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Por otra parte, justamente por ser condicionantes, no hacen a la
ética como recopiladora o referente de conductas libremente decididas.
La estructura genética nos induce a conductas básicas, pero no es
suficiente para ordenar las superestructuras acumuladas. Necesita de
nuestra ayuda.
Hemos alcanzado la libertad de cambiar, de luchar contra las
estructuras primitivas, y la evolución requiere que lo hagamos. La falta
de comportamiento adecuado que pontifique las relaciones pragmáticas con
las trascendentes, puede hacer desaparecer la especie humana, o provocar
su involución total, o parcial: concluir en una concentración del poder
económico e intelectual que corte, a la mayoría, los vínculos con la
información extrasomática, perfilando una sociedad esclava de los
intereses de ese poder.
Podemos reconocer la potencialidad del hombre en su preocupación por una
convivencia armónica, pero es muy importante estar atentos para evitar
los arranques primitivos y emotivos que se traducen en conductas
agresivas o depresivas, que tienden a desbordarnos, sobre todo cuando
actuamos junto a otros hombres.
Socialmente, podemos acordar que es muy difícil reflexionar en estado de
pauperización. La ética trascendente solo puede crearse, sostenerse, con
necesidades básicas satisfechas. En línea con este objetivo, parece
importante cambiar la cosificación por la identidad, como una forma de
cambiar el marco social en que vivimos. Los estados paupérrimos
favorecen las actitudes basadas en los instintos primitivos. La ley no
es suficiente, o no se necesitarían instituciones que vigilen y
penalicen su incumplimiento, como la policía y los jueces. Las conductas
derivadas del temor no crean ambientes socialmente éticos.
Toda actitud que conduzca a perfeccionar nuestro grado de convivencia,
es válida. Toda creencia religiosa, o especulación científica que la
fundamente, tiene que ser bienvenida. Los niveles son distintos, los
caminos son varios. Es tan válido luchar por una relación armónica
creyendo en la evolución de la especie, - nuestra existencia es la
inmortalidad de nuestros antepasados -, como por creer en la retribución
moral de un ser superior. Es aceptable cualquier impulso que motive
actos morales, aunque debamos preocuparnos por las formas que asuman y
los egoísmos implícitos.
Las conductas deben derivarse de la reflexión acerca de la convivencia,
y de las causas que hace necesario el respeto al prójimo. Es cierto que
existe un grado distinto de evolución en cada uno, que nos lleva a
distintas conclusiones en nuestras reflexiones, pero tenemos una
historia, un conocimiento, y una memoria común, que pueden conformar
esas bases, apoyados en el "tercer estado" que definíamos en la
éticobiologia como intelectual y consciente, o respaldados en sistemas
de fe que nos confían una inmortalidad anidada en principios religiosos.
Hemos evolucionado suficiente para darnos cuenta de la libertad que
poseemos para construir y elegir algunos caminos alternativos. Ya ha
comenzado a ser relevante lo que nosotros podemos hacer para alterar la
conformación y determinismo, que nos han sido dados.
- la sociedad
Desde el punto de vista de conjunto humano organizado, contiene a
grupos, y estos a individuos, sin que el grupo sea la sumatoria de los
individuos que lo componen, como tampoco las sociedades son la sumatoria
de grupos. Cada una de las categorías trasciende la simple agregación,
para tener identidad propia, y configurar relaciones sociales internas y
con las otras categorías, ya sea que las comprendan o estén
comprendidas. Y, en consecuencia, en lo que nos atañe, tenemos, o
podemos tener, éticas distintas que crean situaciones conflictivas entre
nuestros intereses como individuos del mismo grupo, y con los de otro; a
su vez, seguramente, nuestra asociación puede tener comportamientos, y
referentes de los mismos, contrapuestos a los de otros grupos, y a los
de la sociedad que conforman.
Asumamos la existencia de conductas morales coexistentes y
conflictivas, cuya regulación es preocupación de las distintas
jerarquías sociales, y cuyo éxito depende de distintos factores, según
sea el representante que opine.
Para algunos, la conciencia colectiva, si se la puede catalogar como
jerarquía, es el freno a las actitudes individuales que perjudican al
conjunto de la sociedad.
Para otros, lo es la cultura ética, despegada de dogmas filosóficos o
religiosos, fortaleciendo las convicciones morales.
Hay quien afirma que únicamente se puede imponer una ética fundada en la
fe, en un dios, ya que tiene mas sustento que la fundada en el hombre,
aún aceptando que podemos ser éticos por el principio de razón
suficiente.
Legalmente, decidir cuales son las normas morales que deben prevalecer
entre los intereses en conflicto, es una cuestión política. El
legislador traduce a leyes esa decisión, y conforma un ordenamiento
jurídico que respalde a las instituciones encargadas de imponerla. Esta
es la tarea del estado.
El problema se complica con la globalización, contenedora, adicionadora,
y amplificadora de conflictos sociales. La fragmentación del saber, la
hiperespecialización, nos hace perder de vista los resultados.
