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A través de los 36 años de antigüedad en el Poder Judicial, tanto del
ámbito Nacional como el Bonaerense, he desarrollado mi propia visión de
lo que significa el liderazgo apropiado para la Administración Pública,
como también me he resignado a nunca verlo plasmado, merced a la
sempiterna manera de designar a los “jefes” de las diferentes áreas. Y
siempre me llamó poderosamente la atención el motivo por el cual tantos
personajes se han lanzado a esbozar perfiles y modelos de líderes en la
actividad privada, pero nunca nadie intentó referirse al punto dentro
del área a la cual yo pertenezco: el ámbito público estatal. Obviamente,
puede ser por falta de interés, aunque también por falta de valor. Pero
no creo factible que mis colegas se preocupen en demasía si yo intento
desentrañar la realidad imperante –según mi óptica basada en la
capacitación y la experiencia- siendo que cada maestro tiene su libro, y
no veo por qué causa no habría de intentar demostrar una premisa
fundamental y excluyente: la Administración Pública argentina tiene
líderes (en teoría), pero en rigor los verdaderos líderes se encuentran
por debajo de la línea más alta de mando –salvo honrosas excepciones- y
desde la segunda línea ejecutiva ejercen el liderazgo práctico,
efectivo, el que hace posible que a pesar de los problemas que enfrenta
el País, las instituciones públicas puedan seguir realizando su tarea,
más allá de limitaciones e inconvenientes de toda índole, ajenos a ésta
convocatoria.
Creo que sería una pedantería de mi parte pretender que este enfoque
contribuya a la formación de agentes de cambio. Quizás el esbozo resulte
de utilidad para desentrañar cómo se desarrollan las labores decisivas
de nuestra función diaria, a través de esos sujetos que son -y
movilizan- los engranajes burocráticos necesarios para el cumplimiento
del objetivo administrativo.
LA SITUACIÓN DE CRISIS.
Es harto evidente que en el ámbito público existe una casi absoluta
carencia de líderes. No los hay ni naturales ni inventados. Y con esto
no quiero entrar en la discusión inacabable que genera preguntarse si
los líderes nacen o se hacen. Me refiero –repito- a que no tenemos ni
unos ni otros, más allá de la respuesta que cada quien tenga para aquel
interrogante. Es momento aquí de establecer someramente algunas
características -que no por conocidas resultan despreciables- de
personas que sean capaces de liderar grupos.
Muchos autores se refieren al “arte del liderazgo” consistente en
conquistar el entusiasmo, lealtad, iniciativa y entrega del corazón de
sus dirigidos. Esta postura se enrola en la de aquellos que sostienen
que para ejercer el liderazgo no es suficiente el instinto que –mas o
menos- tengamos para ello.
Como ya lo expresé antes, no quiero ingresar en ese terreno polémico,
pero sí aseverar por mi experiencia personal que liderar no es
simplemente impartir órdenes, no importa que éstas se impongan con
energía y autoridad. Tampoco es doblegar voluntades de los subordinados
ni someterlos a designios caprichosos. Todo lo contrario, liderar es
principalmente TRES COSAS: EDUCAR, esto es lograr el desarrollo de toda
la perfección que la naturaleza humana lleva consigo; INSTRUIR, que
consiste en enseñar las nociones técnicas precisas y dirigir los
ejercicios prácticos para proporcionar a los subordinados los
conocimientos específicos necesarios para llevar adelante su misión; y
CONDUCIR, lo cual resulta guiar y dirigir a aquellos de manera tal, que
perfeccionando la educación e instrucción en el ámbito colectivo, sean
capaces de desarrollar la comprensión y cooperación entre todos. En una
palabra, que sean capaces de desarrollarse en equipos de tareas con
división de actividades, conformando el todo que haga posible el
resultado más elevado del objetivo, y si fuera posible, lograr la
excelencia.
En ese sentido, el ejercicio del liderazgo entraña tres cuestiones
fundamentales, que son: EL FACTOR SICOLOGICO que se aplica sobre las
personas dotadas de inteligencia, voluntad, pasiones y sentimientos. EL
FACTOR PEDAGÓGICO dirigido a conformar la instrucción y la educación del
subordinado, y EL FACTOR MORAL regulador de las conductas de aquellos
influyendo en su compotamiento individual, y por ende con reflejo en el
grupal.
