INTRODUCCION
En las últimas décadas del siglo XX asistimos a un conjunto de
transformaciones económicas-sociales y culturales cuya vertiginosidad y
complejidad no admite precedente y nuestro país no se encuentra ajeno a
ello. Caen rápidamente todo tipo de muros y barreras entre las naciones
al mismo tiempo que se amplía la brecha en el nivel de desarrollo humano
al que acceden los distintos pueblos.
El mundo se ve invadido por formas de producción y consumo, una
preocupación por el deterioro incontenible de los recursos naturales, el
avance de la pobreza; sin embargo, se hace referencia a un nuevo
fenómeno que ha llegado a convertirse en un paradigma para los países en
desarrollo.
La globalización engloba un proceso de creciente internacionalización
del capital financiero, industrial y comercial, nuevas relaciones
políticas internacionales y el surgimiento de nuevos procesos
productivos, distributivos y de consumo deslocalizados geográficamente,
una expansión y uso intensivo de la tecnología sin precedentes.
Es por ello que intentaremos en el transcurso del trabajo plasmar una
conclusión integral de un tema en particular para lo cual tendremos que
apoyarnos en investigaciones, análisis y conjeturas propias, tratando de
mantener una visión de la realidad como un todo. En otras palabras
buscamos sortear el aislamiento de diferentes disciplinas que tratan
este mismo tema para lograr una influencia mutua arribando así a una
respuesta conjunta. Llegando de este forma a una verdadera comunicación
entre nuestras diferentes especialidades.
Tomando como tema principal a la identidad, trataremos en el desarrollar
en la monografía la siguiente hipótesis grupal.
La identidad cultural de los diversos pueblos en la actualidad se va
homogeneizando o generalizando según ciertas pautas comunes en marcha
hacia una cultura estandarizada. Este proceso es propiciado por los
poderes generadores de nuevas necesidades de consumo, que manejan a su
vez los medios de comunicación social y la producción ofrecida.
Teniendo en cuenta la nueva escena sociocultural que se presenta ante
nuestros ojos en este fin de siglo, dentro de la cual desfilan ciertos
procesos reveladores del cambio, como ser una creciente “... pérdida de
peso de las instituciones públicas locales y nacionales en beneficio de
los conglomerados empresariales de alcance transnacional...”, “... la
reformulación de los patrones de asentamiento y convivencia urbanos...”,
“... la reelaboración de lo propio, debido al predominio de los bienes y
mensajes procedentes de una economía y una cultura globalizadas sobre
los generados en la ciudad y la nación a las cuales se pertenece”, “la
consiguiente redefinición del sentido de pertenencia e identidad...” de
los pueblos y “el pasaje del ciudadano como representante de una opinión
pública al ciudadano como consumidor interesado en disfrutar de una
cierta calidad de vida”, cabe cuestionarnos acerca del impacto negativo
que éstos provocan sobre diversas realidades culturales de los pueblos,
en particular sobre sus respectivas identidades, aceptando como un hecho
ineludible la marcha hacia la aldea global, como paradigma de
constitución del mundo con miras a la homogeneización del planeta en lo
político, lo económico y lo social.
Para dar una visión más detallada de lo expuesto anteriormente, y lograr
el alcance correcto a los términos utilizados en la hipótesis, nos
basaremos en ciertas definiciones para poder explicar básicamente lo que
entendemos por ellos.
La identidad de un pueblo está dada por “lo que un sujeto se representa
cuando se reconoce o reconoce a otra persona como miembro de ese pueblo.
Se trata de una representación intersubjetiva, compartida por una
mayoría de los miembros de un pueblo, que constituirían un sí mismo
colectivo.”
La homogeneización es un proceso según el cual dos o más elementos se
van configurando según pautas comunes, hasta adquirir la misma
naturaleza o género.
Adhiriéndonos a la definición expuesta por el Magisterio de la Iglesia
mediante el Documento de Puebla, “con la palabra cultura se indica el
modo particular como, en un pueblo, los hombres cultivan su relación con
la naturaleza, entre sí mismos y con Dios. Es el estilo de vida común
que caracteriza a los diversos pueblos, por ello se habla de pluralidad
de culturas. Es decir, es el conjunto de valores que lo animan y de
desvalores que lo debilitan y que al ser participados en común por sus
miembros, los reúne en base a una misma conciencia colectiva.”
