En otros trabajos he formulado una serie de hipótesis intentando
explicar la formación y el funcionamiento del mercado de trabajo en
Tucumán en la segunda mitad del siglo XIX (Campi, 1991a, 1993a, 1993b).
En ellos se sugiere que la revitalización de arcaicos mecanismos de
represión social (persecución a “vagos” y “malentretenidos”) y de
captación y retención coercitiva de la mano de obra (instrumentación de
la papeleta de conchabo y del peonaje por deudas) que se observa desde
la segunda mitad de la década de 1850 perseguía el objetivo de
disciplinar y acelerar la proletarización de las masas rurales, crear un
flujo estable de trabajadores acorde con la creciente demanda de trabajo
–generada, básicamente, por el incremento sostenido de plantaciones de
caña de azúcar e ingenios– y evitar el alza de los salarios.
Se señala en esas contribuciones, asimismo, que los objetivos del Estado
y de la élite tucumana no fueron coronados totalmente por el éxito, ya
que se enfrentaron a diversas modalidades de resistencia de los
trabajadores, en particular a través de las fugas de sus lugares de
trabajo, alentados por la competencia entre los mismos patrones, quienes
no dudaban en contratar de manera ilegal peones prófugos.
Como resultado de esas conductas transgresoras de los reglamentos de
policía[i][1] y –a partir de 1888– de la ley de conchabos, el mercado de
trabajo se desarrolló de un modo muy dinámico, desbordando las rígidas
pautas con las que dichos instrumentos legales pretendían encorsetar las
relaciones entre patrones y trabajadores.[ii][2] Así, junto a los
segmentos legales del mercado laboral en formación (el de trabajadores
calificados, que no estaban obligados a contratarse bajo el régimen de
la papeleta de conchabo; el de los conchabados con papeleta y el de los
licenciados temporalmente por patrones que tenían “derechos” sobre
ellos), se desarrolló un segmento de trabajadores “prófugos”, en un buen
porcentaje con fuertes deudas por anticipos de salarios, que se
contrataban con nombres supuestos o cuyas contrataciones no eran
denunciadas por los patrones. En ese marco, los costos derivados de las
fugas de peones endeudados (costo privado) y del sistema represivo
(costo estatal y privado), como un aceptable nivel alcanzado en el
disciplinamiento de la mano de obra, apuraron la derogación del sistema
coactivo, que decidió la legislatura tucumana por unanimidad a mediados
de 1896.[iii][3]
Como se ha dicho, en este proceso jugó un papel decisivo la demanda de
trabajadores por la expansión del cultivo de la caña de azúcar,
observable ya en las décadas de 1860 y 1870, pero que se tornó explosiva
entre 1880 y 1895, años en los que aparece constituido en la provincia
un importante segmento de peones y jornaleros de acuerdo a las fuentes
(censos nacionales de 1869 y 1895, padrones varios –electorales, de la
Guardia Nacional–, documentación policial, etc.).[iv][4]
Con relación a la formación de este sector asalariado, la historiografía
ha señalado insuficientemente los diferentes niveles y etapas de
implantación de la actividad cañera desde el punto de vista
espacial.[v][5] En sus orígenes, las plantaciones y los primeros
ingenios se localizaron en los alrededores de la ciudad, en el Bajo (en
lo que fue luego el Parque 9 de Julio), El Alto (el Oeste) y en La Banda
(el margen oriental del Río Salí), instalándose también algunos en las
tierras de piedemonte que rodeaban la villa de Lules.[vi][6] Es la
Capital, entonces, el departamento clave a observar si se pretende
estudiar el desenvolvimiento del mercado de trabajo en las décadas de
1860 y 1870.
Pero las carencias más notorias de los estudios sobre los trabajadores y
el mercado de trabajo en el siglo XIX tucumano radican en tres
cuestiones que están entre las grandes asignaturas pendientes de la
historiografía regional: a) el origen (socio-ocupacional y geográfico)
de los trabajadores que se conchababan en ingenios y plantaciones de
caña de azúcar en las décadas de 1860, 1870 y 1880; b) la función
desempeñada por las pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas en el
proceso; c) la incidencia en el mismo de la dimensión cultural
(representaciones y conductas; adaptaciones y resistencias). Estas notas
tienen por objeto realizar sólo una primera aproximación a tales
cuestiones con el propósito de reflexionar sobre algunos problemas
pendientes antes que ofrecer respuestas a los mismos.
Se ha caracterizado a la formación social tucumana previa al “despegue”
azucarero como propia de un “capitalismo incipiente” (León, 1993).[vii][7]
Se trataba, como se desprende de las fuentes y del relato de
contemporáneos, de una sociedad con una economía fuertemente
mercantilizada, con una sólida implantación de actividades
manufactureras de base agrícola y ganadera. El cuadro de Maeso,
reelaborado por Giménez Zapiola (1975: 89), sobre producción, consumo y
exportaciones tucumanas hacia 1853, da cuenta de una economía que
exporta (al Litoral, a las provincias vecinas, a Cuyo y Chile y a
Bolivia) el 51,5 % del valor total de su producción. El tema que surge
aquí es la relación existente entre la esfera comercial y la productiva.
Como lo había señalado ya a principios de siglo Denis (y esto también es
retomado por Giménez Zapiola), el papel desempeñado por la ciudad de
Tucumán como bisagra que articulaba los mercados del Norte, los del
Litoral y los de Cuyo y Chile, brindaba excelentes oportunidades para el
desarrollo de ciertas actividades manufactureras, las que podían
aprovechar las tropas de mulas y carretas que atravesaban la geografía
provincial para abastecer mercados distantes.
“[...] más que de la ganadería –decía Denis–, Tucumán vivía de la gran
ruta del Perú, en la cual constituía la etapa principal, por ser el
punto de contacto entre la planicie y la montaña [...] Sus principales
industrias, como la fabricación de arneses para los arrieros de la
montaña, y la construcción de carretas para los troperos del llano, se
vinculaban estrechamente con las actividades de esa ruta comercial. El
camino del Perú y las gentes que por ella circulaban constituían el
mercado para su agricultura, sus trigos y su harina. Gran parte de
Bolivia bajaba para aprovisionarse en las tiendas de Tucumán, y los
comerciantes de la ciudad aceptaban en consignación los minerales
bolivianos, cuyo destino era la exportación. El Tucumán antiguo es, por
lo tanto, un excelente ejemplo de ciudad caminera; a semejanza de
ciertas regiones de Europa como Flandes y Picardía, donde la activa
circulación comercial fuera la causa determinante del desarrollo de una
gran industria, la influencia de ese factor no fue menor aquí en el
nacimiento y localización de la industria azucarera.” (Denis, 1992:
14-15).