En el ámbito de la Administración Pública, los jefes –véase que digo
jefes y no líderes, porque ambos términos no son sinónimos- suelen ser
respetados no sólo por su jerarquía, sino por sus años de antigüedad,
sus hábitos para con los empleados –en tanto los trate bien ,mal o con
indiferencia- , sus modales y el poder que recepten de las más altas
jerarquías. Así vamos recorriendo una galería de personajes “jefes” que
van desde el autoritario hasta el totalmente permisivo, pasando por el
falto de carácter, el no comunicativo, el irascible, el vehemente, el
enamoradizo, el depresivo, el dominado por su esposa, etc. Es una
realidad cotidiana que muchos de ustedes también conocen.
Un MEDIOCRE o MAL JEFE arrea a sus empleados, obtiene respeto
imponiéndose por jerarquía, inspira inquietud o temor, dice “yo”, dice
“preséntese a tiempo”, señala la pena para la infracción, siempre “sabe”
como se hacen las cosas, convierte en penoso el trabajo, suele decir
“váyase de aquí” y terminar el díálogo abruptamente y su única
preocupación es el objetivo que persigue. EN CAMBIO UN LIDER guía a sus
hombres, obtiene obediencia voluntaria, inspira confianza y despierta
entusiasmo, dice siempre “nosotros”, suele llegar antes que los otros,
señala sólo la infracción, invierte tiempo en enseñar cómo se hacen las
cosas, despierta que su gente encuentre interesante su tarea, dice
“vamos” y piensa en los hombres antes que en el objetivo. Con la
formación y manera de conducir de los primeros, lo único que puede
lograrse es comprar con un salario parte del tiempo de alguien, su
presencia física en el lugar de trabajo y su actividad muscular. En
cambio para el lider, es natural recibir entusiasmo, lealtad y entrega
de corazón, de espíritu y de alma, pero esas virtudes no se pueden
comprar, hay que conquistarlas.
En el ámbito de todo el País, es una práctica históricamente aceptada lo
que en buen argentino se llama la dedocracia, porque la gran mayoría de
quienes dirigen puestos de mayor avanzada jerárquica son designados con
el dedo, por contraprestaciones, por encargo, por conveniencia, etc.,
pero casi nunca por sus aptitudes para la dirigencia del área puntual en
que se desarrollan. Y en el área de la Justicia, actualmente existen los
Colegios de la Magistraura, pero en sus métodos de selección y
designación de funcionarios y Magistrados –altamente cuestionados por
falta de transparencia- no se evalúan condiciones de liderazgo. Aunque
parezca mentira.
De tal manera que si estimamos que hay una crisis de liderazgo en toda
la Administración Pública nacional y de las provincias –como la hay
inobjetablemente- se debe a que no están abiertos los canales que
permitan que los más aptos sean quienes resulten promovidos a mayores
jerarquías administrativas. Y cuidado que cuando digo aptos, no estoy
estableciendo un sistema de selección darwinista y feroz, sino
reclamando y denunciando, que estén delineadas las condiciones
necesarias para la tarea de cada peldaño jerárquico, elemento con el que
podrá seleccionarse al comandante conforme sus condiciones particulares
y confrontadas éstas con el perfil requerido por el cargo.
MODELO DE LIDER DE SEGUNDA LINEA.
Es casi habitual encontrar en la mayoría de los equipos de trabajo del
ámbito público, empleados que resultan imprescindibles en cada lugar y
tarea. ¿Por qué se produce ese fenómeno? Pues porque son los más aptos,
ya por capacidad intelectual, ya por experiencia, ya por carisma
natural, ya por.....no importa, son quienes “saben” y “hacen posible” la
tarea propia y la de sus compañeros de labor. Son también, los que “le
ganan el salario a sus jefes”. Son esos tipos que el jefe defiende a
muerte cuando se los quieren sacar de sus áreas, y lamentablemente, son
quienes más trabajan y soportan responsabilidades, pues en lugar de ser
premiados son castigados injustamente con mayor cúmulo de obligaciones.
Mientras tanto, los mediocres se destinan a tareas menores o son
promovidos para “sacárselos de encima”. Son los que tienen problemas
para ascender, porque.....no vaya a suceder que ascendidos se tengan que
ir. O le hagan sombra a su actual jefe. La conclusión es que son
perjudicados por ser eficientes.
Y en muchos casos son verdaderos “líderes”, son personas que cumplen
dentro de su alcance laboral cotidiano, con las cualidades de orientar y
llevar adelante la labor, son quienes estan prestos a los problemas
personales, son aquellos que establecen pautas generales entre el grupo
para que las cosas salgan bien, aún a riesgo de que su superior los
sancione, porque no está de acuerdo. En fin, lo he vivido, lo he
padecido, y hoy lo vuelco aquí.
