La ética, en sus aspectos teóricos y prácticos, es algo que está
constantemente preocupando mis circunstancias. Quizás se deba a algún
sentimiento de culpa por ese velo con que nos rodeamos para no ver las
necesidades ajenas, la agresión cotidiana con que resolvemos los
desacuerdos, el sentimiento de disconformidad que nos provocan muchos de
nuestros actos. Quizás sea también por eso que les repito a mis hijos, y
les escribo en el protector de pantalla de la computadora: el prójimo
también existe.
Introducción
En cada acto de nuestra vida hay una elección entre valores, hay una
acción estimada por la ética, ya sea en las relaciones personales o
profesionales, en el entorno particular o en la proyección social. Las
situaciones que nos rodean, o que nos influyen, nos conmueven cada vez
más. Estamos recuperando la preocupación por el prójimo.
El año pasado, uno de los temas importantes, en el foro económico de
Davos, fue el comportamiento ético, en orden a las consecuencias de la
globalización. En una de las comisiones se expuso sobre “Comportamiento
moral: ¿natural o religioso?”. Y en los discursos, por sobre
definiciones de tipo económico “como rentabilidad, eficiencia o
gestión”, se afirmó la necesidad de “preservar los valores básicos”,
“conservar la esencia cultural” o “defenderse de la pérdida de
identidad”. [1]
Esta recuperación nos compromete más a reflexionar sobre la ética para
orientar nuestras conductas. Es más, no podemos dejar de hacerlo,
evadirnos. Permanentemente estamos tomando decisiones, o, como diría
Jean Paul Sartre, “…estamos condenados a la libertad”.[2] Una libertad
relativa, es cierto, pero sobre la que vamos perfeccionando la
conciencia, despertando a la realidad que nos rodea, y aún a aquella que
no creíamos que nos afectase, - la globalización replantea, o
redimensiona, nuestras actitudes -, y con esa conciencia, vamos
estableciendo las prioridades en las relaciones cotidianas.
El tema es complejo ya que toca nuestras responsabilidades morales.
Intentaremos referentes para diseñar conductas que nos orienten hacia
modelos constructivos.
*
Creo que es inevitable desarrollar un pequeño esquema teórico, aún a
riesgo de ser tedioso. Es necesario que convengamos las definiciones de
algunos conceptos para un mejor entendimiento cuando los usemos.
Al proponernos ser éticos, ¿qué queremos decir?, ¿qué entendemos por
ética?. La respuesta seguramente ya está en vuestras mentes, y hay una
serie de palabras que fluyen con semejanza semántica para explicarlo:
"ser buenos", "contemplativos", "respetuosos", etc., asociando ética con
conducta, pero, ¿es lo mismo?. Además, ¿hay una sola clase de ética?. La
respuesta está en la clasificación que, desde luego, dado el tiempo y el
espacio, soslayaremos; pero distinguiremos algunas, a efectos de
comprender la necesidad de dicha ordenación, ya que es habitual pensar,
apriorísticamente, que hay una sola ética.
Pero no alcanza con clasificar y definir conceptos. Tenemos que saber a
qué nos enfrentamos cuando queremos ser éticos. Debe haber algo que
dificulta que todos lo seamos. Lograr serlo no pasa por una simple
expresión de deseo. No me parecía incorporante un análisis que,
grandilocuentemente, terminase con un "debemos ser éticos", como
seguramente finalizará este, sin advertir que no es fácil serlo, que hay
que lidiar para ello, y tratar de percibir contra qué o quién es esa
lucha. Para ello, introduciré un nuevo concepto: la éticobiologia, y
propondré reducir la clasificación de las conductas a dos categorías.
*
Ética y moral
En el lenguaje cotidiano es habitual que nos refiramos, y escuchemos
referir, tanto a la moral como a la ética, sin una clara distinción
conceptual, que nos obliga a analizar si hay una sinonimia o identidad
entre ellas.
La Real Academia Española parece inclinarse por la similitud cuando nos
dice que la “ética es la parte de la filosofía que trata de la moral y
de las obligaciones del hombre”. Esto, quizás, porque la palabra
“moral”, de origen latino (mos, moris), se interpreta como “costumbre”,
Y ética, de origen griego, (ethos) tiene un significado muy parecido, si
bien asociando la "costumbre" con el carácter de cada persona.