La ciudad capital, a su vez, constituía un mercado importante que debía
ser abastecido de hacienda y otros alimentos. Allí se concentraban las
tiendas y almacenes, la confección de cigarros, de pellones y de calzado
y, en sus suburbios y alrededores, los ingenios-destilerías y la mayor
parte de las curtiembres, lo que implicaba también una gran demanda de
insumos.[viii][8]
Las pequeñas y medianas explotaciones se insertaban en esta economía
mercantil, particularmente a través del tabaco y los cueros, en tanto
estos productos (el tabaco en hoja o en cigarros; el cuero curtido)
constituían rubros de primera importancia en las exportaciones
provinciales. Con relación al tabaco, los padrones de contribuyentes dan
cuenta que su producción se llevaba a cabo en explotaciones que llegaban
excepcionalmente a dos cuadras cuadradas. La producción ganadera, a su
vez, era encarada por un gran número de pequeños y medianos “criadores”
(4.828 en 1874, Terán, 1875), siendo escaso el número de grandes
hacendados.[ix][9]
No se ha estudiado la relación de estos pequeños productores agrícolas y
ganaderos con los comerciantes-acopiadores (seguramente de
subordinación, como lo era la relación de los últimos con las grandes
casas mayoristas de Buenos Aires),[x][10] ni tampoco tenemos elementos
para determinar el grado de integración a la economía mercantil del
segmento más pobre de los pequeños productores agrícolas. Según el
informe de Juan M. Terán,
“La labranza de trigo, cebada, maíz, alberjas [sic], porotos, papas,
batatas y maní, la practican generalmente las gentes pobres, en mayor o
menor escala, según el número de personas hábiles de ambos sexos que
componen la familia, en terreno propio, la generalidad, o adquirido de
otros propietarios con el cargo de prestar a estos su servicio personal
por uno o dos meses anuales en la época que designan convencionalmente
en las labores de aquellos.” (Terán, 1875)
La categoría “labrador-peón” que aparece en las planillas del censo del
departamento de Monteros –no así en el resumen editado–, quizás haga
referencia a esos labradores pobres que pagaban el arriendo con
servicios personales.[xi][11] Por otra parte, es muy probable
–considerando los datos del censo de 1869, de los que se desprende la
presencia de un alto porcentaje de mujeres dedicadas a las actividades
textiles y a la costura en las áreas rurales– que la producción de
bienes para el consumo se combinara en estas pequeñas unidades de
producción campesinas con la venta al mercado de excedentes y de
producción artesanal, además de la de fuerza de trabajo. Al respecto,
cabría hacer dos consideraciones. Tales productores se integraban a la
economía mercantil por lo menos vendiendo de un modo sui generis su
fuerza laboral. En cuanto a los artesanos y artesanas, siendo las
caracterizaciones del censo de 1869 más profesionales que sociales, no
sabemos si se trataban de trabajadores independientes o asalariados, o
–inclusive– si se había desarrollado en Tucumán un sistema de producción
doméstico controlado por comerciantes-manufactureros. En ese sentido no
está claro en qué medida en el área rural de Tucumán, en los años
previos al auge azucarero, se combinaban –como agentes económicos– el
individuo y el grupo doméstico, el trabajo asalariado y la mano de obra
familiar, la producción para el mercado y el autoconsumo.
Sin embargo, la definición de los rasgos capitalistas de la economía
tucumana, el paso del “capitalismo incipiente” a un estadio más
desarrollado, tiene que ver con el desarrollo de una actividad cuyas
unidades de producción exigían una inversión en factores (tierra,
capital y trabajo) en magnitudes notoriamente superiores a las que se
requerían para el cultivo de cereales y tabaco o la explotación
ganadera. Nos referimos, obviamente, al cultivo y procesamiento de la
caña de azúcar, que fue acompañada por a) la constitución de una clase
empresaria decididamente implantada en la producción agrícola y
manufacturera; b) la mayor concentración de capitales invertidos en los
emprendimientos productivos; c) la expansión de las relaciones laborales
bajo la forma salario.
La comparación entre el cuadro agrícola de los departamentos de Río
Chico y Graneros y de la localidad de Yerba Buena con un padrón de
patentes de la Capital, da una idea de las diferencias de escala –y de
la naturaleza de los modos de producción, del fundado en la inversión de
capitales en tierras, útiles y mano de obra asalariada y de aquel en el
que la fuerza de trabajo la constituía esencialmente el grupo familiar
del productor– que ya se presentaban entre la producción cerealera y
tabacalera y el ascendente cultivo de la caña de azúcar.[xii][12]
Cuadro Nº 1: Esquema de la estructura agrícola del departamento de Río
Chico (1861) (*)
(*) De los cuarenta productores que pagan patente por “fábricas de
destilación”, sólo ocho tienen plantaciones cañeras menores a cinco
cuadras cuadradas. El mayor productor, Wenceslao Posse, era propietario
de una plantación de 38 cuadras cuadradas. No están incluidos los
productores cañeros que no poseen trapiches y demás equipamiento para la
producción de aguardiente y/o azúcar.
Fuente: Elaboración propia a partir de un padrón de patentes de La
Capital. Archivo Histórico de Tucumán, Comprobantes de Contaduría, Vol.
164, f. 429.
Es suficientemente conocido como, primero lentamente y luego de un modo
vertiginoso, la azucarera se constituyó en la principal actividad
económica de la provincia. A fines de siglo, los cañaverales y las
chimeneas de los ingenios eran el signo distintivo del paisaje rural
tucumano, aunque no habían desaparecido las otras actividades que a
mediados de la década de 1870 otorgaban a su perfil productivo un
carácter diversificado (Terán: 1875).
Sobre el proceso de acumulación de los capitales que se invirtieron en
el “despegue azucarero” y la formación de la clase empresaria que
aparecerá como la gran protagonista de la expansión económica tucumana
se han formulado sólidas hipótesis, aunque falta desarrollar todavía
muchas investigaciones de base para corroborarlas suficientemente (Cf.,
Giménez Zapiola, 1975; Balán, 1978; Guy, 1981; Pucci, 1988; Campi,
1996). Al contrario, la constitución de la masa de peones y jornaleros
que ocuparon sus brazos en plantaciones e ingenios no ha merecido mayor
atención por parte de los historiadores, echándose de menos –para los
años previos al “despegue”– aproximaciones sobre la demanda y la oferta
de trabajo, sobre el nivel y evolución de los salarios, etc.[xiii][13]
Siendo la azucarera una actividad que conjugaba diversas tareas durante
la zafra –el corte, la recolección, el transporte y el procesamiento de
la caña en los ingenios–, se distinguía de las otras producciones por el
uso intensivo que hacía de la mano de obra. Según Kaerger, hasta los
“pequeños campesinos” debían contratar por lo menos dos trabajadores por
cuadra cuadrada durante la cosecha (Kaerger, 1901: 361). Por lo tanto,
uno de los prerequisitos para el desarrollo de la actividad era disponer
de un sector de la población que careciera de medios alternativos de
subsistencia, que los mismos fuesen lo suficientemente precarios como
para impulsarlo a vender su fuerza de trabajo, o contar con una zona
expulsora de población en la cual proveerse de trabajadores a costos
asequibles.
Los testimonios de los años previos al boom del azúcar son elocuentes.
El ritmo de la expansión azucarera –y la consecuente demanda de
trabajadores–, creó pronto un fuerte desequilibrio entre la oferta y la
demanda de mano de obra.
La élite atribuyó este desfasaje a la combinación de factores de orden
subjetivo con otros referidos a la estructura de la tenencia de la
tierra. Aunque se responsabilizó de la “falta de brazos” por sobre todo
a la “vagancia” y a la “holgazanería” de las masas indigentes (males
contra los cuales sólo era posible perfeccionar los mecanismos coactivos
para “moralizarlas”),[xiv][14] algunos, como Bousquet, fundaron el
insatisfecho “hambre de brazos” de los grandes propietarios en la
extrema fragmentación de la tierra:
“Puede decirse con toda verdad que no hay en la campaña una sola familia
que no sea propietaria de un pedazo de terreno y de unas cuantas cabeza
de ganado vacuno o lanar que les asegure la subsistencia. De ahí
proviene, sin duda alguna, de que nuestras jentes [sic] de campo sean
tan aficionadas a sus hogares, lo que ocasiona a veces perjuicios a
nuestros industriales, quienes se ven a menudo privados de brazos para
la atención de sus establecimientos, porque la gente pobre ama tanto su
independencia y se contrae a cuidar su hacienda con tanto esmero, y los
trabajos de agricultura que establecen como accesorios.” (Bousquet,
1882: 441)
Sin duda, ambos argumentos son complementarios antes que
contradictorios. El primero hacía hincapié en la resistencia de los
sectores populares a renunciar a un sistema de valores y hábitos reñidos
con las nuevas exigencias del capitalismo azucarero, cuyo origen estaba,
según la visión de la élite, en la “perversión” y “corrupción” innatas
de los sectores populares;[xv][15] Bousquet, por su parte, ponía énfasis
en factores de orden objetivo, en la estructura de tenencia de la
tierra, de la que se originaba un fuerte sentimiento de independencia en
la “gente pobre”.[xvi][16] Sin embargo, de ningún modo, como demuestran
censos y padrones, “todas” las familias del Tucumán rural poseían un
“pedazo de terreno” y “unas cuantas cabezas de ganado”, por lo menos en
una escala que les permitiera subsistir sin tener que vender su fuerza
de trabajo de modo permanente o eventual. Por el contrario, de acuerdo a
la información de que disponemos, existía ya a principios de siglo un
incipiente sector de jornaleros –es decir, de productores separados de
los medios de producción, que se distinguían de “labradores”,
“agricultores” y “criadores”–, que iría incrementándose con el correr de
los años.
