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Sobre las motivaciones u objetivos perseguido
En general, las privatizaciones en los diferentes países parecen
obedecer a dos grupos de motivaciones u objetivos: lo de carácter
financiero-fiscal y los de carácter político consistentes en una
reducción del peso del sector público en la economía.
Hay casos , como los de España o Argentina, en los que las privatizaciones han consistido en general en la pura venta de acciones de empresas estatales, sin apoyar el gobierno tales medidas en una ley específica; en consecuencia, no existen exposiciones de motivos explícitas que podamos analizar, ni se ha producido un debate público en el que estas pudiesen quedar expresadas. Tenemos que hablar por tanto en estos caos de objetivos implícitos; y es un hacho que éstos aparecen como predominantemente financieros; especialmente en las operaciones en las que se ha sacado a Bolsa una parte no mayoritaria del capital de empresas publicas tradicionalmente sin problemas, es decir, que venían siendo rentables.
Se observa que las motivaciones financiero-fiscales son a su vez de
tres tipos - pesando en cada caso un mas que los otros:
Por una parte la idea de eliminar al carga que sobre los presupuestos
estatales representan los subsidios (la financiación de los déficit de
las empresas públicas, en un periodo de necesidad generalizada de
reducir el déficit publico.
Por otra parte dejar de financiar con cargo al presupuesto público
las nuevas inversiones (ampliaciones de capital) de las empresas
públicas –incluidas las que ya eran rentables.
Y en tercer lugar, al oportunidad de tener un importante ingreso en el
presupuesto con el producto de la venta al sector privado.
Estas motivaciones aparecen claramente en los países europeos, no solo
en los casos de Austria, España e Italia, sino también Gran Bretaña y
Francia; y aparecen asimismo como dominantes en países suramericanos,
especialmente Argentina, Brasil, Venezuela, Chile y México. Así, en el
caso concreto de Argentina, el producto de las privatizaciones se ha
orientado en gran parte a financiar la cancelación de deuda externa; a
diferencia del caso de México que con una deuda externa similar, ha
dedicado los recursos a inversiones internad en infraestructuras
sociales.
Por lo que respecta a las motivaciones u objetivos básicamente de
carácter político, éstos resultan ser mezclas variables - según los
países- de los siguientes ingredientes:
• Mejorar la eficiencia de las empresas públicas.
• Introducir la mentalidad o “culturas” de empresa privada en la gestión
de las empresas públicas.
• Eliminar la mayor “vulnerabilidad” frente a las reivindicaciones
sindicales, al pasar la EP a tener una parte de accionariado privado
(aunque éste sea minoritario).
• Reducir el peso del sector público en la economía, como un fin en si
mismo.
La mejora de la eficiencia aparece explícitamente como uno de los
motivos argumentados en los s programas de gobiernos conservadores, como
los casos de Gran Bretaña y Francia, pero de una forma implícita puede
detectarse en general en las manifestaciones o declaraciones políticas
de los gobiernos de todos los países mencionados. No obstante, es un
hecho que en gran parte se han privatizado – o se han privatizado
preferentemente- empresas que ya venían siendo rentables o que en
condiciones de serlo al haber estado previamente sometidas a operaciones
de saneamiento financiero.
No obstante, es un hecho que este tipo de operaciones llevadas a cabo
por gobiernos no conservadores, responden a algo más que a una cierta
idea más o menos implícita de que la propiedad privada es sinónimo de
mayor eficiencia. Este algo más consiste en el planteamiento de que en
el actual contexto de competencia internacional ciertas empresas
públicas no son viables como empresas independices, si no, en todo caso,
como parte de un grupo económico internacional poderoso dentro del
sector (por ejemplo el caso SEAT- Volkswagen) El mismo juicio y
estrategia es observable en muchas de las privatizaciones de los países
suramericanos (las compañías aéreas de Argentina y de Chile, por
ejemplo)
El cambio de signo en los países en vías de desarrollo.
En el caso de países en vías de desarrollo, la motivación política
presenta una notable homogeneidad: reducir la estatalización dominante
en la economía con el objetivo de pasar efectivamente a una “verdadera
economía de mercado” (Turquía, Argentina, Venezuela, Filipinas,
Pakistán, Brasil) en lo que supone un cambio de orientación
considerable, pues se deja de confiar en un sector público empresarial
como vía de industrialización y / o desarrollo.
En estos países se observa una pauta muy similar. En ellos se habían ido
creando, especialmente desde los años 60, empresas públicas con el
objetivo típico de la industrialización del país. Y sus economías
estaban caracterizadas por un predominio del sector público en la
industria y unas estructuras de mercado muy débiles. Como consecuencia
de los anterior, las empresas públicas eran gestionadas y sostenidas más
con criterios político-administrativos que económicos o de mercado.