Podría también ocurrir que la fusión de ambos conceptos sea una forma
práctica para desarrollar el discurso o la enseñanza. Sócrates, o Platón
por boca de él, termina resumiendo su discurso sobre la "esencia del
bien", formulando la consigna de "Sé sabio y serás bueno".[3] Su
conclusión filosófica sobre la causalidad moral, sin preocuparse de
distinguir la ética, la expresa con una frase que, seguramente,
impactaba en sus discípulos.
Pero, la mayoría de los tratadistas, sobre todo contemporáneos,
convienen en apartarse de los antecedentes etimológicos para darles
significados distintos.
Entienden a la moral como la sumatoria de costumbres y normas impuestas
socialmente y que aceptamos, y sobre la base de las cuales actuamos
diaria e irreflexivamente. No obstante esta irreflexión, la aceptación
de una particular teoría moral, - aún conociendo la asociación que se
suele hacer entre ella y los preceptos religiosos -, sería la base del
derecho moral. En cambio, a la ética, la definen como la introspección
filosófica, la reflexión, que estudia dichos comportamientos, tratando
de establecer identidades con las causas. Consecuentemente, están
diciendo que primero está el comportamiento irreflexivo y, después, el
análisis de ese comportamiento; primero la moral, y luego la ética.
Creo que la distinción entre ética y moral es necesaria, pero no solo
para diferenciar entre los actos y la reflexión sobre ellos, sino para
anticipar la reflexión al acto.
La moral está en el campo de las ciencias empíricas de la moralidad, que
también abarcan a la sociología, la etnología, la antropología, y la
psicología. La ética está en el de la filosofía; reflexiona teniendo en
cuenta algunos aspectos de la antropología cultural, ya que los actos,
en sí mismos, no son morales, dependen de las circunstancias, de los
momentos históricos, donde los conceptos de "bueno" y "malo", varía de
un estadio a otro, de una época a otra, como ampliaremos al referirnos a
la ética relativista.
La observación de las conductas humanas deviene en una clasificación de
la que resumiremos algunos casos.
*
Ética egoísta
Es la que intenta comprender la conducta de las personas que actúan en
su propio beneficio e interés.
Esta actitud incluye, no solo los perfiles claramente señalados por la
definición, sino aquellos que, consciente o inconscientemente, son, o
parecen, "buenos", en el sentido de bondadosos, donde la simulación se
convierte en una característica del ser. Esta forma de egoísmo es una
condición necesaria, en algunos casos, para sobrevivir y cumplir las
funciones propias de la especie.
Otros casos son los que devienen de la famosa frase "no hagas al prójimo
lo que no quieras que te hagan a ti", y que hace a la reciprocidad
basada en el egoísmo.
Estas conductas suelen ponerse de manifiesto por su actitud selectiva:
se es "bueno" con el que conviene. En definitiva, el prójimo es un
instrumento que veneran, adulan, tratan como a un par, o un esclavo,
según la utilidad que reporta.
*
Ética relativista
Los conceptos, o las relaciones simbólicas que suscitan en nuestra mente
una palabra, o un acto, depende de nuestra experiencia y, o, de la que
hallamos aceptado de los demás. "Correcto" o "incorrecto", "bueno" o
"malo", no tienen significados absolutos, sino variables y relativos,
dependiendo de la persona, de las circunstancias y de su situación
social.
Esta relatividad ya era considerada por Aristóteles, quien, criticando
un concepto de Platón, interpretaba que el "bien es múltiple y
polifacético y habrá por tanto que entenderlo de un modo análogo; Es
algo peculiar en cada caso, no un concepto común genérico…".[4]
Protágoras, el primero de los sofistas, en cuanto al tiempo, lanza, en
opinión de Hischberger, "la grave afirmación de que no existen verdades
universalmente válidas y objetivas."[5]
Desde luego, también es contemplada por la sociología y antropología
moderna. “Lo que es funcional o conveniente para unos puede ser muy
gravoso o dañino para otros, de modo que hay comportamientos encontrados
y mutuamente hostiles que poseen, todos a la vez, buenas razones para
existir”.[6] Diferentes culturas, tienen creencias disímiles y
comportamientos morales que, conflictivos entre ellos, son perfectamente
justificados en cada una de las sociedades que habitan.
Un escéptico moderno nos diría que las elocuciones morales no son,
ciertamente, afirmaciones que puedan comprobarse, sino expresiones
emocionales frente a un acto.