En sentido general, el concepto de estándar deriva del que tiene en el
lenguaje corriente particularmente en la producción de bienes: un
elemento, una pieza que es lo suficientemente extendida, generalizable,
común como para constituirse en típica y universal.
Los grupos de poder, a nuestro entender, son una unidad social
constituida por un número de individuos que poseen un estatus y unas
relaciones mutuas estables, y que tienen un conjunto de valores o normas
que regulan su conducta. Estos tienen las relaciones, bienes o elementos
(políticas, económicas, sociales, etc.) suficientes para llevar a cabo
sus logros e influir sobre el resto de los grupos y la sociedad por
todos los medios posibles valiéndose de un hábil manejo de sus recursos.
Ellos crean nuevas necesidades de consumo, que “son un impulso
irresistible que obliga a obrar a las causas infaliblemente en
determinado sentido”.
Partiendo de esta base intentaremos desarrollar el tema de la identidad,
enfocada desde el punto de vista que le hemos dado en la hipótesis
grupal, teniendo como objetivo poder dar un panorama concreto sobre
ello.
Este trabajo será abordado desde distintos enfoques, tales como el
cultural, sociológico, económico-político, intentando así, cumplir con
la interdisciplinariedad planteada anteriormente.
Basándose en todo lo expuesto anteriormente, se plantea la siguiente
hipótesis individual:
Los medios de comunicación social y el proceso de globalización influyen
en el consumo de los individuos y por medio de éste, en la identidad
colectiva de un pueblo, ya sea creándoles nuevas necesidades, ya sea
haciéndolos dependientes a los objetos de consumo y generándoles, de
esta manera, el hábito del consumo. Dentro de este contexto, sin
embargo, no se borran ni disminuye la posibilidad de los individuos de
optar entre las alternativas que ofrece el gran mercado, por aquella que
mejor le satisfaga sus necesidades.
A través de este trabajo se intentará, en primer lugar dar una
caracterización del tipo de cultural que se está forjando a fines del
milenio y como ésta nos afecta no solo como individuos de una sociedad,
sino también como consumidores.
Con el paso del tiempo los hábitos de consumo se van modificando, así
como también, la forma de poner el producto en contacto con la gente es
distinta a la que existía hace un par de años atrás. Los adelantos
tecnológicos en materia de producción y distribución de bienes y
servicios, hacen posible que hoy en día se pueda conseguir un mismo
producto en la Argentina que en Japón.
Estos cambios no solo incidieron en la economía de un país, sino también
en las costumbres y tradiciones del mismo; por ello abordaremos en el
primer capítulo los problemas de la identidad, lo que sucede cuando se
la pierde o se encuentra sometida; y relacionado con esto se verá en que
consiste la globalización, que efecto tiene en nuestras vidas, los
beneficios que ésta trae, así como también los perjuicios que ocasiona,
especialmente en los países subdesarrollados que no cuentan con los
recursos necesarios y adecuados para enfrentar estos cambios que se
vienen dando a nivel mundial.
En un segundo capítulo se determinará cual es la incidencia de los
medios de comunicación en la sociedad, como llegan a influir en la
identidad de un pueblo y también en los hábitos de consumo. La gente
quiere estar "al día", quiere poseer "lo último", con el paradójico
resultado, por lo demás, de que cuando ha adquirido lo "último", lo
"nuevo" ya ha salido al mercado.Vivimos inmersos en programas breves, en
el perpetuo cambio de las normas y en el estímulo de vivir al instante:
el presente se ha erigido en el eje principal de la temporalidad social.
Y por último se tocará el tema específico del consumo. Como actúan los
individuos frente a una opción de compra, es decir que actitud adoptan
cuando tienen que elegir el modo de satisfacer sus necesidades; y
relacionado a este tema como influye el consumo en la identidad del
individuo. Además podemos decir que los cambios en el consumo modifican
la identidad de la sociedad; nuevas costumbres, nuevos hábitos desplazan
a los antiguos produciendo una constante renovación y continuo cambio de
los gustos.
I. LA REALIDAD SOCIOCULTURAL A FINES DEL MILENIO
I.1 La identidad y la posmodernidad.
Que entendemos por identidad cultural.
Dar una repuesta correcta a este interrogante, significa emprender un
arduo proceso; el tema de la identidad es rico y complejo.