Este proceso se ha dado tanto en países bajo regímenes dictatoriales,
como fue el caso de Brasil, Argentina, Chile y Filipinas, como en países
con regímenes formalmente democráticos pero de sistema político peculiar
, como México, India y Pakistán; así como en casos intermedios como el
de Turquía.
Pero a partir de los años 80-85, todos estos países parecen iniciar un
cambio de rumbo curiosamente acompañando – pero no necesariamente- por
transformaciones hacia un sistema político democrático-liberal. Así, por
ejemplo los casos del tránsito de la dictadura la parlamentarismo en
Chile, Argentina, Brasil, Filipinas, Pakistán y Turquía. No obstante,
casi sin excepción, el cambio de rumbo respecto al sistema económico en
general y en concreto el lanzamiento de los primeros programas de
privatizaciones se inicia ya en al etapa previa a la democratización;
ello aparece especialmente claro en los casos de Turquía y Brasil.
Es de destacar que en varios de estos países los programas de
privatización han tropezado con grandes dificultades en su puesta en
práctica. Por una parte por tratarse de países con un poco desarrollado
mercado de capitales y por resultar economías poco atractivas para los
posibles inversores; y por otra, por las resistencias internas de la
propia burocracia estatal que debería llevar a cabo el proceso.
Resistencias que parecen explicarse más por el uso que hasta ahora se ha
hecho de las empresas públicas como núcleos de poder político-económico
que por motivos de oposición política. Estas dificultades para llevar
adelante las privatizaciones se hacen patentes especialmente en los
casos de Brasil, Turquía y Filipinas.
Resultados de las privatizaciones.
Los resultados en términos financieros son los que aparecen más claros y
evidentes; especialmente los ingresos estatales por venta de empresas,
que viene a aligerar el déficit del presupuesto público de cada país. No
son tan espectaculares los resultados en cuanto al ahorro presupuestario
derivado de no tener que financiar déficit de empresas públicas; en unos
casos por lo importantes que han sido los costes de los saneamientos
previos a las privatizaciones; y en el caso de servicios públicos
(transporte, por ejemplo) porque las subvenciones públicas al servicio
en cuestión se han mantenido bajo el nuevo régimen de explotación
privada.
Respecto al tema de si las privatizaciones mejoran la eficiencia
económica de las empresas, las evidencias acumuladas hasta ahora apuntan
a que las mejoras en eficiencia no dependen en gran manera del tipo de
propiedad sino más bien de otros factores que provisionalmente podríamos
enunciar así: el hecho de que exista o se permita una competencia de
mercado para la empresa (o un mecanismo equivalente), y adoptar una
forma organizativa y unos criterios de gestión de empresa privada en el
sentido, no tanto de maximizar resultados, si no de que la gestión de la
empresa pueda desenvolverse en un marco jurídico , laboral y financiero
idéntico al de las empresas privadas, y sin las típicas
intervenciones-peticiones aleatorias de aquellos cargos políticos que
estiman tiene una cierta autoridad sobre la empresa.
Como ingredientes importantes de este segundo aspecto organizativo,
parecen estar la profesionalidad de la dirección de la empresa y los
incentivos que se le establecen, ligados a la consecución de unos
determinados objetivos de gestión (no necesariamente la maximización de
los Resultaos); todo ello adecuadamente explicitado en el
correspondiente contrato de empleo.
Parece evidente que los países occidentales que quedan en una situación
más propiamente de “economía mixta” son Canadá, España e Italia, ya que
–además de partir de un sector pública empresarial muy importante- la
pérdida de peso especifico durante la ola mundial de privatizaciones ha
sido mínima por ahora, y no parecen probables, a medio plazo, cambios
notables en este sentido.
Cambios radicales, como el de Gran Bretaña o aun de mayor alcance, se
hubiesen ciertamente dado también en los países en vías de desarrollo
que hemos examinado y que partían de unas economías fuertemente
estatalizadas y que han optado por pasar plenamente a economías de
mercado (ayudados en este sentido por las fuertes presiones del Fondo
Monetario Internacional y del Banco Mundial )
A pesar de que los gobiernos respectivos están sujetos a fuertes
presiones en ese sentido, estas presiones obedecen a la lógica del
funcionamiento de estos organismos internacionales: al igual que ha
venido ocurriendo el países como Turquía, Brasil, Argentina o Filipinas,
las subvenciones para cubrir los déficit de las empresas pública forman
una parte dominante del desequilibrio presupuestario del país y
constituyes a su vez una causa importante del endeudamiento externo que
deben renegociar con los organismos internacionales; la respuesta
afirmativa de estos a la refinanciación de la deuda está siempre
condicionado a que le país adopte un programa a mediano plazo de
estabilización presupuestaria y de desestabilización de la economiza
dentro del cual el programa de privatizaciones tato el FMI como el BM,
lo consideran como una pieza clave.