Pero, aún la relatividad, es relativa. Algunos antropólogos han señalado
que existen principios morales comunes a todas las sociedades, o a casi
todas, y que denominan valores "universales éticos", tales como las
prohibiciones contra el asesinato, el incesto y, permítaseme ponerlo en
negrita, el reparto injusto, entre otras.
Podríamos aceptar, entonces, que para el relativismo ético, lo que es
"bueno" está en orden a lo que entienda por tal el individuo o la
sociedad, que variará con el tiempo y el lugar y, por ende, no hay
ningún análisis objetivo que pueda determinar un concepto de "bueno"
para todas las personas y sociedades.
*
Éticobiologia
“…si se reúne un simposio de filósofos especialistas en ética, para
hablar de los peligros de la ingeniería genética, vemos a esos filósofos
hacer vagas declaraciones respaldándose en textos de Aristóteles o de
Spinoza, cuando lo que tendrían que haber estudiado estos filósofos, que
hablan de ética y van a un simposio de genética, es bioquímica.”
Luis Racionero[7]
Igual que se ha compuesto un término para explicar la conducta humana a
partir de características biológicas, como se define a la sociobiología,
podríamos hablar de "eticobiología" para explicar determinadas
costumbres o actitudes morales del hombre, teniendo en cuenta sus
estructuras genéticas. Además, como una curiosidad no etimológica, si
separamos la palabra genética en "gen-ética", podría inducirnos a crear
un significado adicional: la ética del gen.
La éticobiologia se distinguiría de la bioética, porque esta "estudia
los problemas éticos planteados, tanto en el individuo como en la
sociedad en general, a causa de los progresos alcanzados en biología,
medicina y otras ciencias.” , es decir, no es su objeto, - el de la
bioética -, reflexionar sobre la conducta humana, sino estudiar los
planteos éticos derivados de nuevas posibilidades por nuevos
descubrimientos como, por ejemplo, la clonación.
En cambio, la eticobiología, sin caer en una concepción antropológica
simple, donde perdería su carácter especulativo, constituiría la parte
de la ética que intenta explicar las actitudes del hombre, a partir de
su estructura biológica.
Esto hace necesario algún conocimiento sobre el genoma humano. Por
suerte, hay una gran divulgación científica sobre el tema que nos
permite saber, al menos, que estamos hablando del conjunto de todos los
cromosomas, o más periodísticamente dicho, del mapa genético del hombre.
Cada una de las células de un ser vivo guarda las instrucciones para
fabricarlo, y esas instrucciones son el "genoma"; lo que nos lleva a
instruirnos, también, sobre el comportamiento celular, en orden a la
propagación del género humano
Buscando relaciones con este método, recordemos que el plan de la
especie es privilegiar la propia supervivencia, a efectos de poder
proteger la de los descendientes. La ética egoísta, que ya definimos,
podría encontrar causas en lo que "Richard Dawkins ha actualizado y
popularizado …su famosa teoría del gen egoísta. Los organismos serían
meros vehículos que los genes construyen para navegar a través del
tiempo."[8] ; ¿no somos un sistema para que puedan reproducirse, sumen
información extragenética y extrasomática, y se continúen en otros
genes? -, y a partir de allí, y con ello asegurado, se podría pensar en
términos cada vez más alejados de las circunstancias propias: la
convivencia de la especie.
Este determinismo se relacionaría, de una manera especial, con el
comportamiento del hombre tratando de cumplimentar sus necesidades
básicas y deseos primarios, comunes a la sociedad humana cualquiera sea
su nivel, ubicación geográfica, o época.
La eticobiología, también podría adicionar explicaciones a la
desigualdad de actitudes morales, frente a las mismas circunstancias.
En nuestra evolución biológica, hemos acumulado tres cerebros
superpuestos, el reptiliano, el de los mamíferos, y el humano. Al
primero se lo suele llamar complejo reptílico o complejo R; al segundo,
que lo rodea, sistema límbico; y el resto del cerebro está ocupado por
el neocortex, “sin duda la incorporación evolutiva más moderna”, según
Paul Mac Lean, director del laboratorio de evolución cerebral y conducta
del Instituto Nacional de Salud Pública en EEUU. Este científico “ha
demostrado que el complejo R desempeña un papel importante en la
conducta agresiva, la territorialidad, los actos rituales y el
establecimiento de jerarquías sociales”.[9] El hombre está transitando
la etapa de imposición del neocórtex sobre el límbico y el complejo R.,
aún cuando todavía hay casos de lucha del segundo nombrado sobre el
tercero. Esto originaría que distintas personas tuviesen reacciones
diferentes frente a los mismos hechos según el grado de su propia
evolución, que se mediría por su resistencia a “ceder a los impulsos
emanados del cerebro del reptil”.[10] Esto, desde luego, no sería una
explicación única, sino adicional a la que podría originarse en
actitudes diferenciadas en orden a la experiencia, por ejemplo.