El censo de 1812, del que se conservan los registros de dos cuarteles de
S. M. de Tucumán, los de Río Chico, Los Juárez y un curato de Burruyacu,
da un 5,7% de “peones” y “gente de servicio” en la campaña y un 6,3 % de
“conchabados”, “peones” y “criados” en la ciudad (si se suman a éstos
los “agregados”, los porcentajes de dependientes se elevan a 14,6 y 9,4
%, respectivamente) (Parolo: 1995).[xvii][17] A su vez, un padrón
masculino de dos cuarteles de la ciudad, de 1818, con 453 individuos con
oficios declarados, indica que el 11,2 % de estos eran peones (AHT, SA,
Vol. 126, ff. 249-260).[xviii][18] Pero en 1834, en un padrón general de
población de “Los Valdeses”, departamento de Burruyacu, la participación
en la estructura socio-ocupacional del segmento de los que se puede
presumir asalariados se incrementa de un modo considerable. Con 1.159
registros y 497 oficios declarados, se contabiliza un 32,6 % de
jornaleros (121 varones y 41 mujeres) en la población en edad laboral,
frente a un 35,6 % de labradores y un 15,5 % de criadores.[xix][19] Es
muy difícil inferir en qué medida estos datos expresan algo más que una
situación muy localizada y hasta qué punto son representativos de un
proceso social a escala más vasta. No obstante, no dejan de ser un
indicador de un intenso fenómeno de “proletarización” (¿no sería más
apropiado decir “asalariamiento”?) que se estaría verificando en ciertas
áreas de la provincia.[xx][20]
¿Tiene que ver esto con el “notable impulso” de la producción azucarera
que se advierte en esa década y que recibe un decidido apoyo del
gobernador Alejandro Heredia, quien dictó medidas para su fomento y
protección y que estimaba en seiscientos los hombres empleados en la
actividad en 1833? (Pavoni, 1981: 8).
“En 1838 –afirma esta autora- hay nueve fábricas de destilación de
aguardiente y treinta y dos ingenios; establecimientos que en su mayoría
se encuentran en los alrededores de la ciudad capital. En ese año,
también, el azúcar y el aguardiente de caña producidos en la provincia
comienzan a figurar en las guías de exportación. A comienzos de 1839 se
calcula que, con la nueva industria, ‘la provincia de Tucumán tiene en
el día cincuenta mil pesos más de producción por año’” (Pavoni, 1981:
10).
Según Heredia, la actividad incentivaba la llegada de inmigrantes y
capitales. En su mensaje a la legislatura de octubre de 1838, decía:
“Con los progresos de la agricultura ofrecemos ocupación lucrativa á los
hijos de las provincias hermanas, y á los estrangeros [sic] medios de
ejercer su industria. Asi nuestra población crece y aumenta rapidamente.
Un gran numero de familias de las provincias limitrofes pueblan nuestros
campos, y vosotros sabeis que en el aumento de poblacion consiste la
verdadera riqueza y fuerza de un Estado.” (Pavoni: 1981: 11)
Sin embargo, pese a ello, a fines de esa década de 1830 había en la
ciudad capital y alrededores una fuerte demanda insatisfecha de
jornaleros, si nos atenemos a lo que alegaba el gobernador Piedrabuena
en 1839. En los considerandos de un proyecto en el que proponía declarar
“ciudadano benemérito” al futuro obispo Colombres afirmaba: “[...] Se
echan de menos los brazos de labor agrícola; cuando antes los miserables
jornaleros los tendían en vano en busca de ocupación y alimento [...]”
(Schleh, 1921: 31).
En consecuencia, el número de jornaleros no crecía al ritmo que
demandaban las actividades económicas de la provincia, la que atravesaba
una coyuntura económica muy favorable por el bloqueo francés al puerto
de Buenos Aires,[xxi][21] o –por circunstancias sobre las cuales hoy
sólo podemos especular– la simple existencia de una masa de asalariados
no se correspondía con la demanda de mano de obra. No creemos que el
origen de esta situación pueda relacionarse con la escasa calificación
laboral de los trabajadores. Es más probable que este problema tuviera
que ver con su “indisciplina”, lo que podría haber dificultado la
provisión regular de trabajo.[xxii][22] Quizás esto explique que en la
década de 1830 los gobiernos y las legislaturas pusieran mayor empeño
(con relación a las década de 1820 y de 1840) por reformular y poner en
vigencia las normativas sociolaborales coercitivas (Cf. Campi, 1993a).
Obviamente, son estas simples conjeturas que oportunamente habrá que
intentar verificar si se supera el obstáculo de la carencia de datos
para indagar sobre esta materia. Sobre que la extendida presencia de las
pequeñas unidades de producción tenía una relación directa con la
“independencia” (no sólo económica, sino también en valores y conductas)
de la población rural que tanto desvelaba a las clases propietarias,
tenemos menos dudas.
Como vimos, hay suficientes pruebas de que esa debilidad en la oferta
local de trabajo fue compensada recurriendo a trabajadores de provincias
vecinas. De acuerdo a una información oficial de fines de diciembre de
1845, sólo en ese año se habrían “establecido” en la provincia 650
individuos, 44 “extranjeros” (todos franceses con oficio) y 606
“americanos”, 548 de los cuales, el 90,4%, fueron registrados como
“gente de servicio”.[xxiii][23] No olvidemos que en las fuentes se
denomina al mismo segmento de la población, indistintamente, “gente de
servicio”, “gente de proletaria”, “gente de conchabo”, “jornaleros”.
Aunque debemos ser cautelosos por el carácter fragmentario de estos
datos, a partir de los mismos podemos sugerir algunas hipótesis, a
corroborar en futuras investigaciones:
1) Muchos años antes del “despegue” azucarero se habría estado formando
en Tucumán el sector social caracterizado por la élite como “gente
jornalera”, “gente proletaria” o “gente de servicio” (y paralelamente,
desarrollándose una demanda de trabajo que absorbía e incentivaba su
crecimiento) a la que se apelará en los 70 y los 80 para satisfacer las
necesidades de mano de obra de plantaciones e ingenios y para la
construcción de canales de riego, obras civiles, caminos y vías férreas.
2) El crecimiento natural de la población no fue condición suficiente
para satisfacer la demanda de trabajo de una economía en
expansión.[xxiv][24]
3) Siendo Tucumán la provincia más densamente poblada del país (con
valores diez veces superiores a la media del conjunto que luego sería la
Argentina en 1801 y cinco veces a la del litoral a comienzos del
despegue azucarero) (Pucci, 1992: 10), podría atribuirse esa
insuficiencia no a la “carencia de brazos”, sino a la resistencia de un
sector de la población a aceptar la radical transformación de hábitos de
vida y pautas culturales que demandaba el trabajo asalariado en
ingenios, curtiembres, plantaciones, etc.[xxv][25]
4) Aunque un buen porcentaje de la población se encontrara
imposibilitada de atender su subsistencia como productores
independientes (o sólo como productores independientes), la fuerte
presencia en el paisaje social tucumano de pequeñas unidades de
producción agrícolas y/o ganaderas, habría hecho más difícil la
erradicación o rápida moderación de los hábitos de libertad e
independencia de la población rural, los que fueron asimilados por la
élite como manifestaciones de “indisciplina”, “ociosidad”, “vagancia”,
“vicios”, “inmoralidad”, “desorden”, etc., rayanos con el delito.
