1. Introducción
El eje predominante en la historia del análisis estratégico ha sido la
búsqueda de enlaces entre decisiones estratégicas y rendimiento empresarial.
Hasta hace pocos años, no se había planteado la existencia de nexos de unión
significativos entre la estrategia empresarial y la gestión de los recursos
humanos. Las investigaciones sobre estas dos dimensiones de la realidad
empresarial habían seguido caminos separados y, desde el punto de vista de la
gestión estratégica, la perspectiva social de la empresa había quedado relegada
a un segundo plano.
El enfoque seguido tradicionalmente en el análisis de los recursos
humanos se ha orientado hacia el diseño de políticas y prácticas de gestión que
favorecieran los intereses de los accionistas de la empresa, sin tener en cuenta
la propia naturaleza del activo que se estudiaba. La consecuencia es que la
mayoría de los estudios sobre el particular se han centrado en demostrar la
existencia de una correlación positiva entre la planificación de los recursos
humanos y la obtención de rendimientos superiores (Fombrum et al., 1984; Dyer,
1985; Nkomo, 1987; Delaney et al., 1989), ignorando otras cuestiones como la
influencia de la implicación de los trabajadores sobre el proceso de creación de
valor. Así, la literatura al respecto, lejos de hallar evidencia empírica de las
supuestas contribuciones de los recursos humanos al logro de una ventaja
competitiva (Lengnick-Hall y Lengnick-Hall, 1988), sólo ha sido capaz de
constatar los inconvenientes de la aplicación de políticas concretas de
personal. Ello trae como consecuencia que se cuestione si la gestión de recursos
humanos es una variable lo suficientemente importante como para lograr por sí
misma una ventaja competitiva o, si simplemente se trata de una variable que
necesita ser tenida en cuenta conjuntamente con otras.
Los autores achacan este fracaso al hecho de que se realizan cambios
estratégicos en la empresa que no van acompañados de los cambios necesarios en
la gestión de los recursos humanos para que dichas estrategias sean puestas en
marcha eficazmente (Adler, 1988), por una excesiva focalización en problemas
técnicos en detrimento de los recursos humanos (Majchzak, 1988), y por el
desarrollo de modelos de gestión de personal que no diferencian entre capital
genérico y específico (Huselid, 1995).
En el presente trabajo se desarrolla una nueva perspectiva para analizar el
campo de los recursos humanos y se argumenta que la consecuencia de la falta de
una metodología adecuada en dicho campo ha supuesto que:
1) conceptualmente los enlaces entre recursos humanos y rendimiento
empresarial no hayan sido bien desarrollados y,
2) existiendo medidas apropiadas de valoración del impacto de los
recursos humanos en el rendimiento empresarial, éstas no han sido formuladas
adecuadamente.
De tal forma, podemos afirmar que los recursos humanos pueden constituirse en fuente de ventaja competitiva y que, la falta de una contrastación empírica hasta la fecha puede deberse a un mal posicionamiento de los esfuerzos a la hora de optimizar los resultados. En suma, para obtener rentabilidad en las inversiones de recursos humanos es necesario promover un cambio en el paradigma tradicional de los recursos humanos, pasando de su consideración como mero instrumento operativo en la organización a su plena integración en las competencias distintivas de la misma.
2. Analisis de la problemática asociada al estudio de los recursos humanos
No se puede implementar políticas de recursos humanos que contribuyan de forma satisfactoria a la consecución de una ventaja competitiva si no se parte de la convicción de que dichos recursos marcan la diferencia en los resultados empresariales. Sin embargo, al analizar la contribución de éstos al logro de una ventaja competitiva conviene tener presente aquella máxima empresarial que dice "no puedes gestionar lo que no puedes medir" (Ulrich, 1997). Aunque los estudios evidencian que las políticas de recursos humanos aumentan la implicación del trabajador en la empresa, y que la efectividad de la organización es superior cuando la empresa considera a los trabajadores como recursos estratégicos (Wright et al., 1998) resulta difícil desarrollar las medidas adecuadas para demostrar que crean valor añadido y además convencer a la gerencia de la importancia de los recursos humanos como factor clave de la estrategia.
Se han desarrollado modelos para determinar el impacto de los recursos
humanos en la organización. No obstante, las conclusiones extraídas de los
mismos y las pautas de comportamiento que ofrecen suelen ser cuestionadas. Así,
disponemos de los modelos de Schmidt et al. (1979) y los posteriores de Boudreau
(1991), ambos basados en investigaciones previas de Cronbach y Gleser (1965).
Dichos trabajos constituyen un intento de estimar, a partir de las políticas de
gestión de dichos recursos, la aportación del capital humano a la creación de
valor en la empresa. Su importancia viene determinada por el hecho de que
demuestran que se puede cuantificar el valor aportado a la empresa por una
política concreta de recursos humanos, debido a que:
1. Consideran explícitamente el valor añadido por los recursos humanos
durante el proceso productivo, puesto que se basan en el estudio de los
incrementos en productividad antes y después de dichas políticas.