“Los individuos están inmersos en una realidad social, su desarrollo
personal no puede disociarse del intercambio con ella, su personalidad
se va forjando en su participación, en las creencias, actitudes,
comportamientos de los grupos a los que pertenece. Esa realidad
colectiva consiste en un modo de sentir, comprender y actuar en el mundo
y en formas de vida compartidas, que se expresan en instituciones,
comportamientos regulados; en suma en lo que entendemos por una cultura.
El problema de identidad de los pueblos remite a su cultura”.
Para los antropólogos, la cultura es, en primer lugar, un todo
integrado, una totalidad en la que se encuentran orgánicamente
articuladas diferentes dimensiones de la vida social que hacen posible
la identificación, la comunicación y la interacción entre los
individuos.
Santillan Güemes, en su obra “Culturas, creación del pueblo”, define a
la cultura como el cultivo de una forma integral de vida, es decir,
aparece como el medio creado por la humanidad para entablar su diálogo
con el universo.
Este nuevo fenómeno de carácter internacional: la globalización
planetaria, tiene efectos opuestos, como los de homogeneización y
fragmentación cultural; estos efectos han derrumbado las identidades
tradicionales. A través de los mecanismos de: desterritorialización y la
deshistorialización.
“Debemos comprender que el proceso de globalización, al impulsar el
movimiento de desterritorialización hacia fuera de las fronteras
nacionales, acelera las condiciones de movilidad y “desencaje”. El
proceso de mundialización de la cultura engendra, por lo tanto nuevos
referentes identitarios”.
La globalización impacta en los procesos de identificación de la gente
porque pone delante de ella a otros individuos que actúan como modelos
para asemejarse o diferenciarse. Es decir que, “…las nuevas
sensibilidades y estilo de vida, la crisis de los sentidos, valores y
creencias instituidos, el creciente privativo, neonarcisismo y
hedonismo, en fin, las transformaciones culturales de la sociedad
contemporánea, plantean la acción política cuestiones cruciales que
afectan tanto su dimensión ética como institucional, entre ellas, la
necesidad de reconstruir la identidades colectivas.”
La identidad no está dada de antemano: se construyen, se aprenden,
evolucionan. No es algo que nace de una vez y para siempre.
A primera vista, un grupo se manifiesta por el simple hecho de que sus
miembros poseen en común unos símbolos, un territorio, una historia,
etc. Sin embargo, de cerca, la noción de identidad se vuelve más
problemática; de hecho, la identidad connota una esencia, lo cual
implica invariabilidad, homogeneidad, permanencia. Ahora, todos saben
que las identidades cambian, nacen y desaparecen. Por ello, cuando se
produce alguna modificación en la identidad de un pueblo, éste entra en
crisis hasta que se vuelven a acomodar las nuevas estructuras, es decir,
hasta que los individuos acepten y adopten como propios los nuevos
cambios.
“Por identidad de un pueblo podemos entender lo que un sujeto se
representa cuando se reconoce o reconoce a otra persona como miembro de
ese pueblo. Se trata de una representación intersubjetiva, compartida
por una mayoría de los miembros de un pueblo, que constituirían un sí
mismo colectivo”.
Las identidades son diferentes y desiguales, porque sus artífices, las
instancias que las construyen, disfrutan de distintas posiciones de
poder y legitimidad. Concretamente, las identidades se expresan en un
campo de luchas y conflictos en el que prevalecen las líneas de fuerza
diseñadas por la lógica de la máquina de la sociedad.
El problema de la identidad ha sido quizás el problema esencial de
nuestra cultura. La identidad es considerada como la faceta más
importante de ciertas luchas tanto pacíficas como violentas. Ha estado
presente ante el fenómeno de la modernidad y lo está ante la
posmodernidad.
La modernidad se caracteriza principalmente por la crítica, la
racionalidad y la utopía; se conforma un “proyecto humano” a partir de
una manera de ver la realidad y de actuar dentro de ella. Al sentido
utilitario de los objetos en la modernidad se le agrega ahora el sentido
transitorio de los mismos en la posmodernidad. Nunca como ahora se han
descartado las cosas con tanta rapidez a causa de lo precario de su
duración. Mientras más rápidamente se descartan unos objetos y más
rápida su sustitución por las nuevas cosas, mayor es la dependencia de
los mismos. Las cosas se convierten en “mercancías”. Se descree de
valores, virtudes e instituciones como la familia, el trabajo; y se
valoriza la seducción, la simpatía, la espontaneidad. Junto con su gran
atractivo, su velocidad, su animación y el incesante movimiento de
gente, se vive la desintegración y la soledad. Como dice María Cristina
Reigadas en su libro “ Entre la norma y la forma Cultura política hoy”,
el trastocamiento y multiplicación de mundos diferentes, precarios,
contingentes, fragmentados, nos coloca ante la dificultad de incluir y
elaborar la presencia y posicionamiento del otro bajo los modos
habituales y propios de la modernidad. Y, por lo tanto, de elaborar y
sostener, a partir del encuentro con el otro, nuestra propia identidad.