XI. PRIVATIZACIONES EN EL GOBIERNO DE ALFONSÍN
Alfonsín asumió el 10 de diciembre de 1983, luego de un largo período de
gobierno de facto, por lo que fue el primer gobierno democrático luego
del golpe militar de 1976. La gente estaba contenta con la vuelta a la
democracia, pero la situación que heredaba no era fácil y, si bien
contaba con la mayoría en la cámara de diputados, el justicialismo
controlaba el senado.
Durante el primer año, el gobierno de Raúl Alfonsín no acertó con la
política económica adecuada ni pareció advertir la magnitud de los
problemas, que estallaron finalmente bajo la forma de una inflación
descontrolada. El primer ministro de economía, Grinspun, intentó mejorar
los salarios y , mediante los créditos, reactivar el mercado interno y
poner en movimiento el aparato productivo. En septiembre de 1984, esta
política llegó a su fin al implementar la devaluación de la moneda.
En junio de 1985, luego de Sourrouille reemplazó a Grinspun en la
cartera de economía, la economía estaba al borde de la hiperinflación,
Sourrouille lanzó el Plan Austral, que inicialmente alcanzó un gran
éxito: la economía se estabilizó sin hacer grandes ajustes.
El Plan Austral era un plan de Reorganización Económica: el Banco
Central cesó de emitir para financiar el déficit del Estado y se creó un
nuevo signo monetario, el “Austral”, equivalente a 1000 pesos argentinos
y a 0.80 dólares. Luego de conocer un aumento del 22%, se congelaron los
precios y salarios y se eliminaron todas las cláusulas de indexación. La
clavel del llamado Plan Austral estaba en derrotar la inflación y
generar confianza en una economía estable. El éxito fue notable: la
opinión pública lo acompañó solidariamente y hasta los sindicatos lo
respaldaron. La inflación bajó del 30% mensual a sólo el 2% y hubo una
reactivación del consumo. El gobierno no aprovechó la tregua para
encarar soluciones de fondo y, al cabo de un año, reaparecieron las
presiones inflacionarias.
Alfonsín reconoció que el principal objetivo de la política económica
era obtener la “megaestabilidad”, y que ésta se obtenía actuando sobre
las causas múltiples: monetarias, fiscales y de expectativas. Una vez
producida esta sólo se podía seguir avanzando produciendo cambios
estructurales, la reforma del estado, la apertura económica y logrando
el equilibrio en los sectores fiscal y externo .El Plan Austral falló en
la segunda etapa de cambios estructurales. El principal error fue el no
haber avanzado con las reformas estructurales necesarias en la reducción
de la dimensión del Estado y una reforma fiscal de importancia.
En 1986 Sourrouille propuso un Plan de Privatizaciones, pero no
consiguieron avanzar demasiado por la oposición de los legisladores
justicialistas en el Congreso. En junio de 1987, el equipo económico
expuso el primer programa de reformas estructurales, sobre las que se
trabajo en 1988 con el apoyo del Banco Mundial. Con Terragno como
Ministro de Obras y Servicios Públicos, sólo se logró la privatización
de la línea aérea Austral. La venta del 40% de Aerolíneas Argentinas,
así como la privatización de ENTEL no lograron la aprobación del
Congreso, en el que la discusión política superó las razones
económicas.
En la década de los 80 las privatizaciones efectuadas afectaron tan sólo
a cuatro empresas públicas procedentes de antiguas empresas privadas en
crisis, mientras el total de empresas públicas superaba las 300, si bien
la mayoría de ellas de pequeña entidad.
XII. PROCESO DE PRIVATIZACIONES EN LA DÉCADA MENEMISTA
Crisis de Estado
La década de 1970 es en el ámbito internacional el momento de la ruptura
con la forma de desarrollo social y económico que supone al Estado como
factor principal de ese crecimiento. La crisis del Estado acompañada con
la del petróleo produce un decrecimiento económico y un aumento del
desempleo y la inflación. Esto da pié a que las teorías económicas
clásicas que se habían visto ocultadas por el éxito del Welfare State
resurjan en toda su gloria al salvataje (así como lo hacen las
religiones que ocultas por un Estado represor, despiertan con toda la
furia de los extremismos).
