Un país con un mercado interno reducido como el de Chile requiere de una participación activa en el comercio internacional para mantener su ritmo de crecimiento en forma sostenida. Aproximadamente, un 50% de los bienes y servicios que se transan en el país en un año forman parte del comercio exterior chileno, es decir, se venden (exportar) o compran al extranjero (importar).
La mayor presencia del país en el mercado externo se justifica, sobre todo, en un escenario mundial caracterizado por la globalización y conformación de agrupaciones regionales.
A partir de esta realidad, Chile ha optado por una inserción internacional basada en la apertura comercial. Para entender de qué se trata esta "apertura comercial" hay que tener claro que cuando un país compra bienes a otro (importaciones), los productos que ingresan deben pagar un impuesto en Aduanas llamado arancel . En un proceso de apertura, las barreras arancelarias y no arancelarias tienden a disminuir.
Esta política de inserción internacional ha sido combinada con la suscripción de Acuerdos de Protección y Promoción de Inversiones (APPIs) y, recientemente, de Convenios que eviten la doble tributación. Estos últimos resultan necesarios considerando que a veces los empresarios deben pagar impuestos por las actividades que realizan en su propio país viéndose obligados a cumplir la misma exigencia cuando operan en territorio extranjero.
En los últimos años, a la apertura de bienes e inversiones se suma la liberalización de los servicios. Estos corresponden a las actividades económicas que no involucran la transacción de productos tangibles sino que a la oferta y demanda de transportes, energía, telecomunicaciones y otros servicios.
La estrategia de inserción económica internacional impulsada por Chile se desarrolla mediante tres vías complementarias: la apertura unilateral, que viene aplicándose hace dos décadas; las negociaciones comerciales multilaterales; y la apertura negociada a nivel bilateral y regional, utilizada con mayor énfasis desde inicios de la década de los ´90.
La apertura unilateral, iniciada a mediados de los ´70, corresponde a la reducción del arancel que un país decide implementar, independiente de lo que haga el resto. Esta medida contribuyó al acelerado crecimiento de las exportaciones tradicionales y no tradicionales, además de estimular una mayor diversificación en términos de productos y mercados de destino.
Los últimos gobiernos, han profundizado esta apertura. En 1991 se promovió una reducción del arancel general que pagan las importaciones desde un 15% a un 11% y en 1998 se aprobó la rebaja de un punto porcentual por año, a contar de 1999, hasta llegar a 6% en el 2003.
En este escenario, ¿qué rol le caben a las negociaciones comerciales multilaterales? Estas complementan y completan la apertura unilateral, permitiendo la apertura o liberalización de los otros mercados para los productos, servicios e inversiones chilenas.
Desde el punto de vista de Chile, el principal foro de negociaciones económicas internacionales es el sistema multilateral que constituye la Organización Mundial de Comercio (OMC) que reúne a más de 130 países.
Este es uno de los procesos de negociación que reporta mayores beneficios por tener carácter multilateral, pues se otorgan concesiones económicas basadas principalmente en la reducción o eliminación de aranceles, que se intercambian entre los miembros del organismo, independiente del tamaño y peso relativo y del nivel de desarrollo que ostenta.
Sin embargo, este camino tampoco está exento de imperfecciones. Ante el lento desarrollo de las últimas negociaciones multilaterales en el marco de la Ronda Uruguay, que dio origen a la OMC, surgieron dudas respecto de qué ocurriría realmente con este sistema.
Aparecieron, entonces, diversas iniciativas regionales como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta, en su sigla en inglés) suscrito por Estados Unidos, Canadá y México. La Unión Europea (UE), en tanto, firmó el Tratado de Maastrich dando lugar a la unión monetaria. Y en Latinoamérica se posicionó el Mercado Común del Sur (Mercosur) como el principal bloque de la región.
Frente a la fuerza que adquirían los grupos regionales, en los ´90 Chile reforzó su opción por la suscripción de acuerdos bilaterales. ¿Con qué objetivos? Abrir los mercados, asegurar las condiciones de acceso y la estabilidad de las exportaciones, eliminar barreras al comercio, proteger el acceso de las exportaciones y promover los envíos de bienes manufacturados, entre otros.
Esta política se vio reforzada, nuevamente, por las debilidades que presentó el escenario multilateral a fines de 1999, en la reunión ministerial de la OMC en Seattle, Estados Unidos, cuando fracasó la idea de lanzar una nueva ronda de negociaciones en el marco de esa instancia.
Gracias a esta estrategia, la oferta de bienes y servicios de Chile tiene un ingreso preferencial a mercados de casi 500 millones de habitantes a través de la reducción o eliminación de los aranceles que rigen en tales economías para las importaciones que realizan. Estos acuerdos permiten también el término de barreras no arancelarias, es decir de aquellas trabas que no están vinculadas al pago de impuestos aduaneros sino que a otro tipo de requisitos como la presentación de certificados.
Dentro de los convenios de comercio bilateral, existen los Acuerdos de Complementación Económica (ACE) y los Tratados de Libre Comercio (TLC). Los primeros involucran sólo la negociación de bienes mientras que los segundos también incluyen otras materias como servicios e inversiones.
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