Estudiamos una carrera, dentro de ella nos especializamos en algo y, aún
así, la cantidad y velocidad de la información nos obliga a dedicarnos a
una rama de esa especialización. Formamos parte de una cadena de
montaje, sin tener muy claro lo que terminamos de ayudar a producir, al
final de la línea.
La globalización nos urge a plantear la necesidad de una ética mundial.
Los esfuerzos se están haciendo. En septiembre de 1993 tuvo lugar, en
Chicago, la Asamblea del Parlamento de las Religiones del Mundo, que
elaboró una "Declaración de ética mundial". El esfuerzo es ejemplar si
no se soslaya la imposibilidad de adoptar principios religiosos o
filosóficos mundiales, únicos, que le sirvan de marco. No se puede
pretender que todos sean upasakanas, católicos, o kantianos.
Necesitamos encontrar un clima común de convivencia independientemente
de cualquier principio religioso o filosófico, que permita el
establecimiento de un común denominador moral, o, si prefieren,
observemos cuales son las actitudes morales comunes y construyamos ese
marco ético. Después de todo, navegamos juntos en este pequeño planeta
Tierra.
El tema no es fácil. Cuando se quiere generalizar una norma, hay que
luchar, al menos, con dos frentes: las propias convicciones, - en
beneficio de la mayoría -, y las presiones externas. Pero, hay un factor
común mundial, además de todos los antropológicos, que podría ayudar en
el intento, y es estar conviviendo en una sociedad capitalista.
- el capital
El capitalismo no escapa al común denominador de todas las doctrinas
económicas: el anhelo de lograr el bienestar de la población. Las
controversias comienzan cuando hay que decidir el medio para lograrlo,
de las que no escapa este sistema que nos toca transitar. Por ello, para
que el capital no pierda de vista el objetivo mencionado, es necesario
preocuparse de los referentes éticos que guíen las medidas económicas.
El tema no pasa por las definiciones acerca del capital, - además de que
nuestro objetivo es reflexionar sobre ética y no sobre economía -, sino
dónde lo colocamos en nuestra escala de valores. Duby nos recuerda que
en la Europa del siglo XV se inició la marginación de los pobres, y la
"riqueza se convirtió en sinónimo de virtud"[12], y de allí, quizás,
surge la admiración hacia el que triunfa económicamente, valorizando los
resultados en relación directamente proporcional a la ganancia monetaria
obtenida. Entonces, es importante construir un estado de alerta para no
trastocar los fines con los medios, no olvidar que la ganancia, la
acumulación de capital, es el vehículo para lograr el bienestar del
hombre, en general, no en particular del dueño del mismo, que sí debe
tener, desde luego, su rédito
Consigamos compatibilizar el fin del capital, con el de la ética. Esta
relación no puede pensarse en términos ideales, sino pragmáticos,
asumiendo vivir en un mundo de circunstancias cotidianas, pero,
concibiendo el pragmatismo en términos filosóficos, que “basa el
criterio de la verdad del conocimiento en la utilidad, en la finalidad y
en la acción”, y no en teorías que consideran “la utilidad como criterio
de verdad”.
Nosotros sabemos muy bien que, el capitalismo, ha perfilado dos sujetos,
u objetos, de características peculiares, abstractas e iconográficas: el
"homo oeconomicus", y el “saldo de caja de hoy”. El primero es la imagen
de un hombre absolutamente racional, que actúa en beneficio de sus
intereses económicos, y ello debería traducirse en el beneficio del
resto de la población; el segundo, es la prioridad para tomar medidas
económicas independientemente de su impacto sobre la humanidad, aun a
costa de cualquier intento de planes socioeconómicos para el futuro.
Ambos de han convertido en referentes obligados para los que deciden
cómo llegar a lograr el bienestar del hombre, aún a expensas de la
ausencia de valores fundamentales en su concepción. Urge empezar a
iconizar un "homo oeticus", inventando una voz latina para contraponerla
a la anterior, - "homo oeconomicus" -, y se me ocurre que, el medio para
ello, es la entidad sobre la que basa su curso de acción el capitalismo:
la empresa.
- la empresa
Creo que nadie duda, ni critica, que el fin del capital es obtener
ganancias.
Pero, junto a ese fin, se instalan dos conceptos: que el éxito se
mide por los resultados, y que las decisiones empresarias deben
orientarse a lograr la mayor eficiencia en las operaciones, o
productividad. Cuando estos componentes interactúan entre sí, sin
comprometer ningún otro valor, se produce el vacío ético. Es casi
comprensible, no aceptable, que se actúe así, cuando la acumulación de
ganancias es un camino para obtener espacios de poder, los que
retroalimentan y "justifican" las prácticas no muy leales de la
producción, y se actúa en un contexto donde operan mecanismos
generalizados de impunidad, en los que vence el más fuerte, no
necesariamente, el más correcto. Una encuesta Gallup, efectuada en
septiembre de 1996, y que creo vigente, estableció que “el 58% de los
argentinos pensaba que ser una persona honesta no servía, en el país,
para alcanzar el éxito.”[13]
La responsabilidad de instalar, o mantener, los valores éticos en las
empresas, es de los niveles de conducción que están en la punta de la
pirámide de la estructura organizativa. Las actitudes que se tengan se
derraman sobre el resto de las personas que la integran; son imitadas,
crean climas de seguridad, o inseguridad y, en definitiva, marcan el
ambiente de control que tiene mucho que ver con la vida de la empresa.
