1. Introducción
Los pobres no tienen acceso a libertades fundamentales de acción y
decisión que los más acomodados dan por descontadas. Con frecuencia
carecen de viviendas y alimentos y de servicios de educación y salud
adecuados, y estas privaciones les impiden adoptar el tipo de vida que
todos deseamos para nosotros mismos. También son sumamente vulnerables a
las enfermedades, los reveses económicos y los desastres naturales. Por
si todo eso fuera poco, son tratados en forma vejatoria por las
instituciones del Estado y la sociedad, y carecen de poder para influir
en las decisiones clave que les afectan. Todos estos factores
representan algunas de las dimensiones de la pobreza.
La experiencia de sufrir múltiples privaciones es intensa y dolorosa. La
forma en que los propios pobres describen lo que significa vivir en la
pobreza es un elocuente testimonio de su sufrimiento. Quienes viven
sumidos en la pobreza pueden llegar a pensar que es imposible salir de
esa situación. Pero no lo es.
La historia de Basrabai —presidenta del consejo local de un poblado de
la India— revela las muchas facetas que tiene la pobreza y las
posibilidades de actuar para combatirla (véase la historia de Basrabai,
41kb PDF). La historia de Basrabai sirve de marco para analizar la
naturaleza y las causas de la pobreza y las medidas que pueden adoptarse
para abordar este problema. La pobreza es consecuencia de procesos
económicos, políticos y sociales que están relacionados entre sí y con
frecuencia se refuerzan mutuamente, lo que agrava todavía más las
privaciones que sufren los pobres. Los exiguos activos con que cuentan,
la falta de acceso a los mercados y la escasez de oportunidades de
empleo les impiden salir de su situación de pobreza material. Por esta
razón, la creación de oportunidades —mediante la adopción de medidas que
estimulen el crecimiento económico, consigan unos mercados más atentos a
las necesidades de la población pobre e incrementen sus activos— es un
factor clave para el alivio de la pobreza.
Pero esto es sólo un aspecto del problema. En un mundo en que la
distribución del poder político es desigual y con frecuencia se asemeja
a la distribución del poder económico, la forma en que funcionan las
instituciones estatales puede ser particularmente desfavorable para la
población pobre. Por ejemplo, los pobres a menudo no perciben beneficios
de las inversiones públicas en educación y salud y, con frecuencia, son
víctimas de la corrupción y la arbitrariedad del sector estatal. También
ejercen gran influencia en la pobreza las normas, valores y costumbres
sociales que, en el seno de la familia, la comunidad o los mercados,
provocan la exclusión de las mujeres, de determinados grupos étnicos o
raciales o de quienes sufren discriminación social. Por todo ello, las
medidas para propiciar el empoderamiento de los pobres —haciendo que las
instituciones estatales y sociales respondan mejor a sus necesidades—
también revisten importancia clave para reducir la pobreza.
La vulnerabilidad de los pobres frente a acontecimientos externos que en
gran medida están fuera de su control —enfermedades, violencia,
conmociones económicas, inclemencias atmosféricas, desastres naturales—
intensifica su sensación de malestar, agrava su pobreza material y
debilita su capacidad de negociación. Por eso mismo, la seguridad
—mediante la reducción del riesgo de guerras, enfermedades, crisis
económicas y desastres naturales— es fundamental para el alivio de la
pobreza. Otro requisito es reducir la vulnerabilidad de la población
pobre a los riesgos y establecer mecanismos que la ayuden a superar los
traumas que puedan surgir.
2. La pobreza en un mundo caracterizado por la desigualdad
Nuestro mundo se caracteriza por una gran pobreza en medio de la
abundancia. De un total de 6.000 millones de habitantes, 2.800 millones
—casi la mitad— viven con menos de US$2 diarios, y 1.200 millones —una
quinta parte— con menos de US$1 al día; el 44% de este grupo se
encuentra en Asia meridional. En los países ricos, los niños que no
llegan a cumplir cinco años son menos de uno de cada 100, mientras que
en los países más pobres una quinta parte de los niños no alcanza esa
edad. Asimismo, mientras que en los países ricos menos del 5% de todos
los niños menores de cinco años sufre de malnutrición, en las naciones
pobres la proporción es de hasta el 50%.
Esta situación de miseria persiste a pesar de que las condiciones
humanas han mejorado más en el último siglo que en todo el resto de la
historia de la humanidad: la riqueza mundial, los contactos
internacionales y la capacidad tecnológica son ahora mayores que nunca.