2. Permiten calcular el stock de capital humano presente en la empresa
durante la entrada y salida de trabajadores en la misma, ya que se utiliza como
medida del mismo la base de conocimiento en la empresa.
3. Permiten separar el valor atribuible a las prácticas de recursos
humanos del valor absoluto de dichos recursos.
4. Traducen el valor de los programas de recursos humanos a unidades
monetarias de forma semejante al cálculo del valor actual neto de las
inversiones en la empresa.
En general, estos métodos suelen basarse en el estudio de las variaciones experimentadas en la productividad del factor trabajo, y más concretamente del capital humano al ser un factor determinante de la misma (Koch y McGrath, 1996). Sin embargo, dichos modelos de estimación de utilidad (Boudreau, 1991; Schmidt et al., 1979), son cuestionados por ser demasiado complejos, asumir ciertos supuestos de partida y la subjetividad inherente a los mismos. Se les critica además porque la estimación resultante de los mismos suele ser demasiado optimista, con lo que los directivos son escépticos sobre las conclusiones obtenidas y los métodos empleados para obtenerlas (Wintermantel y Mattimore, 1997). Pero el rechazo de los modelos anteriormente propuestos contrasta con la ausencia de otros indicadores más eficientes. De hecho, se suele hacer referencia de manera abstracta al grado de absentismo, moral de los empleados o nivel de compromiso con la empresa. Así, muchas empresas, conscientes de la necesidad de buscar nuevos indicadores, han dedicado gran parte de su tiempo a la recogida de datos acerca de la satisfacción del trabajador, absentismo, satisfacción del cliente y productividad entre otros. Sin embargo, dicho proceso adolece de una metodología adecuada ya que suele ser poco estructurado. Generalmente no incluye mediciones, recogida de datos, retroalimentación, información sobre cambio de actividades y mejora en los resultados (Yeung, 1997). Ello unido a que, una vez recogidos los datos, éstos no suelen ser compartidos por toda la organización y, por tanto, no llegan a los puntos donde pudiera realizarse una utilización más eficiente de la misma. El resultado es una desmotivación no sólo en los responsables de la investigación, sino también en los trabajadores, de cara a una futura recogida de información.
Además de la falta de indicadores fiables que permitan convertir las
percepciones en estimaciones precisas para poder valorar así el impacto real de
los recursos humanos en la organización, otro problema inherente al estudio de
la influencia del factor humano en el éxito empresarial ha sido la propia
metodología aplicada. Después de implementar estrategias de recursos humanos, y
obtener unos resultados determinados, se suelen plantear hipótesis acerca de las
posibles interrelaciones entre las políticas de recursos humanos y el
rendimiento global del negocio. Si los resultados son importantes, se entiende
que éstas influyen realmente en el éxito (Boudreau y Ramstad, 1997) y se plantea
mantener la misma línea de actuación para el futuro. La consecuencia de la
utilización del razonamiento inductivo para determinar a posteriori cual es el
conjunto de políticas más adecuadas para cada organización en concreto,
(Delaney, 1996; MacDuffie, 1995) es que los resultados obtenidos no sirven para
realizar generalizaciones. Además, aplicar la lógica de la observación e
inferencias al campo de los recursos humanos tiene unos inconvenientes
adicionales (Miller, 1991):
1. Es imposible generar casos en número suficiente como para probar
hipótesis. Si el investigador necesita obtener toda la información necesaria
acerca de todas las decisiones estratégicas tomadas o que van a tener lugar, el
número de empresas que pudieran ser estudiadas sería muy limitado.
2. La observación a partir de la implementación de estrategias supone
asumir (lo cual es arriesgado) que se implementa lo que previamente se ha
decidido.
3. Aplicar el estudio de la estrategia al campo de los recursos humanos
está sujeto a los mismos inconvenientes que el análisis de la estrategia general
de la empresa, con la complicación añadida de que se debe estudiar la
dependencia entre ambas.