La "eticobiología", puede encontrar nuevas explicaciones de algunas
conductas y costumbres, que permitiría re-tratar todo lo analizado.
Podría preocuparnos, ya que el ciclo vital parece terminar con la
reproducción, que la aceptación y generalización de este enfoque,
deviniese en conductas extremadamente escépticas o caóticas.
Es difícil aceptar, aún con base científica, que el cuerpo es un
vehículo que se agota con la muerte, que el conductor también tiene una
vida limitada, y la continuidad, o inmortalidad, se concreta en nuestros
hijos, pero no exactamente como nuestro propio genotipo, que es único,
sino como elaboración de uno nuevo, que también será único, en
combinación con el del otro progenitor.
La ciencia nos va explicando nuestro pasado biológico, pero todavía está
lejos de decirnos algo acerca del futuro, salvo que encontremos la
inmortalidad transitoria en la clonación. Por ahora, ese futuro, es
especulativo en orden filosófico: ya sea que elaboremos una serie de
principios sobre los fines de los seres y de las cosas con una actitud
racionalista, o con una heteronomía religiosa.
Entonces, si tomamos conciencia que el hombre es un sistema para que un
gen produzca otro gen, sin saber, todavía, para qué, ¿surgirían, vuelvo
a preguntar, actitudes escépticas o caóticas, que hiciesen necesarios
los sistemas religiosos, como freno a estas actitudes y sus
consecuencias?.
Creo que el sistema conlleva un respeto innato, genético, hacia la
evolución de la especie que, dentro de un equilibrio ecológico, desata
mecanismos de convivencia ordenada, necesaria a la evolución, por la
información extrasomática adicional que necesita. Si una hecatombe,
natural o digitada, nos llevase a volver a vivir en las cavernas, aún
con nuestros conocimientos y experiencias actuales, pero sin libros,
electricidad, sistemas de comunicación, de distribución de alimentos, de
relaciones económicas y sociales, el retroceso sería milenario; habría
que empezar de nuevo a descubrir, inventar, y acumular conocimientos,
grabarlos y divulgarnos, mientras nos peleásemos por la subsistencia.
La convivencia es un proceso recíproco, que también es expresado en
ámbitos intuitivos cuando escuchamos decir al poeta, "nunca preguntes
por quién doblan las campanas, están doblando por ti".
El hombre, como individuo, trata de superar los condicionamientos que
tiene como integrante de la especie, y lucha por su evolución. La
neuroanatomía, - anatomía del sistema nervioso -, confirma este hecho, y
remite como prueba a “la historia política y a la propia introspección”,
en opinión de Sagan.[11]
*
Ética pragmática y trascendente
Hemos hecho una breve introducción de dos tipos de ética, e incluimos
una nueva. Para una clasificación más completa tendríamos que recopilar
lo que se ha escrito sobre ética humanista, ética autoritaria, ética del
derecho, profesional, y otras muchas más; analizar críticamente las
ideas desde Aristóteles, pasando por Kant, de quien dicen que es el
primero que la concibió científicamente; siguiendo por Schiller, del que
afirman que liberó a la moral del moralismo, y llegando a nuestro
contemporáneos, de los que seguramente no conozco ni un mínimo de sus
expresiones. Pero todas, las descriptas y las omitidas, podrían
incluirse en dos: la ética pragmática y la ética trascendente.
La primera trata de comprender y establecer leyes acerca del
comportamiento del hombre, teniendo en cuenta las motivaciones
genéticas, antropológicas, sicológicas, legales, conscientes o
inconscientes. Es decir, agrupamos en esta categoría a todas las que
catalogan nuestras actitudes en orden a sus circunstancias.
La ética trascendente valora las conductas reflexionando sobre las
cualidades positivas, los principios fundamentales, y los estadios a
alcanzar.
No son éticas diferentes, sino enfoques distintos. Uno científico, el
otro filosófico. Uno trata de encontrar las causas y establecer
relaciones permanentes, y el otro medita sobre el marco teórico y, en
función de él, hace valoraciones.
