Resumen
El modelo de competencias tiene a nivel mundial una importancia
sustantiva en la gestión de recursos humanos de muchas organizaciones.
En Chile, las competencias se asumen como estrategia de gestión desde
1995 y su implementación ha sido lenta y progresiva pues se están
evaluando sus resultados reales en las empresas. El presente artículo
describe la conceptualización del modelo de competencias como enfoque
sistémico e integrador de la gestión de recursos humanos, su metodología
de implementación práctica y los efectos que ha mostrado en los
diferentes sistemas de gestión de recursos humanos de algunas empresas
chilenas.
Competence model has significant importance in human resources
management, in many companies around the world. In Chile, competences
were assumed as management strategy from 1995 and its implementation has
been slow and progressive, waiting for an evaluation of its real results
at companies. This paper describes competence model conceptualization as
systemic and integrative human resources approach, its methodology of
practical implementation and effects has shown over differents human
resources systems at chilean companies.
Modelo de competencias aplicado a empresas chilenas
Competences model applied to chilean companies.
Introducción
El modelo de competencias ha tenido un auge importante en las empresas
chilenas durante los últimos años. A diferencia de muchos enfoques
generalistas tradicionales, este enfoque es eminentemente práctico y
conductual, lo que lo hace altamente operativo y centrado directamente
en los resultados del negocio a nivel de las personas, necesidad
fundamental para cualquier empresa actual.
El presente artículo recoge lo que ha sido nuestra experiencia de estos
años en el ámbito de la asesoría a empresas en el diseño y la aplicación
práctica del modelo de competencias.
A continuación presentamos una revisión del modelo de competencias,
partiendo desde sus fundamentos conceptuales más generales, su
descripción como herramienta e impacto en la gestión de recursos
humanos, pasando por la metodología práctica de su implementación y
finalizando con algunas apreciaciones sobre su aplicación en empresas
chilenas.
Del alineamiento organizacional al enfoque conductual
La organización como sistema decisional.
Toda empresa u organización, en tanto es una estructuración de elementos
organizados con alguna finalidad concreta, puede ser entendida como un
sistema. Por tal razón, podemos aplicar el modelo de la teoría general
de sistemas como un mecanismo descriptivo útil para poder analizarla.
Lo que caracteriza el funcionamiento de una organización es la toma de
decisiones coordinadas en pro de cierta finalidad particular, por lo que
podemos decir que toda organización es un tipo especial de sistema, un
sistema decisional. Dado que las decisiones son un tipo especial de
comunicaciones, su existencia está condicionada a la presencia de
personas que puedan generar dichas comunicaciones. De este modo, las
personas conforman el soporte básico y el elemento más tangible de
cualquier organización, por lo que no es casual que nos resulte más
fácil comprender una organización como un sistema de personas más que
como lo que realmente es: un sistema de decisiones (Rodríguez, 2001).
Es importante hacer esta distinción puesto que el hecho de que una
persona forme parte de la realidad física de una organización -
interactuando con otras personas, usando herramientas y materiales u
operando maquinaria y equipos dentro de ella - no garantiza que esté
tomando decisiones adecuadas dentro de la lógica de sentido del sistema
organizacional. En otras palabras, podrá ocupar un espacio pero sin
estar cumpliendo en realidad una función ni formando parte del sistema
organizacional.
La doble contingencia organizacional, relación entre persona y sistema.
Dado que toda organización se estructura en torno a un cierto propósito,
las decisiones que la conforman deben poseer un sentido claro y
específico de acuerdo a tal finalidad. Dicho sentido definirá criterios
de validación que determinarán qué tipo de decisiones son aceptables y
cuáles no, dentro del contexto organizacional.
Cada organización definirá su propio criterio de validación,
traduciéndose en una declaración de visión, misión, valores, normas y
procedimientos particulares para cada una de ellas.
El hecho de que una organización decida estructurarse en torno a ciertos
criterios de validación específicos es una situación que podemos
denominar “contingente”, dado que perfectamente los criterios escogidos
podrían haber sido otros cualquiera. No obstante, el efecto final será
siempre el mismo: las personas deberán ajustar sus decisiones y
comportamientos de acuerdo a los criterios establecidos si desean formar
parte de la organización.