Así, la década del 80 (la década perdida) ya ve hacer efectiva en esta
política económica llamada neoliberal (Reagan en los Estados Unidos,
Tacher en Inglaterra) de coordinación de la economía a través del
mercado. La crisis en Latinoamérica – y particularmente en la Argentina
– encuentra hacia finales de la década una síntesis de la crisis
manifestada en procesos hiperinflacionarios. Un gasto que desborda al
ingreso; un proteccionismo que distorsiona la competitividad de las
nuevas industrias; un gasto social que subvenciona a los sectores medios
en desmedro de los más pobres; una burocratización ineficaz que inhibe
cualquier esfuerzo innovador, es la crisis final del último intento de
ser de un Estado que bajo esa perspectiva juega en contra del desarrollo
económico y se interpone al avance de la lógica de mercado.
En respuesta a la ortodoxia neoclásica que tampoco brinda respuestas
satisfactorias durante la década del 80, surgen distintos enfoques que
buscan determinar las causas de la crisis y plantear una solución para
las mismas. Con mirada hacia Latinoamérica, tenemos referencia de dos
enfoques: el "consenso de Washington" y el de Crisis fiscal.
Consenso de Washington
Este puede ser tratado como el enfoque que más se aferra a la cultura
liberal. Apunta a conciliar la lógica del orden económico de acuerdo a
las especificidádes de cada economía Latinoamericana. Encuentra entre
las causas de la crisis un excesivo crecimiento del Estado, traducido en
proteccionismo, exceso de regulación y empresas estatales ineficientes y
numerosas; así como un "populismo económico", definido por la
incapacidad de controlar el déficit público y de mantener bajo control
las demandas salariales en el sector privado y público.
Su propuesta como solución a la crisis supone dos aspectos. En primer
lugar establecer la estabilidad macroeconómica. Esta se logra a través
del a) control de la inflación: la producción se ve entorpecida si el
sistema de precios se encuentra fuera de control; b) control del déficit
fiscal: es una de las causas del punto a. El Estado gasta más de lo que
gana, es "benefactor"; c) equilibrio de la balanza de pagos: consiste en
la reducción de la inflación y del gasto público; y d) estabilidad del
tipo de cambio: variable clave para una economía que se disponga a
apuntar al sector externo y a generar confianza.
Como aspecto de la reforma estructural piensa en a) privatizaciones:
apunta a la lógica fiscal del ahorro estatal; b) desregulaciones: tasa
de interés desregulada, libre al mercado, a la "ley de oferta y
demanda"; y c) apertura de la economía: a ella se asocia la libre
competencia que apareja el aumento de la competitividad y su consecuente
mejora de calidad y precios.
Pueden señalarse como principales críticas a este enfoque su
ahistoricidad, ya. que evitan establecer contacto con el desarrollo de
los hechos.. Por otro lado en ningún momento hace mención a la deuda de
los Estados, tanto interna como externa.
Crisis fiscal
El enfoque de la crisis fiscal enfrenta el problema dando mayor
presencia al Estado del que le da la opción anterior. Si bien ve también
una crisis en el Estado a partir de un crecimiento exagerado y
distorsionado de éste, aboga por la reconstrucción de éste a partir de
que al tiempo que reduce su tamaño se reconstruye como un Estado fuerte.
La principal problemática de los Estados Latinoamericanos en crisis es
que se vieron impedidos de su capacidad de ahorro, por lo tanto de
inversión social, de infraestructura, de subsidios para el desarrollo
industrial. Los cinco puntos que definen la problemática estructural son
a) el déficit público; b) un ahorro reducido o bien negativo; c) una
deuda pública interna y externa, acarreada de la crisis que comienza en
el 70 de los Estados que sostuvieron la situación a través del crédito
mientras poseyeron la confianza de los acreedores, muy grande; d) falta
de crédito e incapaz de seguir generando deuda pública interna y e) la
falta de credibilidad de los gobiernos. Se podría resumir la causa de la
crisis en el grave endeudamiento adquirido por los Estados a los efectos
de financiar una estrategia "hacia adentro" en lugar de orientarla a las
exportaciones.
La solución de esta postura apunta sustancialmente a la reducción de
la deuda pública a través de un ajuste fiscal (sobre todo hacia aquellos
que pueden pagar) y una reducción de gastos a los efectos de recuperar
el ahorro del Estado. Esta recuperación se supone con una cierta
prolongación en el tiempo, sin "soluciones mágicas". Por otro lado no
adjudica el papel cuasi totalizante del mercado propuesto por la
economía liberal, sino una economía de coordinación mixta entre Estado y
mercado con una creciente orientación que vaya del mercado interno al
externo. Es decir un Estado pequeño pero fuerte, con capacidad de
arbitrar el avance ciego del mercado.
