INTRODUCCIÓN
El presente trabajo, espera realizar un breve análisis del
comportamiento de las relaciones entre Estados Unidos y Colombia,
haciendo énfasis en las relaciones comerciales, pero sin olvidar las
implicaciones de la agenda bilateral y la realidad que presenta un mundo
que se encuentra en una etapa de globalización.
Como sugerencia estratégica hacia el futuro de Colombia, se muestra el
caso de México en la globalización, y el caso de la productividad en
América Latina.
Así mismo, se hablará del NAFTA, como motor y ejemplo de integración
regional, se tocará el tema de las preferencias arancelarias, y se
sugerirán alternativas de integración tanto con la economía de los
Estados Unidos, como con México y Canadá como bloque.
Las nuevas realidades económicas, hacen necesarias las políticas de
integración en los países en vías de desarrollo, nadie puede estar solo
y Colombia no ha mostrado ningún avance reciente en este aspecto. Por
esto debemos mirar hacia otros mercados, otras culturas y otras
realidades para poder enfrentar los retos de las nuevas realidades y
llegar mejor al nuevo milenio.
1. AGENDA INTERNACIONAL DE COLOMBIA
Las relaciones internacionales vienen atravesando por un estado de
transición y hasta de turbulencia, que requieren de una adaptación
inteligente y de una buena y oportuna información, para poder
desarrollar una política exterior de interpretaciones claras y fines
concretos.
Presenciamos la constitución de un nuevo orden, en donde el proceso de
internacionalización se acentúa cada día más, haciendo que no exista una
actividad en la que de una u otra forma no se sienta la influencia
externa. Nunca tanto como hoy, los retos de autonomía y desarrollo de
los países, habían estado tan ligados a las variables internacionales.
Además, si en años anteriores existía alguna duda sobre la relación que
existe entre la política interna de un país y su política externa, hoy
en día es un hecho que no admite discusión. El caso de Colombia es
palpable. Separar ambas esferas conduce a grandes equivocaciones que van
en detrimento de la seguridad e interés nacionales y, desde luego, en el
diagnóstico y formulación de una política exterior adecuada.
Los temas prioritarios en materia de política exterior del país no
pueden ser sólo los tópicos alrededor de los cuales gira la agenda
global, si bien tenemos asuntos en el plano bilateral que deben merecer
igualmente toda nuestra atención y recibir un manejo sistemático.
No puede caber ninguna duda de que en los años por venir seguirán
destacándose tres temas fundamentales, sobre los cuales continuará
centrada la acción de la comunidad internacional: el respeto a los
Derechos Humanos, el problema de las drogas ilícitas y conexos, y la
protección del Medio Ambiente. En relación con cada uno de ellos existe,
y seguirá existiendo, una fuerte presión de los principales actores de
la vida internacional para que todas las sociedades cumplan con sus
compromisos, libremente aceptados en convenios y tratados.
La conducta doméstica, referente a tales aspectos, va unida a la
necesidad de ejecutar una política exterior que sea el reflejo de las
actividades nacionales en estos campos. La llamada mala imagen de
Colombia en el exterior no es la causa de nuestros males nacionales,
sino el resultado de una realidad interna que se ha apartado
considerablemente del rumbo que ambicionamos para el país.
Como dicho anteriormente, sobresalen dentro de los temas que hacen parte
de la agenda global y que, por lo tanto, Colombia deberá prestarles su
mayor atención, los relacionados con el fenómeno de las drogas ilícitas,
los derechos humanos y el medio ambiente, prioritariamente. Pero no
basta, únicamente, con ocuparse de dichos aspectos a nivel
internacional. Se hace indispensable su adecuado manejo interno, en
donde se vive un clima de violencia generalizada que afecta no sólo a
toda la ciudadanía y su entorno, sino que, naturalmente, tiene efectos
más allá de nuestras fronteras y, por lo tanto, las herramientas que
ofrece la cooperación entre Estados deben ser ejercitadas
apropiadamente.