5) En consecuencia, hubo que apelar a migrantes de provincias vecinas
(los “americanos” del informe de 1845), por lo que el sostenido
crecimiento demográfico tucumano de los dos primeros tercios del siglo
XIX no habría sido “esencialmente, producto del crecimiento natural”,
como afirma Pucci (1992: 14), sino que se habrían sumado a éste
importantes aportes migratorios. Porque los componentes que determinan
el crecimiento natural (tasas de fecundidad, natalidad y mortalidad) no
pueden responder a corto plazo a las coyunturas económicas favorables
(aumento de la demanda de trabajo y de salarios), a diferencia de las
migraciones, que sí lo hacen.
6) La explicación del “máximo nivel” en el crecimiento demográfico
tucumano, que se habría verificado entre 1845 y 1858, con una tasa anual
del 28,6 por mil, encontraría así una explicación más coherente, al
asociárselo “con la coyuntura global de idéntico signo [favorable] que
vivía la provincia”. (Pucci, 1992: 14)
7) Por último, el apego a la “independencia” de la población rural,
conjugado con una demanda intermitente de mano de obra, sometida a la
estacionalidad propia de la agricultura y la ganadería, hizo que la
provisión de trabajo adquiriera algunas formas particulares, aunque no
privativas del caso tucumano. Por ejemplo, el usufructo de parte de un
fundo para criar unas cuantas cabezas de ganado y cultivar una chacra a
cambio de prestaciones personales durante determinados períodos del año
(lo que todavía hoy se practica en algunos puntos de la montaña tucumana
y se denomina “obligación”). Modalidad que, además, ofrece la ventaja al
propietario de tener que atender la alimentación del trabajador durante
un pequeño período anual y descargar sobre los mismos los costos de la
reproducción social.
Las cédulas censales de 1869 demuestran la importancia del aporte
migratorio interno mucho años antes del auge azucarero, uno de los
elementos en que se fundan estas conjeturas. Según las mismas, en 1869
se registra como “peones” al 61% de los varones mayores de 16 años de la
zona rural del departamento Capital (inclusive la mayoría de los niños a
los que se les consignan ocupaciones figuran como tales). Un 32,5% de
esos peones, además, son nativos de Santiago del Estero o Catamarca.
Ello compone un panorama que contrasta con el del ámbito rural del
departamento de Monteros, en el que sólo el 3% de lo que podríamos
asimilar (con obvias precauciones al tratarse de una sociedad
latinoamericana del siglo XIX) a la PEA masculina está compuesto por
“peones”, aunque este porcentaje podría elevarse al 22,1 % si se toma en
cuenta la categoría “labrador-peón” (Campi y Bravo, 1995: 149-151).
Llama la atención la correspondencia en la Capital entre el desarrollo
del segmento de peones y la presencia de migrantes santiagueños y
catamarqueños, lo que indicaría que la zona azucarera por excelencia de
Tucumán ya estaría operando, varios años antes de la llegada del
ferrocarril, como un imán de mano de obra a escala regional. Diez años
antes del censo, en 1859, Burmeister se había percatado del fenómeno:
“La clase más pobre de la población –decía el sabio alemán refiriéndose
a Santiago del Estero– vive, en su mayoría, de las provincias vecinas y
especialmente de Tucumán, a donde acuden muchos santiagueños en la época
de la zafra”. (Burmeister, 1944: 119)
No puede deducirse de lo anterior que en la constitución del mercado de
trabajo tucumano la presencia de peones y jornaleros santiagueños fuera
cuantitativamente más importante que la de peones y jornaleros tucumanos
a partir de los años 40. Sí que es indudable que –con las dificultades
inherentes de una masa laboral todavía no disciplinada– varias décadas
antes del “despegue azucarero” se había desarrollado en la provincia un
sector de la población que en 1869 los censistas denominaron “peones”,
“jornaleros”, “sirvientes”, y que se insertaban en el proceso productivo
en el marco de relaciones salariales.[xxvi][26] Los orígenes de este
sector se remontan a la colonia y huelga decir que tampoco en este
período el proceso ha sido estudiando suficientemente.
Indígenas, “españoles” pobres (es decir, blancos pobres), mestizos y
“castas” componían el pequeño segmento de “jornaleros” de fines del
siglo XVIII y comienzos del XIX (López de Albornoz, 1993). Si no se ha
estudiado el mundo agrario tucumano, sus estructuras familiares y sus
unidades productivas,[xxvii][27] menos aún se han indagado las vías y
los mecanismos de la “proletarización”, el surgimiento de un sector de
la población que se veía obligado a vender de forma permanente o
eventual su fuerza de trabajo para atender su subsistencia. Los estudios
de estos procesos han hecho referencia a la desestructuración de las
economías campesinas. En rigor, el concepto pone énfasis en la
expropiación del producto, a raíz de la cual el productor “deja de
poseer los materiales con que trabaja o el producto acabado de su
trabajo y, en realidad, no vende un producto, sino la fuerza de trabajo”
(Rule, 1990: 37). Desconocemos si en Tucumán los asalariados surgían
como producto de la descomposición de unidades de producción campesinas,
de su desaparición por efecto de coacciones y despojos por parte de la
élite o si las familias campesinas producían un “excedente” de brazos
que engrosaban el sector de jornaleros. Seguramente no existió sólo una
de estas “vías”. Diversas coyunturas históricas en un proceso que abarcó
varias décadas y situaciones locales muy diferenciadas deben haber
generado también una diversidad de necesidades y estrategias por parte
de los actores sociales, cuyos resultados seguramente fueron variados.
Lo que sí está claro es que el campesinado tucumano perduró con mayor
éxito que en otras regiones del país, que en algunas áreas bonaerenses,
por ejemplo, donde algunos factores, conjugados, “[...] conspiraron
contra la subsistencia de esa débil clase de agricultores, e impidieron
la continuidad de su participación en los diversos avances hacia el sur
de la frontera que tuvieron lugar durante el siglo XIX [...]” (Míguez,
1993: 192).
Si bien es cierto que a partir de la década de 1830 la élite comercial
tucumana desarrolló estrategias de adquisición de tierras a partir de
las cuales diversificaba sus actividades económicas e intereses; y que
el monto de los capitales invertidos en esas operaciones fue en ascenso,
el proceso no adquirió intensidad en toda la primera mitad del siglo XIX
(Fandos y Fernández Murga, 1996). Pero también es cierto que la
documentación demuestra que la élite utilizó el poder que recayó en sus
manos con la independencia para apropiarse de tierras de comunidades
indígenas, cuyas familias luego de los despojos (aprobados y legalizados
por el naciente Estado republicano) tuvieron que convertirse en
arrendatarios de los nuevos propietarios o satisfacer las necesidades de
mano de obra de las haciendas.