Pero la distribución de esas mejoras ha sido extraordinariamente
desigual. El ingreso promedio en los 20 países más ricos es 37 veces
mayor que el de las 20 naciones más pobres; esta brecha se ha duplicado
en los últimos 40 años. Además, la experiencia de las distintas partes
del mundo ha sido muy diversa (véase el Cuadro A.1, 48kb PDF). En Asia
oriental el número de personas que vivían con menos de US$1 al día bajó
de unos 420 millones a alrededor de 280 millones entre 1987 y 1998, a
pesar de los reveses sufridos a causa de la crisis financiera. En
cambio, en América Latina, Asia meridional y África al sur del Sahara el
número de personas pobres no ha dejado de aumentar. Y en las naciones de
Europa y Asia central que están en la etapa de transición hacia
economías de mercado, el número de personas que viven con menos de US$1
diario se ha multiplicado por más de 20.
También se han registrado importantes avances y graves retrocesos en
indicadores cruciales de la pobreza distintos del nivel de ingreso. En
la India ha ascendido sustancialmente el número de niñas que asisten a
la escuela; en el estado más adelantado del país, Kerala, la esperanza
de vida es mayor que en otros lugares del mundo con niveles de ingreso
varias veces superiores (como la ciudad de Washington). Pero en los
países de África más castigados por la epidemia de VIH/SIDA, como
Botswana y Zimbabwe, uno de cada cuatro adultos está infectado, los que
quedan huérfanos a causa del SIDA se están convirtiendo en una
abrumadora carga para los mecanismos tanto tradicionales como formales
de protección, y pronto se esfumarán todos los progresos de la esperanza
de vida conseguidos desde mediados del siglo XX. Las diferencias
existentes a nivel mundial en las tasas de mortalidad infantil —en
África al sur del Sahara son 15 veces mayores que en los países de
ingreso alto— dan una idea de las enormes divergencias existentes.
Hay asimismo grandes discrepancias en los distintos niveles
subnacionales y en el caso de las minorías étnicas y de las mujeres. El
crecimiento beneficia en grado muy distinto a las diferentes regiones de
un país. En México, por ejemplo, el nivel global de pobreza experimentó
un descenso, aunque modesto, a principios de los años noventa, pero la
pobreza aumentó en la región sudoriental del país, que es más pobre.
También hay desigualdad entre diferentes grupos étnicos de muchos
países. En algunas naciones africanas las tasas de mortalidad infantil
son más bajas en los grupos étnicos que detentan el poder político, y en
los países latinoamericanos la tasa media de escolarización de los
grupos indígenas no llega en muchos casos a las tres cuartas partes de
la que se observa en los grupos no indígenas. Por otra parte, la
situación de las mujeres sigue siendo más desfavorable que la de los
hombres. En Asia meridional, el número de años que las mujeres asisten a
la escuela es aproximadamente la mitad del correspondiente a los
hombres, y en el nivel secundario las tasas de matrícula femeninas sólo
equivalen a dos tercios de las masculinas.
Ante este panorama global de pobreza y desigualdad, la comunidad
internacional se ha fijado varias metas para los primeros años del
actual siglo, basadas en las deliberaciones de varias conferencias de
las Naciones Unidas celebradas en el decenio de 1990 (Recuadro 2, 46kb
PDF). Estas metas internacionales de desarrollo, en su mayoría fijadas
para el año 2015, comprenden la reducción de la pobreza de ingreso y de
las privaciones humanas en sus múltiples facetas (las cifras de
referencia corresponden a 1990). Son las siguientes:
· Reducir a la mitad la proporción de personas que viven en situación de
pobreza extrema (con menos de US$1 diario).
· Asegurar la educación primaria universal.
· Eliminar las diferencias de género en la educación primaria y
secundaria (para el año 2005).
· Rebajar en dos tercios las tasas de mortalidad en la infancia y en la
niñez.
· Reducir las tasas de mortalidad materna en tres cuartas partes.
· Asegurar el acceso universal a servicios de salud reproductiva.
· Aplicar estrategias nacionales orientadas a lograr un de-sarrollo
sostenible en todos los países para el año 2005, con el fin de invertir
la pérdida de recursos ecológicos para el año 2015.
