabajo asalariado en la estructura de la desocupación (es decir:
mientras que los desocupados cuenta propia acompañan, en su descenso, a
la desocupación total, los asalariados lo hacen en mucho menor medida).
Ahora bien, en este último año, las causas de desocupación que no
reflejarían de un modo directo la insuficiencia de la actividad
económica para absorber mano de obra (renuncias o abandonos
“voluntarios” y jubilaciones) ganan en peso relativo. Por último, no
necesariamente los datos de este cuadro son indicativos de mayor
intensidad de la precarización, tomada como factor impulsor de
desocupación[15][15].
Subempleo visible
Esta forma de subutilización, cuya tasa es sistemáticamente publicada
por la EPH, registra la existencia de puestos de trabajo cuya extensión
horaria, inferior al límite de 35 semanales, no se corresponde con los
deseos o expectativas laborales por una mayor extensión en las
actividades semanales manifestada por los entrevistados[16][16]. Por
cierto, también en la estructura del empleo se crean puestos que, con
similares características, se adecuan perfectamente a la disposición al
trabajo de los oferentes.
Este tipo de subempleo, en consecuencia, significa que la tasa de
empleo, utilizada como indicador del dinamismo de las unidades
productivas en lo que hace a la generación de empleo, puede ser ajustada
para reflejar únicamente la creación de puestos de trabajo “plenos”, o
que llevan adscripta una extensión horaria que satisface al trabajador.
Algunos comentarios son pertinentes a este segmento del mercado laboral.
En primer lugar, es una magnitud sensible a cambios en arreglos
institucionales; por ejemplo, cuando por disposición gubernamental hacia
mediados de la década del 80 la jornada laboral se en la administración
pública (cuya incidencia en el segmento de los subocupados fue del 45,8%
en 1996) se redujo de 35 a 30 hs. semanales, automáticamente esta tasa
tendió a aumentar; durante la década del 90 no se produjeron
modificaciones generales en la extensión horaria del sector público.
En segundo lugar, el concepto expresa un tipo de subutilización que no
debe interpretarse como sinónimo de informalidad o de baja calidad de
empleos; si bien puede coincidir o superponerse parcialmente con alguno
de estos segmentos e incluso participar de alguna de sus
características, denota un fenómeno de naturaleza diferente que, por esa
razón, se trata por separado y no debe ser identificado totalmente con
el de baja calidad del empleo. Aquí lo que se privilegia es el desajuste
entre los atributos horarios del puesto y los deseos o necesidades de
quienes lo ocupan;
En tercer término, la categoría se construye en base a una pregunta un
tanto laxa; en consecuencia, la cuantificación por la EPH de su valor
“bruto” o total carece de una consistencia equivalente a la del
desempleo abierto (para el cual se requieren indicios ciertos de
búsqueda activa) y tiende a presentar una visión algo sobreestimada de
disponibilidad. Por esa razón resulta más robusta la tasa que se obtiene
en base a los subocupados que han buscado activamente modificar su
situación, es decir, trabajar más horas (subocupados demandantes),
identifica el núcleo de subocupados que revelan una actitud de
disponibilidad más decidida.
En el cuadro 6, se confronta la tasa de subempleo visible de Santiago
del Estero-La Banda con el promedio nacional. Se advierte que, dentro de
una mayor variabilidad de la tasa en este aglomerado, que acusa picos
pronunciados, quedan demarcadas dos etapas en la relación con la media:
en la primera, que se extiende entre 1990-94, la tasa del aglomerado
supera con claridad al promedio; entre 1995-98, las diferencias
desaparecen por aumento del promedio nacional. Pero es necesario
advertir que si se tiene en cuenta al núcleo crítico de este subempleo,
esto es a los subocupados visibles demandantes (información disponible
para la segunda mitad de la década), la situación cambia: mientras en el
promedio nacional este subconjunto se correlaciona fuertemente con la
tasa total (r = 0,98), esto no ocurre en el aglomerado (r = 0,34).