Crisis y reforma en el gobierno de Menem
Cuando Menem asume el poder anuncia – y más tarde hace efectivas – una
serie de reformas que marcan un vuelco absoluto respecto de la política
anunciada en el discurso previo a la ascensión. Podemos pensar que
dichas reformas responden en gran medida al enfoque y propuesta del
"consenso de Washington" pero en cierta forma alterada. La reforma
habría sido aplicada casi con un mínimo de ortodoxia, presentando
algunas alteraciones – que en el plano de lo teórico – que no se ajustan
estrictamente a dicha propuesta, lo que daría como resultado una forma
alterada de la misma. Dichas alteraciones cabría tipificarlas más allá
del ajuste necesario – supuestamente – a las condiciones y contexto de
cada país; podríamos pensar que responderían a una adecuación de
características particulares para los actores de decisión económica que
participaron en la reforma, donde desde este plano (el económico),
dichos actores se verían beneficiados.
Las condiciones que presenta el Estado en el momento que Menem asume
no cubren al menos parte del mínimo de características que debería
cubrir el más mínimo de los Estados neoliberales: garantizar la
propiedad y el orden interno y la estabilidad de la moneda. La
hiperinflación del 89 provocó el colapso de las finanzas públicas,
provocando no solo huidas hacia el dólar que potenciaron la situación,
sino también "hacia los supermercados".
Podemos presentar los principales puntos de la propuesta del "consenso
de Washington" resumiéndolas en dos grupos de medidas: la primera apunta
a promover la estabilización de la economía a través del ajuste fiscal y
la adopción de políticas liberales de mercado, y la segunda a reducir el
Estado.
En términos generales los cambios efectuados por el gobierno de Menem
con la prioridad de reducir el déficit fiscal y contener la inflación
antes que aumentar la competitividad y productividad de la industria a
largo plazo, con lo que se puede pensar que las políticas aplicadas se
vieron conducidas por un "apresuramiento".
Entre las primeras acciones se encuentra la de perfilar la ley de
Emergencia Económica, produciendo el primer gran corte con la
metodología de asistencia estatal al suspender los regímenes de
promoción industrial, regional y de exportaciones, así como autorizar el
licenciamiento y el fin de esquemas salariales de privilegio en la
administración pública. Esta política de eliminación de subsidios viene
aparejada en la política propuesta por el modelo norteamericano por un
aumento de la inversión pública en los ámbitos de salud, educación e
infraestructura.
En este aspecto obtenemos una primera alteración del modelo de
Washington con respecto a la aplicación del mismo por el cambio del
gobierno de Menem. Este aspecto se adecua a la reducción de los
subsidios pero no a aquel aumento de la inversión pública que se supone
lo acompaña. Si bien aumenta la Inversión en términos generales a partir
del año 91 (16,3 % del P.B.I.) llegando al 22 % del P.B.I. en el año 96,
la inversión pública sigue el sentido inverso, pasando del 2,3 % del
P.B.I. en el año 90 al 0,9 % del mismo en el 93.
Reforma tributaria
Siguiendo el mismo orden de cosas, es menester hacer referencia a la
política fiscal como uno de los ejes donde gira la reforma estructural
del Estado en el primer período menemista. En este sentido el enfoque
del "consenso de Washington" propone la aplicación de una fuerte
disciplina (tendiente a eliminar el déficit público) y por otro lado una
reforma tributaria tendiente a ampliar la base de la misma. La reforma
llevada a cabo en este sentido supone tres aspectos. El primero consiste
en la concentración de la estructura impositiva en pocos impuestos,
básicamente I.V.A. y ganancias, expandiendo la base del imponible,
aumentando las alícuotas y ampliando los mecanismos de agentes de
retención (este último manifiesto en campañas publicitarias). Resulta
interesante apreciar como esta reforma tiñe al aspecto impositivo de una
particular "equidad". Primeramente el I.V.A. lo pagan todos. Para el
impuesto a las ganancias, al reducir el imponible, aquel que no tenga
cargas de familia ni demás declaraciones puede llegar a pagar el
impuesto a partir de los $ 1.500 de ingreso.
El segundo cambio estaría vinculado al aspecto anteriormente descripto
(suspención de subsidios) y se aplica al eliminar parcial o totalmente
las exenciones impositivas especiales de promoción industrial y
regional. El tercer aspecto del cambio se adecua a la aplicación de una
mayor rigurosidad sancionando una nueva ley penal tributaria que
aumentaba los riesgos de evasión, intentando invertir una cultura del
pago tributario corroída.