Por otra parte, el factor humano puede constituirse en fuente de ventaja
competitiva siempre y cuando se le asigne esa importancia a priori. Así,
considerando la función tradicional de recursos humanos o "dimensión
administrativa" (Golden y Ramanujan, 1985), se supone que el departamento de
recursos humanos no toma parte en las decisiones estratégicas. Su cometido se
circunscribe exclusivamente a las tareas de tipo administrativo (gestionar las
nóminas del personal o otros planes accesorios, por ejemplo). Los indicadores
utilizados bajo esta perspectiva se centran en la eficiencia con la que el
personal realiza las tareas en la empresa o el coste de contratar. A tal efecto
se utilizan medidas tradicionales de recursos humanos que permiten obtener datos
históricos sobre resultados o nivel de absentismo. Su utilización se explica
porque son fácilmente cuantificables y por su disponibilidad. Sin embargo, la
información que aportan no sirve para realizar predicciones sobre las cuales los
directivos puedan actuar. Además, las medidas de rendimiento basadas en datos
contables se suelen criticar porque son vulnerables respecto a las diferencias
existentes entre métodos utilizados. Cuando la integración entre el departamento
de recursos humanos y la dirección de la empresa es total nos encontramos ante
la denominada "dimensión integradora" (Golden y Ramanujan, 1985), en cuyo caso
el departamento de recursos humanos se configura como parte activa y fundamental
en la toma de decisiones. Ello supone que la habilidad para obtener resultados
satisfactorios no se puede medir exclusivamente en términos de eficiencia o
costes, puesto que dichas medidas no evalúan si la organización está alcanzando
de forma exitosa sus metas (Wintermantel y Mattimore, 1997).
Por ello, es necesario diseñar otros indicadores de efectividad, ya que los resultados obtenidos con los indicadores tradicionales son irrelevantes para la gestión. Pero, así como para valorar la validez de determinadas estrategias o programas aplicados podemos calcular rentabilidades o analizar la cuota de mercado, en el caso de los recursos humanos no disponemos de un indicador consensuado de efectividad (Boudreau y Ramstad, 1997). El problema de medición de los recursos humanos frente a otros indicadores financieros, de marketing o de producción, es que los primeros son menos útiles y por tanto menos aceptados para guiar la toma de decisiones.
Otro problema relacionado con el estudio de los recursos humanos es la utilización generalizada de modelos de optimización del capital financiero que asumen implícitamente a éste como el recurso a optimizar (Boudreau y Ramstad, 1997). Ello implica, que en contextos de escasez de recursos, la organización adoptará programas para maximizar exclusivamente el rendimiento del capital invertido, no optimizándose otros recursos, entre ellos el capital humano. En ocasiones, puede resultar incluso contraproducente, puesto que priorizar la maximización de beneficios suele conllevar la realización de despidos para llevar a cabo reducciones de costes. El problema surge a largo plazo, cuando las necesidades de capital humano hacen que existan problemas de rentabilidad y rendimiento (Mabon, 1996), unido a los efectos negativos sobre la imagen de la organización. Así, la empresa que contrata y despide en función del ciclo económico está creándose una mala reputación, cuya consecuencia a medio y largo plazo es una mayor dificultad para atraer y retener a trabajadores cualificados (Gerhart y Trevor, 1996). Por tanto, los indicadores relativos al factor humano no representan exclusivamente una medida técnica que refleja resultados, sino que también deben recogen información sobre el prestigio, poder e imagen que ostenta la empresa.
Por otra parte, analizar la aportación del factor humano a la creación de
valor es controvertido porque 1) aunque sea difícil o imposible medir
objetivamente su capacidad de generar riqueza, ello no supone que no sean
valiosos y, 2) el proceso de creación de valor está sujeto a problemas de
apropiación de rentas. La explicación descansa en las dos argumentaciones
siguientes:
a. La teoría de la agencia (Jensen y Meckling, 1976) sostiene que el
agente no siempre actúa en función de los intereses del principal, de ahí que la
posibilidad de generar acciones tanto individuales como colectivas por parte del
personal de la empresa o la amenaza de pérdida de capital humano específico
supone un límite a la hora de generar y utilizar los recursos humanos, así como
la posibilidad de apropiarse del valor añadido que generan.
b. Los derechos de propiedad no están bien definidos (Grant, 1991). La
empresa no tiene en propiedad a las personas de la misma forma que posee
patentes y activos físicos (Kamoche, 1996), ello unido a la falta de una
distinción clara cuando se genera una renta de lo que forma parte de la
tecnología de la empresa y lo que corresponde al capital humano, dificulta la
identificación de la propiedad de la renta generada (Grant, 1991).
En consecuencia, si la inversión es en capital humano específico, la
empresa está expuesta a problemas de oportunismo debido a la naturaleza
incompleta de los contratos laborales (holdup problem), lo que suele provocar
problemas de subinversión en este tipo de activos, que conduce a medio plazo a
un deterioro en el valor de mercado de la empresa (Bronars y Deere, 1993). Sin
embargo, la dificultad de apropiación de las rentas generadas por los
trabajadores no es necesariamente negativa. Si las empresas emprenden
determinadas actividades productivas es porque se pueden apropiar de las rentas
asociadas a ellas. De la misma forma, los individuos prestarán sus servicios si
se pueden apropiar de los beneficios generados con sus habilidades (Kamoche,
1996). Ello, según Castanias y Helfat (1991) supone un incentivo a generar
mayores rentas en el caso de los directivos, y según Kamoche (1996) también en
el resto de capital específico en la empresa. De tal manera que, con el objetivo
de apropiarse de las rentas generadas, los trabajadores demostrarán un mayor
esfuerzo y rendimiento, lo que supondrá mayores incrementos de valor.