Además, las medias son mayores en el primer caso (aglomerado=7,4% vs.
promedio= 8,0%), con una variabilidad superior al doble (CV del
aglomerado=0,32 vs. 0,12 para el promedio)[17][17].
En el cuadro 7 se vincula la evolución del subempleo con la de la tasa
de empleo, obteniéndose la tasa de empleo corregida considerándose sólo
aquellos puestos ocupados por quienes no están subempleados:
Con respecto a la tasa de empleo, se perfila un descenso en cierta
medida monótono: un tramo de tasas elevadas (para el aglomerado) que
transcurre entre 1990- 92, seguido por un lapso al que podría llamarse
de transición, con tasas algo menores (1993-94), para pasar finalmente a
la fase de tasas bajas (1995-98), es decir, la que sigue al efecto
tequila.
Por su parte, la tasa corregida, que mide la creación de empleos plenos,
presenta una trayectoria más irregular, sólo en parte coincidente con la
anterior; así, se aprecia un cierto repunte de la tasa en 1997-98. Para
constatarlo, se incluye el cuadro 8, en el cual las cifras de población
(necesarias para calcular los valores absolutos de trabajadores
ocupados) fueron ajustadas a través de las proyecciones del INDEC para
el aglomerado:
Cuadro 8. Evolución tasa de creación de puestos de trabajo total,
empleos plenos y empleos parciales (subocupados).
(En porcentajes)
En cada uno de los tres períodos es diferente el aporte realizado por
los empleos parciales a la creación total de empleos. Así, en el primero
de ellos, de fuerte expansión de la ocupación total, hay una disminución
de los empleos parciales, pero que es más que compensada por la fuerte
creación de puestos full-time[18][18]. Entre 1992-94, las tasas son muy
similares pero de signo contrario, así que puede decirse que el empleo
se mantiene en virtud del crecimiento de los subocupados, en tanto que
en el último de los períodos consignados, 1994-98, es la destrucción de
las plazas de trabajo parcial la que, al no ser neutralizada totalmente
por el incremento de los empleos plenos, “explica” la ligera reducción
de la tasa general. En resumen: al desplazar el análisis desde el
comportamiento del empleo total al de los empleos plenos –tomada como
una expresión más “genuina” del dinamismo de la economía- se aprecia que
las conclusiones en cuanto a la aptitud de creación de empleos pueden
modificarse o, por lo menos, ponderarse (por ejemplo, en el segundo y
tercer período).
La distribución del ingreso en el aglomerado[19][19]
A efectos de evaluar los cambios distributivos a lo largo de todo el
período, cuyas modificaciones proporcionan evidencias de las
repercusiones de los procesos de ajuste y de los sectores sobre los
cuales recae el peso de las transformaciones económicas, se puede
recurrir a tres conceptos de ingreso relevados en la EPH: ingreso de los
ocupados, ingreso total del hogar e ingreso per-cápita del hogar. En el
primero de ellos, se reflejan las consecuencias del funcionamiento del
mercado laboral propiamente dicho, en tanto que el ingreso total de los
hogares recoge la influencia de las ocupaciones múltiples, de las nivel
de las pasividades y, en general, de la distribución de los perceptores
entre los hogares (que a su vez incluye la distribución de la
desocupación, y de la inactividad, con las variaciones que se producen
de onda a onda en los flujos entre estas categorías). Por último, el
ingreso per-cápita refleja fundamentalmente la incidencia de variables
demográficas (tamaño de los hogares, edades de sus integrantes).
Sobre esta base, se encontraron las siguientes tendencias en el
aglomerado Santiago del Estero-La Banda:
a. Ingreso de los ocupados.
Los cambios más significativos acontecen entre comienzos de la década y
1992. En efecto, partiéndose de una estructura distributiva sumamente
regresiva que acusaba aún las consecuencias de las crisis
hiperinflacionarias de los años previos, la distribución mejora
sustancialmente. Con algunos altibajos, los indicadores muestran luego,
hasta 1996, una suave tendencia hacia una mayor equidad, hasta el punto
de que en este año se ubica el dato que señala una menor desigualdad
para el período considerado.