Por otro lado, las personas poseen características que les son propias y
que determinan su capacidad para actuar los comportamientos adecuados a
los criterios de sentido de la organización. Esta también es una
situación “contingente”, ya que sus comportamientos también podrían ser
otros. Lo relevante es que la organización deberá considerar esta
“contingencia” a la hora de definir exigencias realistas, atraer y
mantener a las personas y generar condiciones de ejecución, formación y
desarrollo de los comportamientos adecuados para el cumplimiento de sus
fines (Rodríguez, 1992).
Debe haber sincronía entre los desempeños contingentes requeridos por la
empresa y los desempeños conductuales reales de las personas. Si no hay
alineamiento entre el sentido de la organización y las conductas
laborales de las personas, se dificulta el logro de las metas y la
viabilidad de largo plazo (Flannery, Hofrichter & Platten, 1997).
La resolución de este problema de doble contingencia debe ser un proceso
permanente si se requiere darle viabilidad a la organización a lo largo
del tiempo.
La capacidad adaptativa de la organización en un entorno de complejidad
creciente
De acuerdo a la lógica de la teoría de sistemas, toda organización
participa y se relaciona con el entorno donde se encuentra inserta. Las
características de esta relación con el entorno condicionan fuertemente
la existencia del sistema mismo, por lo que debe existir una cierta
correspondencia entre las características de entorno y el sistema para
poder lograr su adaptación.
Nuestro oído está estructuralmente determinado para poder captar sólo el
sonido dentro de ciertas longitudes de onda, aunque el espectro de
sonidos reales en el ambiente exceda con creces dicho margen. De igual
forma, una organización sólo podrá captar del ambiente aquellos
determinados aspectos que su definición estructural le permita. Muchos
de estos pueden ser irrelevantes para el funcionamiento del sistema.
Pero otros pueden ser - y de hecho lo son - fundamentales para su
viabilidad, lo que obliga a la organización a tener que esforzarse por
poder captarlos.
Aunque la existencia de criterios de validación estables es una
condición básica para lograr una adecuada integración al interior de
cualquier organización, al mismo tiempo debe existir la suficiente
flexibilidad en el sistema para poder diversificarse y adaptarse a los
cambios del entorno (Rodríguez & Arnold, 1992).
Esta exigencia hoy en día es cada vez mayor, por el surgimiento de
fenómenos en el entorno difíciles de asimilar por una estructura
tradicional. La globalización económica, la apertura de mercados, la
incorporación masiva de tecnología, el surgimiento de nuevas formas de
intercambio económico y la mayor permeabilidad de los límites culturales
nacionales, hacen que la complejidad del medio vaya en un aumento
progresivo.
El resultado es que las organizaciones cuya estructura no permite la
flexibilidad y que gestionan con criterios rígidos están condenadas a
desaparecer en el corto, o en el mejor de los casos, en el mediano
plazo. Cada día más, las alternativas son adaptarse o desaparecer (Ridderstrale
& Nordstrom, 2000).
La obtención de resultados como condicionante organizacional.
En este ambiente cada vez más dinámico, cambiante y de alta
competitividad, el foco de cualquier organización debe estar en la
eficacia y eficiencia en la obtención de sus resultados. Apostar a que
los patrones tradicionales de funcionamiento vayan a generar un
resultado visible a dos, tres o cinco años plazo, es a todas luces
insuficiente.
Ciclos de evolución en las empresas que hace algunas décadas podía tomar
períodos de 5 o hasta 10 años, en la actualidad los podemos ver en
apenas 6 meses. El espectacular ascenso y caída de las “punto com” es un
fenómeno que en otra época habría parecido inconcebible.
Los cambios permanentes en el entorno incluso hacen poco recomendables
las planificaciones quinquenales, tan tradicionales hasta hace pocos
años. Hoy en día se llega a considerar que incluso un pronóstico de tres
años a futuro, independientemente del tipo de negocio, es algo difícil
de precisar con algún grado de certeza.
