¿En e socialismo del siglo XXI habrá explotación o elite económica?
Así responde Heinz Dieterich: “No, no habrá ni elite ni explotación
económica. Una elite es un grupo social que vive a costa de las mayorías
y no va a haber esto en la democracia participativa. En el nuevo
socialismo habrá una vanguardia, que son los más comprometidos, honestos
y talentosos en la construcción de la sociedad justa. Explotación
tampoco va a haber, porque una relación de explotación se da cuando
alguien vive a costa del trabajo de otro, es decir, cuando existe una
situación parasitaria.
En el nuevo socialismo el valor de un producto se mide por el tiempo requerido para producirlo. La justicia consiste en que se intercambian esfuerzos laborales medidos en tiempo (valores) de la misma magnitud. La gratificación del trabajador (ingreso) es directamente proporcional a las horas que él aporta a la creación de riqueza social de todos, independientemente de su género, edad, educación, etcétera.
Este principio de equivalencia (valores iguales) tiene algunas
modificaciones en la primera fase de la transición, pero después de
algún tiempo de desarrollo de la economía y sociedad socialista, se
aplicará tal cual. Y esto significa que, por ejemplo, el director de un
banco que aporta 40 horas de trabajo a la riqueza social recibe la misma
canasta de bienes y servicios que recibe la que persona que trabaja
durante 40 horas en la limpieza del banco. Este es el principio de la
equivalencia. Explotación existiría en el nuevo socialismo si el
director del banco por su esfuerzo laborar de 40 horas recibiera un
ingreso superior al de la persona de la limpieza, por ejemplo, si se le
diera una canasta de bienes y servicios equivalentes a 400 horas de
trabajo. En este caso, les quitaría el producto a nueve personas que han
trabajado 40 horas como él. Es decir, viviría parasitariamente a costa
de esas nueve personas”.
La vanguardia
Heinz Dieterich reproduce uno de los clásicos errores de los dirigentes
de la izquierda marxista. Afirma que en el nuevo socialismo habrá una
vanguardia donde estarán las personas más comprometidas, honestas y
talentosas. Es decir, que fuera de esa vanguardia no habrá personas
comprometidas, honestas y talentosas. Es decir, que quien no esté de
acuerdo con ese proyecto y no se sume al mismo, no será comprometido,
honesto y talentoso. Dieterich no se da cuenta que esa formulación es
sectaria, puesto que supone que dentro de esa vanguardia no habrá
corruptos, oportunistas y torpes. No es capaz de advertir que puede
haber burgueses más honestos, comprometidos y talentosos que muchos
miembros de las vanguardias socialistas. Parece no darse cuenta que
entre el capitalismo y el socialismo hay un largo proceso de transición
y nada puede estar asegurado de antemano. La vanguardia que construya el
socialismo del siglo XXI debe saber que la verdad y la razón no están
por decreto de su lado. Debe saber que en ocasiones pueden haber
burgueses que sepan mucho más que las vanguardias de la izquierda
radical sobre muchísimos asuntos y que en consecuencia el socialismo los
necesita y debe contar con ellos. Esa idea de que en las vanguardias de
la izquierda radical están los mejores debe ser desechada por falsa y
sectaria. Y el sectarismo ha sido una de las peores enfermedades de la
izquierda marxista.
La liquidación de la explotación
Cuando Dieterich afirma que en el Socialismo del Siglo XXI no habrá
explotación, está emitiendo un juicio utópico. La verdad debe buscarse
en los hechos. El Socialismo del Siglo XXI sólo puede construirse a
partir del capitalismo y del socialismo realmente existentes. Nada nace
puro, nada nace sobre sus propias bases, y esto es válido también para
el Socialismo del Siglo XXI. El rasgo esencial del mundo de hoy es el
carácter de transición que tienen todas las sociedades que lo
constituyen: en todas hay un sector de la economía que es público y otro
que es privado. Y en Venezuela ocurre otro tanto de lo mismo. Cualquier
proyecto socialista que se lleve a cabo en la actualidad es imposible
realizarlo sólo contando con el sector público de la economía, necesita
del gran capital extranjero, del capital nacional, del pequeño capital y
de la producción mercantil. Y mientras en el socialismo siga siendo
necesario la existencia del gran capital extranjero, del capital
nacional y del pequeño capital, seguirá habiendo explotación. La
superación del capitalismo no es un problema de voluntad ni algo que
pueda producirse mediante un salto, sino que necesita de un largo y
doloroso proceso de desarrollo. Por lo tanto, defender que el socialismo
del siglo XXI será un socialismo libre de explotación es una utopía, una
meta irrealizable, una conquista imposible. Y si una vanguardia
socialista quiere dirigir los grandes cambios sociales teniendo en la
cabeza metas irrealizables, la derrota y la desilusión están aseguradas
de antemano.