El movimiento señalado, hasta la crisis del tequila, se produce en el
marco de un ingreso medio real creciente para el aglomerado; desde la
crisis mexicana, esta variable decrece ligeramente y se encontraba
estancada hacia 1996. Es decir que el efecto tequila no habría generado
consecuencias distributivas especialmente negativas, pero precipita el
curso de un proceso que tuvo como trasfondo ingresos medios que revelan
una situación general de estancamiento. En los años 1997-98 se verifica
que tanto el indicador de la brecha como el de la participación se
mueven en dirección de una distribución más regresiva, aunque medidos
entre puntas sigan arrojando un balance neto favorable para el período
1990-98.
b. Ingreso total de los hogares.
En líneas generales puede notarse que cuando la brecha de ingresos se
refiere a los ingresos totales de los hogares, el movimiento hacia la
equidad supuesto por la convertibilidad es menos marcado y que además se
aprecia un incremento en la desigualdad en el período post-tequila.
Desde allí , la tendencia a la reducción es similar a la de la brecha de
los ocupados. De esta manera, en 1996 esta brecha representaba un 88% de
su nivel de 1990 (entre los ocupados, la reducción de la misma fue del
43%, es decir que fue más pronunciada).
Es obvio entonces que los factores adicionales que hasta 1996 jugaron en
la distribución del ingreso total de los hogares, se combinaron de modo
tal que neutralizaron parcialmente los efectos hacia una menor
desigualdad de la estructura de ingreso de los ocupados. En los dos años
siguientes, el comportamiento de los dos indicadores adoptados también
exhibe para este concepto de ingreso el deterioro de la distribución, y
concluyó hacia 1998 con una resultante neta de menor equidad que a
comienzos de la década.
Ingreso per-cápita de los hogares.
Con este criterio de ingreso, el indicador de la brecha de ingreso
refleja sistemáticamente una mayor desigualdad que la de las otras
definiciones; además, la tendencia es, con alta variabilidad, levemente
creciente durante el período. Esta diferenciación es menos notoria
cuando se adopta el indicador de participación en el ingreso total del
aglomerado. Coincidentemente con los conceptos de ingreso anteriores, la
desigualdad medida por el ingreso per-cápita de los hogares desmejora en
los años 1997-98, hasta arrojar un balance final negativo.
A modo de conclusión general, puede afirmarse que los factores
originados en el mercado de trabajo no profundizaron la desigualdad
hasta 1996. Las evidencias sugieren que, contrariamente, ni por el lado
de las retribuciones, ni por el del aumento de la desocupación visible
hasta 1996, el funcionamiento de dicho mercado contribuyó a ampliar la
inequidad. Especialmente en materia de retribuciones parece haber jugado
un papel “igualador” importante, ya que la brecha disminuyó con
llamativa persistencia. En los últimos dos años del período, sin
embargo, actúa en sentido regresivo; pese a ello, esta involución
relativa no alcanza para retornar el estado de profunda desigualdad
prevaleciente en 1990, al que ciertamente no puede reputarse como una
referencia normal.
En lo que respecta a la brecha medida a través de los ingresos de los
hogares, su comportamiento es más acorde al consignado en algunos
estudios realizados para el Gran Buenos Aires, que señalan los efectos
distributivos adversos derivados del tequila que acompañan a la
desocupación creciente pero, en el caso del aglomerado Santiago del
Estero-La Banda, la escalada más empinada en la tasa de desocupación es
acompañada por un suave descenso en la brecha de ingresos totales del
hogar.
Por otra parte, a medida que se introducen en la medición el elemento
demográfico o la distribución de los perceptores, la desigualdad se
acentúa y la tendencia a su disminución se mantiene, lo que señala que
los cambios derivados del mercado de trabajo se insertan en una matriz o
estructura que en buena parte los diluye, hasta 1996, y no modifica
sustancialmente su evolución regresiva en 1997-98.