Liberalización comercial
Un segundo eje de reformas es el de la liberalización comercial o así
también llamada apertura económica. Esta se instrumenta por medio de la
baja y anulación de aranceles y cupos en la importación. Se pueden
señalar como objetivos de la apertura la caída de precios, fomentar las
importaciones con lo que aumenta el consumo interno. También permitiría
el ingreso de capital industrial nuevo, lo que daría una mejora en la
competitividad a largo plazo. Sobre este último aspecto es importante
señalar que la mayoría de las pequeñas y medianas empresas quedan fuera
de esta renovación al no tener acceso a créditos en el exterior más
baratos de los que ofrecía la Argentina. Solo alrededor de las 400
empresas más grandes del país lograron ponerse a tono a este respecto.
Se puede señalar entre otras consecuencias que a corto plazo esto trae
un desequilibrio en la balanza comercial así como una distorsión en los
precios relativos dada la protección tanto natural como preferencial de
algunos productos (industria automotriz). Relacionado con esto se podría
pensar en un aporte realizado por el profesor Diego Raus. Sostiene que
la paridad del peso con el dólar 1=1 no es real sino forzada tanto por
la ley como por los fondos que la respaldan dado que desde establecida
ésta ha habido igual inflación, con lo que la paridad real no es la
nominal, sino de alrededor de 1,4=1. Esto distorsiona el precio real de
los productos exportables, lo cual no solo apareja desequilibrio en la
balanza de pagos, sino que se traduce en una reducción de costos, o sea,
en aumento de desempleo.
Uno de los principales problemas con los que se enfrentó esta política
de apertura fue, respondiendo a la constante del resto de las reformas
en función de reducir el déficit fiscal y contener la inflación, el no
haber sido aplicado con un carácter gradual. El peligro de no efectuar
las reformas en forma gradual en nuestro país trae como consecuencia un
elevado cierre de empresas, sumando un factor más a las causas del
aumento del desempleo en ese periodo.
Privatizaciones
Pasando al eje de las privatizaciones, la manera vertiginosa ("al cabo
de un año, hacia octubre de 1990, casi todas las empresas públicas
seleccionadas habían sido transferidas al sector privado") con que se
realizaron, demuestra el mismo carácter apresurado en su aplicación. Su
instrumentación se llevó a cabo mediante un llamado a licitación y venta
de acciones mediante la sanción de la ley y los respectivos decretos
presidenciales que las posibilitaron. También se instrumentó un plan de
capitalización de la deuda, que permitía aceptar hasta un cierto
porcentaje del valor de la venta a los desvalorizados títulos de deuda
al precio que habían sido emitidos, es decir, se igualaba el valor
nominal al real revalorizándolos a su valor inicial. Esto permitiría
cancelar en parte la deuda, pero las privatizaciones en general tuvieron
como objeto disminuir el déficit de la apretada situación financiera del
sector público.
Una característica fundamental de las privatizaciones, que encuentra
conexión con lo que será luego una de las críticas, es el consenso que
estas tenían. La defectuosa, y deficitaria en algunos casos, situación
de las empresas legitimó el explícito objetivo del gobierno de mejorar
el servicio. Esto aparejó a que la rapidez con que se llevaron a cabo
las mismas no permitiera el necesario saneamiento de ellas a los efectos
de mejorar su precio.
La venta permitió acumular recursos del tesoro que serían fundamentales
para hacer efectivo el plan de convertibilidad, pero se hacen
manifiestas consecuencias que en gran medida se traducen a una
desprotección de los consumidores. Tal vez sea la crítica más trillada,
pero presenta una contradicción que debe ser marcada; se trata de las
condiciones en que fueron presentadas las ofertas de los eventuales
compradores. Las privatizaciones fueron realizadas bajo un carácter
monopólico que daría grandes beneficios a los compradores al sacarse de
encima el "estorbo" de la competencia, permitiendo en la instancia más
manifiesta disponer del aumento de las tarifas.
A la luz de la teoría que sustenta la perspectiva del "consenso de
Washington" la instrumentación de privatizaciones llevada a cabo por
Menem se presentaría como contradictoria. Si bien "las empresas públicas
deberían ser privatizadas", la forma en que fueron realizadas estas se
presentarían más bien como objeto de crítica al fundamento teórico del
consenso. Las privatizaciones consistieron en trasladar el por ellos
mismos criticado monopolio estatal a un monopolio privado. El beneficio
que supone la aplicación de una política de libre mercado se ve trunco
desde su raíz. Su razón de ser, la libre competencia a los efectos de
mejorar la calidad del servicio mediante la competencia, no es puesta
sobre el tapete de juego bajo las reglas que le dan su característica
esencial; característica que le aporta el único beneficio que tiene. Sin
ella simplemente no es.