Con relación al despojo de las tierras de los pueblos indígenas de la
llanura tucumana, hay evidencias de que, avanzado el siglo XIX, no había
concluido. Por ejemplo, luego de la independencia, en la década de 1820,
el gobierno tucumano decide subastar públicamente las tierras del pueblo
de Naschi (AHT, SA, Vol. 32, f. 71); a mediados de siglo, a su vez, los
indios de Marapa eran todavía propietarios de esa estancia, aunque desde
el ámbito oficial se maniobraba para forzar su venta a particulares
(AHT, SA, Vol. 70, f. 391).[xxviii][28]
Hasta el presente no se ha hecho referencia a la “expropiación” de otro
tipo de campesinos, aunque la casi violenta expansión del área bajo
cultivo de la caña (1.687 hectáreas en 1872, 6.636 en 1882, 12.768 en
1888 y 40.724 en 1895) (Schleh, 1921: 246-247) puede haber significado
la desaparición de pequeñas explotaciones, cuyos tenedores, campesinos
sin títulos, habrían engrosado el ejército de “conchabados”.[xxix][29]
Al respecto, no hay dudas de que el “hambre de brazos” de la élite no
fue acompañado –por lo menos en intensidad– por un similar “hambre de
tierras”. Quizás la gran disponibilidad de tierras que sucedió a la
expulsión de los jesuitas (propietarios de grandes potreros en las zonas
serranas y grandes latifundios en las mejores tierras de la provincia),
y las muy favorables condiciones que se dieron para adquirirlas, hayan
“saciado” ese hambre. Muchas familias de la élite adquirieron ex
haciendas jesuitas en los remates llevados a cabo por la Junta de
Temporalidades (o luego de los mismos), dentro de las cuales más tarde
se fundarían ingenios y se extenderían las plantaciones de caña de
azúcar.
Asimismo, no podemos dejar de recordar que, en buena medida, el problema
de la insuficiencia de brazos y de provisión de materia prima se
solucionó durante los años del auge azucarero incorporando a la
producción cañera a pequeños productores agrícolas. “Ello posibilitó la
expansión del área cultivada de caña para alimentar las bocas molienda
de los ingenios en momentos en que muchos de éstos, poseedores de
grandes extensiones en las mejores tierras de la provincia, no podían
extender los cañaverales por falta de trabajadores, como lo hizo notar
Rodríguez Marquina en 1890” (Campi, 1993a: 67).
Sin embargo, también éstas proposiciones deben ser verificadas con un
sistemático trabajo sobre fuentes primarias. El gran obstáculo para
avanzar en la dilucidación de estos problemas es la ausencia casi
absoluta de investigaciones sobre historia agraria tucumana de la
primera mitad del siglo XIX.[xxx][30] Por ejemplo, poco y nada conocemos
sobre cuáles eran las formas jurídicas de tenencia de la tierra de los
pequeños productores. ¿Propietarios, arrendatarios, condóminos,
medieros, agregados, ocupantes sin títulos? Seguramente coexistían
diversas situaciones y arreglos, aunque no podamos todavía definirlos y
determinar su difusión.[xxxi][31] Las fuentes mencionan esporádicamente
a los “arrenderos”. Diversa documentación da cuenta de ellos. Sólo a
modo de ejemplos, se podría mencionar un padrón de 1812 de Burruyacu
–elaborado para la recaudación de un empréstito con fines militares–,
que contiene un completo listado de propietarios y arrendatarios (AHT,
SA, Vol. 23, f. 147 y ss.); otro de 1832, con una lista de arrenderos de
Colalao (AHT, SA, Vol. 39, f. 179; hasta llegar al censo de 1896, que
registra 2.361 arrendatarios y 528 “medianeros” frente a 7.099
propietarios (Correa y Lahite, 1898: 12). Se trata, está claro, de una
seria carencia que los historiadores debemos intentar superar si
aspiramos a reducir los numerosos conos de sombras que dificultan el
buen conocimiento de la historia tucumana.
Otra cuestión sobre la cual debe indagarse es la relación de las
pequeñas explotaciones y la oferta de mano de obra. Se ha enunciado ya
la hipótesis de que, probablemente, las tradiciones de libertad propias
de los productores independientes (¿podríamos indagar sobre la
existencia de una cultura agraria relacionada con esas tradiciones?)
dificultaron el “disciplinamiento” y “moralización” de los trabajadores,
por lo menos al ritmo y con las pautas exigidas por una explotación
capitalista agroindustrial en expansión, como fue la del
azúcar.[xxxii][32] Sin embargo, también se ha advertido sobre la
relación funcional que habría existido en Tucumán (y que todavía
pervive) entre el minifundio y la demanda de trabajo de ingenios, fincas
y plantaciones.
Siguiendo a Domínguez y Hervás (1970), Pucci intentó sintetizar esta
peculiaridad de la producción azucarera tucumana en relación con otras
zonas productoras: “Allí donde impera, la plantación se acompaña de una
constelación de minifundios subordinados, cuya existencia en torno a la
gran propiedad se explica porque funcionalmente le es útil y necesaria:
el minifundio constituye la reserva de fuerza de trabajo y la fuente
complementaria de subsistencia de esa misma reserva, que la gran
propiedad tiene a su disposición” (Pucci, 1989: 30).
Por supuesto, es necesario determinar el momento en que se establece
esta relación entre el minifundio cañero y la gran
plantación[xxxiii][33] y estudiar en qué medida ese papel de
“reservorio” de mano de obra de la pequeña explotación –y de los
ingresos salariales como fuente complementaria de subsistencia de la
misma “reserva”–, era previo al auge azucarero.
En otras palabras, en qué medida las pequeñas unidades de producción
agrícolas y ganaderas fueron uno de los factores de retención de una
mano de obra a la que podía apelarse en los picos de la demanda de
trabajo presente en la diversificada economía tucumana, mano de obra que
–en otras condiciones de mercado– habría sido expulsada, tal como
ocurrió en Santiago del Estero.
Reflexiones finales
Las condiciones en las que se fue gestando el mercado de trabajo en
Tucumán durante el curso del siglo XIX otorgaron al proceso
características muy peculiares, comparadas con las de otras regiones del
país. No existía una frontera abierta y, por consiguiente,
disponibilidad de tierras casi ilimitada como en el caso pampeano. Por
otro lado, la expansión económica tucumana no recibió el aporte de mano
de obra europea, masivo en el litoral y significativo en Mendoza, ni
tampoco los importantes contingentes de indígenas chaqueños y
trabajadores bolivianos que arribaron a las áreas azucareras de Jujuy y
Salta a principios del siglo XX.[xxxiv][34]
Como compensación, la provincia tenía una gran dotación demográfica, lo
que ha sido destacado por Pucci como una de las precondiciones del auge
azucarero del último cuarto del siglo XIX. Sin embargo, pese a ello, hay
testimonios acerca de que ya en la década de 1830 se presentaba un
fuerte desequilibrio entre oferta y la demanda de jornaleros, el que fue
subsanado con migrantes de las provincias vecinas, en particular de
Santiago del Estero, tradicional zona expulsora de población. Mucho
podríamos avanzar si se remediara la ausencia de conocimientos sobre el
crecimiento natural de la población tucumana durante el período. Pero,
ello no bastaría, pues la constitución de un ejército de asalariados no
es una simple “consecuencia” del crecimiento demográfico. La
“proletarización” es también un proceso cultural, de transformación de
representaciones, conductas y hábitos colectivos a nuevas exigencias,
valores y pautas, en el que las condiciones de mercado se articulan con
elementos de orden subjetivo, los que definen una compleja ecuación de
imposiciones, resistencias y adaptaciones.[xxxv][35]
En ese sentido, investigaciones sobre la población rural tucumana del
siglo XIX desde una perspectiva cultural nos permitirían introducirnos
en un ámbito clave para estudiar la formación del mercado de trabajo.