Los ingresos reales medios del aglomerado, a su vez, responden más
ajustadamente al patrón de un comportamiento francamente progresivo
hasta la crisis de 1994-95 que interrumpe esa expansión, lo que es
seguido por su caída y posterior estancamiento hasta 1998.
Desocupación, subocupación y distribución del ingreso
Una desocupación creciente da lugar a una disminución en la cantidad de
perceptores de los hogares; de ese modo, los cambios que se producen en
la distribución de los desocupados entre los diferentes estratos de
ingresos de los hogares a los que pertenecen, indica el sesgo que se
puede atribuir al desempleo, en cuanto a saber si afecta en mayor o
menor medida a los hogares que ocupan una posición distributiva más
rezagada.
De las cifras que figuran en el cuadro 9, puede inferirse que ni durante
la etapa de fuerte suba de tasas (1994-96), ni en la que se observa la
caída de las mismas, la desocupación habría perjudicado más intensamente
a las familias de menores ingresos, y esta observación resulta más clara
o rotunda en función del ingreso per-cápita. Esto es, las proporciones
suben en ambas etapas para los estratos de medios y altos
ingresos[20][20].
Cuadro 9: Desocupados, según estrato de ingreso del hogar de
pertenencia(*)
(En porcentajes)
Dada la condición de segmento de la población ocupada, el subempleo
ejerce influencia directa sobre la distribución del ingreso de los
trabajadores ocupados; en este sentido, en el cuadro 10, pueden
advertirse dos etapas dentro de los años noventa. La primera de ellas,
es la que corre entre los años 1992-94 (la post-convertibilidad), en la
cual la subocupación comprende, en mayor medida que antes, a
trabajadores de estratos medio o alto. Posteriormente, hasta 1998, se
produce un retroceso que lleva a una nueva concentración de la
subocupación en los deciles inferiores. Los más afectados por el
subempleo visible son, en su mayor parte trabajadores que se sitúan en
una posición inferior de la escala de ingresos de los ocupados en
general.
Cuadro 10. Distribución de los subocupados según estrato de pertenencia
en la distribución de los ocupados
(En porcentajes)
Relacionando las cifras de los cuadros 11 y 12, pueden inferirse algunas
razones del comportamiento señalado. Entre 1992 y 1994, los ingresos
medios de los subocupados, relativos a los del conjunto de los ocupados
mejoran considerablemente reduciéndose fuertemente la brecha entre
ambos. Esto, forzosamente, los desplaza “hacia arriba” dentro de la
escala distributiva general.
De 1994 a 1996, se advierte que mientras entre los subocupados y el
promedio la brecha vuelve a ampliarse (aunque ligeramente), se produce
un corrimiento ascendente de los deciles inferiores de la distribución
(el ingreso medio de los mismos crece 2,3%, en tanto que el promedio
general desciende 6,1%). Por lo tanto, muchos subocupados quedan
“atrapados” entre los deciles inferiores.
Esta situación se mantiene en 1996-98, pese a que la intensidad con que
se mueven los ingresos medios, según lo consignado en el cuadro 12,
resultaría contradictoria con ese comportamiento. La única explicación
posible para que los subocupados permanezcan en los deciles inferiores,
es que la distribución interna de este segmento se haya alterado,
concentrando en el estrato de bajos ingresos una mayor cantidad de
subempleados, cuya distancia con los de más altos ingresos del
subconjunto se acrecentó.
Conclusiones
A modo de síntesis, en relación a la desocupación abierta pueden
identificarse tendencias que atraviesan prácticamente toda la década, al
margen del comportamiento del ciclo, que a partir de las consecuencias
inmediatas a la convertibilidad (sobre todo las que se derivan de la
estabilidad de precios), determinan cambios en la composición de los
desocupados que tienden a consolidarse, algunos de ellos de carácter
francamente negativo.