En dicho contexto es donde deben desenvolverse las organizaciones
actuales. Por lo tanto el énfasis debe estar en acotar lo más que se
pueda los plazos para la planificación, en la obtención de resultados
efectivos y medibles en el corto plazo y, en general, en un sentido de
inmediatez y urgencia que debiera atravesar transversalmente a toda la
organización, equilibrando en forma dinámica la necesidad de resultados
de corto plazo con la viabilidad en el largo plazo (Ridderstrale &
Nordstrom, 2000).
Necesidad de un alineamiento estratégico entre el desempeño de las
personas y las metas de la organización.
Este gran dinamismo aumenta la importancia de resolver adecuadamente el
problema de la doble contingencia organizacional. Si ya es complejo
conseguir un buen ajuste de los comportamientos de los trabajadores con
los criterios de sentido establecidos por la organización, cuánto más
complejo resulta ser este proceso de adaptación permanente bajo las
condiciones de un mercado que obliga a examinar, ajustar y flexibilizar
dinámicamente dicho criterio de sentido.
La mirada tradicional, que trata de resolver este problema por la vía de
la clarificación de tareas, funciones y responsabilidades, hoy día se ha
vuelto claramente insuficiente. Ya no basta con definir un conjunto de
condiciones estáticas, susceptibles de ser administradas, que sirvan de
nexo entre las metas estratégicas de la organización y el trabajo diario
de los trabajadores. La fijación tayloriana de tareas y su asignación a
cargos determinados está siendo progresivamente disfuncional.
Lo que se requiere en la actualidad es algún mecanismo que ligue
directamente los comportamientos con las metas, de manera que exista un
ajuste permanente de las decisiones de los trabajadores de acuerdo a las
necesidades reales que la organización está teniendo. De tal manera,
cada acción emprendida por un trabajador estará contribuyendo de manera
directa el éxito del negocio. Por tal razón, el alineamiento de los
comportamientos de los trabajadores con las metas de la organización,
deja de ser un problema sólo en el plano administrativo y se transforma
en una necesidad de carácter estratégico (Becker, Huselid & Ulrich,
2001).
El enfoque conductual como respuesta natural a estas necesidades
Dado que las organizaciones se mueven en un contexto que las obliga a
ajustar sus metas y objetivos en forma permanente, complejizando el
alineamiento estratégico entre desempeños y metas, se hace necesario
derivar desde un modelo estático con énfasis en aspectos descriptivos
generales de los cargos, hacia un modelo dinámico con énfasis en las
conductas específicas que dan cuenta del cumplimiento de las
responsabilidades del cargo y que son las que se requieren para el éxito
del negocio (Spencer & Spencer, 1993).
El foco del aporte del empleado ya no es desde “tareas y funciones” sino
desde responsabilidades, lo que implica atribuir un sentido
organizacional al trabajo individual, hacer consciente la contribución
personal al negocio, y consolidar una mirada de flexibilidad funcional
en función de responsabilidades.
En un contexto de alta competitividad, hay que luchar por crecer y
desarrollarse para apenas mantenerse en el mismo lugar. Esto obliga a
las organizaciones a aumentar la exigencia a sus trabajadores. Ya no
basta con el cumplimiento de las tareas, funciones y responsabilidades
propias del cargo. Es necesario aportar mucho más para poder generar
valor y permitir a la organización sobrevivir en un entorno altamente
competitivo (Kaplan & Norton, 2000).
Por tal motivo, es insuficiente poner el énfasis en la obtención de
niveles promedio en los desempeños de los trabajadores. Hay que poner el
foco en los comportamientos concretos que realmente generan valor,
aquellos que señalan el camino hacia la excelencia.
Por otra parte, de poco sirve contar con personal de excelencia pero que
no logre traducir su preparación en comportamientos concretos que
beneficien a la organización. Esto es válido, aunque en el pasado haya
conseguido demostrar dichos desempeños. La urgencia existe hoy, por lo
que lo que verdaderamente importa es el aporte que, demostrablemente a
través de sus conductas, el trabajador realiza en el presente. En este
sentido, la “antigüedad” no asegura ni es predictor de un desempeño
alineado y competente.