Las diversas manifestaciones de resistencia, individuales y colectivas,
de los trabajadores tucumanos de la segunda mitad del siglo XIX, que se
incrementaron notablemente durante la década del 80 a la par de la
expansión azucarera, el crecimiento de la demanda de trabajo, la
maquinización de la industria, la imposición de nuevas modalidades y
ritmos laborales y las presiones de los sectores propietarios y del
Estado para “disciplinarlos” y “moralizarlos”, tienen sobrados
antecedentes en las décadas previas, en los 60 y los 70, como consta en
la documentación policial. Nada, o casi nada, sabemos de este juego
disciplinamiento-resistencia en las décadas previas; de las formas con
las que los trabajadores enfrentaban (o se adaptaban) al propósito de la
élite de acotar –y de suprimir, si era posible– sus “espacios de
libertad”, como caracteriza María Angélica Illanes a los ámbitos de
sociabilidad de las clases populares y a las circunstancias en que daban
rienda suelta a sus necesidades recreativas lejos del control y la
vigilancia de los sectores dominantes (Illanes, 1990: 10-11); ni de las
diversas estrategias –más allá de la coacción– utilizadas por la élite
para vencer la resistencia y acelerar la adaptación, entre ellos los
incentivos monetarios.[xxxvi][36] En fin, sin la más elemental
aproximación a este territorio de la cultura, de las representaciones
mentales, el estudio sobre la formación del mercado de trabajo será una
construcción desde una perspectiva que desconoce que todo proceso humano
es el resultado de una sumatoria de percepciones, decisiones,
estrategias, esperanzas y temores, más o menos conscientes.
Ahora bien, es indudable que no pueden estudiarse los sistemas de
representación y las conductas al margen de las condiciones materiales
de existencia, del vínculo de hombres y mujeres con los medios de
subsistencia, etc. En ese sentido, como ya he anticipado, habría que
indagar las probables conexiones entre las modalidades de tenencia de la
tierra con esos hábitos de independencia de la población rural que la
élite asociaba a la indolencia, al “vicio” y a la “vagancia”. Pero,
¿cómo estudiar la percepción que sobre sus derechos de usufructuar los
recursos naturales, de disponer libremente de su tiempo, de fijar el
precio de su trabajo, de la propiedad, etc., tenían los pequeños
productores y los trabajadores sin tierras del campo tucumano, si poco y
nada sabemos sobre las unidades de producción en las que laboraban?;
¿sobre la productividad de la tierra y del trabajo?; ¿sobre la
tecnología agraria que aplicaban?
Se observará que estas notas son, a la vez que un apretado estado de la
cuestión, la justificación de un programa de trabajo. Se han enunciado
muchos problemas, a partir de cuya resolución tendríamos un panorama de
la sociedad tucumana del siglo XIX menos fragmentario y con menos
lagunas de conocimiento. Queda pendiente el problema de las fuentes. Al
respecto solo diré que del rico acervo documental del Archivo Histórico
de Tucumán los historiadores se han ocupado básicamente de la Sección
Administrativa; menos han utilizado la Sección Protocolos y casi nada
las diferentes series de la Tesorería (Comprobantes, Manuales y Mayores
de Contaduría) y la Sección Judicial. Indagar sobre éstas con una nueva
batería de preguntas nos daría sin duda una visión renovada no sólo de
la gestación del mercado de trabajo, sino de todo el siglo XIX tucumano.
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______________________________
Autor. Daniel Campi
Conicet-Universidad Nacional de Tucumán
Aportado por: Revista Trabajo y Sociedad, Indagaciones sobre el empleo,
la cultura y las prácticas políticas en sociedades segmentadas.
http://www.geocities.com/trabajoysociedad/
Trabajo y Sociedad pretende constituirse en un espacio de las ciencias
sociales para la publicación de artículos y textos sobre los problemas
del desarrollo de las sociedades latinoamericanas, particularmente los
referidos al estudio de las articulaciones del mundo laboral con la
estructura social, el sistema productivo y las prácticas culturales y
políticas. Esta revista electrónica es publicada por el Programa de
Investigaciones sobre Trabajo y Sociedad (PROIT) de la Maestría en
Estudios Sociales para América Latina de la Universidad Nacional de
Santiago del Estero (UNSE) en Argentina. Sus integrantes son académicos
que realizan sus tareas en vinculación con la UNSE y con el Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). El
Programa es financiado por el Consejo de Investigaciones Científicas y
Técnicas (CICYT-UNSE) y participa de las actividades de la Asociación
Argentina de Especialistas en Estudios del Trabajo (ASET) y de la Latin
American Studies Association (LASA).
* Una versión previa de este artículo fue publicado en Poblacion y
Sociedad, Revista Regional de Ciencias Sociales, Nº 5, Octubre de 1998,
Fundación Yocavil, Tucumán.
NOTAS
[i][i][1] Hasta la derogación de la ley de conchabos, en 1896, las
relaciones laborales eran una cuestión de orden público. En
consecuencia, el Jefe de Policía en la ciudad capital y los comisarios
de campaña se desempeñaban como jueces del trabajo.
[ii][2] Algunos autores creen ver en esas leyes un reflejo de la
estructura social (García Soriano, 1960; Rosenzvaig, 1987). Mi
percepción es que, por el contrario, las leyes de conchabo antes que un
reflejo del ordenamiento social eran una representación ideal de la
sociedad, un instrumento de acción sobre las relaciones sociales, un
“deber ser” antes que “el ser”.
[iii][3] La derogación, votada en mayo, entró en vigencia en diciembre.
[iv][4] Según el censo nacional de 1869, los jornaleros constituían en
toda la provincia el 12,48 % de la fuerza de trabajo, considerando ambos
sexos; de acuerdo a los registros del censo de 1895, el agrupamiento de
“jornaleros” y “sin profesión” (24.741 y 8.233 individuos,
respectivamente) constituía el 30,69 % de la misma (Bravo, 1992: 34).
[v][5] Una excepción es el breve artículo de Bosonetto (1951). Ver,
también, Gaignard (1964).
[vi][6] En la década de 1860 se habían instalado, también, pequeños
ingenios en los departamentos de Monteros, Chicligasta, Río Chico y
Burruyacu.
[vii][7] Algunos autores la han denominado, hasta muy avanzado el siglo
XIX, “neofeudal” y hasta “semiesclavista”, en función de la presencia de
normativas sociolaborales coercitivas. García Soriano (1960: 24)
considera que los trabajadores sometidos a las leyes de conchabo estaban
bajo una “perpetua servidumbre”, aunque de su texto se desprende lo
contrario; Rosenzvaig (1987: 27) habla de un “neofeudalismo”, en el que
se “insertaría” la manufactura del azúcar, “no para negarlo, sino todo
lo contrario, para otorgarle nueva vida” (una revisión crítica de estas
caracterizaciones en Campi, 1991b). No es oportuno reeditar –a partir
del caso tucumano– discusiones superadas en los 70. Bastaría señalar que
estamos en presencia de una sociedad que casi no conserva vestigios de
los modos de producción que Samir Amin (1986) ha denominado
genéricamente “tributarios”, entre los que se incluye el feudal.
Ruggiero Romano, fundamentando la pertinencia de su expresión
“feudalismo americano” para caracterizar las sociedades coloniales
americanas, apela a las restricciones de los asalariados para ingresar y
salir libremente del mercado de trabajo por la existencia del
endeudamiento y de la “tienda de raya”. Al respecto, en Tucumán, donde
se reconocían por ley los “derechos” de los patrones sobre los
trabajadores endeudados, e independientemente del apego a arcaicos
mecanismos de dominación social que tenían las clases propietarias, de
ningún modo puede afirmarse que “[...] En realidad, los peones no eran
libres: una vez que habían entrado en el circuito de trabajo bajo el
dominio de un señor, difícilmente escapaban de él. El sistema que creó
su dependencia era simple: el endeudamiento. [...] El endeudamiento era
crónico y se transfería de padres a hijos [...]” (Romano, 1992: 10). Por
lo tanto, la expresión “capitalismo incipiente” nos parece apropiada
para caracterizar a la sociedad tucumana de mediados del siglo XIX, en
tanto los rasgos que distinguen a una sociedad capitalista ya estaban
presentes, aunque de un modo rudimentario si se los compara con los
niveles de evolución que alcanzarían a partir del auge azucarero.
Obviamente, se tratará de un capitalismo sui generis, propio de una
región periférica de un país periférico.