Por lo tanto podemos pensar que aquí se hace manifiesta otra alteración
de las reformas aplicadas en referencia a la propuesta norteamericana.
Principalmente por los aspectos de la aplicación del método de
capitalización de la deuda como por el traslado de un mercado monopólico
estatal a uno privado, podemos comenzar a pensar que la aplicación de la
reforma del estado se presenta con una alteración sustancial respecto de
la propuesta ortodoxa. Dichas alteraciones pueden ser pensadas en un
principio como instrumentación de una política que otorgaría beneficios
en el plano económico no solo a empresas internacionales, sino también a
grandes capitales nacionales que participaron de la privatización y que
veían afectados sus intereses por la política de desregulación efectuada
por el gobierno.
Con la aplicación de la convertibilidad – a la cual las reformas
anteriores fueron en alguna medida funcionales – se logra frenar la
inflación, reaparece el crédito y se reactiva el consumo. La estabilidad
atrae por otro lado a capitales financieros.
XIII. CARACTERÍSTICAS DE LAS PRIVATIZACIONES EN ARGENTINA
Tanto los gobiernos de los presidentes Alfonsin como Menem han
manifestado una voluntad política de efectuar privatizaciones, pero sin
que hayan existido unos planes específicos al respecto plasmados en
normas legales, a diferencia de países como México o Chile. En la década
de los 80’ las privatizaciones efectuadas afectaron tan solo a cuatro
empresas publicas procedentes de antiguas empresas privadas en crisis,
mientras que el numero total de empresas publicas superaba las 300, si
bien la mayoría de ellas de pequeña entidad.
El objetivo preferente perseguido por el gobierno, a juzgar por las
actuaciones realizadas a lo largo de los últimos años, no parece haber
sido tanto recaudatorio como de intento de mejora de la gestión de
determinadas empresas de servicios públicos, mezclados, eso si, con el
de la reducción de la deuda externa.
Las operaciones más importantes en este sentido las ha llevado a cabo el
gobierno de Menem, que se inicio en las privatizaciones vendiendo el 60
% del capital de la compañía telefónica, ENTEL, que ha pasado a estar
controlada por dos sociedades, una (Telefónica de Argentina) liderada
por la Telefónica española, y otra (Telecom Argentina) liderada por
France Telecom. Y la italiana STET. La operación se realizo ligada a una
reducción de la deuda externa argentina.
Igualmente a finales de 1990 la compañía española Iberia adquirió
íntegramente Aerolíneas Argentinas y una parte importante del pago
consistió en que Iberia se hiciese cargo de 20.000 millones de dólares
nominales (un importe una cinco veces inferior en precio efectivo) de
deuda publica argentina.
A esto ha seguido la venta en 1992 de la compañía eléctrica estatal
Edenor a un consorcio liderado por la francesa EDF y la española Endesa
(curiosamente ambas publicas), por un importe de 428 millones de
dólares, de los cuales el 70 % en forma de absorber también deuda
publica exterior, y la venta de la otra compañía eléctrica Edesur a un
grupo argentino. Las otras privatizaciones importantes en el bienio
1991-92 han sido: una empresa de astilleros (adquirida por la francesa
Brisard), una cadena de televisión, varias empresas petroquímicas,
diversos pozos de petróleo y la compañía estatal de distribución de
aguas, Obras Sanitarias de la Nación.
Los planes privatizadores del gobierno son, no obstante, más amplios
aun. Se han privatizado a partir de 1993,entre otras, a las siguientes
empresas públicas: Gas del Estado, que ostenta al monopolio de
suministro para el area de la capital y a cuya compra opta la francesa
Gas de France; tres gaseoductos; concesiones petrolíferas; líneas de
metro; ferrocarriles de cercanías; la empresa siderurgia Somisa y hasta
el propio servicio de correos, Encotel.
Como puede verse, junto a la política del gobierno de Menem de llegar a
la privatización de las empresas publicas más clásicas (ferrocarril,
metro, correos), destacan dos aspectos en el caso de Argentina: por una
parte que las grandes operaciones de privatización se han efectuado
vendiendo las empresas a compañías extranjeras publicas (las españolas
Telefónica, Iberia y Endesa y las francesas EDF y pago acodado ha
consistido en que la compradora extranjera asuma el pago de títulos de
la deuda externa argentina. Una suma pues de dos objetivos: el de
racionalizacion/potenciacion de las empresas, al dar entrada a grupos
industriales extranjeros del mismo sector, que asumen la gestión de las
empresas privatizadas; y el objetivo recaudatorio de reducir la deuda
publica externa.