Incluso los sistemas de control que permiten demostrar la existencia de
los comportamientos adecuados, deberían estar basados en las
observaciones de conductas concretas más que en criterios generales de
apreciación global. De lo contrario se correría el riesgo de caer en
serios problemas de validez y confiabilidad. De hecho, las tradicionales
evaluaciones de desempeño están masivamente desprestigiadas por su
subjetividad. En otras palabras, los evaluadores hacen juicios globales
basados en factores generales y comunes, más que diseñar instrumentos
que detallen las conductas exitosas específicas requeridas por la
empresa. El rol del evaluador ya no es juzgar el desempeño sino
identificar la presencia o ausencia de conductas.
Esto nos lleva a enfatizar la importancia del enfoque conductual como
estrategia pertinente para enfrentar los desafíos de las organizaciones
en la actualidad. Dicho enfoque permite focalizar los esfuerzos en la
identificación de cuáles son los mejores comportamientos para el éxito
del negocio, más que en medir y controlar el funcionamiento diario de
tareas de naturaleza común (Becker et al., 2001)
El Modelo de Competencias
Origen: énfasis en las conductas-clave para el desempeño excepcional
Es propio de un enfoque tradicional tratar de definir a priori ciertos
factores que deberían traducirse en comportamientos esperados. Pero por
medio de este enfoque sólo podemos determinar en forma general un
conjunto de conocimientos y habilidades que, teóricamente, deberían
estar relacionados con un buen desempeño futuro.
A diferencia de lo anterior, un enfoque conductual no se centra en
relaciones genéricamente válidas entre factores y comportamientos. Por
el contrario, el foco es de carácter más específico y concreto, ya que
las condiciones en las que debe ser realizada cierta función pueden
llegar a diferir bastante entre una organización y otra. Por lo tanto,
de poco sirve conocer por ejemplo las relaciones que teóricamente
existen entre la capacidad intelectual y la solución de problemas,
cuando para poder resolver situaciones problemáticas en una organización
en particular hay que lidiar también con consideraciones políticas,
administrativas y financieras específicas de ella, las que pueden
condicionar fuertemente su efectividad.
Por otra parte, aunque resulta lógico por ejemplo mostrar cierto recelo
de incorporar como jefe de producción en una empresa agroindustrial a un
exitoso jefe de producción de empresas metalmecánicas, aduciendo que “no
conoce el negocio”; es curioso constatar que no se utiliza un criterio
similar cuando una empresa “familiar” decide la incorporación de un
ejecutivo exitoso con larga trayectoria en empresas transnacionales y
altamente “profesionalizadas”. No es casual que dicho ejecutivo al poco
tiempo se dé cuenta que no puede gestionar como estaba acostumbrado,
perdiendo gran parte de su efectividad. Todo ello por no haberse
considerado los factores de “especificidad” característicos de la
organización.
Utilizando un enfoque conductual, se pueden identificar aquellos
comportamientos observados que demuestren ser “los mejores
comportamientos esperados” en una realidad organizacional específica, y
determinar cuáles son los factores causales que explican la existencia
de dichos comportamientos. De tal forma, la generalidad y la
aproximación conceptual dan paso a la especificidad y la concentración
en las buenas prácticas desde la realidad, lo que se permite asegurar
que, dadas esas condiciones particulares, si existen tales factores se
tendrían que producir tales comportamientos (Lévy-Leboyer, 1997).
En otras palabras, es la conducta laboral demostrada (experiencia) en
cierto tipo de situaciones y mercados, el mejor predictor del desempeño,
y por lo tanto, el mejor predictor de contribución al negocio a nivel de
las personas (Araneda & Calderón, 2001).
Definición de competencia.
Conceptualmente, una competencia es un conjunto de destrezas,
habilidades, conocimientos, características conductuales y otros
atributos, los que, correctamente combinados frente a una situación de
trabajo, predicen un desempeño superior. Es aquello que distingue los
rendimientos excepcionales de los normales y que se observa directamente
a través de las conductas de cada ocupante en la ejecución cotidiana del
cargo (Dalziel, Cubeiro & Fernández, 1996).