[viii][8] El censo nacional de 1869 consigna, para la ciudad capital y
el resto de la provincia, respectivamente, 593 y 308 comerciantes; 732 y
346 cigarreros y cigarreras; 931 y 489 pelloneras; 790 y 434 zapateros,
boteros y remendones. En una población total de 109.000 habitantes, San
Miguel de Tucumán tenía entonces 17.500 almas.
[ix][9] “La cría de ganado vacuno [...] está tan repartida entre todos
los habitantes de la campaña, que son contados los hacendados que tengan
6.000 cabezas de ganado”, afirmaba Bousquet en 1882 (Bousquet, 1882:
441).
[x][10] “El consignatario que adelantaba fondos en Buenos Aires, cobraba
comisión de venta, comisión de compra, garantía e interés de los
capitales que adelantaba. El comerciante de las provincias se encontraba
esquilmado. Para todas las operaciones necesitaba un intermediario, es
decir, una comisión a pagar” (Quesada, 1942: 353). La relación entre los
grandes mercaderes porteños con el interior a fines del período colonial
ha sido tratada recientemente por Gelman (Gelman, 1996).
[xi][11] En las décadas de 1880 y 1890 la categoría “peón-arrendero”
denominaba a productores sin tierra que pagaban los arriendos de
pequeñas parcelas con trabajos personales.
[xii][12] El tamaño de las explotaciones cerealeras y tabacaleras de Río
Chico, Graneros y Yerba Buena no difiere básicamente de las de los otros
departamentos y localidades de la provincia (es excepcional el caso de
un productor que, en 1874, tributa por una explotación de 15 cuadras en
las “Chacras al sud” de la ciudad capital). Al respecto es pertinente
efectuar algunas aclaraciones. Los cuadros 1 y 2 y 3 no reflejan con
exactitud el número de productores agrícolas. Las leyes de patentes
eximieron del pago del canon, entre 1855 y 1872, a las explotaciones de
menos de media cuadra cuadrada (una hectárea, aproximadamente), aunque
en el padrón de 1861 de Río Chico se incluyeron a productores de 1/4 de
cuadra. A su vez, en tales cuadros se contabilizan dos veces a aquellos
que cultivan maíz y trigo o maíz y tabaco. Por otro lado, no todos los
que tributaban por pequeñas explotaciones agrícolas eran necesariamente
“pequeños” productores. Algunos pagaban también la “contribución
moviliaria” por ganado (cincuenta contribuyentes en Río Chico y veinte
en Graneros) y había unos cuantos pulperos. Sin duda, el caso de Enrique
Erdman, de este último departamento, era excepcional: tributaba en
concepto de “patentes” 95 $ por una curtiembre de primera clase, 50 $
por un ingenio de caña de azúcar y 15 $ por ganado; por “contribución
territorial” 40 $ por su “establecimiento de caña”, 4 $ por su vivienda
y 8 $ por una estancia; por “contribución moviliaria” 15 $ por ganado, y
un peso y cuatro reales por tres cuadras de maíz (Avila et al, 1996).
[xiii][13] Para los años del “auge azucarero” un estudio precursor fue
encarado por Jorge Balán (Balán, 1976)
[xiv][14] Ello explicaría la energía con la que a partir de la segunda
mitad de la década de 1850 se instrumentan las normativas sociolaborales
coactivas (persecución de la “vagancia”, exigencia de la papeleta de
conchabo, etc.).
[xv][15] Esta valoración se fundaba en una visión dualista de la
sociedad, constituida por dos esferas, una “bárbara” y “corrompida” y
otra “civilizada” y “decente”. Está claro que el esquema sarmientino de
“civilización o barbarie”, más que inspirar esa representación, fue su
más brillante formulación sociológica. De allí deviene, en gran medida,
la trascendencia que adquirió en la historia cultural y política
argentina.
[xvi][16] Esta relación entre el acceso directo a los recursos y la
resistencia a la proletarización ha sido señalada para otros casos. En
1906, en un informe que intentaba explicar las dificultades de las
empresas mineras de la sierra peruana para estabilizar sus planteles de
trabajadores, se afirmaba: “La población obrera ocupada en las minas, no
es en Perú estable, porque el indio sólo ocurre a los centros mineros en
busca de trabajo para complementar sus entradas en períodos de tiempo
determinados, pero no para dedicarse exclusivamente a la minería pues su
natural indolencia, sus chacaritas y sus pequeños rebaños le permiten
vivir más o menos miserablemente, sin sujetarse a la dura necesidad de
trabajar diariamente para otros, por horas fijas, por salarios
generalmente mezquinos” (citado en Bonilla, 1974: 36).
[xvii][17] Parolo agrupa bajo la denominación de “dependientes” a
“peones”, “conchabados”, “gente de servicio”, “agregados”, “sirvientes”,
etc., (advirtiendo que se trata de un “universo difuso”) en tanto los
contemporáneos consideraban que los que recibían esa denominación se
diferenciaban claramente de los clasificados como “labradores” y
“criadores” (Parolo, 1995: 24).
[xviii][18] Información proporcionada por María Paula Parolo.
[xix][19] AHT, SA, Serie Complementaria, Caja IX, Expte. 8. Las
estimaciones pertenecen a María Paula Parolo, quien está analizando el
padrón.
[xx][20] En ese mismo año de 1834, una ley sobre aranceles eclesiásticos
aprobada por la legislatura establecía la gratuidad de los matrimonios
celebrados entre “personas asalariadas que no tienen otro modo de vivir”
(Pavoni, 1981: 31).
[xxi][21] Tucumán y Corrientes, por la índole de sus producciones, en
las que artesanías y manufacturas tenían una alta participación
relativa, fueron especialmente beneficiadas por los bloqueos que flotas
extranjeras establecieron sobre el puerto de Buenos Aires (Cf. Nicolini,
1992 y Rosal, 1995).
[xxii][22] En 1800 un reo acusado de “vago y ladrón” declaraba: “[...]
dijo que es mestizo, soltero, que no tiene oficio, qe. lo prendió Dn.
Eugenio Rojas y qe. la causa de su prisión la presume sea por qe.
haviendose conchabado con el tropero Dn. Ramón Guevara, y recibido
salario, no lo sirbió [...] Preguntado si siempre ha estado conchabado
dijo qe. no, y qe. suele andar en su pago sin trabajar. Preguntado por
qe. no se ha conchabado, cuando manda qe. ninguno viva ocioso dijo qe.
no se ha conchabado porque así suele andar [...]” (AHT, Sección Judicial
del Crimen, Caja 3, Expte. 8).
[xxiii][23] AHT, Sección Administrativa, Vol. 63, f. 385. Se trata de un
resumen elaborado con información sobre nacimientos y decesos remitida
por “los señores curas” y datos policiales sobre ingresos y egresos de
personas a la provincia. La misma ley que mandaba levantar el censo de
1845 establecía para el Jefe de Policía la obligación de elaborar en
diciembre de cada año un “extracto” demográfico. En el que nos ocupa,
los “naturales” que habían salido “del país”, por “negocios” y para
“volver”, eran 429 (41 comerciantes; 7 dueños de tropas; 28 capataces;
31 ayudantes; 41 boyeros; 234 picadores y 47 “peones de servicio”). La
acepción “americanos” requiere otra aclaración. En una época en la que
los conceptos “Argentina” y “argentinos” recién comenzaban a
generalizarse, como “americanos” se englobaba tanto a los originarios de
las actuales provincias argentinas como a los de los (hoy) otros países
latinoamericanos. La información nos fue facilitada por María Paula
Parolo.
[xxiv][24] Los estudios sobre el crecimiento natural en Tucumán en el
siglo XIX son prácticamente inexistentes, salvando algunos aportes muy
puntuales. Cf., por ejemplo, Caillou de Sierra y Caponio, 1989. Para el
siglo XX, cf. Ortíz de D’Arterio y Caillou, 1996).