Cuando los ritmos de cambio se aceleran, es muy difícil establecer
posiciones de identidad. Las identidades constituidas se deshacen: la
crisis de alteridad es crisis de identidad, afirma María Cristina
Reigadas.
El orden económico mundial exige homogeneizar patrones de consumo, y
esto no se logra tan sólo mediante agresivas políticas económicas ni
mediante propagandas publicitarias centradas en la oferta de los
permanentemente renovados productos. Lo que se difunde es, ante todo, un
modelo cultural que genere actitudes y motivaciones orientadas a adoptar
nuevos estilos y formas de vida, más allá e independientemente de las
formas concretas que unos y otros asuman; lo que se difunde es una
suerte de “a priori” del consumo incesante y cambiante, que instala al
ciudadano en el rol eminente, de consumidor. De este modo, el deseo de
comunidad y de participación se encarna en las comunidades
interpretativas de consumidores que les dan identidades compartidas.
“Nos vamos alejando de la época en que las identidades se definían por
esencias ahistóricas: ahora se configuran más bien en el consumo,
depende de lo que uno posee o es capaz de llegar a apropiarse. Las
transformaciones constantes en las tecnologías de producción, en el
diseño de los objetos, en la comunicación, vuelven inestable a las
identidades fijadas en repertorios de bienes exclusivos de una comunidad
étnica o nacional.”
Es decir, la globalización de la economía está definiendo una identidad
más vinculada con los bienes a los que se accede que con el lugar donde
se ha nacido.
La búsqueda de identidad colectiva.
Como dice Villoro Luis en su obra “Estado plural y pluralidad de
culturas”, los pueblos que se encuentran sometidos a una relación de
colonización, dependencia o marginación por otros países, se les hace
imperante la búsqueda de su identidad.
La búsqueda de la identidad no está ligada necesariamente a situaciones
de colonización o dependencia. También otras situaciones de disgregación
social pueden dar lugar a un sentimiento de crisis de identidad.
En los nuevos procesos, se percibe una fragilidad en la identidad
colectiva y personal, la misma está siendo amenazada por los procesos de
internalización, por el despliegue de una cultura homogeneizadora que se
impone a través de los medios de comunicación y busca, por lo tanto, un
sistema de garantías que la reconforte, que le dé seguridad. No solo el
nacionalismo exasperado es una respuesta frente a dichos procesos; el
proteccionismo a la economía regional, la defensa de lo propio, la
reivindicación de las identidades étnicas, son ejemplos de reacciones
frente a la mundialización de los modos de vida y la estandarización
cultural del mundo. Se están produciendo fuertes desestructuraciones y
reestructuraciones, creándose nuevas segmentaciones sociales y
verdaderas subculturas, que fomentan la desintegración de las culturas
locales.
La búsqueda de una identidad colectiva aspira a la construcción
imaginaria de una figura dibujada por nosotros mismos, que podamos
oponer a la mirada del otro.
Reconocer nuestra identidad es reconocer nuestras diferencias: “
nosotros los argentinos”, pero también es reconocer a otros. Ahora bien,
ocurre que no sólo conocemos las otras culturas sino que, además,
recurrimos a ellas o a ciertos elementos de ellas.
La vía hacia la identidad reviste distintas formas según sea la
situación de que se parte. La preservación de la propia identidad es un
elemento indispensable de la resistencia a ser absorbidos por una
cultura dominante. Tiene que presentarse bajo la forma de una
reafirmación, a veces excesiva, de la propia tradición cultural, de la
lengua, de las costumbres.
La construcción de una identidad cultural debe entenderse como un
proceso de lucha política entre facciones sociales, siempre provisional
e incierto, que pasa por la defensa y construcción de espacios
expresivos y reflexivos que den cabida a múltiples manifestaciones
estéticas y sociales. Las subculturas y contraculturas se han construido
disputando esos espacios. Es la dinámica propia de su constitución, así
genera sus vínculos internos y adquiere una identidad social.