Por último nos referiremos a los problemas asociados a los indicadores
tradicionales de productividad. Las medidas de productividad generalmente
descansan en determinados indicadores de output por empleado. Son útiles en
cuanto a desarrollo y recogida de datos y, además son fácilmente comprensibles y
comparables entre empresas, pero no son apropiadas, debido a:
1. La complejidad asociada a la determinación del valor creado por los
trabajadores. Para medir la productividad se pueden utilizar medidas específica
a cada sector, así, en los servicios financieros se puede medir la productividad
con base al número de transacciones por empleado y, en el sector manufacturero,
en función de unidades producidas por cada empleado. Sin embargo, en
determinados casos, como directivos y profesionales, es problemático determinar
el output de cada trabajador, ya que es difícil precisar el valor creado en la
organización en determinadas situaciones, como la introducción de un diseño o la
adopción de un plan estratégico. La productividad del factor humano puede
medirse en estas circunstancias en función de las ideas generadas e
implementadas, puesto que la probabilidad de una innovación exitosa es mayor
cuantas más ideas y conocimientos desarrolle la empresa (Cohen y Levinthal,
1990).
2. Problemas relativos a los costes. En el caso de que pudiera
determinarse con exactitud el output obtenido por cada trabajador, como en una
cadena de montaje, puede suceder que la eficiencia lograda por la retribución en
función del rendimiento se pierda al incurrir en costes de control y
verificación (Besanko et al., 1996). Y se puede añadir además que, en general,
con cualquiera de los métodos utilizados los beneficios obtenidos posiblemente
no compensaran los costes asociados a la obtención de tal información
(Lengnick-Hall y Lengnick-Hall, 1988).
3. No siempre es un dato objetivo porque puede verse influido por otros
indicadores. Un trabajador de una empresa intensiva en tecnología puede tener un
output elevado, pero ello no significa ni que tenga mayores capacidades, ni que
esté más comprometido con la empresa, lo cual es una cuestión fundamental de
cara a conseguir buenos resultados.
4. Las medidas de productividad no miden la capacidad de un equipo de
trabajadores para proponer e implementar soluciones y por tanto no se traducen
fácilmente en acciones para la gerencia. En definitiva, pueden considerarse
fines, pero no medios.
5. Un incremento en productividad no se sostiene a través del tiempo
cuando los trabajadores temen que suponga un excedente de personal que deba ser
despedido (Locke, 1995). Por tanto, una elevada productividad no se sostiene a
largo plazo si la empresa no crea un marco de desarrollo sostenido de esa
productividad por medio de otras políticas como fomentar la seguridad en el
puesto.
En definitiva, observamos que las medidas utilizadas hasta la fecha para analizar el impacto de los recursos humanos sobre los resultados, se basan en indicadores como la eficiencia en la realización de tareas administrativas o, en el coste de contratar, mantener, formar y retener al personal. Pero las medidas basadas en los costes no miden si la empresa ha alcanzado exitosamente sus objetivos. Sin embargo, de lo expuesto, no cabe interpretar un rechazo a los indicadores de productividad o cuestionar la validez de los mismos. De hecho, la evidencia empírica sugiere que existe una contribución positiva del capital humano sobre la productividad, desde el momento en que la elasticidad producto del mismo es positiva y además, con un efecto considerablemente mayor del atribuido en trabajos anteriores (Serrano, 1996). Lo que queremos poner de manifiesto en este trabajo es, como se expuso anteriormente, que existiendo medidas apropiadas para valorar la capacidad de los recursos humanos como fuente de ventaja competitiva, éstas no han sido formuladas adecuadamente, lo que puede conllevar interpretaciones erróneas.
Por tanto, considerando el nuevo paradigma de la función de los directivos de
recursos humanos, los indicadores de resultados deben enfocarse tomando en
consideración dos cuestiones fundamentales: 1) la necesidad de analizar
conjuntamente las distintas políticas, puesto que tal circunstancia permite no
sólamente aprovechar las sinergias que se producen entre ellas, sino también
contribuir a la mejora de los resultados empresariales (Lengnick-Hall y
Lengnick-Hall, 1988), y 2) modificar la tendencia implícita a diseñar el sistema
de recompensas basado en actividades concretas (número de programas de formación
realizados o número de nuevos contratos, por ejemplo) que no reflejan el impacto
global sobre el negocio, y que generan mayor dificultad de retención de
empleados (Sheridan, 1992).