[xxv][25] Al respecto es significativo un decreto de 1850, dirigido a
limitar las fiestas religiosas y toda manifestación de esparcimiento
popular en el ámbito rural: “[...] se prohibe [exceptuando `los días de
fiesta de ambos preceptos´] toda reunión después de la misa [...]
concluida ésta, todos los circunstantes deberán retirarse a sus
ocupaciones respectivas [...] los que infringiesen el artículo anterior
serán reputados por vagos, y remitidos a la Capital a trabajar en obras
públicas [...]” (AHT, SA, Vol. 70, f. 456).
[xxvi][26] Está claro que las de “peones” y “jornaleros” no son las
únicas ocupaciones que denotan la condición de asalariados de los
encuestados, pero las características del censo, que registró
“ocupaciones” y no categorías sociales, impide determinar con precisión
el porcentaje de población que vendía su fuerza de trabajo por un
salario. De todos modos, entre los asalariados los trabajadores no
calificados eran mayoritarios –algo propio de las primeras etapas de
expansión de las economías capitalistas– y su crecimiento como segmento
del mercado laboral es un muy buen indicador de la expansión de ese tipo
de relación social.
[xxvii][27] Es necesario aclarar que los aportes de Cristina López de
Albornoz sobre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX son
prácticamente los únicos con los que se atenúa este grave déficit. Cf.,
de esta autora, por ejemplo, “Productores rurales de San Miguel de
Tucumán. Fines del siglo XVIII”, en Ana María Lorandi (Comp.), El
Tucumán colonial y Charcas. Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras
de la UBA, 1997.
[xxviii][28] “El cese de la legislación de indias dejó en una situación
de total indefensión a los pueblos indios que presionados por los
terratenientes, en muchos casos, comenzaron a pagar arriendo para el uso
de sus propias tierras de comunidad, lo que inmediatamente implicó la
pérdida de esas propiedades. Así, en la segunda mitad del siglo XIX, la
sociedad y la producción indígena comunal prácticamente habían
desaparecido en el noroeste argentino” (López de Albornoz, 1996: 414).
Esta autora realiza en el trabajo citado una breve reseña del despojo de
las tierras de las comunidades de La Ramada, de Naschi y de Colalao y
Tolombón. Cf., también, Díaz Rementería, 1988. Las investigaciones que
se están desarrollando sobre estrategias de la élite comercial hacia la
tierra (Cf. Fandos y Fernández Murga, 1996) deberían contemplar este
tipo de acciones, ya que no sólo se trató de una inversión racional de
capitales, sino de la utilización de todo el peso de la ley y del
aparato represivo del Estado para hacer valer “derechos” frente a
comunidades indígenas y campesinas. No podemos dejar de advertir, sin
embargo, que nuestra impresión es que considerando el conjunto de las
tierras sobre las que la élite tucumana fundó (junto a las actividades
comerciales y manufactureras) su poderío económico, las adquiridas a
través del despojo de las comunidades indígenas constituyeron sólo un
pequeño porcentaje.
[xxix][29] La única descripción de este tipo de desaparición de pequeños
fundos campesinos la encontramos en una obra literaria, La Malhoja,
novela de Alberto Córdoba, Buenos Aires, Raigal, 1952.
[xxx][30] Uno de los desarrollos más estimulantes de la historiografía
argentina en la última década es el referido a la historia rural
pampeana. Tanto por su calidad como por su número, los aportes
localizados a fines del período colonial y principios del siglo XIX son
particularmente importantes. En Tucumán (y en el noroeste argentino en
general) la irrupción de los nuevos enfoques y preocupaciones que
caracterizan este movimiento son todavía incipientes (Cf. Garavaglia y
Gelman, 1994; Fradkin, 1993 y Bonaudo y Pucciarelli, 1993).
[xxxi][31] “El padrón de 1799, aunque sólo puede ser tomado como
indicador de la situación del área rural tucumana, es ilustrativo de la
diversificación de niveles de producción en la región y de la
diferenciación existente entre los productores rurales con respecto al
control sobre las tierras, la producción agrícola y ganadera, los
sistemas laborales en vigencia. Es posible entonces confirmar que
existía una campaña poblada no sólo de grandes terratenientes y sus
peones, sino que junto a ellos convivían los pequeños y medianos
estancieros, hacendados, labradores, criadores, pastores, campesinos y
también aquellos que no contaban con ningún bien propio y vendían su
fuerza de trabajo, además de los agregados, criados, sirvientes libres,
huérfanos y esclavos. Las múltiples y circunstanciales relaciones entre
ellos (estacionales o permanentes), reflejan la complejidad del sistema
productivo rural colonial” (López de Albornoz, 1997: 165-66).
[xxxii][32] No está demás aclarar que, en el mundo rural tucumano,
pequeños productores independientes y jornaleros no habrían constituido
segmentos tajantemente separados (a lo largo del siglo XX, por ejemplo,
los minifundistas pobres se desempeñaron como jornaleros y peones en
fincas e ingenios). Y aunque sea posible diferenciarlos por el tipo de
vinculación con los medios de producción, desde una perspectiva cultural
esa diferenciación es en gran medida artificial. Como han demostrado
muchos estudios de historia rural rioplatense, el mismo individuo
caracterizado en un padrón como “peón” o “jornalero”, con el correr de
los años es registrado en otros como “labrador”, lo que está relacionado
con la constitución de un grupo familiar que le permitía acceder a un
pedazo de tierra como productor independiente o como “agregado”. En
consecuencia, es muy improbable que en el siglo XIX tucumano hayan
construido identidades diferenciadas; por el contrario, con seguridad,
peones (asalariados) y pequeños productores independientes deben haber
estado inmersos en un mismo universo cultural.
[xxxiii][33] Los conceptos de “pequeña”, “mediana” y “gran propiedad”
cañeras han sufrido modificaciones con el correr de los años y al
influjo de las diversas coyunturas por las que atravesó la actividad. En
los años 60 de este siglo se estimaba que el mínimo de superficie
requerida para una explotación racional y rentable para un grupo
familiar oscilaba entre las 14 y las 20 hectáreas (Delich, 1970: 37). En
esa misma década Gaignard dividía a las explotaciones cañeras en cinco
rangos: las de menos de 5 hectáreas (80 % del total con el 25 % del área
bajo cultivo) ; las de 5 a 25 (14,5 y 16,5 %); las de 25 a 100 (2,2 y 12
%); las de 100 a 300 (0,8 y 18 %) y aquellas que superaban las 300 (0,4
y 33,5 %) (Gaignard, 1964: 24). En cuanto al número de minifundios, en
1945 se contabilizaron unas 13.500 explotaciones que no superaban las 4
hectáreas y unas 3.800 que, superando las cuatro, no pasaban las diez
(Diz, 1963).
[xxxiv][34] Cf. Míguez, 1993; Salvatore, 1986. Un estudio comparativo
entre el caso tucumano y el salto-jujeño durante el auge azucarero en
Campi y Lagos, 1995.
[xxxv][35] “La proletarización no se localiza ya en el terreno de la
propiedad y de la violencia unidireccional, sino en el de la cultura y
de las relaciones conflictivas de poder. En este terreno, el proceso
deviene contingente e indeterminado. En tanto la efectividad de las
instituciones disciplinarias está limitada por la resistencia de los
(reales o potenciales) trabajadores y la hegemonía de los discursos
disciplinarios encuentre obstáculos irreductibles en el lenguaje
popular, la historia de la proletarización será una historia combinada
de éxitos y fracasos, una historia inconclusa” (Salvatore, 1992: 28-29).
[xxxvi][36] Al respecto, una investigación sobre la evolución de los
salarios, que no debe encararse al margen de la evolución de los precios
de los productos básicos de una canasta de bienes de las clases
populares, sería de preciosa utilidad.
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