Socialismo poco atractivo e injusto
Si a los trabajadores se les propusiera un socialismo con las
características que destaca Dieterich, con ese mal llamado principio de
equivalencia, sin duda que lo rechazarían. No digamos nada si se les
propusiera a los intelectuales, el rechazo sería aún mayor. Cuando
Dieterich afirma que el valor de un producto se mide por el tiempo
requerido para producirlo, cuanto menos diestra fuera una persona y más
tardara en hacer el producto más valor tendría. Sobre este aspecto ya
llamó la atención Marx al principio de El Capital. Marx diferencia con
claridad el trabajo individual del trabajo social y por eso dice:
“Tiempo de trabajo socialmente necesario es el tiempo de trabajo
requerido para representar cualquier valor de uso con las existentes
condiciones de producción socialmente normales y el grado medio de
habilidad e intensidad de trabajo”. Y a continuación pone el ejemplo de
que una hora de trabajo individual de un tejedor manual representaba
solamente media hora de trabajo social, puesto que con la introducción
del telar a vapor sólo se necesitaba la mitad de horas de trabajo que
con el telar manual para producir la misma cantidad de hilo. Pongo otro
ejemplo para que quede más claro este asunto: si para producir una mesa
se necesita en la actualidad cuatro horas de trabajo social medio y un
carpintero llamado Pancho tarda ocho horas, su trabajo individual de
ocho horas sólo representa un trabajo social de cuatro horas. Así que el
valor de un producto no está determinado por el tiempo de trabajo para
producirlo, sino por el tiempo de trabajo socialmente necesario. Y no
siempre, sobre todo cuando se producen cambios técnicos en las fuerzas
productivas, el trabajo individual coincide con el trabajo social
Trabajo simple, trabajo complejo y rendimiento
Dieterich mantiene que una persona que trabaja ocho horas debe recibir
la misma canasta de bienes y servicios que otra persona que trabaje
igualmente ocho horas. Dieterich llama a esta propuesta principio de
equivalencia, pero en verdad no es un principio de equivalencia sino un
principio de igualitarismo. Si una persona en ocho horas hace mil panes
y otra persona hace quinientos panes, según Dieterich ambos deben cobrar
lo mismo. Pero aquí no hay equivalencia, porque la persona que más
produce recibe lo mismo en concepto de salario que la persona que
produce menos.
Aquí no se cumple con el principio socialista de a cada cual según su trabajo, sino con el principio vulgar del socialismo pequeños burgués de que todos deben ganar lo mismo independientemente del rendimiento. El principio que defiende Dieterich es injusto, aunque él pretenda hacerlo pasar como justo. Ese principio hará no que el rezagado imite al avanzado, sino que el avanzado imite al rezagado. Sin duda que este principio de Dieterich sería totalmente negativo para el sano desarrollo de la competitividad. Supondría con toda seguridad que la productividad del obrero que trabaja en régimen socialita fuera notablemente inferior al obrero que trabaja en régimen capitalista. Y si la productividad es menor, menos riqueza se generará y el obrero terminará prefiriendo vivir en un régimen capitalista que en un régimen socialista.
Resulta además que Dieterich propone que el director de un banco gane lo mismo que quien limpia el banco. ¡Sin duda que es un gran llamamiento a la mejora y el esfuerzo! Esta propuesta, aunque tenga la apariencia de buscar la igualdad, es injusta y vulgar.
El trabajo del director de un banco tiene más calidad que el trabajo
del limpiador, y para observar con claridad esta diferencia no hay que
hacer ningún esfuerzo mental especial. Y lo razonable, lo justo y lo
equitativo, es que el trabajo de calidad sea mejor pagado que el trabajo
de menor calidad. ¿Cómo podemos ganarnos la confianza de los
intelectuales con estas propuestas, donde se pretende igualar el trabajo
complejo al trabajo simple? De ninguna manera. Con estas propuestas sólo
los espantaremos.