En la búsqueda de la identidad, como comenta Villoro, se pueden
reconocer ciertos rasgos comunes:
Se trata de oponer a la imagen desvalorizante con que nos vemos al
asumir el punto de vista de otro, una imagen compensatoria que nos
revalorice. La representación revalorizada de sí puede seguir dos vías
distintas: acudir a una tradición recuperada o seguir otra vía más
auténtica: aceptar la situación vivida e integrarla en un nuevo proyecto
elegido.
Esa representación de sí mismo permite reemplazar la disgregación de
imágenes con que puede verse un pueblo, por una figura unitaria.
La representación de una identidad nacional o étnica puede no ser
compartida por todos, corresponder a un proyecto de un grupo particular
dentro de la sociedad y servir a sus intereses.
Los pilares de la identidad son: conocer la historia propia, reconocer
nuestros valores, practicar la autoestima y la dignidad.
I.2 La globalización: apertura de fronteras.
Posibilidades que brinda.
Es un proceso que todos reconocen como el más determinante de la década
del noventa, pero que suscita opiniones muy encontradas. Si bien no es
un proceso nuevo ha sido retomado con mayor énfasis en los países en
desarrollo como premisa específica para lograr un crecimiento económico
y erradicar la pobreza.
Los orígenes del fenómeno se remontan a las dos décadas posteriores a la
Segunda Guerra Mundial, en el cual los países industrializados de
Norteamérica, Europa y Asia alcanzan tasas de crecimiento del PBI tres
veces superiores que en los 130 años precedentes, lo que a su vez
provoca una expansión a nivel mundial de las transacciones comerciales
de estos países.
Con el fin de regular las crecientes relaciones comerciales, los países
en cuestión generaron una estrategia económica y política de liberar
todas las barreras al libre comercio, implantadas por la Estrategia de
Sustitución de Importaciones. Producto de ello son las negociaciones del
GATT, la creación del FMI y el BM, las áreas de libre comercio
subregionales, etc.
Este proceso se vio acelerado por las diferentes crisis en que se vio
inmerso el entorno internacional en los años 1971 ( crisis del dólar),
1973 y 1979 ( crisis del petróleo) y en 1982 (crisis de la deuda); otro
elemento que ayudo al avance vertiginoso del mismo fue el surgimiento de
una teoría económica a tono con los requerimientos del fenómeno: el
Neoliberalismo
La globalización es un proceso multidimensional, aunque hay razones para
pensar que es ante todo un proceso económico hecho posible por cambios
provenientes de la ciencia y la tecnología.
“El lazo indisoluble que se genera en el siglo XX entre la ciencia y la
tecnología posibilita acelerar, ampliar y consolidar el proceso de
globalización, especialmente, en sus aspectos económicos y culturales.”
La digitalización de las comunicaciones humanas ha revolucionado la
producción, el almacenamiento y el acceso a la información. Si la
revolución industrial multiplicó la fuerza del hombre, la evolución
informática multiplica la capacidad del cerebro humano. Hoy la
información se ha democratizado, y está al alcance de quien posea una
computadora y un módem para acceder a Internet.
En efecto, se puede saber lo que ocurre en lejanos rincones del
universo. Podemos trasladarnos en pocas horas a los más remotos y
distintos lugares y culturas, y convivir con distintos estilos de vidas.
Podemos ver la tierra desde afuera y desde lejos gracias al avión y a
las fotos que envían los satélites.
Las nuevas tecnologías están creando un mundo donde los valores y las
economías repercuten de en un lado a otro; la cultura y los valores
humanos están siendo modelados por un medio electrónico. Nunca antes las
sociedades habían quedado completamente supeditadas al mercado comercial
para determinar sus valores y sus modelos.
Del mismo modo que la globalización económica tiende a instituir
mercados sin fronteras, la revolución informática hace posible la
destrucción de barreras idiomáticas y el aislamiento recíproco, ya no
existe las fronteras nacionales para la información. La TV ha creado una
fuerza cultural penetrante como nuca antes se había visto, tanto en su
intensidad como en su alcance.
¿Debe verse a la globalización como un proceso autónomo que impacta en
culturas que pasivamente reciben sus consecuencias? Aunque no se lo
reconozca, a veces se piensa que la globalización es el nuevo nombre del
imperialismo.