2. TEMAS DE LA AGENDA INTERNACIONAL DE COLOMBIA
2.1. Derechos Humanos.
Sobre la posición colombiana frente a la protección de los Derechos
Humanos, es importante que el país abandone definitivamente la errónea
idea de que el Estado no es quien está obligado en forma expresa y
directa a su respeto y promoción.[1] La Carta Política y los compromisos
internacionales adquiridos, tanto aquellos celebrados bajo el patrocinio
de las Naciones Unidas y del sistema interamericano, como las
Convenciones de Ginebra y sus protocolos adicionales, obligan a los
Estados a ser fieles a su espíritu y letra, haciéndolos cumplir dentro
del territorio de su jurisdicción.
Las violaciones de esos Derechos por parte de los ciudadanos,
constituyen conductas delictuales que deben ser juzgadas y castigadas
por el Estado, sin que pueda alegarse que estas conductas eximen a la
autoridad pública de sus obligaciones. No podemos seguir insistiendo en
que es injusto que la comunidad internacional censure al Estado
colombiano y pase por alto las violaciones cometidas por los ciudadanos
y extranjeros en su territorio. Es el Estado el obligado a honrar sus
compromisos, no sólo por sus propias acciones y omisiones, sino también
por la conducta delictuosa de ciudadanos y cuando ésta no es juzgada y
castigada debidamente. Que el desorden social y el estado permanente de
conflicto interno dificultan el estricto cumplimiento de los compromisos
indelegables de la autoridad pública es innegable, pero este hecho, en
ningún caso, desvirtúa la obligación primordial del Estado en esta
delicada materia, que continuará figurando en primera línea de los
problemas nacionales.
El interés internacional por el tema de los Derechos humanos ya no
radica exclusivamente en los gobiernos y en los organismos
intergubernamentales. Cada vez es más fuerte la influencia de las
organizaciones no gubernamentales, nacionales e internacionales, que se
dedican a supervisar la conducta de los países en lo que concierne a la
protección de los derechos de los ciudadanos. Es inaplazable la
aceptación de esta realidad contemporánea, que debe llevar a un manejo
proactivo de las relaciones con este tipo de organizaciones. En general,
ellas cumplen con una función necesaria de control a los Estados,
señalando los obstáculos que existen para la debida protección de los
Derechos Humanos, tanto en la legislación como en la práctica.
Fuera de las críticas dirigidas a Colombia por los hechos que atentan
contra la integridad de las personas, entre ellos la aquiescencia de las
autoridades con procedimientos irregulares de represión, la opinión
internacional censura, con razón, disposiciones legales tan contrarias a
los compromisos internacionales del país, como el principio del respeto
debido a las órdenes superiores como causal eximente de responsabilidad
y los excesos del fuero militar.
En materia de Derechos Humanos, el Estado colombiano está sujeto a un
creciente escrutinio internacional y, en especial, por parte de los
Estados Unidos. Este hecho se apoya en cambios importantes en la
concepción internacional acerca de los compromisos estatales en este
campo y en una modificación del concepto de seguridad nacional.
Los frecuentes sofismas oficiales, la minimización de los problemas y
las ingenuas y a veces torpes respuestas a los documentos
internacionales que nos censuran, convencen a los funcionarios de otros
Estados o de Organismos Internacionales, que Colombia no tiene una
actitud institucional seria sobre el tema, y que sólo busca ganar tiempo
y evitar declaraciones negativas, sin resolver los problemas del país.
Por lo demás, la falta de unidad y continuidad en la política estatal,
dificulta seriamente la labor. Las acciones para mejorar la protección
de los Derechos Humanos en el país, se traban en las mismas
instituciones públicas, y la falta de unidad hace imposible planear una
acción internacional coherente. Nada más débil e inconexo que el trabajo
del mismo Ministerio de Relaciones Exteriores en este campo.
Por ello, es preciso que la política de Derechos Humanos gravite en un
esfuerzo serio, respaldado con verdadero compromiso por el Presidente de
la República, para que el Estado colombiano luche eficazmente contra su
violación y busque las reformas institucionales necesarias. Es
indispensable que esta política se realice con base en una definición de
alto nivel que genere una estrategia común. Podría pensarse en crear,
para este efecto, una Comisión Nacional de Derechos Humanos compuesta
por los ministerios del Interior, de Defensa, de Justicia y del Derecho
y de Relaciones Exteriores, así como de las consejerías presidenciales
de Derechos Humanos y de Paz, para que presenten un propuesta
metodológica sobre las estrategias que seguirá el gobierno en este campo
e informen periódicamente acerca de los resultados logrados.