En tal sentido pueden mencionarse la preeminencia alcanzada por el
desempleo de larga duración, así como la de los jefes de familia. Otras,
son susceptibles de interpretación diversa, como el que insinúa la
extensión del desempleo hacia segmentos de mayor instrucción que, de
consolidarse, instalarían, al igual que en los aglomerados
desarrollados, la actual cuestión del desempleo profesional. Merece
subrayarse asimismo la nueva orientación en la composición por género
que se advierte en el fenómeno a lo largo de la serie, que parece
estabilizarse.
Por otra parte, se encuentran aquellos otros comportamientos más ligados
a las alternativas del ciclo; se hicieron evidentes en las fases de
ascenso de la desocupación y luego se diluyeron, hasta retornar a
posiciones cercanas a las iniciales cuando la tasa decreció. Entre
ellos, corresponde ubicar a la categoría ocupacional, lo que se
relaciona con la sensibilidad del autoempleo o trabajo cuenta propia a
la coyuntura económica. Otro tanto puede decirse de la incidencia de
ciertas ramas de actividad, como la de la construcción (fenómeno
correlacionado con el anterior), así como también acerca de la fuerte
componente cíclica observada en la participación de los nuevos
trabajadores en el desempleo. Todos estos factores tuvieron una marcada
incidencia durante el período 1994-96.
La situación observada en 1998 en la desocupación, por las causas que la
generaron y por la naturaleza del trabajo previo, reflejaría una menor
incidencia de la precarización del empleo asalariado y cambios
compensatorios que se neutralizan en la composición del desempleo
proveniente del trabajo no permanente, junto con cierto incremento de
los abandonos de naturaleza más voluntaria de los puestos de trabajo
ocupados previamente, lo que indicaría una ligera pérdida de importancia
en la desocupación de aquellas causas que descansan más estrictamente en
la pérdida de capacidad de la economía para absorber empleo.
En cuanto al subempleo visible, lo más destacable es la importancia de
este segmento dentro del empleo total, aspecto que se remonta a
comienzos de la década y que de algún modo se “anticipa”, a su
crecimiento en el orden nacional, visible recién desde mediados de la
década del 90.
En segundo lugar, cabe señalar la lectura diferente que se puede
efectuar sobre el comportamiento de la tasa de empleo (cuyas
oscilaciones son un argumento importante de los aumentos de la tasa de
desocupación abierta que se producen en el aglomerado desde 1994-95) una
vez que se tiene en cuenta la distinción entre empleos plenos y aquellos
con horario recortado que no satisfacen las expectativas de los
trabajadores (subocupados visibles). En este sentido, por ejemplo, la
fuerte caída de la tasa global de empleo adjudicada al efecto tequila,
se revierte en gran parte del período 1997-98 una vez depurada la tasa
general mediante la sustracción de los puestos cubiertos por
subocupados, que se reducen de modo ostensible en ese lapso, y
neutralizan la creación de empleos con duración satisfactoria, expansión
que es un hecho positivo a destacar[21][21].
En lo que respecta a la gravitación de estas dos formas de
subutilización de la fuerza de trabajo en las tendencias distributivas
del aglomerado, las evidencias reunidas sugieren que sus respectivas
influencias no fueron uniformes –ni mucho menos convergentes- en el
transcurso del período.
Entre 1992-94, el subempleo no afectó a los trabajadores de menores
ingresos; el comportamiento de los subocupados no contribuyó a la
reducción de la desigualdad, ya que justamente se observa un
desplazamiento de estos trabajadores a estratos superiores. Entre los
desocupados se advierte un movimiento inverso, es decir,
una concentración en los deciles de ingresos inferiores, lo que indica
que, a igualdad de otras condiciones, el desempleo jugó en forma adversa
a una mayor equidad distributiva entre los hogares. Esto se compensó con
otros factores que determinaron, incluso, una ligera caída en los
indicadores adoptados para cuantificar la desigualdad en la distribución
del ingreso total de los hogares.