La competencia se estructura en base a tres componentes fundamentales:
el saber actuar, el querer actuar y el poder actuar (Le Boterf, 1996).
El saber actuar es el conjunto de factores que definen la capacidad
inherente que tiene la persona para poder efectuar las acciones
definidas por la organización. Tiene que ver con su preparación técnica,
sus estudios formales, el conocimiento y el buen manejo de sus recursos
cognitivos puestos al servicio de sus responsabilidades. Este componente
es el que más tradicionalmente se ha utilizado a la hora de definir la
idoneidad de una persona para un puesto específico y permite
contextualizar el énfasis que hacen muchas empresas en la capacitación
de su personal.
El querer actuar es otro componente fundamental de la competencia. Alude
no sólo al factor de motivación de logro intrínseco a la persona, sino
también a la condición más subjetiva y situacional que hace que el
individuo decida efectivamente emprender una acción en concreto.
Influyen fuertemente la percepción de sentido que tenga la acción para
la persona, la imagen que se ha formado de sí misma respecto de su grado
de efectividad, el reconocimiento por la acción y la confianza que posea
para lograr llevarla a efecto.
El tercer componente de la competencia, quizás el mas olvidado en la
mirada tradicional, es el poder actuar. En muchas ocasiones la persona
sabe cómo actuar y tiene lo deseos de hacerlo, pero las condiciones no
existen para que realmente pueda efectuarla. Las condiciones del
contexto así como los medios y recursos de los que disponga el
individuo, condicionan fuertemente la efectividad en el ejercicio de sus
funciones.
A continuación presentamos un esquema donde se refleja la relación entre
los tres componentes cuya suma conceptual genera la competencia de la
persona.
Proceso de determinación de competencias.
Dado que la identificación de competencias debe ser específica para la
organización en particular, es necesario identificar un conjunto de
comportamientos reales y observados que correspondan a comportamientos
“deseados” y probadamente exitosos y contributorios para la
organización. Esto obliga a identificar personas que ya han demostrado
por medio de sus acciones que poseen las “competencias” requeridas y
tratar de identificar qué características poseen esas personas que las
hacen ser diferentes del resto (Spencer & Spencer, 1993).
Las técnicas de determinación de competencias son 5:
· Entrevista de incidentes críticos.
· Inventario de conductas exitosas.
· Assessment de competencias.
· Panel de expertos.
· Focus group.
De éstas, sólo son recomendables las 3 primeras, por cuanto su foco es
identificar las conductas reales, y desde esa base, conceptualizar
competencias. La experiencia muestra que las técnicas de panel de
expertos y focus group normalmente invierten esta dirección, definiendo
conceptualmente lo deseable, lo que frecuentemente no se asocia
directamente a las conductas exitosas reales del trabajo. Se debe
garantizar la determinación de competencias desde la conducta laboral
exitosa dentro de la empresa, en un momento del tiempo.
De las técnicas que van desde lo conductual a lo conceptual, la más
exhaustiva es la Entrevista de Incidentes
Críticos para la identificación y levantamiento de las competencias.
Dicha técnica está orientada a conocer en detalle las conductas
efectivamente trabajadas por las personas en situaciones críticas de
trabajo, tanto las positivas como las negativas. La base conceptual de
ello es que es la conducta la que refleja el nivel de destreza y
competencia de una persona, y no el concepto u opinión que la persona
tenga sobre ésta.
El objetivo de las entrevistas es identificar las habilidades y
conductas claves y determinantes en la distinción entre desempeños
normales y excepcionales. Es preguntarse qué conductas o comportamientos
son distintivos para el éxito en el desempeño entre un ocupante de los
cargos y otro. La orientación es pensar en las conductas reales y
actuales, y no en las ideales o posibles (Spencer & Spencer, 1993).