Estas metas tendrán que alcanzarse en un mundo en el que el total de la
población crecerá aproximadamente 2.000 millones de personas en los
próximos 25 años, y el 97% de ese aumento se concentrará en lo que hoy
es el mundo en desarrollo. Los estudios realizados acerca de lo que será
preciso hacer para alcanzarlas revelan la magnitud del desafío que
tenemos ante nosotros. Por ejemplo, para reducir a la mitad la pobreza
de ingreso entre 1990 y 2015 será preciso alcanzar una tasa compuesta de
descenso del 2,7% anual durante esos 25 años. Las estimaciones más
recientes del Banco Mundial apuntan a una reducción de aproximadamente
el 1,7% anual entre 1990 y 1998. Gran parte de la lentitud observada en
algunas regiones se debe a una tasa de crecimiento baja o negativa. En
algunos casos, sobre todo en ciertos países de la antigua Unión
Soviética, este proceso se ha intensificado debido a la creciente
desigualdad. Es poco probable que el actual ritmo de aumento de la
matrícula escolar permita alcanzar la educación primaria universal,
particularmente en África al sur del Sahara. Para reducir las tasas de
mortalidad infantil en dos tercios entre 1990 y 2015 habría sido
necesario que estas tasas bajasen entre 1990 y 1998 un 30%, porcentaje
muy superior al del 10% alcanzado en los países en desarrollo. En
algunas partes de África al sur del Sahara la mortalidad infantil de
hecho está aumentando, en parte como consecuencia de la epidemia de
SIDA. Además, el descenso de los coeficientes de mortalidad materna es
demasiado lento para hacer realidad esas aspiraciones.
Para alcanzar las metas internacionales de desarrollo establecidas se
precisará la adopción de medidas encaminadas a estimular el crecimiento
económico y a reducir la diferencia de ingresos, pero ni siquiera este
crecimiento equitativo será suficiente para lograr la consecución de las
metas en las esferas de la salud y la educación. Para reducir en dos
tercios las tasas de mortalidad en la infancia y en la niñez habrá que
detener la propagación de VIH/SIDA, ampliar la capacidad de los sistemas
de salud de las naciones en desarrollo para ofrecer más servicios y
asegurar que los progresos tecnológicos alcanzados en el campo de la
medicina lleguen al mundo en desarrollo. Por otra parte, a fin de lograr
las metas de igualdad entre el hombre y la mujer en la educación será
necesario adoptar políticas orientadas específicamente a eliminar las
barreras culturales, sociales y económicas que impiden la asistencia de
las niñas a la escuela. Además, las medidas para conseguir una mayor
sostenibilidad ambiental serán decisivas para aumentar los activos a
disposición de los pobres y para reducir la incidencia de la pobreza a
largo plazo. Todas estas medidas deberán compaginarse para impulsar la
consecución de las metas mencionadas. En otras palabras, se requiere una
estrategia más amplia e integral de lucha contra la pobreza.
3. Una estrategia para el alivio de la pobreza
El enfoque utilizado para la reducción de la pobreza ha venido
evolucionando durante los últimos 50 años a medida que se ha llegado a
una mayor comprensión de la complejidad del proceso de desarrollo. En
los años cincuenta y sesenta muchos consideraban que la realización de
inversiones de gran envergadura en capital físico e infraestructura era
el medio más eficaz para impulsar el desarrollo.
En el decenio de 1970 comenzó a haber una conciencia más clara de que no
era suficiente crear capital físico, y de que las mejoras en la salud y
la educación revestían por lo menos igual importancia. Estas nuevas
ideas se plasmaron en el Informe sobre el Desarrollo Mundial 1980, en el
que se alegaba que era importante mejorar los niveles de salud y de
educación no sólo por su significado intrínseco, sino también en cuanto
instrumento para aumentar los ingresos de la población pobre.
Durante los años ochenta se produjo un nuevo cam-bio de rumbo a causa de
la crisis de la deuda y la recesión mundial y de las diferentes
experiencias de los países de Asia oriental, por una parte, y de América
Latina, Asia meridional y África al sur del Sahara, por la otra. El
resultado fue que se hizo más hincapié en mejorar la gestión económica y
dar más rienda suelta a las fuerzas del mercado. En el Informe sobre el
Desarrollo Mundial 1990: La pobreza se propuso una doble estrategia: por
un lado, promoción de un crecimiento basado en el uso intensivo de la
mano de obra mediante la apertura de las economías y la inversión en
infraestructura; por el otro, suministro de servicios sociales básicos
de salud y educación a la población pobre.