Entre 1994-96, los subempleados vuelven a correrse hacia los deciles de
bajos ingresos. Esta etapa es, precisamente, de una caída en los índices
que marcan la participación o el nivel de ingresos medios reales de los
estratos superiores (con el correspondiente ascenso de los inferiores);
observando las tasas de cambio de los ingresos medios, el desplazamiento
mencionado es consistente con – y posiblemente refuerza- una disminución
en el grado de desigualdad. Los desocupados, por su parte, tienden a
ubicarse en mayor medida entre los hogares de mayores ingresos, de
manera que tampoco contribuyen a acentuar problemas de naturaleza
distributiva entre los hogares.
De allí en adelante, hasta 1998, la distribución empeora; mientras la
desocupación abierta no pareciera haber coadyuvado en esa dirección, un
incremento de la desigualdad interna del segmento de los subocupados se
habría desplazado en forma compatible con esa tendencia general y así,
el subempleo visible continuaría sesgado hacia los individuos que ocupan
una posición distributiva inferior .
Referencias Bibliográficas
BULMER THOMAS, Víctor (1997): “Conclusiones”, en “El nuevo modelo
económico en América Latina”, Ed. Fondo de Cultura Económica, México.
DIAZ, Ramón Antonio (1999): “Indicadores del mercado laboral de
Santiago del Estero-La Banda y cambios distributivos en el período
1990-96” (en prensa); Instituto de Estudios para el Desarrollo Social,
Universidad. Nacional de Santiago del Estero.
MONZA, Alfredo (1996): “La situación ocupacional argentina: diagnóstico
y perspectivas”, en “Desigualdad y Exclusión”, Alberto Minujin (editor);
Ed. UNICEF/LOSADA, Buenos Aires.
MURMIS, Miguel y FELDMAN, Silvio (1997a): “De seguir así”, en “Sin
Trabajo”, Luis Beccaria y Néstor López (comps.); Ed. UNICEF/LOSADA,
Buenos Aires.
MURMIS, Miguel y FELDMAN, Silvio (1997b): “La heterogeneidad social de
las pobrezas”, en “Cuesta Abajo”, Alberto Minujin (comp.); Ed.
UNICEF/LOSADA, Buenos Aires.
PESSINO, Carola (1996): “La anatomía del desempleo”, en “Desarrollo
Económico”, Número especial 1996; IDES, Buenos Aires.
SALVIA, Agustín y DONZA, Eduardo (1999): “Problemas de medición y sesgos
de estimación derivados de la no respuesta a las preguntas de ingresos
en la EPH (1990-98)”, en “Estudios del Trabajo”, Nº 18, ASET, Buenos
Aires.
THOMAS, Jim (1997): “El nuevo modelo económico y los mercados laborales
en América Latina”, en “El nuevo modelo económico en América Latina”,
Ed. Fondo de Cultura Económica, México.
_____________________
Autor. Ramón Antonio Díaz
Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales
Universidad Nacional de Santiago del Estero
rad@unse.edu.ar
Aportado por: Revista Trabajo y Sociedad, Indagaciones sobre el empleo,
la cultura y las prácticas políticas en sociedades segmentadas.
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Trabajo y Sociedad pretende constituirse en un espacio de las ciencias
sociales para la publicación de artículos y textos sobre los problemas
del desarrollo de las sociedades latinoamericanas, particularmente los
referidos al estudio de las articulaciones del mundo laboral con la
estructura social, el sistema productivo y las prácticas culturales y
políticas. Esta revista electrónica es publicada por el Programa de
Investigaciones sobre Trabajo y Sociedad (PROIT) de la Maestría en
Estudios Sociales para América Latina de la Universidad Nacional de
Santiago del Estero (UNSE) en Argentina. Sus integrantes son académicos
que realizan sus tareas en vinculación con la UNSE y con el Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). El
Programa es financiado por el Consejo de Investigaciones Científicas y
Técnicas (CICYT-UNSE) y participa de las actividades de la Asociación
Argentina de Especialistas en Estudios del Trabajo (ASET) y de la Latin
American Studies Association (LASA).