Podemos tener un aliado en el propio capital cuando, afectado por el
vacío ético, concluya que necesita de comportamientos éticos para poder
protegerse de los que atentan contra él, por contagio, cuando actúa
deshumanizadamente.[14]
Centremos el enfoque en las personas: las empresas tienen los fines que
desean sus socios mayoritarios. El capital y la empresa no tienen
adjetivos calificativos. No son buenos ni malos. El capital no es
inhumano, puede serlo el capitalista; a la "empresa" que le falta ética,
no le falta en sí misma, sino por la conducta de sus administradores.
El profesional que se desempeña en las empresas puede liderar la
instalación de actitudes morales dentro de ellas. Seguramente se les van
a ocurrir muchas formas. Una de ellas es considerar, en las evaluaciones
del personal, variables que midan sus valores éticos y, en forma
concurrente, lograr un corredor ético entre las empresas y sus
accionistas.
*
¿Cuál es nuestra pretensión, en general?. ¿Cuál es nuestra escala de
valores?. O, como ya nos preguntamos, ¿tenemos conductas morales
diferentes según el ámbito en que actuamos?. Es probable que nuestro
desempeño, esté muy ligado a nuestra responsabilidad ética como
integrantes del núcleo familiar.
- la familia
La relación entre nuestra conducta como miembros de la familia y como
sostenes económicos de la misma, es que, la segunda función, es una
condición necesaria para la primera. Si somos responsables del futuro de
la familia desde una concepción éticobiológica, o emotiva, el trabajo es
una necesidad para ese fin, salvo que, por fortuna, fuésemos ricos. Es
decir que, si nuestra prioridad es la familia, podríamos justificar,
según las circunstancias, no ser éticos en otros ámbitos, porque debemos
serlo en este.
Desde luego este no es un análisis de casos patológicos. No se trata de
justificar, simplemente, todos los actos inhumanos o delictivos. Pero,
esta relación entre la supervivencia de la familia y la necesidad de
trabajar se contempla, cada vez menos, en el análisis estadístico entre
el aumento de la delincuencia y la baja del ingreso en determinados
sectores, sin dejar de observar que, las actitudes inmorales para lograr
ingresos pecuniarios, no son privativas de las personas de menores
recursos, caso contrario no nos hubiésemos preocupado de la ética del
capital.
El ansia de poder, que ya señalamos, se une, en forma concurrente o
paralela, a otro fenómeno: la cosificación, donde convertimos a otras
personas, o somos convertidos, en objetos. ¿Cuál es el límite de la
necesidad propia que justifique determinadas conductas?.¿Cuál es el
límite ético, en la posesión de cosas?.
Actuar deshumanizadamente en un ámbito, por que debo ser ético en otro;
justificar la falta de ética, como capitalistas, simples trabajadores, o
profesionales, - administrando empresas, o actuando en forma
independiente -, porque tenemos como prioridad a la familia, es una
razón que debemos resistir. Si no lo hacemos, justificaríamos, también,
la postergación de la familia, en beneficio propio, porque “si yo no
existo”, o “no estoy bien”, “no los puedo proteger”. Es como seguir, en
la vida, el consejo de la azafata en los aviones: uno debe ponerse la
máscara de oxígeno primero para poder ponérsela, después, a los niños.
Es necesario que seamos muy cuidadosos, y en lo posible, optemos por
rechazar conductas de deshumanización presentes, basadas en el bienestar
futuro.
BIBLIOGRAFIA
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Ed. Aguilar, Buenos Aires, 1966.
Tipler,F. J., "La física de la inmortalidad", Ed. Alianza, Buenos Aires,
1996.
[1] Sopena G.,”La honestidad, un valor en alza”, La Nación, 06-02-2000,
sección 7, pág. 3.
[2] Savater, F., “Etica para amador”, 1999, pág. 71.
[3] Hirschberger, J., "Historia de la filosofía", 1954, pág. 89.
[4] Hirschberger, J., op. cit., pág. 205.
[5] Hirschberger, J., op. cit., pág.73.
[6] Giner, S., “Una incierta victoria: la inteligencia sociológica”,
1997, pág. 305.
[7] Racionero, L., “Complementariedad de la cultura humanística y la
ciencia”, 1997, pág. 313.
[8] Mosterín, J., “La muerte de los animales”, 1997, pág. 63.
[9] Sagan, Carl, “Los dragones del eden”, 1982. pág. 81.
[10] Sagan, Carl, “Los dragones del eden”, 1982. pág. 81.
[11] Sagan, Carl, op. cit., pág. 82.
[12] Duby G., “Lección del pasado”, Textos para Pensar, 1996, pág. 71.
[13] de Vedia, B. "La crisis ética", La Nación on line, 04/10/99
[14] Etkin, J., “Bases ideológicas del vacío ético en las
organizaciones”, Enfoques, febrero 2000, pág. 52.
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