XIV. CONSECUENCIAS DE LAS PRIVATIZACIONES
Bajo la presidencia de Carlos Menem se vendieron empresas del estado a
empresas privadas extranjeras a bajo costo, haciendo que fluya mucho
dinero pero a largo plazo esto produjo desempleo (ya que al venderlas
sin poner una restricción les daba libre control de la empresa).
La privatización abarcó empresas productivas y de servicios, activos
públicos como las reservas petroleras, actividades de regulación y hasta
de control social como la emisión de documentos de identidad.
Una de las particularidades de este proceso fue el rápido ritmo con que
se llevo a cabo.
Existía un gran interés por parte de los acreedores externos para los
cuales las empresas públicas eran la mejor opción para hacer efectivo
una parte del capital adeudado a través de la capitalización de la
deuda, abrir nuevas áreas de inversión ocupando mercados hasta ese
momento abastecidos por el Estado, y consecuentemente multiplicar sus
ganancias.
Cabe destacar que todo el proceso de privatización se llevó a cabo
bajo la dirección técnica y financiera de los organismos financieros
internacionales (FMI, BID, Banco Mundial).
Se esgrimieron cuatro tipos de argumentos en favor de las
privatizaciones.
El primero tenía que ver con la necesidad de reducir el déficit fiscal.
Las privatizaciones servirían para bajar ese déficit en la medida que
las empresas serían entregadas como parte del pago de la deuda externa.
Asimismo, el hecho de pagar parte de la deuda, daría señales favorables
de cambio de rumbo a los agentes económicos y a los gobiernos de los
países desarrollados, obteniendo así el apoyo de los acreedores externos
y un incentivo para los grupos interesados a nivel local.
El segundo argumento, ligado íntimamente al anterior, giraba en torno de la necesidad de estabilidad. La hiperinflación sufrida durante el período que precedió a las privatizaciones fue la herramienta fundamental del gobierno para actuar de manera acelerada en este proceso. El gobierno identificaba a las empresas públicas como una de las causas fundamentales de la crisis y por eso, cuanto mas rápido se privatizara, se reduciría el déficit público y volvería la estabilidad.
En tercer lugar se argumentaba que el Estado no tenía capacidad para financiar las inversiones necesarias en tecnología para encarar las obras de modernización, con lo que el aporte del capital privado aseguraría el mejoramiento del sistema.
Por ultimo se afirmaba que el estado era incapaz para administrar con
eficiencia, fomentaba la burocracia y la corrupción y en consecuencia no
podía brindar buenos servicios.
Dos leyes aprobadas en el Congreso, fueron las que abrieron camino e
hicieron posible el rápido programa de privatizaciones. La primera, de
Reforma del Estado, autoriza al Poder Ejecutivo Nacional a intervenir
las empresas públicas, suprimir los directorios existentes, eliminar los
órganos de control, dividir las empresas y privatizarlas. Así se
concentró el poder de decisión en el Poder Ejecutivo y se suprimieron
los Organos de Control. La segunda ley, llamada de Emergencia Económica,
derogó las normas que diferenciaban al capital extranjero del nacional.
El camino que llevo a la entrega del patrimonio nacional quedo allanado.
Para reducir el precio de las empresas públicas y facilitar su venta las
mismas fueron desmanteladas. Los nuevos marcos regulatorios fueron casi
inexistentes y los requisitos impuestos a los oferentes fueron de tales
que sólo quedaban espacio para que se presentaran los grandes grupos
económicos nacionales y extranjeros.
Se consideraron prioritarios tres sectores: Energía, Comunicaciones y Transportes.
Podemos analizar las consecuencias según cuatro grandes áreas:
Sobre la propiedad:
Esta es la consecuencia mas evidente del proceso de privatización que
tiene que ver con el pasaje de la propiedad del estado de sectores
estratégicos de la economía a manos privadas. Este pasaje produjo
grandes cambios estructurales en la propiedad, concentrando y
consolidando la presencia de los grandes grupos económicos. Asimismo
acentuó la tendencia a la asociación entre esos grandes grupos
económicos locales con los grandes capitales extranjeras.
La reconversión de la empresa:
Tiene implicancias directas sobre los trabajadores.
Se perdieron los derechos que tenían como trabajadores públicos como la
estabilidad en el cargo.
Se produjo una fuerte reducción de los planteles por la vía de los
llamados retiros "voluntarios" para los cuales las empresas destinaron
enormes sumas de dinero. Esto da cuenta de la importancia estratégica
que las empresas le otorgaron a la reducción de personal. Esto fue
acompañado por un proceso de sustitución del personal con mas antigüedad
en la empresa cuya experiencia sindical y política no era deseada.
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