[1][1] Entre 1992-96, según cifras provisorias disponibles, el producto
bruto geográfico per-cápita de Santiago del Estero, se ubicó entre el 22
y algo menos del 30% del producto bruto per cápita del país.
[2][2] Este trabajo, es parte de uno más amplio en curso, en el que se
contemplan las principales formas de subutilización de la fuerza laboral
urbana identificadas en Monza (1996), a saber: la desocupación abierta,
el desempleo oculto, el subempleo visible, el sobreempleo en el sector
público, el servicio doméstico y la informalidad. En la mayoría de los
cuadros se procesó la información recién a partir de 1992 que es el
primer año para el cual se cuenta con información de detalle de la EPH
para el aglomerado.
[3][3] Estas reformas pueden ser sistematizadas o agrupadas en: apertura
comercial y financiera externa, reforma fiscal (incluyendo
privatizaciones), reformas en el mercado laboral y liberalización de los
mercados, para luego evaluar cada uno de estos aspectos en función de
sus posibles efectos sobre la evolución de la distribución del ingreso y
la pobreza; tal el planeo que figura en Bulmer Thomas (1997).
[4][4] Sin embargo, en un plano más teórico, se han desarrollado
argumentos para explicar una asociación directa. Así, Kritz y Ramos
consideran que dicha relación puede estar justificada por la importancia
adquirida en economías subdesarrolladas por el trabajo cuenta propia
(autoempleo), el que es visto como una alternativa al desempleo abierto
particularmente “resistente” . En el mismo sentido, operaría la ausencia
de un sistema de seguro por desempleo (cit. en Thomas, 1997). De todas
maneras, en el contexto argentino, el aglomerado bajo estudio no
presenta una incidencia particularmente elevada del cuentapropismo.
[5][5] La excepción está dada por el episodio hiperinflacionario de 1989
en los que las tasas prácticamente se igualan.
[6][6] Podría decirse que su ubicación relativa a los otros aglomerados,
salvo en la onda de octubre 96, no se alterado tan sustancialmente y que
Santiago del Estero-La Banda continúa estado en el tercio de aglomerados
con menor tasa, aunque ocupando, dentro de esa fracción, una posición
más alta que la histórica.
[7][7] La misma autora, encuentra para el Gran Buenos Aires similar
comportamiento ascendente de lo que denomina “duración incompleta de
lapsos corrientes” a partir de 1992, pero en el aglomerado S.del E.-La
Banda, dicho incremento fue considerablemente mayor, y estuvo acompañado
por un crecimiento de los flujos anuales hacia la desocupación que, de
todos modos sólo llegan a alcanzar un 1,0% de la PEA en la onda de tasa
más alta, mientras que en el Gran Buenos Aires dicho porcentaje asciende
al 4,2 % en la onda de mayo 95.
[8][8] Debe destacarse que el análisis de este punto se refiere a la
composición del desempleo; para la evaluación completa de sus efectos,
debe ser combinado con la evolución del nivel de la tasa y, lo que se
omite en este artículo, con el comportamiento de las tasas de actividad
específicas de las distintas categorías de los atributos personales
(sexo, edad, nivel educativo), tal como se hace en Pessino, op.cit..
[9][9] Ver, por ejemplo Pessino (op.cit.). También Murmis y Feldman
(op.cit., y 1997b), ligan este sesgo del desempleo contra los
trabajadores menos instruidos o calificados a la reestructuración y al
cambio tecnológico en el sistema productivo.
[10][10] Como hipótesis alternativa, podría plantearse la sobreoferta en
algunos niveles superiores de instrucción, unida a mayores y crecientes
dificultades de absorción en el sector público, o a restricciones al
ingreso de personal calificado, dado la preeminencia alcanzada por los
criterios de reclutamiento ligados a la militancia o a las
recomendaciones políticas.