Paralelamente a la globalización se han revigorizado los nacionalismos
(etnonacionalismo), se han acentuado los esfuerzos de revitalización de
identidades de grupos étnicos o de su constitución por parte de otros
sectores culturales en el mundo, han regresado sentimientos religiosos,
además de fundamentalismos de diversa índole.
Estos procesos de resistencia se dan generalmente en los países que
dependen más de lo económico, lo político y lo cultural; estos mismos
han activado su potencialidad étnica, es decir, han reafirmado su propia
identidad, cargando simbólicamente aspectos diferenciados de su cultura
que han sido convertidos en referentes de identidad.
En la Argentina, por ejemplo, volvió a tener auge la música folclórica,
el tango; estos son típicos ejemplos de cómo se trata de reafirmar un
símbolo cultural, para contrarrestar la continua invasión de la música
extranjera.
La globalización otorga al hombre más posibilidades de conocer la verdad
y de acceder a la belleza ¿Por qué, entonces, despierta tantas
prevenciones?¿ Por qué resurgen con fuerza todos estos procesos de
resistencia?
El hombre colocado en el centro de este proceso, siente que ha perdido
la protección de las diferentes instancias que antes lo contenían. La
vieja segmentación entre países tiende a ser superada por una nueva
segmentación en el interior de éstos, por una parte los grupos
culturales que poseen los conocimientos necesarios para generar riqueza
y comunicarse con el resto del mundo, y por el otro, los nuevos pobres,
excluidos de los banquetes de las nuevas oportunidades por carecer de
las habilidades necesarias para entrar en el mercado de trabajo y
comunicación.
“Los llamados procesos globalizadores redundan en la redistribución de
privilegios y despojos, riqueza y pobreza, recursos y desposesión, poder
e impotencia, libertad y restricción. Las divisiones territoriales y
segregaciones de identidad que imponen y promueve la globalización de
los mercados e información, no reflejan la diversidad de socios en pie
de igualdad.
Apenas el 22% de la riqueza global pertenece a los llamados países en
vías de desarrollo, que abarcan al 80% de la población mundial ”.
Los beneficios de la globalización están siendo desigualmente repartidos
entre las diversas regiones, entre los diferentes países y en el
interior de los mismos, lo cual conlleva severos procesos de
fragmentación y polarización.
La globalización les da a los países extremadamente ricos nuevas
oportunidades para ganar dinero de manera más rápida. Estos han
utilizado la tecnología de punta para desplazar grandes sumas de dinero
alrededor del globo con extrema rapidez y especular con eficiencia
creciente.
La globalización es una paradoja: beneficia mucho a muy pocos a la vez
que excluye o margina a dos tercio de la población mundial.
Como dice García Canclini, en su libro “Consumidores y Ciudadanos”, la
internacionalización fue una apertura de las fronteras geográficas de
cada sociedad para incorporar bienes materiales y simbólicos de las
demás. La globalización supone una interacción funcional de actividades
económicas y culturales dispersas, bienes y servicios generados por un
sistema con muchos centros, en el que importa más la velocidad para
recorrer el mundo que las posiciones geográficas desde las cuales se
actúa.
La globalización es, siempre, “glocalización” (N. García Canclini), que
implica transformaciones espaciotemporales que afectan los modos y
estilos de vida concretos de las personas, producto de los cambios de
escala y de la aceleración de los cambios, en especial aquellos debido a
las innovaciones tecnológicas y a los crecientes niveles de complejidad
de la vida urbana. Así sé reconfiguran los sistemas de percepción y
representación del tiempo y el espacio, que constituyen el entramado
básico de los mundos de la vida, de la historia concreta de los
individuos y grupos sociales, de sus mitos y sus ritos.
Estas transformaciones se apoyan en una aceleración sin precedentes en
los procesos tecnológicos, tanto en lo que atañe al ritmo mismo de las
innovaciones como en lo que se refiere
al lapso que transcurre entre la innovación y su incorporación en la
producción. Tal proceso se inició en los años 70 y ha llegado a ser
tildado como la “tercera revolución tecnológica e industrial”. Se ha
asentado en la electrónica, la informática, la robótica, los nuevos
materiales, la genética y la biotecnología.
Estas son sólo unas de las facetas del mundo globalizado. Están además
presentes los siguientes efectos económicos:
La estandarización de productos y servicios: significa que éstos tienen
poca o nula variación entre los distintos países o regiones donde se
distribuyen.