En el decenio de 1990 pasaron a ocupar el primer plano el buen gobierno
y el sector institucional, y también las cuestiones relativas a la
vulnerabilidad a nivel local y na-cional. En el presente Informe se
analizan las estrategias anteriores desde la perspectiva de los datos y
experiencias acumulados durante el pasado decenio, y en el contexto de
los cambios ocurridos en la situación mundial. En él se propone una
estrategia de lucha contra la pobreza basada en la adopción de medidas
en tres esferas: oportunidad, empoderamiento y seguridad.
· Oportunidad. Los pobres destacan sistemáticamente la importancia
fundamental de las oportunidades materiales, es decir, el empleo, el
crédito, las carreteras, la electricidad, los mercados para sus
productos, y las escuelas y los servicios de abastecimiento de agua,
saneamiento y salud que se requieren para tener el nivel de salud y de
conocimientos imprescindible para poder trabajar. El crecimiento
económico global es un factor crucial para la generación de
oportunidades, como también lo son la pauta o la calidad de ese
crecimiento. La introducción de reformas en los mercados puede ser un
factor clave de expansión de las oportunidades para los pobres, pero es
preciso que esas reformas se enmarquen en las condiciones
institucionales y estructurales locales. También se necesitan mecanismos
para crear nuevas oportunidades e indemnizar a los que experimenten
pérdidas durante la transición. En las sociedades con grandes
desigualdades, es particularmente importante in-crementar la equidad a
fin de poder lograr progresos rápidos en la reducción de la pobreza. Y
para aumentar la equidad es preciso que el Estado respalde la
acumulación de los activos —recursos humanos, tierras e infraestructura—
que poseen los pobres o a los que tienen acceso.
· Empoderamiento. La selección y la aplicación de medidas públicas que
respondan a las necesidades de los pobres dependen de la interacción de
procesos políticos, sociales e institucionales. El acceso a las
oportunidades del mercado y a los servicios del sector público con
frecuencia depende en buena medida de las instituciones estatales y
sociales, que deben considerar las necesidades de la población pobre y
darle cuentas. El logro de la responsabilidad y la rendición de cuentas
es un proceso de carácter intrínsecamente político y exige una activa
colaboración entre los pobres, la clase media y otros grupos de la
sociedad. La colaboración activa puede facilitarse considerablemente con
un sistema de gobierno que contribuya a una mayor eficiencia y
responsabilidad ante la ciudadanía por parte de la administración
pública, las instituciones jurídicas y los servicios públicos, y con una
mayor partici-pación de los pobres en la vida política y en las
decisiones de alcance local. También es importante eliminar las barreras
sociales e institucionales derivadas de las diferencias de género,
origen étnico y clase social. La existencia de instituciones que sean
sólidas y respondan a las necesidades de la población no sólo redundará
en beneficio de los grupos pobres sino que es también esencial para todo
el proceso de crecimiento.
· Seguridad. La reducción de la vulnerabilidad —a las crisis económicas,
los desastres naturales, las enfer-medades, la discapacidad y la
violencia personal— es esencial para mejorar los niveles de bienestar y
fo-mentar las inversiones en capital humano y en actividades de mayor
riesgo y más rentables. En este sentido es preciso tomar medidas
nacionales eficaces para la gestión de los riesgos de graves crisis
económicas generales y establecer mecanismos eficientes para reducir los
riesgos a que se ven expuestos los pobres, incluidos los relacionados
con la salud y las condiciones climatológicas. También es necesario
acrecentar los activos de los pobres, diversificar las actividades de
los hogares y ofrecer, para las situaciones adversas, toda una gama de
mecanismos de protección, desde las obras públicas hasta los programas
contra la evasión escolar y el seguro de salud.
No se puede hablar de un orden jerárquico entre estas esferas. Las tres
son mutuamente complementarias. Cada una de ellas influye en las causas
básicas de la pobreza, que las otras dos intentan también corregir. Por
ejemplo, la promoción de las oportunidades mediante el suministro de
activos y acceso a los mercados incrementa la independencia de los
pobres y por ende contribuye a su empoderamiento, ya que fortalece su
capacidad de negociación frente al Estado y la sociedad. También
intensifica la seguridad, ya que una reserva adecuada de activos
representa una protección frente a las crisis. Asimismo, el
fortalecimiento de las instituciones democráticas y el empoderamiento de
las mujeres y los grupos étnicos y raciales desfavorecidos —por ejemplo,
eliminando las medidas jurídicas discriminatorias— contribuyen a ampliar
las oportunidades económicas para los pobres y las víctimas de la
exclusión social. El robustecimiento de las organizaciones de la
población pobre puede ayudar a que se ofrezcan servicios y se adopten
políticas que respondan a sus necesidades y contribuir a reducir la
corrupción y la arbitrariedad en el sector estatal. Además, si los
pobres participan más activamente en el seguimiento y control del
suministro de los servicios sociales a nivel local, es más probable que
se destinen fondos públicos a ayudarlos en momentos de crisis. Por
último, cuando se les proporciona ayuda para superar los traumas y
abordar los riesgos, los pobres están en mejores condiciones de
aprovechar las oportunidades existentes en los mercados emergentes. Por
eso, en el presente informe se propone un enfoque integral para luchar
contra la pobreza.