Es importante también, desde luego, reforzar el Ministerio de Relaciones
Exteriores formando una Unidad Permanente de Derechos Humanos, con
personal especializado, no sujeto a rotación en otros cargos, con el
objeto de que desarrolle el conocimiento y la calificación necesarias
para cumplir con los compromisos internacionales, presentar los informes
periódicos obligatorios, responder los requerimientos de los diferentes
organismos políticos y jurídicos del sistema internacional, y atender
los procesos que se siguen contra Colombia. Es necesario, igualmente,
reforzar otras instituciones en este mismo campo en aras de apoyar desde
la institucionalidad esta responsabilidad de la política exterior. Estos
funcionarios deberán contar con el acceso a todos los documentos que no
estén bajo reserva judicial en el Estado colombiano.
2.2. Narcotráfico.
La política frente a la creciente magnitud de las drogas sicoactivas
tiene que continuar bajo el signo de la cooperación internacional, como
problema global que es. Sin trasnochados nacionalismos ni falsas
afirmaciones sobre una presunta soberanía nacional, cuyas
características en las postrimerías del siglo XX nada tienen que ver con
los principios que alentaron la conducta internacional en el siglo
pasado. El país tiene que orientar sus acciones, por conveniencia propia
y por obvias razones de carácter universal. La meta a mediano plazo debe
ser la implementación de una legislación internacional, que facilite,
por todos los medios, la acción de la comunidad de naciones frente a las
actividades delictuosas del tráfico ilícito de drogas y conexos, como el
desvío de precursores químicos, el lavado de dinero, el contrabando de
armas y explosivos.
Por otra parte, la estrategia de combate al problema de las drogas en la
que se plantea una integralidad de las acciones, ha sobredimensionado la
respuesta interdictiva al problema. De manera que las estrategias de
intervención socioeconómicas y de salud pública frente al problema de la
producción y del consumo les asigna una prioridad de segundo orden
dentro del contexto nacional y del manejo de la política exterior
colombiana frente al tema.
A las circunstancias que a Colombia le han dificultado el manejo de este
tema frente a la comunidad internacional, es preciso agregar la
fragilidad de su capacidad para generar información exacta que no esté
sujeta a cuestionamientos por parte de la comunidad internacional. Se
sugiere que Colombia desarrolle los medios necesarios para producir y
analizar la información sobre la dimensión del problema al interior del
país y los resultados de sus acciones antidrogas.
Adicionalmente, la participación cada vez más activa de las Cámaras
legislativas en los problemas de las drogas, no siempre iluminada ni
motivada por razones de interés colectivo, han añadido un nuevo factor
de confusión en el tratamiento del asunto. Será necesario organizar en
forma más eficiente los distintos aspectos de la lucha contra el tráfico
de drogas, por medio de una racionalización de las herramientas
institucionales y de los recursos humanos y financieros, para evitar que
continúe el desorden que ha caracterizado la acción oficial en este
campo.
2.3. Medio Ambiente.
El desafío que plantea la protección del Medio Ambiente, exige,
igualmente, una visión internacional. Lo que sí es indudable es que los
imperativos del desarrollo de los países menos industrializados tienen
que conciliarse con el interés doméstico e internacional de preservar
los recursos naturales y la biodiversidad. No obstante, los avances
realizados en los últimos años por definir los alcances de unas
políticas que garanticen el desarrollo sostenible, es decir, aquel que
logra un compromiso entre las necesidades del desarrollo y de la
protección de la naturaleza, lo cierto es que aún persiste la falta de
consenso sobre las implicaciones prácticas de este enfoque conceptual.
El punto de partida de la controversia entre los defensores del Medio
Ambiente y quienes anteponen las necesidades del desarrollo a
consideraciones ambientales, surgió durante la Conferencia de Estocolmo,
de 1972. Sucesivos análisis econométricos han mostrado la correlación
existente entre el aumento de los ingresos per capita y algunos
indicadores cuantitativos sobre la mejora de la calidad ambiental.