En los análisis cabalgamos sobre los dos enfoques, esto es, describimos
para calificar, para hacer juicios de valor, caso contrario estamos en
la recopilación de datos, en la función estadística.
*
Ética y sociedad
Después de esta breve introducción teórica e impersonal, que había
señalado como necesaria, creo que podemos continuar, pero ya
colocándonos en el centro del análisis. La cuestión es, ¿en carácter de
qué nos colocaremos? : …responsables de nuestra familia?, …empleados,
...administradores de empresas?, …profesionales?, ...propietarios?. Es
más, ¿podríamos hacer esta distinción?. ¿Somos solo una persona, - en el
sentido externo que le daba Jung -, o un conjunto de ellas que conforman
nuestra personalidad?. Y si así fuese, ¿dónde ubicamos la ética y
nuestra particular inserción en el tejido social?.
Tenemos injerencias como miembros de la sociedad, en general, y dentro
de ella como integrantes de nuestro entorno particular; pero también
formamos parte de otros grupos: por nuestros pasatiempos pueden ser
artísticos, deportivos, filantrópicos, etc.; por nuestras ideas podemos
conformar algún grupo político; por nuestras creencias religiosas,
alguno religioso; sin ninguna duda pertenecemos a un grupo familiar en
orden ascendente o descendente; y así podríamos seguir enumerando. Pero,
en cada uno de esos ámbitos, hay intereses propios, conductas
particularizadas a esos intereses y, consecuentemente, referentes éticos
distintos.
En todos ellos somos, o deberíamos serlo, una persona, la misma persona.
Si estamos de acuerdo, nuestros referentes han de ser comunes al ubicar
nuestra actuación en la sociedad en general, en la particular que nos
toca vivir, en nuestra relación con la empresa, el capital, las normas,
y nuestras responsabilidades intrínsecas. Concluyamos deslizándonos por
este andarivel casi deductivo, apoyados en lo expuesto.
*
- los referentes
Si acordamos que todas las éticas que podamos distinguir, concurren en
dos: pragmática y trascendente, tendamos un puente para que, las
conductas morales, vayan encuadrándose en la segunda.
El marco social, es el marco de la ética. La valoración de nuestro
comportamiento se mide con relación a los impactos sobre los demás. La
ética no existe sin contenido social, sin la existencia de “el otro”, y
esto implica la necesidad de convivencia.
Existen estructuras condicionantes de nuestra voluntad: naturales,
sociales, y legales.
Entre las naturales encontramos las conductas propias del nivel primario
de la especie, basadas en el cumplimiento del ciclo
"nacer-crecer-reproducirse-morir", y que son típicamente ofensivas. De
hecho, llamamos "primitivo" al individuo que se comporta de una manera
agresiva. Superado ese estado, por evolución genética y extrasomática,
nos encontramos con conductas derivadas del estado "emocional", que,
además de agresivas, suponen una serie de actitudes más complejas y
evolucionadas, pero todavía ligadas a algún grado de inconsciencia. El
tercer "estado", más intelectual y consciente de los comportamientos, es
el que actualmente estamos desarrollando en una lucha por imponerlo
sobre los anteriores.
Entre las estructuras sociales encontramos los estado paupérrimos, -
calificados conscientemente como estructura -, que favorecen las
actitudes basadas en los instintos primitivos, sin negar que no son una
condición suficiente, y recordando la tendencia egoísta que nos mueve,
encubriendo actitudes primarias como positivas, por aquello de que lo
que haga al prójimo de alguna manera me lo hago, o repercutirá, sobre
mí.
En orden a la estructura legal, la ética civil de convivencia se expresa
como el conjunto de actos mínimos que, frente a determinadas
circunstancias, necesita desarrollar el individuo, y que suelen estar
establecidos en normas legales. La ética se traduce en la filosofía del
derecho. Desde luego, las regulaciones que obligan a determinadas
actitudes y comportamientos no tienen, necesariamente, como referente, a
la ética de la sociedad, a la ética colectiva; las normas responden a
necesidades de desarrollo de las mayorías dentro de una sociedad
democrática, o a las de grupos de poder dentro de ésta.
La distinta preeminencia de cada una de las estructuras condicionantes
señaladas explican, en parte, la tendencia hacia distintas conductas en
cada uno de nosotros, y aún, la contradicción personal en los
comportamientos cotidianos.
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