4. De la estrategia a la acción
No hay ninguna guía sencilla y universal para la aplicación de esta
estrategia. Los países en desarrollo deben preparar su propio repertorio
de políticas para reducir la pobreza, en las que deberán reflejarse las
prioridades nacionales y las realidades locales. Las decisiones
dependerán del contexto económico, sociopolítico, estructural y cultural
de cada país o, mejor, de cada comunidad.
Si bien en el presente informe se propone un planteamiento más global,
las prioridades deberán formularse en los casos concretos teniendo en
cuenta cuáles son los recursos disponibles y qué es posible desde el
punto de vista institucional. Se puede progresar en la reducción de
algunos de los componentes de la indigencia aun cuando otros aspectos no
sufran cambios. Por ejemplo, las campañas de rehidratación oral, de bajo
costo, pueden reducir significativamente la mortalidad infantil, aun
cuando no cambien los ingresos de los pobres . Por otro lado, en general
habrá que adoptar intervenciones en los tres frentes -oportunidad,
empoderamiento y seguridad- debido a la relación de complementariedad
existente entre ellos.
Las medidas adoptadas por los países desarrollados y las organizaciones
multilaterales serán de importancia trascendental. Muchas de las fuerzas
que condicionan la vida de los pobres escapan a su influencia o control.
Los países en desarrollo no pueden conseguir por sí solos objetivos como
la estabilidad financiera internacional, o importantes progresos en la
investigación agrícola y sanitaria o grandes oportunidades en el
comercio internacional. La actuación de la comunidad internacional y la
cooperación para el desarrollo continuarán siendo imprescindibles.
A continuación se proponen algunas esferas de actuación de alcance
nacional e internacional, por ese orden.
De la estrategia a la acción: oportunidad
Las políticas e instituciones básicas que pretenden crear nuevas
oportunidades suponen acciones complementarias para estimular el
crecimiento global, hacer que los mercados funcionen en beneficio de los
pobres y multiplicar sus activos, en particular, acabando con las
arraigadas desigualdades en la distribución de recursos como la
educación.
Aliento eficaz de la inversión privada. La inversión y la innovación
tecnológica son los principales motores del crecimiento del empleo y de
los ingresos derivados del trabajo. Para fomentar la inversión privada
hay que reducir el riesgo para los inversionistas privados, con una
política fiscal y monetaria firme, regímenes estables de inversión,
sistemas financieros sólidos y un entorno económico claro y
transparente. Pero supone también garantizar el imperio de la ley y
adoptar medidas para acabar con la corrupción: combatir aquellas
situaciones en que la vida de las empresas está basada en comisiones
clandestinas, subvenciones para los grandes inversionistas, acuerdos
especiales y monopolios favorecidos.
En muchos casos es preciso adoptar medidas especiales para garantizar
que las microempresas y las pequeñas empresas, que son con frecuencia
particularmente vulnerables a los abusos burocráticos y a la compra de
privilegios por los círculos que gozan de los debidos contactos, puedan
participar de manera eficaz en los mercados. Entre esas medidas se
incluyen la garantía del acceso al crédito, promoviendo el desarrollo de
las actividades financieras y reduciendo las causas de inoperancia del
mercado; la reducción de los costos de transacción que supone el acceso
a los mercados de exportación, ampliando el acceso a la tecnología de
Internet, organizando ferias de exportación e impartiendo actividades de
capacitación en prácticas comerciales modernas, y la construcción de
caminos secundarios para reducir los obstáculos físicos. La creación de
un entorno económico sólido para los hogares pobres y las pequeñas
empresas puede suponer también la liberalización y una reforma
institucional complementaria, por ejemplo, la reducción de las
restricciones al sector informal, en particular las que afectan a la
mujer, y la corrección de los problemas de tenencia de la tierra o de
registro de propiedad de la misma, que desalientan las pequeñas
inversiones.
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Jessica Claudia Díaz de León Gómez
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