Ese tipo de liderazgo en posiciones tan incómodas, suele ser torturante
y peligroso, pero también puede convertirse en altamente ejemplarizante,
a punto tal que los subordinados del jefe se rebelan en contra suyo por
apuntalar el clima que genera un par, otro empleado o jerárquico de
menor rango. Porque estos sujetos generan un clima, algo parecido a un
campo de energía corporal de largo alcance que envuelve el ámbito
laboral donde se desempeñan y los convierte en “indiscutibles”. El
fenómeno máximo se advierte cuando el grupo establece su nexo de
pertenencia en torno suyo. Lo he vivido y es una sensación maravillosa.
De ello surgirán básicamente dos actitudes de sus superiores. Una de
rechazo y persecución –lo he padecido y conozco el costo- y la otra de
aprobación y aprovechamiento, que felizmente también he experimentado a
través de alguien que me permitió ser promovido a la Magistratura como
reconocimiento y recompensa a la eficiencia de mi tarea y lealtad
evidenciadas. Asimismo, he visto con orgullo cómo hoy se lucen
subordinados míos de aquellos días, que entonces eran empleados menores
y a quienes les dediqué tiempo y esfuerzo porque los noté dotados de
condiciones decisivas para que logren su objetivo laboral máximo
posible. Muchos de ellos lo han logrado y eso me produce una inmensa
felicidad.
LA FALTA DE LIDERES ES DIRECTAMENTE PROPORCIONAL A LA MANIPULACIÓN DE
LAS DESIGNACIONES.
No son aquellos que hacen los mejores cursos de capacitación quienes
logran ser líderes. Es obvio que a partir de lo dicho, pueden entender
que me enrolo en la tesis de que un líder nace como tal, puede ser
perfeccionado pero no fabricado. O se es líder o no se es líder. Existen
buenos jefes, pero que no son líderes, precisamente porque un jefe puede
ser capacitado para ello...
La capacitación puede otorgar a un sujeto el conocimiento de dirección
de subordinados, métodos laborales, técnicas de organización,
conocimiento y manejo de leyes y reglamentos, procedimientos de mando y
control y administración de materiales y equipos del área.. Pero la
habilidad y la actitud deben nacerle, espontáneas, improvisadas, sobre
la marcha de las necesidades de solucionar factores negativos. No niego
que pueden perfeccionarse, pero si no están en gérmen en el sujeto, el
aprendizaje no lo covertirá en líder, cuando mucho podrá llevarlo a ser
un competente jefe. Que no es lo mismo.
¿DÓNDE HAY UN LIDER?.
Cuando entre a cualquier oficina pública, no lo busque, simplemente
quédese en algún rincón y espere algunos minutos. Observará cómo la
mayoría de los empleados van y vienen consultando a otro empleado que
está en un escritorio del mismo salón. No observará que los otros van
hacia los despachos que están divididos con tabiques y otra mampostería.
Notará que van a consultarle a un par, un igual. Ese es el líder, el
segunda línea que maneja la oficina. Y nunca sabrá Usted si lo que hace
se lo indicó su jefe, pero la oficina pasa por sus manos. Y su jefe
usufructúa el rédito, muchas veces con disgusto porque tiene conciencia
de lo que eso significa. Si no es inteligente decididamente lo ha de
perseguir.
Otras veces, los empleados acuden siempre a una oficina contigua y se
turnan para ingresar. Al salir verá Usted que han disipado sus dudas y
trabajan sueltos y seguros. Pues en aquella oficina, detrás de esa
puerta, allí está el líder. Puede que ese no sea el despacho del máximo
jefe jerárquico. Es muy probable que no lo sea. Pero allí está el puente
por el que hay que cruzar.....
EL PATERNALISMO DEL LIDER.
Es indiscutible que un líder sabrá darle solución a cuanto problema se
presente en la actividad diaria. Sin embargo, no otorga seguridad
únicamente por esa cualidad, que es fundamental y no puede decirse otra
cosa. Pero seguramente, sus subordinados o pares evaluarán
–conjuntamente con aquella seguridad que les otorga en el aspecto
técnico- sus condiciones humanas, personales, esas que lo hacen querible
como ser humano. No existe entonces de tal manera un utilitarismo, sino
una relación de afecto y contención hacia los otros, que es patrimonio
de un buen padre de familia. Ese sujeto se preocupa par conocer el
carácter de cada uno, a distinguir el fuerte del débil, al que responde
con lealtades, a la razón, la fuerza, el afecto. Porque los otros
sienten que él se interesa por ellos, no sólo por los expedientes o
papeles, sino por su vida, sus familias, sus gustos y sus disgustos.