Veinte años más tarde, en la Conferencia de Río, de 1992, los países
industrializados, en particular los Estados Unidos, defendieron
vehementemente las tesis en favor de las políticas desarrollistas, por
no llamarlas neoliberales, en cuanto se relacionan con sus propios
intereses. Según sus argumentos, los problemas ambientales, en sentido
físico - biótico, sólo pueden solucionarse con la apertura de las
economías, el aumento de la competencia y el consiguiente incremento de
la productividad, el crecimiento del producto interno bruto y, como
consecuencia de todo ello, la disminución de la pobreza. Este modelo,
aparentemente simple pero lleno de supuestos de difícil realización, ha
tenido graves secuelas para el manejo de la protección ambiental en
todos los países, pobres y ricos, debido al consiguiente aplazamiento de
la atención a las inversiones ambientales, que deben esperar a que
exista un nivel adecuado de ingresos per capita o que se hayan resuelto
los problemas que afectan la estabilidad y el ritmo del crecimiento
económico.
Para Colombia existen, en la actualidad, dos retos: el primero, consiste
en evaluar seriamente las consecuencias que para el desarrollo del país
se desprenden de la multitud de compromisos que ha venido adquiriendo en
los foros internacionales, en muchos casos sin darse cuenta de sus
implicaciones. El segundo, en la necesidad de dar solidez institucional
al manejo de la política ambiental, dispersa en la actualidad en varias
agencias sin los recursos financieros y humanos indispensables. En
relación con este aspecto administrativo, es necesario replantear las
funciones de las Corporaciones Regionales frente a las que competen al
Ministerio del Medio Ambiente, y definir claramente las obligaciones
ambientales de las autoridades locales y regionales.
Obviamente, deberá existir también una estrecha coordinación entre el
Ministerio de Medio Ambiente y la Cancillería colombiana, encargada de
fijar las políticas internacionales en todos los campos.
3. ORGANIZACIÓN INSTITUCIONAL PARA EL MANEJO DE LA POLÍTICA EXTERIOR
Varios factores han determinado a través de casi toda nuestra historia
republicana el descaecido estado de nuestras relaciones internacionales.
La sociedad colombiana, poco homogénea, dividida en múltiples áreas
geográficas y culturales y aislada del resto del mundo, nunca ha
asignado mucha importancia a la dimensión internacional de sus problemas
y preocupaciones. Como resultado de esta indiferencia ciudadana, los
gobiernos, con escasas excepciones, han relegado la política exterior a
los últimos lugares de su agenda, como lo comprueba el abandono
financiero y de recursos humanos en que siempre han vivido las agencias
responsables de la conducción de la política internacional. No es, pues,
de extrañar, que el Ministerio de Relaciones Exteriores haya sido, por
tradición, la cenicienta de la Administración Pública.
Para un desarrollo adecuado y coherente de los temas de la Agenda
Internacional colombiana, se evidencia cada día más la imperiosa
necesidad de contar con una Cancillería fuerte, moderna y altamente
profesionalizada, que, además, tenga sólidos y permanentes canales de
interlocución a distintos niveles de la Administración Pública.
Frente a la complejidad mundial, quienes tengan la responsabilidad de
diseñar y llevar acabo las políticas del país, deben ser cada vez más
especializados. Se requiere, además, una férrea voluntad política para
alejar al Ministerio de Relaciones Exteriores de los vicios de la
burocratización y la politiquería que han venido siendo tradicionales.
Siguiendo también una línea de conducta tradicional de nuestra vida
política, permanentemente estamos cambiando las leyes y regulaciones
orgánicas del Ministerio del servicio exterior y de la carrera
diplomática, como si las deficiencias crónicas fuesen el producto de
normas equivocadas o inconvenientes. No ha habido gobierno en las
últimas décadas que no haya decidido inmortalizarse con reformas que,
como era natural esperar, nunca han servido para mejorar la prestación
del servicio diplomático ni para dar brillo a nuestra política exterior.
El último Decreto Orgánico del servicio exterior de la carrera
diplomática y consular, data del 3 de enero de 1992. En el mismo año,
por Decreto No. 2126 del 29 de diciembre, se reestructuró el Ministerio
y se determinaron las funciones de sus dependencias, creándose entre
otras cosas, la Dirección General de la Academia Diplomática de San
Carlos, adscrita al despacho del Ministro.