3. Nuevos enfoques en el análisis estratégico de los recursos humanos
La función de recursos humanos, desde la nueva perspectiva aplicada,
tiene como objetivos: 1) desarrollar una base de conocimiento, 2) crear utilidad
para empleados, clientes, y accionistas y 3) fomentar una mejora en los
resultados. La organización debe simultanear la obtención de tales metas para
que dicha función sea eficientemente evaluada. Sin embargo, el problema surge
porque las empresas no son capaces de integrar y combinar diferentes fuentes de
información y por tanto, determinar cuales son los aspectos cruciales sobre los
que incidir para generar valor en el conjunto de la organización. Analizaremos
por separado la relevancia de cada uno de ellos.
A. Desarrollo de una base de conocimiento
El capital humano en la empresa se adquiere normalmente mediante la
experiencia y la formación a cargo de otros que ya tienen la capacitación
requerida. La acumulación de capital humano se caracteriza por la existencia de
deseconomías de compresión del tiempo (Dierickx y Cool, 1989) asociadas a la
inversión en recursos humanos, es decir, el beneficio obtenido por una inversión
sistemática en dichos recursos redunda en incrementos de productividad mayores
que si dicha inversión es puntual, puesto que los beneficios de la formación y
promoción se acumulan a lo largo del tiempo.
La evidencia de que la habilidad cognitiva superior es un atributo que sigue una distribución normal entre la población (Jenson, 1980), junto con la existencia de una alta correlación entre rendimiento y base de conocimiento (Snow y Snell, 1992), supone asumir que los individuos con capacidades superiores son valiosos y escasos. Si a ello unimos que el know-how de los trabajadores es uno de los mayores pilares de obtención de ventaja competitiva sostenible, se pone de manifiesto la trascendencia de comprometer mayor cantidad de recursos en formación. El resultado es un aumento de la especificidad de las habilidades del trabajador, a la vez que disminuye la posibilidad de que otras empresas puedan utilizar a esos mismos trabajadores en contextos diferentes. Dichas habilidades, específicas y no transferibles, crean valor añadido en la empresa, pero pueden perderse instantáneamente si los empleados clave abandonan la empresa (Gómez-Mejía et al., 1997). Para aumentar la cantidad y calidad del stock de know-how la empresa debe, en primer lugar, fomentar el learning by doing, ya que la tendencia a subcontratar tiene como consecuencia una reducción del núcleo de ventaja competitiva de la empresa (Hall, 1993). En segundo lugar, fomentar la implicación del trabajador en la empresa mediante políticas como el pago contingente (Pfeffer, 1998), ya que ello aumenta la predisposición a adquirir nuevos conocimientos y habilidades, e incentiva la existencia de iniciativa por parte de los trabajadores (Pfeffer, 1994). Y en tercer lugar, desarrollar políticas de retención de trabajadores cualificados (Huselid, 1993), o llegar a acuerdos de colusión entre empresas para evitar la movilidad laboral (Cappelli y Sing, 1992). Ello tiene como objetivo prevenir la pérdida de capital que sufre una empresa si un trabajador se desvincula de ésta, y evitar tener que contratar a un trabajador con una productividad menor, debido a su carencia de habilidades específicas (Becker, 1962).
Como se ha expuesto previamente, la capacidad de un negocio se suele valorar
a través de la habilidad para gestionar el capital y generar valor añadido, por
lo que se supone implícitamente, que el capital es el recurso a ser maximizado.
El énfasis puesto en maximizar el valor de cada acción atribuye un papel
preponderante a las medidas de eficiencia como el valor de mercado o beneficio
por acción, y acrecienta la importancia de obtener economías de escala y
realizar elevadas inversiones en capital. Ello ha supuesto el abandono de otros
objetivos, especialmente los relativos a recursos humanos, básicamente porque
las empresas han sido incapaces de demostrar la rentabilidad de sus inversiones
en capital humano (Wintermantel y Mattimore, 1997). Este es el caso concreto de
la formación: prácticamente bajo ninguna circunstancia se puede medir sus
consecuencias o efectividad. Podría someterse a un cálculo de la rentabilidad,
pero dicho análisis es complejo, cuando no imposible de llevar a cabo, ya que
sus efectos solamente se observan con el paso del tiempo y, además deben
valorarse desde la perspectiva de la marcha del negocio en su conjunto al
constituir parte de un todo.
El resultado es que son las empresas exitosas las que invierten en
formación (Capelli y Singh, 1992), casi como un acto de fe por su convencimiento
de que existe una conexión entre administración de personal y beneficios
(Pfeffer, 1998), sin tener en cuenta el contexto en que se va a desarrollar
dicho conocimiento. Al diseñar sus políticas de selección y formación de
personal, la empresa debe fijar como objetivo la creación de una base de
conocimiento, puesto que los retos futuros en la organización requieren
flexibilidad y adaptabilidad por parte de los trabajadores, circunstancias que
sólo se manifiestan en colectivos con habilidades cognitivas superiores,
teniendo siempre presente que las habilidades adquiridas por los trabajadores no
resulten útiles a otras empresas, pues en éste caso se estaría subvencionando a
las competidoras (Becker, 1964).