Además, porque no sólo les marca la misión a cada uno, sino también le
reconoce sus méritos, les indica dónde están sus mayores habilidades y
qué costados oscuros deben mejorar. Les da un trato justo, imparcial,
cortés, respeta sus sentimientos y escucha sus sugerencias. Cumple las
promesas que realiza y -demostrándoles que confía en ellos- les permite
tomar algunas iniciativas.
Un verdadero líder, es aquél que prepara a otros para que lo sucedan, es
el padre que enseña a un hijo a andar en bicicleta con las rueditas de
apoyo, pero que luego se las quita, conociendo que las caídas
posteriores harán que su hijo aprenda finalmente a dominarla. Es una
actitud carente de egoísmo que no especula ni oculta conocimientos ni
experiencias al otro, y si hace que su subordinado logre destacarse más
que él mismo, lo disfruta y no impide su progreso, aunque con ello
pierda a su mejor elemento. He aquí el don de gente que no se compra ni
se vende, está en el plano moral de su persona y es anterior a cualquier
capacitación o mejoramiento técnico que pudiera haber recibido. Insisto,
el líder nace como tal.
PERSPECTIVAS PARA MEJORAR.
No entiendo por qué razón, alguna vez cuando se discutió un ascenso en
la esfera pública, no se convocó –por ejemplo- a la Licenciada Cristina
Mejías, a Alfredo Bernardi, a Bernardo Hidalgo, a Marcelo Pitluk, a
Jorge Hambra o a Eduardo Press, reconocidos consultores del área de
recursos humanos de importantísimas empresas contratadas por el sector
privado para analizar, permanentemente, él perfil del líder triunfador
en la dinámica del mercado nacional. Yo me hago una pregunta ¿Quiere
ello decir que no necesitamos líderes en la Administración Pública? Por
supuesto que los necesitamos, pero para eso hay que abrir un camino que
está lleno de pastizales, y hay que tener ganas de tener líderes en los
cargos jerárquicos públicos.
El licenciado Jorge Mosquera, en su columna “RR.HH” del diario La
Nación, el 18 de junio del 2000 escribió una nota que se titulaba “El
estigma de trabajar en el Estado”, en la cual establecía –justamente-
que el sector privado menosprecia todo lo estatal y público porque lo
considera mediocre, falto de cualidades y competitividad. Doloroso y
cruel, pero cierto. El especialista norteamericano Bernard Cullen,
describió para La Nación el tipo de liderazgo que exigen el sector
público y el privado, pero obviamente lo hizo teniendo en cuenta sus
pautas vernáculas, no las criollas. Pero no obstante ello, al referirse
a las habilidades del líder en ambos sectores, dijo “...las habilidades
técnicas específicas se necesitan en ambos sectores, así como ciertas
capacidades personales. Pero en el ámbito público los managers tienen
que tener mayores habilidades de persuasión y de influencia personal,
porque deben poder lograr que la gente trabaje en conjunto...”.
He allí uno de los grandes cráteres de la Administración Pública, cómo
lograr equipos de trabajo eficientes. Cuando hice mi carrera docente,
pasé muchas noches estudiando el complejo funcionamiento de los grupos
operativos, para lo cual tuve bibliografía copiosa que provenía del
sector privado, nunca del público. Y no es casualidad que me haya
sucedido. En la actividad pública nunca nadie se preocupó demasiado por
eso, sino por obtener individualidades. Mientras esto sucede diariamente
en la Argentina, el mundo industrializado, ese espejo en el que queremos
mirarnos los argentinos pero no hacemos nada por parecernos, va para
otra dirección. Harvey Robbins (especialista en el tema de los equipos)
y Michael Finley (experto en management) en su libro “Por qué fallan los
equipos” plantean los casos más comunes donde hay fallas cuando se
trabaja en grupo. Y con el puntapié inicial de una consultora española
que asesora empresas privadas, el fútbol se convirtió en el ejemplo más
popular del trabajo de conjunto. Así, la filial de Ernst & Young en
Madrid, contrató al técnico argentino Jorge Valdano (ex jugador de
nuestra selección nacional campeona del mundo en 1986) para que integre
un conjunto de investigación de desarrollo de equipos de alto
rendimiento. La directora de la División Selección y Búsquedas de BC &
Asociados, Bibiana Crocitta analizó para La Nación este fenómeno y
destacó la importancia del líder, diciendo “..la presencia de un
verdadero guía es una de las claves básicas para consolidar la
existencia de un equipo y facilitar su trabajo...”.
