No obstante; en este compromiso, no podemos limitarnos al mero ámbito
institucional, requerimos dar cuenta del contexto, de la lectura de la
época, de los afanes y del rumbo tomado, dar testimonio de parte.
Visto así, el sujeto de nuestra historia, el ¿quiénes somos?, será un
tema inicial que para algunos no termina de convencer a plenitud, y
quizá aún no haya llegado el tiempo para la respuesta definitiva; sin
embargo, siendo aún una tarea pendiente, debemos reconocer una identidad
colectiva en construcción, en devenir dialéctico.
En todo caso, es parte del proceso de la humanidad toda, de descubrirse
a sí misma, refrescar la memoria desde los primeros tiempos, desde la
siempre referida cita a los lacedemónicos, los griegos de la antigua
Esparta y su práctica de exclusión radical a las personas con algún tipo
de discapacidad; del cristianismo que nos trae la buena nueva del amor,
del don de la vida y la igualdad de los hijos de Dios, de la
discapacidad como medio de revelación del poder divino, y en cada página
del evangelio el milagro, ciegos que vuelven a ver, paralíticos que
caminan, muertos que resucitan; el respeto a la persona, Cristo y el
discípulo que preguntan ¿quieres ver?, o con la respuesta al viejo
cuestionamiento social “no pecaron ni ellos ni sus padres...”
De griegos y judíos también estamos hechos, es la civilización que
avanza... Y en nuestra tierra, al igual que los pueblos de las primeras
horas, desde la eliminación a causa de la discapacidad hasta esa gran
organización social de los Incas, su sentido de la previsión y
protección a los grupos sociales más vulnerables, de cultura
integradora, que reconocía una función productiva a las personas con
discapacidad, son los ciegos desgranando el maíz...
Así, la necesidad de sobrevivencia de los pueblos antiguos, que
reconocen en la fuerza y la función de los guerreros un papel central,
van estableciendo los criterios de valor para sus miembros, y entonces,
en la construcción de las relaciones sociales se va perfilando el origen
de la discapacidad, y surgirá la figura del “inválido”, del que no puede
ir a la guerra ni a las duras faenas del campo...
Esa será la percepción social que nos marcará a lo largo de la historia,
y pese a que también contaremos con la presencia emblemática de
extraordinarios hombres y mujeres - del mítico Homero, Milton, Beethoven,
nuestros queridos Mariátegui, Borges y Frida -, no será hasta que la
otra revolución, el de la ciencia y la tecnología en tiempos recientes,
modifiquen la valoración de las funciones sociales, y ya no sea la
fuerza sino el conocimiento, en que se darán las condiciones para
repensar si debemos seguir hablando de inválidos...
Es en el siglo pasado que empezamos el proceso de transición, en ese
breve siglo como gustaría llamar a Habermas, tendremos algunos
paradigmas para la función social de la discapacidad, quizá quienes
mejor la representen sean Hellen Keller y Nikolai Ostrovski... Como no
podía ser de otro modo, respondiendo a discursos ideológicos de la
guerra fría, para unos se trata de valorar la fuerza de voluntad y la
capacidad de superación del individuo; para otros, de valorar el
sacrificio y la entereza en aras de la nueva sociedad.
Pero serán los foros mundiales las que darán resonancia al eco kantiano
sobre la dignidad de la persona y la paz perpetua, las nuevas
generaciones de derechos humanos, y con ello las condiciones para
empezar a debatir sobre discapacidad...
El largo periodo del asistencialismo será puesto en cuestión, se
empezará a hablar de readaptación, luego de rehabilitación hasta que en
el mundo, al influjo de los acontecimientos del decenio del sesenta,
“cuna de profundas transformaciones sociales” como bien señala Pedro
Cruz Botti, empezará a surgir con fuerza las reivindicaciones de los
grupos sociales marginados, entre ellos, el nuestro...
En el Perú, en los sesenta ya teníamos tres importantes asociaciones de
personas con discapacidad: la Unión Nacional de Ciegos del Perú, la
Asociación de Sordos del Perú y la Fraternidad Cristiana de Enfermos...
Pero en los setenta será la explosión, algunos la han llamado “los años
de la luna de miel”, era por la alegría de muchos que comenzaron a salir
por primera vez de sus casas; se hablará en términos de limitados
físicos, sensoriales y/o mentales; la alegría acompañada del entusiasmo,
-lo podíamos todo, eso creíamos-, se pensará en organizar talleres y
construir centros de capacitación y producción; surgirán numerosas
organizaciones, la mayoría de vida efímera, y sin embargo, dejaron
huella...
Esta etapa, que a nuestro entender se inicia con la consolidación de las
tres organizaciones más relevantes de personas con discapacidad, la
conquista de la primera constitución latinoamericana que reconoce
nuestros derechos, que tiene como un hecho importante la manifestación
multitudinaria del jueves 16 de octubre de 1980, podría concluir en el
Congreso fundacional de la Federación Nacional de impedidos del Perú -
FENADIP, en marzo de 1981.