B. Creación de riqueza para empleados, clientes y accionistas
Una empresa crea riqueza cuando consigue una ventaja competitiva que le
permite generar rentas por encima del coste de oportunidad de los recursos o,
dicho de otra manera, incrementa el valor de los accionistas. Sin embargo, el
éxito empresarial, está condicionado además, por las exigencias de otros grupos
con intereses en la misma: clientes y trabajadores. Los modelos estratégicos
apoyados en tal principio no son nuevos, de hecho, han sido utilizados en el
pensamiento estratégico durante muchos años (Freedman, 1985). Si embargo, han
sido modificados recientemente (Kaplan y Norton, 1992, 1993), a raíz de la
necesidad de plantear un modelo que valore efectivamente el impacto de los
recursos humanos en la organización. Este modelo se construye a partir de la
lógica de que la empresa debe satisfacer los requerimientos de tres grupos:
inversores, clientes y trabahadores. Los inversores requieren rendimiento
financiero medido en cualquier variedad de formas pero encaminándose a los
beneficios económicos, valor de mercado y cash flow. Los clientes buscan calidad
y servicios, que pueden ser medidos a través de la cuota de mercado, lealtad del
cliente, capacidad de retención del mismo y otros indicadores enfocados hacia
los clientes. Y los trabajadores buscan que la empresa sea un lugar seguro y
saludable, realización personal, o autorrealización personal, aspectos que
pueden ser medidos por las acciones de los empleados y de la organización.
Si los resultados de una empresa están asociados a las inversiones en programas de recursos humanos, es necesario analizar si el rendimiento superior es causa o efecto, o en todo caso, qué parte del rendimiento superior corresponde a las inversiones en recursos humanos. Boudreau y Bergman (1991) interpretan que existe un ciclo de retroalimentación en el que se genera valor. De tal forma, dicho proceso de generación de valor debe ser analizado siguiendo una trayectoria circular en la que los resultados son a la vez inputs informativos que repercuten sobre la capacidad de los recursos humanos para constituirse en fuente de ventaja competitiva. Así, partiendo de la consideración del factor humano como recurso estratégico, si se desarrollan políticas que fomenten el compromiso, implicación y satisfacción del trabajador en la empresa, ello redundará en una mejora para los accionistas, a través del incremento en la cotización de las acciones (que se genera por la percepción de los accionistas sobre el buen hacer de la empresa), y en los clientes, al ofrecer un producto de mayor calidad y a un precio más competitivo.
B. 1. Relaciones con los accionistas
En este apartado analizaremos si la señal que emite al mercado una empresa que goza de buena imagen en la gestión de los recursos humanos, supone un cambio en las percepciones los accionistas e inversores que pueda repercutir en la empresa a través de una modificación en la cotización de la misma (Hannon y Milkovich, 1996). Esta cuestión es particularmente importante si entre los objetivos principales de la gerencia se encuentra el aumentar el valor para los accionistas.
El análisis de la efectividad de las políticas de recursos humanos en función
de la interpretación de las señales que se envían al mercado adolece de una
contrastación empírica, sin embargo, los estudios asumen el hecho de que las
empresas que gozan de una mayor reputación suelen atraer a trabajadores más
cualificados, lo que se traduce en aumentos de la base de conocimiento,
generación de mayores beneficios y consecución de una ventaja competitiva
(Boudreau, 1988). Los fundamentos teóricos sobre los que se sustenta tal
afirmación son básicamente dos: la hipótesis de los mercados eficientes (Fama,
1970) junto con la teoría del signaling (Spence, 1974).
La teoría del signaling (Spence, 1974), afirma que, en ausencia de
información apropiada y completa, los decisores confían en factores observables
o señales como sustitutivos de ésta. Las señales que emite una empresa al
mercado, como contar con políticas de recursos humanos adecuadas y gestionadas
de forma eficiente, sirven para reducir la racionalidad limitada del mercado y
las partes interesadas. La hipótesis de eficiencia de los mercados (Fama, 1970),
sostiene que la información que emite la empresa tiene un efecto inmediato y
predecible sobre la cotización de la misma, y por tanto, reflejará las
percepciones de los inversores acerca de la rentabilidad futura de la
organización con base en dicha información.