La entrevista se estructura en dos partes:
1. Preguntas estructuradas sobre eventos críticos de trabajo exitosos e
inexitosos del entrevistado, enfatizando cómo se trabajó, quién estuvo
involucrado y los resultados medibles y operacionalizables de la
conducta. El objetivo es conocer el detalle de las conductas
desempeñadas, y no lo que el entrevistado conceptualiza del incidente
crítico.
2. Presentar a cada entrevistado un set de las conductas claves de cada
competencia, y solicitarle la elección y jerarquización de las mismas
para el éxito de su trabajo. Aquí se apela a la conceptualización de
cada entrevistado.
Aunque por definición una competencia será específica para un cargo, en
una organización en particular y en un momento en particular, se da que
una misma competencia puede estar transversalmente presente en distintos
cargos y niveles organizacionales, por lo que la mayor especificidad
asociada al cargo está en cuál conducta da cuenta de la competencia. En
otras palabras, una competencia se operacionaliza al traducirse en un
esquema de niveles de conductas concretas, desde las conductas
inexitosas a las exitosas. Así tenemos que, por ejemplo, la competencia
de “orientación al cliente” puede aparecer como deseable en todos los
niveles de una organización. Sin embargo en el caso de un administrativo
podría responder al siguiente esquema conductual:
“Mantener Comunicaciones Claras con el Cliente considerando las
Expectativas Mutuas. Monitorear la satisfacción del cliente. Distribuir
información útil para los clientes. Proporciona un servicio amistoso y
alegre.”
mientras que para un Gerente Comercial podría adquirir este otro:
“Usar una Perspectiva de Largo Plazo. Trabajar con una perspectiva de
largo plazo al estudiar los problemas del cliente. Poder absorber los
costos inmediatos a cambio de relaciones de largo plazo. Perseguir
beneficios a largo plazo para el cliente. Poder iniciar acciones que
crean éxitos visibles para un cliente y luego atribuir al cliente dichos
éxitos.”
Esto permite que, finalmente, se elabore un Inventario de Competencias
para la organización, donde no sólo figuran todas las competencias
consideradas relevantes, sino que también se encuentran definidos
distintos grados o niveles de conducta para cada una de ellas. Estos
niveles están expresados en términos de conductas concretas , reales y
observables, y permiten definir con precisión la presencia o ausencia de
determinada competencia.
En función de la siguiente escala de competencia y en el ejemplo recién
visto, para el cargo Administrativo se plantearía un nivel de
competencia A 2, mientras para el Gerente Comercial un nivel A 7. A
continuación mostramos un ejemplo de parte de un inventario de
competencias:
Clasificación general de competencias.
Es posible distinguir una primera clasificación de las competencias de
acuerdo a su capacidad predictiva del desempeño superior:
· Competencias umbral: aquellas que predicen el comportamiento promedio
en determinada función.
· Competencias diferenciadoras: aquellas que predicen el comportamiento
superior.
También es posible la identificación de las competencias según su grado
de aplicabilidad y especificidad organizacional, por lo que se establece
4 niveles:
· Competencias corporativas de la organización, comunes a todos los
cargos y las líneas de negocios.
· Competencias comunes de un área, gerencia o línea de negocios.
· Competencias de familias de cargos con responsabilidades similares.
· Competencias específicas del cargo.
Las competencias también se clasifican según su facilidad o dificultad
de desarrollo, aspecto fundamental a la hora de tomar decisiones de
inversión en recursos humanos, pues se evalúa el costo-beneficio de
emprender una acción de desarrollo versus otras alternativas. La
clasificación es:
1. Competencias fácilmente entrenables, por ejemplo, pensamiento
analítico.
2. Competencias medianamente entrenables, por ejemplo, iniciativa.
3. Competencias difícilmente entrenables, por ejemplo, autoconfianza o
flexibilidad
Impacto en el ciclo de gestión de recursos humanos.
El modelo de competencias es una herramienta de enorme utilidad para la
gestión de recursos humanos en las empresas. Este enfoque facilita la
interrelación de los diferentes procesos del área (selección, inducción,
evaluación, capacitación, desarrollo, compensaciones, desvinculación),
posibilitando realizar su gestión de manera integrada gracias a
compartir una fuente de información ligada a las responsabilidades de
los cargos y a un lenguaje común a la base.