Anteriormente, lo que hoy se denomina Academia Diplomática llevaba el
nombre de Instituto Colombiano de Estudios Internacionales y sus
actividades se limitaban a la selección de los aspirantes a ingresar a
la carrera diplomática y a la preparación de cursos de ascenso para los
funcionarios del Ministerio, pues aún no se había establecido el
requisito para dichos funcionarios de realizar previamente un curso de
un año. Hoy en día, la Academia cuenta con dicho curso, encaminado a
preparar a las personas que iniciarán la carrera diplomática o consular
e ingresarán al Ministerio, al concluirlo.
En mayo del presente año, se convocó el último concurso de donde se
seleccionaron 35 aspirantes, los cuales conformaron el grupo para el
curso anual e ingresaron luego a la planta interna del Ministerio en
calidad de terceros secretarios. No se puede ocultar, sin embargo, que
la verdadera carrera diplomática en el país es aún ineficiente y no ha
dado hasta ahora los resultados esperados. Pese a los esfuerzos que se
han realizado en ocasiones para compensar tantos años de atraso, sigue
prevaleciendo la inveterada costumbre del clientelismo, el cual lleva
una ventaja todavía notable sobre el verdadero profesionalismo.
Como lo demuestran fehacientemente numerosos ejemplos de países que han
logrado organizar su actividad diplomática, el requisito fundamental es
la calidad del personal y la continuidad del esfuerzo, y no el arsenal
normativo a que siempre se acude en Colombia. La preparación de quienes
se han de dedicar a la vida diplomática y los criterios de selección
constituyen la base insustituible de una eficaz acción internacional. En
ambos aspectos hemos sido erráticos e indolentes. Los intentos que se
han realizado de ir perfeccionando la carrera diplomática han sido
tímidos y sin respaldo político y, por lo general, antes de aplicar las
normas con decisión y firmeza, se proponen nuevos cambios para subsanar
lo que no es subsanable a base de disposiciones legislativas. Un ejemplo
elocuente es el proyecto que cursa actualmente en las Cámaras para
modificar, por enésima vez, la carrera diplomática, antes de que las
normas vigentes hayan sido aplicadas a cabalidad. En Colombia, como se
ha dicho hasta el cansancio, hay leyes para todo. Lo que no hay es la
capacidad de regir nuestras vidas de acuerdo con esas leyes.
Esta misma obsesión por los cambios normativos permanentes, nos llevó,
hace unos treinta años, a alterar radicalmente la composición de la
Comisión Asesora de Relaciones Exteriores , que desde su creación a
comienzos del siglo había venido prestando muy valiosos servicios al
país. La idea original tuvo un exitoso desarrollo en la práctica, que
dejó como resultado un acervo de capital importancia en materia de
investigaciones y estudios sobre los más disímiles aspectos de la vida
internacional del país. Integrada por expertos independientes, fue en
realidad un grupo asesor del gobierno, siempre tenido en cuenta en la
toma de decisiones en momentos difíciles y para la orientación general
de la política exterior del país. Desde que cesó de ser lo que fue
durante tantos años, la Comisión, integrada ahora, después de varias
reformas, con un criterio eminentemente político, con expresidentes,
parlamentarios y representantes políticos del gobierno con sus
suplentes, no ha producido un solo estudio que merezca el nombre de tal.
Convocada esporádicamente para ser informada ex-post facto de decisiones
y posiciones ya tomadas, su contribución no ha pasado de ser una
colección de comentarios de sus miembros sobre asuntos de actualidad que
no repercuten en la orientación de la política exterior colombiana.
No obstante el error cometido en 1991, sin justificación alguna, al
elevar a la Comisión Asesora a órgano constitucional, su composición es
determinada por ley. Como la Constitución no dice nada de las funciones,
la fijación de ellas también son materia legislativa. He aquí un claro
ejemplo de una ley actual, la 68 de 1993, que merece una reforma radical
para devolver a la Comisión Asesora las características que nunca debió
perder.
Paradójicamente, las reuniones de este Cuerpo Consultivo se denominan
“ordinarias o informativas”, lo cual indica, casi con seguridad, que la
Comisión Asesora, la cual tampoco escapa a los intríngulis de la
política, constituye simplemente, en la actualidad, un cuerpo de apoyo
político a decisiones ya tomadas por el Ejecutivo.