En ese periodo se tuvo claro la necesidad de un marco general que
amparase el derecho de las personas con discapacidad, pero se carecía de
un discurso que trascienda la propuesta legislativa, de modo que se
asumió como norte, las aspiraciones desde la perspectiva de la salud,
por eso la rehabilitación integral terminó por convertirse en nuestro
gran objetivo de lucha.
Con la Federación Nacional de Impedidos del Perú (FENADIP), en los
ochenta, vendría una nueva etapa, marcada ya desde sus inicios por la
influencia internacional de Naciones Unidas. A nivel mundial, frente al
afán hegemónico de los expertos de la rehabilitación, importantes
líderes del colectivo en países desarrollados empezaron a demandar el
derecho de hablar con voz propia, así surge la Organización Mundial de
Personas con Discapacidad, y con ella un nuevo norte...
Esos años de los ochenta los vivimos demandando nuestros derechos,
logrando la FENADIP una frondosa legislación en diversas materias...
pero sólo logramos eso, el reconocimiento formal de los derechos y un
estado incapaz de cumplir y hacer cumplir los derechos. El acucioso
lector podrá notar por ejemplo, el proceso del Consejo Nacional de
Integración del Impedido (CONAII), de la dilatación burocrática, de cómo
pasan los años entre la promulgación de una ley, su reglamentación, la
juramentación, su instalación, la organización, la preparación de su
plan de acción, la asignación de su magro presupuesto y finalmente su
desactivación institucional...
La lección de los ochenta fue que las leyes no son suficientes, que se
precisan recursos y sobre todo, que se necesita la voluntad política por
atender la situación de nuestra población excluida.
Lamentablemente, cuando creíamos haber avanzado en términos
legislativos, viene la impronta del dictador que cierra el congreso,
cancela la constitución del 79 y anula nuestros derechos. Fujimori y su
ministro de salud, durante el debate de la constitución del 93
pretendieron evitar la responsabilidad del Estado frente a nuestro
colectivo, afirmaron que la discapacidad era tema de las familias y no
del estado, entonces la FENADIP tuvo que volver a las calles, a defender
los derechos conquistados.
Ciertamente no se trataba de un mero capricho del gobernante, sino de la
aplicación de un nuevo modelo económico, y claro las personas con
discapacidad no habitan una isla y forman parte de una sociedad, un
modelo donde el Estado se retrae a un papel secundario aceptando las
fuerzas del mercado como ordenador social.
Por eso entramos a una nueva etapa, en que la interpretación a nuestra
problemática social no puede estar desligada de la sociedad toda, y
donde el tema del poder que garantice el ejercicio del derecho sea
central; donde el conocimiento se convierta en instrumento de
liberación; y la función de la economía tenga una respuesta frente a la
discapacidad.
En esta perspectiva, la inclusión no basta. Sentimos que la razón de
nuestra lucha no puede agotarse en la simple integración pasiva a una
sociedad marcada por las desigualdades y las injusticias. Estamos
convencidos que nuestra tarea tiene que ver con la evolución propia de
la humanidad, desde la especificidad de nuestra identidad colectiva y el
aporte real en la construcción de ese nuevo tipo de sociedad que brinde
una vida digna para todas y todos.
Entendemos que la misión de nuestro tiempo es por la integración
efectiva a la vida social, económica y política del país, pero también
por el cambio de condiciones reales de vida y de mentalidades, libre de
complejos y prejuicios; por ello la lucha frontal contra la
discriminación y las relaciones de dominación que la sustentan, los
conceptos de normalidad y las estructuras de poder que la establecen.
En suma, más allá de la inclusión, la emancipación y la liberación en
las diversas esferas. Una lucha integrada al lado de otros colectivos,
que siendo social, cultural, económica y política, es ante todo humana,
esa es la propuesta de la CONFENADIP.
Por eso, en las líneas que siguen, sin pecar de deterministas, queremos
registrar el norte que descubrimos en cada tiempo y anotar el camino
recorrido, tratando de no perder la huella de los esfuerzos hechos y los
pasos dados, esta es la razón de nuestra memoria...
Nota: Es probable que en esta página web no aparezcan todos los elementos del presente documento. Para tenerlo completo y en su formato original recomendamos descargarlo desde el menú en la parte superior
Acerca de GestioPolis
Participar en la comunidad
Derechos de Autor
GestioPolis es la primera comunidad de conocimiento en negocios de Hispanoamérica
Derechos Reservados sobre el concepto del sitio web
GestioPolis.com
© 2008 Carlos López
| Hazte miembro de GestioPolis |
|
Y Descarga 11 eBooks
GRATIS |