La adquisición de capital humano tiene muchas características en común con la
adquisición de otros factores estratégicos. Así, los directivos se enfrentan al
problema de seleccionar los inputs correctos en situación de incertidumbre (Amit
y Schoemaaker, 1993). La información necesaria para predecir la productividad
futura de un trabajador es normalmente inobtenible y sólo se manifiesta cuando
la decisión de contratar está tomada y dicha persona ya se encuentra en la
empresa (Koch y McGrath, 1996). De este modo, los aspirantes más productivos
están interesados en emprender determinadas acciones para señalizar, aunque sea
de forma imprecisa, su potencial. La empresa, por su parte, deberá señalizar su
"buen hacer" en la gestión de sus recursos humanos de cara a suponer una buena
opción laboral para los posibles aspirantes, ya que los trabajadores con mayor
capital intelectual eligen la empresa donde quieren trabajar (Drucker, 1997;
Bowen y Siehl, 1997).
De esta forma, se crea una corriente de emisión de señales entre la
empresa y los trabajadores. Por una parte, los aspirantes a un puesto destinan
recursos en educación y formación para señalizar su capacidad a la empresa, y
ésta, a su vez, debe invertir en formación de capital humano para enviar al
mercado señales favorables. Ello favorece la creación de una reputación para la
empresa, cuyo resultado es la generación de incentivos para atraer a
trabajadores con mayores capacidades que aumentarán el stock de conocimiento, a
la vez que al contar con personal más adecuado reducirá la rotación del mismo.
En definitiva, el contar con una política de recursos humanos que sea
interpretada positivamente por el mercado supone, no solamente el alcanzar el
objetivo de gestionar eficientemente los recursos, sino también beneficiarse de
la reputación que se crea.
Sin embargo, no debemos obviar el hecho de que, interpretar las señales
que emite una empresa es cuanto menos controvertido debido a que es una cuestión
de percepciones, y por tanto el análisis de la efectividad de las políticas de
recursos humanos debe ser complementado con otros indicadores más objetivos. De
hecho, Abowd, et al.(1990) afirman que un anuncio de despidos y reestructuración
pueden generar expectativas negativas para los accionistas si son percibidos por
el mercado como una crisis financiera. Sin embargo, estudios posteriores (Lee,
1997), confirman que el mercado puede interpretar un anuncio de reestructuración
como una señal positiva de que la empresa se enfrenta a sus problemas, aunque
esta percepción puede ser errónea puesto que, en ocasiones, una reestructuración
puede ser fruto simplemente la imitación de la estrategia del líder por parte de
una seguidora (Haveman, 1993).
Sin embargo, la literatura al respecto parece confirmar al menos la relación
causa-efecto entre las políticas de recursos humanos y modificación de la
cotización de la empresa en el mercado. Ello parece evidente desde el momento en
que se constata la existencia de diferencias significativas en la cotización de
una empresa cuando ésta realiza reestructuraciones reactivas o proactivas,
permanentes o temporales, de pequeño o gran tamaño, individuales o en serie
(Lee, 1997).
B.2. Relaciones con los clientes
Los sistemas de implicación del trabajador en la empresa generan valor
para los clientes. Así, la remuneración en función del rendimiento supone un
incremento de la productividad (Murray y Gerhart, 1998), que se reflejará en un
precio más competitivo de los productos de la empresa (Ornatowski, 1998), una
mejora en los resultados, menores costes laborales y un aumento de la calidad
del producto (Murray y Gerhart, 1998). Ello unido a que, si los trabajadores se
sienten identificados con la empresa, desarrollarán capacidades específicas al
puesto de trabajo, las cuales están asociadas a niveles superiores de
productividad (Castanias y Helfat, 1991).
Sin embargo, las organizaciones no sólo crean valor a través del producto que comercializan sino también por el intercambio de información y conocimiento generado en estas relaciones. De éstas pueden surgir activos intangibles como la reputación e imagen. Ello tiene lugar cuando el personal de la empresa interactúa con los clientes, creándose un conjunto de relaciones que constituyen el denominado "capital relacional" de la empresa (Saint-Onge, 1996). Es frecuente que se desarrollen redes de comunicación entre trabajadores clave y el resto del personal de la empresa, incluso con los consumidores finales. De aquí puede surgir un entramado de relaciones difícil de duplicar que puede constituir la base para la creación de una ventaja competitiva. Y, aunque estas relaciones son demasiado complicadas para proceder a un análisis riguroso de las mismas, es razonable pensar que el conocimiento y confianza que se desarrollan a lo largo del tiempo tengan valor únicamente en el seno de dicho contexto (Becker, 1964). Ello unido al hecho de que tales circunstancias son difíciles de identificar y duplicar por parte de los competidores hace que dicha ventaja sea sostenible (Barney, 1991).
La organización debe tener presente que, la creación y difusión del
conocimiento son actividades intangibles que no pueden ser ni supervisadas, ni
forzadas por la empresa, sólo tienen lugar cuando los individuos cooperan
voluntariamente, de ahí la relevancia de diseñar un conjunto de políticas de
gestión de los recursos humanos que impliquen a éstos con los objetivos de la
empresa.