Esto no sólo es una ayuda desde un punto de vista operacional, al
mantener un diálogo más fluido y conceptualmente coherente entre las
diferentes funciones, sino que además aporta un modelo claro para
obtener una visión de conjunto de la complejidad inherente a la gestión
de recursos humanos, permitiendo un mejor manejo de ella desde un punto
de vista estratégico para la organización.
La existencia de un perfil de competencias para cada uno de los cargos
de la organización, ofrece una herramienta de gran utilidad para el
proceso de reclutamiento y selección de personal. Quien selecciona puede
contar no sólo con la tradicional descripción de funciones, tareas y
responsabilidades del cargo sino también con una descripción concreta de
las competencias que son requeridas para el buen funcionamiento del
individuo en el cargo. De esta forma, el proceso de selección por
competencias, al centrarse en aquellas habilidades y características
conductuales demostrables que están a la base de las competencias
críticas de un cargo, predice con alta efectividad el desempeño laboral
futuro, aportando elementos importantes a considerar durante la
entrevista y afinando la determinación de qué tipo de metodología de
evaluación realizar. Actualmente las pruebas intelectuales, pruebas de
habilidades específicas, cuestionarios de personalidad, test proyectivos
y entrevista psicolaboral, están siendo complementados con assessment de
competencias mediante paneles de expertos y la aplicación de inventarios
de conductas exitosas, lo que aumenta la eficiencia de la selección de
personal (Fernández & Reyes, 2001).
El objetivo de la selección por competencias es encontrar el candidato
que se ajuste completamente con el perfil de competencias requerido en
el cargo, mediante la técnica de comparación de perfiles. La selección
por competencias permite determinar cuáles son las brechas que existen
entre las competencias del candidato seleccionado y las requeridas por
el cargo, aportando información relevante para poder realizar un proceso
de inducción más específico y disminuir el tiempo de preparación que
necesita para desempeñarse con eficiencia en sus responsabilidades (Wood
& Payne, 1998).
Al disponer de un perfil de competencias basado en conductas exitosas
observables, el proceso de plantear metas de desempeño se vuelve más
preciso y ajustado a cada caso en particular, lo que facilita la
planificación de las acciones de mejoramiento y el proceso de
evaluación. Tanto la validez como la confiabilidad de la evaluación se
ven beneficiadas al contar con parámetros de medición fácilmente
contrastables -- la presencia o ausencia de conductas específicas --,
disminuyendo de paso las posibles críticas y resistencias al proceso de
evaluación en sí mismo. Como dijimos, la objetividad del proceso se
ancla en el diseño de un instrumento de evaluación del desempeño en que
a cada competencia evaluada se le asocian categorías de conductas, desde
las inexitosas a las exitosas, por lo que el rol del evaluador es
definir qué nivel de conducta es el más frecuente en un trabajador, y no
juzgar cualitativamente su desempeño.
Así como la inducción se ve facilitada por un proceso de selección
basado en competencias, del mismo modo la capacitación se ve favorecida
por un proceso de evaluación basado en competencias. La natural
determinación de brechas existentes entre los comportamientos deseados y
los observados, aporta la información necesaria para direccionar con
eficiencia las acciones de capacitación. Son muchas las empresas que han
invertido importantes recursos en la capacitación de sus trabajadores y
en varias de ellas existe la conclusión de haber nivelado conocimientos
y habilidades, pero que se tocó un techo de desarrollo. La oferta de
capacitación disponible suele ser bastante estándar en contenidos y
metodología, por lo que el enfoque de competencias agrega un cambio
cualitativo sustancial: determina qué conductas se debe desarrollar
dentro de una organización particular para agregar valor al negocio,
contribuyendo desde el propio cargo. Ello implica un desafío para los
expertos en capacitación, por cuanto el diseño de talleres de desarrollo
de competencias es completamente ajustado a las necesidades de
desarrollo conductual solicitadas por el cliente.
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