Reducción de barreras arancelarias: ha introducido el llamado consumo de
productos masivos, permitiendo que muchos países tengan acceso a éstos.
Economía de escala: implica hacer los productos más competitivos con una
estrategia de bajos costos.
La creación de grandes corporaciones e integración de las empresas:
permite un mayor control del mercado.
La creciente integración de las economías nacionales a los mercados
globales, pues de éstos últimos depende el crecimiento y la estabilidad
de aquellas.
Configuración de grandes zonas integradas de comercio.
¿Dependencia o Dominación?
Lo que para algunos constituye un proceso de integración, ya sea por
asimilación, endoculturación, o por sincretismo y yuxtaposición, para
otros puede significar la desestructuración y desintegración de sus
identidades, fragmentación y exclusión, mutación de la identidad,
transfiguración de la matriz originaria. El proceso de mundialización,
tal como se esta dando en la realidad no genera una sola dinámica sino
dos dinámicas complementarias y opuestas:
La globalización
La reafirmación identitaria (localización).
Existe una creciente trasnacionalización del mercado de capitales, del
mercado de nuevas tecnologías y del mercado de los productos. Todo ello,
unido a una desconcentración de la producción, tiene como consecuencia
que los mercados estén cada vez más mundializados. Pero no todo el
mercado esta mundializado, un elemento central del mismo, la fuerza de
trabajo, queda afuera de este proceso. Basta considerar las crecientes
trabas que la Unión Europea, Estados Unidos, por ejemplo, ponen ante los
inmigrantes que van en busca de trabajo.
Los mass medias, las nuevas tecnologías, los programas informáticos, la
música rock, la Coca
Cola, los jeans, las tiendas MacDonald o la hegemonía de la lengua
inglesa, representan ejemplos de mundialización, son consecuencia
directa de la acentuación del imperialismo cultural y de la imposición
del “american way of life”.
El fenómeno globalizador no se está expresando sólo en la economía y en
las tendencias referidas, ciertamente contradictorias, acerca del
Estado-Nación, sino también en el plano sociocultural. Si bien McLuhan
había hablado ya en los años sesenta de una “Aldea Global”, los
adelantos en estos últimos años han impulsado todavía más las
comunicaciones entre distintos puntos del globo.
En lugar que todos estos efectos apunten en la dirección de una única
“cultura mundial” y una única “identidad planetaria”, lo que está
sucediendo es que, crecientemente, aumenta la conciencia de las
identidades culturales diferenciadas, es decir, como dice M. Cristina
Reigadas, el descentralismo del sujeto racional moderno, la irrupción
del multiculturalismo y de la diferencia impide, por un lado, afirmar
identidades cerradas, fuertes, y absolutas, pero, por el otro, no se
sabe aún cómo evitar que la diferencia sea travestida en “indiferencia”
sociopolítica, legitimante de la injusticia.
Las grandes migraciones actuales y la extensión del turismo en masa no
han producido homogeneidad ni globalización cultural, sino que han
puesto de manifiesto el pluriculturalismo realmente existente.
“La experiencia del multiculturismo es contundente: la diversidad
estalla, se exhibe, reclama. Los otros están entre nosotros. Nosotros
somos los otros.”
En todos las dimensiones se puede encontrar elementos que están sujetos
a una dinámica de globalización y otros que responden a la dinámica de
reafirmación de identidades colectivas (localización).
La crisis contemporánea constituye el caldero donde se combinan y
recrean creencias, actitudes y estilos que darán lugar a una nueva
cultura que, como sostiene Alain Touraine en su obra “¿Podremos vivir
todos juntos?”, es “de ninguna parte” pero que no por ello será
uniforme, abstracta, transhistórica o sobreimpuesta, sino que, podrá
ser, por primera vez en la historia de la humanidad, global y
planetaria. Construcción común de todas las naciones y pueblos. En
cualquier caso, las tendencias futuras de la globalización dependerán de
los modos de recombinar lo nuevo y lo viejo, lo propio y lo ajeno, lo
económico, lo político, lo estético, lo igual y lo diferente. El mundo
globalizado dependerá entonces de los modos concretos y específicos en
que los individuos y los grupos interactúen, es decir de los modos en
que toleren y promuevan la presencia y acción del otro en la
configuración de sus propias identidades. Se habrá terminado la
pesadilla de la homogeneidad, el aniquilamiento de la diferencia. Pero
también, renacerá el deseo del otro, el deseo de comunidad.
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