C. Fomentar una mejora en los resultados
No existe una evidencia empírica suficientemente contrastada que permita
poner de manifiesto la verdadera capacidad de los recursos humanos para generar
rendimientos superiores. Sin embargo, podemos hacer referencia a una serie de
investigaciones que han recogido unos resultados significativos sobre el
particular. Así, en el estudio de Ostroff, (1995) acerca de los efectos de una
mejora en la calidad de las prácticas de recursos humanos sobre el rendimiento
de la empresa, se analizan cuatro indicadores fundamentales para la marcha del
negocio: valor de mercado, valor contable, productividad, y ventas. En dicho
análisis, las empresas se agrupan en cuatro grupos definidos en función de la
calidad de las políticas aplicadas, y se compara el valor de tales parámetros.
Así, se observa un incremento sustancial de todos los valores cuando se comparan
los resultados relativos a aquellas empresas consideradas peores en su gestión
de los recursos humanos con aquellas destacadas por su excelencia en el diseño
de estrategias de implicación de los trabajadores en la empresa.
La efectividad de la organización es superior cuando la empresa considera a los trabajadores como recursos estratégicos (Wright et al., 1998) y desarrolla políticas de recursos humanos que involucren al trabajador en la empresa. Ello se observa en los estudios realizados sobre empresas americanas que demuestran que éstas obtienen mejores rendimientos cuando combinan producción flexible, equipos de trabajo, programas de formación extensiva y aplicación del salario contingente (Huselid, 1995; MacDuffie, 1995). Conclusiones parecidas se extraen de un estudio acerca del rendimiento en el sector bancario (Delerey y Doty, 1996) en el que se observó una correlación positiva entre la seguridad del puesto y la rentabilidad, lo cual confirma que las políticas de retención del capital específico en la empresa conllevan un beneficio adicional: hace que el personal de la empresa adopte una visión a largo plazo de su trabajo, lo que redunda en una mejora de los resultados de la empresa. Está comprobado además que si una empresa crea una cultura y un entorno agradable para sus trabajadores no tendrá que invertir recursos en seguridad y control, además de reducir el absentismo a tasas por debajo de la media del sector (Hartnett, 1996).
Schneider y Bowen (1985) observaron que las políticas de recursos humanos influían sobre las actitudes de los trabajadores y que a su vez ello se correlacionaba con una mayor satisfacción por parte de los clientes. Ulrich et al. (1991) consiguieron establecer relaciones entre estabilidad de los trabajadores en la empresa y satisfacción de los clientes. Tornow y Wiley (1991) encontraron que la satisfacción del trabajador en su puesto de trabajo estaba relacionada con las medidas de rendimiento global del negocio.
Las políticas de implicación del trabajador en la empresa contribuyen a aumentar la confianza entre los empleados, facilitan la predisposición a adquirir nuevos conocimientos y habilidades, e incentivan la iniciativa por parte de los trabajadores (Pfeffer, 1994) además de incrementos netos de valor, fruto de un aumento en (Hannon y Milkovich, 1996):
1. El stock de conocimiento en la misma, ya que se favorece la contratación
de los mejores candidatos a cada puesto,
2. El volumen de ventas en el mercado, como consecuencia de una mejora
en las relaciones con los clientes,
3. La cotización de la empresa, ya que el precio de las acciones es
función del valor estimado de las ganancias futuras de la empresa, lo cual es
reflejo de las percepciones de los inversores acerca de la rentabilidad de la
organización.
4. Conclusiones
La idea subyacente al proceso de generación de valor descrito anteriormente,
es que, para basar la obtención de una ventaja competitiva en los recursos
humanos no se debe buscar la consecución de objetivos aisladamente, sino
maximizar el resultado global de una serie de objetivos vinculados. La
organización debe ser consciente de que las políticas de recursos humanos no
tienen como objetivo exclusivamente incrementar la productividad y generar
beneficios a corto plazo. Debe fomentarse una visión más amplia, en la que 1) la
generación de una base de conocimiento a largo plazo, 2) el incremento de valor
de la empresa en su conjunto y 3) la captación de trabajadores cualificados, se
configuren como metas parciales pero interrelacionadas, que impliquen una mejora
global del negocio. La empresa debe asumir por consiguiente, que son inversiones
que generan sinergias y cuyos resultados son observables a largo plazo y, por
tanto, el ciclo vital que siguen no debe interrumpirse como consecuencia de
crisis financieras. En consecuencia, los modelos de optimización que aconsejan
desinvertir en este tipo de activos para maximizar los retornos de capital se
encuentran en clara contradicción con la nueva perspectiva aplicada al estudio
del factor humano como recurso estratégico.
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Título: Análisis Estratégico de los recursos humanos
Aportado por: Mónica Ordiz Fuertes
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