¿COEFICIENTE INTELECTUAL O EXPERIENCIA? AMBOS.
Por motivos que seguramente tendrán que ver con los paradigmas de la
sociedad de consumo, se priorizan las personas jóvenes. Y es obvio que
valen por el empuje, las ganas, la imprevisibilidad de límites, todo lo
que hace a una topadora en movimiento. Paralelamente, en la sociedad
occidental desde hace tiempo, mientras por un lado se alarga la
longevidad y la calidad de vida de las personas, por el otro se las
“descarta” a temprana edad para tareas laborales. Esa selección criminal
que prioriza a una persona por su calendario de vida y no por sus
condiciones personales y profesionales, genera conflictos permanentes.
El primero y más grave es la desocupación de personas de más de 35 años.
Luego, suelo ver que los cargos directivos se cubren con gente muy
joven, a veces demasiado., No está en juego su intelecto ni sus
condiciones particulares, pero se prescinde incomprensiblemente del dato
de la experiencia. Si sumamos ésta realidad a funcionamientos
individualistas y no grupales (esto es cuando no existe un equipo bien
conformado) el “jefe” joven termina prescindiendo de sus colaboradores
mayores en edad, y viceversa, éstos últimos quitan o disminuyen la
colaboración al “mocoso impertinente”.
Estas crisis han sido motivo de tratamiento en páginas del diario
chileno El Mercurio, analizando el conflicto generacional entre jefes y
subalternos cuando se producen básicamente las condiciones que he
referido precedentemente. Y si estos problemas se estudian en la
actividad privada, qué esperar en la esfera pública tal como se maneja
en nuestro País, con jóvenes que acceden a cargos ejecutivos públicos a
muy corta edad, estimulados y apadrinados por la política, y
generalmente sin sustento de conocimiento ni experiencia. Los resultados
serán fatales, no existe otra posibilidad. Es penoso tener que reconocer
de mi parte, que me he preguntado al respecto ¿esto se hará
deliberadamente para que la burocracia pública no funcione
correctamente?. Y no estoy convencido de que la respuesta sea negativa
en un ciento por ciento.
EL MODELO MAS COMUN DE LIDER EN LA ESFERA PUBLICA, HOY.
Los autores en la materia han establecido seis modelos o estilos, a
saber:
* COERCITIVO: exige obediencia inmediata.
* ORIENTATIVO: motiva a los subalternos a trabajar por un objetivo.
* AFILIATIVO: crea armonía y fomenta las relaciones.
* PARTICIPATIVO: crea consenso a través de la participación.
* IMITATIVO: fija estándares de excelencia exigentes.
* CAPACITADOR: desarrolla las personas para el futuro.
Estos perfiles fueron diseñados en el libro “El liderazgo que da
resultados” por Daniel Góleman, el autor de “La inteligencia emocional”.
Lo significativo a mi juicio es que, los jefes de primera línea
–obsérvese que no los catalogo como líderes sino como jefes – suelen
tener todos el tipo coercitivo y son eminentemente autoritarios en su
manejo del personal. Por el contrario, los líderes que están insertos en
las segundas líneas de mando, tienen características de orientativo,
afiliativo, participativo y capacitador, que paradójicamente tendrían
que provenir del máximo conductor.
También es cierto que no en todos los equipos de tareas existen ésta
clase de líderes, pero conozco que en la gran mayoría de ellos están
presentes. Y repito, eso motiva conflictos internos entre ellos y los
jefes, y entre el jefe y los compañeros de aquél, que se solidarizan
porque en la mayoría de los casos, cada uno de estos especiales
“subalternos” tiene un carisma significativo.
EN SÍNTESIS.
Hay que plantearse seriamente por qué motivos –si los hay- la
Administración Pública no genera líderes ni los capacita, así como
tampoco intenta seleccionarlos, descubriéndolos cuando incorpora
personal a través de concursos o exámenes de ingreso o de promoción.
Y obligadamente, se tiene que evaluar qué motivos existen para que los
líderes de “segunda línea” generalmente no lleguen a ocupar los cargos
máximos en sus respectivos rubros laborales.
¿No parece ser éste un buen comienzo para mejorar nuestra burocracia
pública, además de combatir la corrupción?. Yo creo que sí lo es. Y
gracias por darme una oportunidad para plantearlo.
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