[11][11] Desde el punto de vista del personal ocupado, el rango de
participación de las principales ramas de actividad varió a lo largo de
las ondas consideradas en el análisis conforme a los siguientes rangos:
Industria de 7,3 a 12,1 %; Comercio de 22,5 a 25,2 %; Construcción de
9,2 a 13,2 y Servicios en general de 43,6 a 49,8%. Respecto del empleo
público, pudo ser estimado con precisión sólo para las ondas de 1996
(26,6%) y 1998 (23,9%)
[12][12] En 1996, casi dos tercios de los desocupados de la construcción
fueron cuenta propia. Debe tenerse en cuenta que entre los ocupados esta
categoría participa, con casi la mitad de la ocupación de la rama de la
construcción, lo que implica entonces que los desocupados de esta
categoría (ligados a la construcción privada y a la refacción de
viviendas) fueron los que más sufrieron el desempleo.
[13][13] Pessino (op.cit.) destaca la importancia que en la generación
de desempleo adquiere el sector servicios a partir de la recesión de
1994 (en Sgo. del Estero-La Banda también puede decirse que desde 1994
los desempleados por los servicios exhiben una tendencia a una
participación creciente).
[14][14] En propiedad, para realizar inferencias más contundentes sobre
la precariedad de los empleos desde los datos de las causas de la
desocupación sería menester que existiera una cierta estabilidad en el
valor de las tasas. Lo que se pretende sugerir es en qué medida esa
precariedad aporta al desempleo o se traduce en desempleo.
[15][15] Así por ejemplo, entre los desocupados ex-asalariados de 1998,
podría inferirse, respecto de 1996, una precarización relativamente
inferior porque descendía el porcentaje a los que en sus anteriores
empleos no se les practicaban descuentos jubilatorios de un 78% a un
70%.
[16][16] Para la EPH, los subocupados visibles son aquellos
entrevistados que trabajaron involuntariamente menos de 35 horas en la
semana tomada como referencia.
[17][17] Estos comportamientos estadísticos podrían, al menos en parte,
ser reflejo de los problemas de diseño del cuestionario de la EPH que
hacen que la pregunta sobre subocupación sea poco exigente, en el
sentido de que, al no requerir en una primera instancia mayores
precisiones, induce a respuestas circunstanciales; todo ello conducirían
a una cierta sobreestimación a través de la tasa total. Sin embargo, al
nivel de los promedios, podrían jugar elementos compensatorios que
determinen mayor constancia en los datos. Los estadísticos citados en el
texto para los demandantes, son calculados a partir de las tasas de
octubre de 1994, desechándose las dos ondas anteriores por los valores
anormales que asumen en Santiago-La Banda.
[18][18] Lo de parcial y full-time, siempre en referencia a los puestos
cubiertos, respectivamente, por subocupados y por el resto de los
ocupados, en la acepción de la EPH.
[19][19] Este punto se desarrolla en base a las conclusiones obtenidas
para el período 1990-96 en Díaz (1999). Los indicadores adoptados
fueron, por una parte, la participación en el ingreso por los estratos
“alto” (20% superior) y “bajo” (40% inferior) de perceptores u hogares
según correspondiera y, además, por la “brecha de ingresos” entre los
quintiles superior e inferior de perceptores ocupados u hogares.
[20][20] El análisis de este acápite se relaciona con la distribución en
sentido amplio, desde que está referido a los estratos y, en
consecuencia, excluye la distribución interna de los estratos. Por otra
parte, las diferencias que existen entre las ondas respecto de los
hogares para los cuales no se cuenta con información, no invalidarían la
afirmación del texto, desde el momento que esos hogares suelen
corresponderse en su mayoría con los estratos de ingreso superiores (ver
Salvia y Donza, 1999).
[21][21] Debe consignarse que este comportamiento parece haberse
interrumpido en 1999 según se puede ver en el cuadro 8.
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