En fin, no parecería exagerado concluir que Colombia, en sentido
estricto, ha carecido de una estructura institucional que le permita
ejercitar su política exterior. En ello van implícitos problemas
estructurales y políticos que se hace inaplazable corregir. El país
debe, entre otras cosas, contar con planes institucionales a largo plazo
que ofrezcan el soporte necesario para generar las condiciones del
ejercicio de una política exterior seria. Si bien hay una serie de
ajustes institucionales, es también necesario que la Administración
Pública pueda retener el personal en que ha invertido tiempo y recursos.
4. COMERCIO E INTEGRACIÓN
La liberalización del comercio y la apertura económica han impuesto
cambios radicales en la política exterior de todos los países. Colombia
tendrá que continuar haciendo grandes esfuerzos para ajustar su política
internacional a esas nuevas realidades económicas. La liberalización del
comercio ha venido unida a otro nuevo fenómeno, que hasta cierto punto
la contradice: la formación de grandes bloques económicos regionales
que, de una u otra manera, se protegen de la competencia extra-regional,
no obstante su aparente vocación universal. Estos tres bloques
regionales, el formado por Estados Unidos, México y Canadá, la Unión
Europea y los países asiáticos, hasta el momento encabezados por el
Japón, pero con la posibilidad muy cercana de ser dominados por China,
constituyen los ejes alrededor de los cuales gira casi la totalidad del
comercio internacional.
En América Latina, además de la perspectiva, aún muy lejana, de una
integración total, todavía existe la incertidumbre sobre la posibilidad
de una ampliación del tratado de libre comercio de América del Norte,
que cobije a los demás países del hemisferio, frente a la absorción por
parte del Mercosur de algunas economías regionales o una integración
lograda, gradualmente, entre Mercosur y el Pacto Andino.
La responsabilidad que ha tenido Colombia en la creación y en el
tortuoso desarrollo del Grupo Andino obliga al país a definir una
política coherente sobre el futuro de sus relaciones comerciales con sus
vecinos. No se puede ocultar el hecho de que la actual Comunidad Andina
ha girado, casi exclusivamente, alrededor de los intercambios
comerciales entre Colombia y Venezuela, países que han mantenido su
impulso y que, sin duda, son los mayores beneficiarios de esta
experiencia integradora.
Colombia tendrá que asumir una política interna de desarrollo sectorial,
mediante la cual impulse aquellos sectores importantes para el
crecimiento económico y la generación de empleo. Esto, a su vez, va
ligado con la necesidad de fortalecer una infraestructura productiva
acorde con las necesidades económicas del país, para estar en posición
de cumplir con unas obligaciones asumidas en materia de integración y de
libre comercio, obligaciones que generan unas ventajas que, hasta la
fecha, nuestra economía no ha podido aprovechar.
Esto le plantea al país la necesidad imperiosa de fijar prioridades en
su política exterior tanto comercial, como en materia de relaciones
políticas, ya que no es posible continuar dispersando tantos esfuerzos
en querer hacer todo al mismo tiempo, lo que lleva a una enorme
confusión de la agenda internacional colombiana. No hemos sabido, hasta
ahora, si debemos concentrar esos esfuerzos en el fortalecimiento de las
relaciones bilaterales con Venezuela, en la atención preferente a la
Comunidad Andina, en las posibilidades de la integración continental, en
el acercamiento a la Unión Europea, en la aún gaseosa realidad de la
Cuenca del Pacífico, o en las siempre complejas relaciones con los
Estados Unidos. Mientras no haya una clara definición de nuestros
intereses prioritarios, no será posible enfrentar seriamente los
desafíos de la integración comercial.
Pero no basta con la definición de las prioridades y un mínimo de
continuidad en la acción en materia de política comercial con el
exterior. Se requiere un manejo institucional coherente y eficaz para
obtener resultados satisfactorios. La rapidez con que se impuso la
apertura comercial, unida a la tradicional confusión administrativa del
país, ha llevado a la proliferación de voceros gubernamentales y
privados, con la obvia consecuencia de que ninguna dependencia oficial
se siente responsable, en última instancia, de la política comercial.