La equivalencia: Garantía de la justicia económica
Dieterich insiste en su propuesta de equivalencia cuando el apartado 22
bajo el título “La equivalencia: Garantía de la justicia económica” dice
lo siguiente: “Recientemente, un alto funcionario venezolano dijo que
cómo era posible pedir que un neurocirujano ganara lo mismo por 40 horas
de trabajo que un barrendero. Pues sí es posible, y no sólo posible sino
razonable, si tomamos en cuenta no sólo la formación profesional, sino
también la peligrosidad, la responsabilidad, la dureza del trabajo y la
utilidad para la sociedad.
Supongamos que hay en Caracas cincuenta neurocirujanos que salvan unas centenas de vidas cada año con sus intervenciones. Pero, ¿cuántas vidas salvan los barrenderos de Caracas anualmente, al impedir con su duro y peligroso trabajo con materiales tóxicos y patógenos que hay epidemias en la ciudad?”
Este planteamiento no sólo es disparatado bajo el punto de vista teórico, sino también bajo el punto de vista práctico. Resolvamos primero el problema bajo el punto de vista teórico. ¿Qué debemos entender por fuerza de trabajo o capacidad de trabajo? Según Marx lo siguiente: “el compendio de aptitudes físicas e intelectuales que se dan en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano, y que éste pone en movimiento al producir valores de uso de cualquier clase”. No hay que ser muy listo para saber que el compendio de aptitudes físicas e intelectuales que debemos suponer en un neurocirujano son cualitativamente diferentes y superiores que las que debemos suponer en el barrendero.
Demos un segundo paso. ¿Cuál es el valor de de la fuerza de trabajo? Según Marx el siguiente: el valor de los medios de subsistencia necesarios para la conservación del poseedor de la fuerza de trabajo. A este añade Marx esto otro: “El volumen de las llamadas necesidades naturales, así como el modo de satisfacerlas, es un producto histórico y, por lo tanto, depende en su mayor parte del nivel cultural de un país, y entre otras cosas, también, y esencialmente, de las condiciones, de los hábitos y las exigencias con que se haya formado la clase de los obreros libres”. De manera que en la determinación del valor de la fuerza de trabajo no se puede incluir las determinaciones que incluye Dieterich: peligrosidad, responsabilidad, dureza y utilidad. Lo que debe incluir es cuánto cuesta producir y reproducir un neurocirujano y cuánto cuesta producir y reproducir un barrendero. Y no hay que ser muy listo para saber que producir y reproducir un cirujano cuesta mucho más que producir y reproducir un barrendero.
Examinemos ahora el problema bajo el punto de vista práctico.
Reunamos a todos los médicos, ingenieros, arquitectos, abogados,
economistas y titulados universitarios que hay en Venezuela y
propongámosle esta teoría de la equivalencia de Dieterich, digámosle que
no sólo es posible sino razonable que ellos deben ganar lo mismo que un
barrendero. ¿Creen ustedes que se entusiasmarán con este modelo de
socialismo o lo rechazarán de todas a todas? Sin duda que lo rechazarán
de todas a todas. Y viene otra pregunta a cuento: ¿Se puede crear el
socialismo sin contar con los intelectuales y su entusiasmo? Sin duda
que no. Por lo tanto, es disparatado y erróneo aplicar el principio de
equivalencia propuesto por Dieterich.
A modo de conclusión
Si ha habido un defecto en el socialismo modelo soviético ha sido este:
pagarle el mismo sueldo a todo el mundo, independientemente del
rendimiento y de la calidad. El igualitarismo, que es el principio que
defiende Dieterich, atenta contra uno de los principios básicos del
socialismo científico y que tan poco fue respetado en el socialismo
real: a cada uno según su capacidad y a cada cual según su trabajo. Los
mejores trabajos, los de mayor calidad y responsabilidad, serán para
aquellos que estén más capacitados. Y como para estar más capacitados
mayores habrán sido sus esfuerzos, es justo y razonable que ganen más
dinero que aquellos que ocupan puestos de trabajo de menor rango. La
propuesta de Dieterich no representa una superación del socialismo
modelo soviético sino una reiteración de uno de sus graves errores. Y
con estas propuestas sólo espantaremos a las personas más trabajadoras,
más cultas y que más quieren progresar. No se estimula sino se cercena
el progreso. El igualitarismo no es expresión del socialismo científico
ni de un socialismo obrero, sino de un socialismo pequeño burgués y
vulgar. Y el principio de equivalencia propuesto por Heinz Dieterich es
una modalidad de igualitarismo.
En Las Palmas de Gran Canaria. 21 de julio de 2007.
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