Nunca se ha podido concentrar en el Ministerio de Relaciones Exteriores
la coordinación de los diferentes aspectos de la política exterior,
incluyendo la política comercial, y ni siquiera la conveniente creación
del Ministerio de Comercio Exterior ha servido para aclarar las
responsabilidades y establecer una política nacional al respecto,
diferente de las políticas divergentes de los distintos
ministerios.
5. RELACIONES CON LOS ESTADOS UNIDOS
No cabe la menor duda de que las relaciones bilaterales entre Colombia y
Estados Unidos han sufrido un deterioro, inclusive mayor al
experimentado en 1903 con la separación de Panamá, la pérdida del Canal
y la vía interoceánica, tan significativa para la inserción del país en
el ámbito mundial. Hoy, ad portas del siglo XXI, las tensiones con
motivo del problema de las drogas ilícitas y la criminalidad organizada,
afectan gravemente las relaciones binacionales y comprometen de forma
muy negativa una verdadera incorporación de Colombia en el nuevo mundo
que ha surgido como resultado de la terminación de la guerra fría y el
avanzado proceso de globalización.
El tema de las relaciones con los Estados Unidos no puede seguir siendo
tratado con el emocionalismo inmaduro que ha caracterizado las
reacciones oficiales en los últimos años. Tenemos que aceptar el hecho
de que esas relaciones siempre han sido, y seguirán siendo, con ciertas
modalidades circunstanciales, unas relaciones asimétricas, que deben
manejarse con plena conciencia de este rasgo esencial. Sin abandonar
jamás el concepto de dignidad nacional, que no puede limitarse a quemar
banderas y a la utilización de epítetos injuriosos, tenemos que
desarrollar una diplomacia profesional y seria, basada en la
colaboración y en la necesidad de encontrar espacios para la defensa de
los intereses nacionales. Los méritos de una diplomacia eficiente no se
manifiestan en las relaciones con países débiles y de poca influencia,
sino con naciones fuertes y con capacidad de determinar el curso de los
acontecimientos mundiales.
En lo que concierne a las relaciones con los Estados Unidos, además de
este factor de desigualdad, existe la enorme dificultad adicional de la
dispersión de los centros de decisión en materia internacional que
caracteriza al sistema político norteamericano. Este fenómeno ha
llevado, inconscientemente, a actuar con una dispersión semejante en los
contactos con los diversos sectores sociales, políticos y económicos del
país del norte, que no contribuyen a generar un respeto y una confianza
mutuos.
Como la debilidad del Ministerio de Relaciones Exteriores ha sido una
constante de nuestra vida política, nunca hemos tenido un organismo
orientador y coordinador de nuestra política exterior, y menos con los
Estados Unidos, frente al cual todos los personajes nacionales y todos
los grupos sociales se sienten autorizados a opinar, con la inevitable
perturbación que ello ocasiona.
Nuestras relaciones futuras con dicho país exigen seriedad,
investigación, profesionalismo y continuidad. El cambio constante de
enviados diplomáticos, la ligereza con que nuestras autoridades opinan
sobre esas relaciones y la motivación coyuntural y de pequeña política
doméstica que determinan, por lo general, nuestra actitud con los
Estados Unidos, constituyen vicios que tienen que cambiar en el futuro.
No obstante, la situación geopolítica de nuestro país indica, por
lógica, que la relación comercial y política con Estados Unidos es muy
importante. Los Estados Unidos seguirá siendo nuestro mejor comprador y
el mejor vendedor y, por ello, debemos seguir desarrollando arreglos
económicos que ofrezcan estabilidad a la relación comercial. Debe
seguirse estudiando y trabajando la vinculación de Colombia al NAFTA,
para, más adelante, llegar con cierta independencia a la integración de
las Américas, ALCA.
Pero lo más importante para el futuro de nuestras relaciones con Estados
es construir una relación de confianza política e institucional que
permita enfrentar los desafíos de una relación compleja de manera más
audaz y menos defensiva. En aras de construir una relación de confianza,
Colombia, como Estado, deberá promover el estudio del funcionamiento del
sistema norteamericano y de su política exterior, para comprender de una
manera más integral y acertada las posibilidades de orientar dicha
relación bilateral.
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