Nos hemos ido acostumbrando a lo inmediato, a lo express. La comida, las reuniones, el sexo, las dietas, las relaciones, el conocimiento, la salud, etc.
Vamos, sin darnos cuenta, persiguiendo resultados. Esto nos
desorganiza, nos hace perder el rumbo, nos angustia. Olvidamos que la
vida es una sucesión infinita de etapas. Dejamos de disfrutar los medios
y nos concentramos solamente en los fines.
“A lo mejor tengo que cambiar mi visión” me decía una clienta. Su
angustia la llevaba a cuestionarse la validez de la visión de su
actividad que tenía 60 días atrás. No digo que esto no pueda ser
posible. Suena sospechoso. Me da la idea de que considera que si cambia
la visión por una un poco más austera, tendrá la garantía de lograr los
resultados que necesitaría obtener para alcanzarla. Acá se pone en
juego, entre otras cosas, el optimismo y el pesimismo con el que se
enfrenta a la vida. Diría mi maestro Miguel: “lo que es importante es
estar atento a la alquimia entre ambos”.
Una visión nos marca el rumbo, de ninguna manera se trata de un punto de
llegada. Es lo que aporta la energía (el deseo) para ponernos en marcha.
Sólo eso, aunque sin eso todo queda en actos de voluntarismo y todos
sabemos que la voluntad tiende a desinflarse el poco tiempo. La visión
es algo estupendo, incluso, utópico. Luego vendrán las metas, los
objetivos, las acciones.
La cosa es mantenerse en el camino, sostener las acciones, incluso, ante
la adversidad, que se convierte en aliada para que apelemos a la
creatividad y nos enraicemos. A medida que avanzamos controlamos la
gestión y efectuamos aquellos cambios que consideramos oportunos. Si con
ellos continuamos sin lograr los resultados deseados, podremos diseñar
otras acciones, y así sucesivamente. Lo fundamental es mantener la
visión, el surtidor energético del proceso.
Mi clienta viene de una importante reorganización de su empresa. Al
iniciar este proceso estuvimos de acuerdo en que por 6 meses no era
viable que lográramos estabilizar la situación económica. A las palabras
se las lleva el viento y la sensación de frustración es la que termina
acaparando la atención de esta profesional exitosa empecinada en ver los
resultados de una manera inmediata y además, detalle nada despreciable,
ve a los resultados de una manera inapelable. La suya es la
interpretación correcta. Poco espacio para mí, caramba.
Esto me ha sucedido, en lo personal, muchas veces. En algunas reuniones
de trabajo suelo contar mi experiencia al separarme por primera vez. El
día de la mudanza estaba triste aunque eufórico. Ese día en un par de
horas armé mi nueva casa. Me senté a fumar un cigarrillo y apareció, de
pronto, una pregunta en mi mente: ¿y ahora qué?
Confieso que resultó oportuna, aunque dolorosa. La pregunta me obligó a
tenerme en cuenta. Allí surgió, enorme, mi ausencia como sujeto
consciente de ese proceso que recién se iniciaba. Allí dio comienzo un
camino de aprendizaje que aún, después de 20 años, continuo transitando.
La cosa no pasaba por tener la ropa acomodada, las cortinas colgadas,
los sillones y hasta algún cuadro decorando el living. Yo, Oscar, tenía
que habitar ese espacio y convertirlo, de a poco, en mi nuevo hogar. No
resultó grato avivarme de esto. No recuerdo tantos detalles, pero
seguramente me habré acordado mal de mi esposa y extrañado por demás a
mi hija. Todo resultaba válido para escaparme de lo que tenía en manos,
nada menos que reorganizar mi vida.
Cuando me comentan la frustración por no haber alcanzado algo que se
proponían alcanzar, siempre cuento este hecho de mi vida. Al vivir,
tejemos nuestra propia vida. Está en nosotros lograr un tejido endeble y
apurado o contar con una red resistente. Esto lo decidimos nosotros.
Nada es definitivo, todo lo que hacemos es parte del misterio sagrado de
la vida, le dije a esta misma clienta el día que tenía que presentar un
trabajo en un congreso.
Nos sobran los ejemplos de actitudes asumidas como si la vida se
terminara con algún hecho puntual. No nos damos cuenta que luego la vida
continúa, como siempre, con su cadencia, con sus alegrías, sus
tristezas, sus empeños, sus sueños. La vida es eso, una maravillosa
puesta en escena constante. Podemos aceptarla o resistirnos. Es nuestra
decisión. A la vida la vamos haciendo nosotros mismos. Primero uno y
luego con los otros.
Para alcanzar esta visión de la vida, como un proceso, no hay una
receta. La única manera de lograrlo es teniendo cuenta la insatisfacción
que se obtiene cuando la enfrascamos en hechos aislados. Esto nos
fragmenta. Nos perdemos la riqueza de sentir que estamos vivos, amasando
nuestra propia obra. Consciente o inconscientemente, escribimos la obra
de la que seremos, además, los protagonistas.
Las palabras nos juegan una mala pasada. Nos creemos que diciendo algo,
modificaremos nuestros supuestos y los resultados que obtendremos.
Únicamente lograremos algún cambio cuando conscientemente nos
propongamos hacerlo, ya que no deseamos continuar con la insatisfacción
a cuestas. La insatisfacción es un excelente indicador para disparar
reflexiones individuales o grupales. Reconocerla es un acto de coraje y
es el puntapié inicial de un proceso de aprendizaje.
Claro está que como nos terminamos acostumbrando a casi todo, nos
acostumbramos a estar mal y somos capaces de continuar eligiendo sufrir
en lugar de hacernos responsables de los resultados que obtenemos
mediante el ejercicio de nuestra libertad de elegir nuestras acciones.
Mi clienta deberá revisar qué desea lograr en su actividad. Tener una
visión de aquello que le encantaría alcanzar, de cómo se ve en 5 o 10
años y a partir de esa visión es posible trazar un mapa que irá siendo
corregido a medida que se vaya avanzando. No sabemos a ciencia cierta
por dónde transitaremos, será una sorpresa. Acá es cuando se requiere
nuestra entrega al tan mencionado aquí y ahora.
Es nuestra responsabilidad individual delinear nuestra visión. No
hacerlo es carecer de rumbo, andar a la deriva. Además de resultar muy
angustiante termina consumiendo nuestra energía en acciones que terminan
en el corto plazo. Nuestra autoestima, al apoyarse en este tipo de
acciones no logra solidez y queda a merced del logro o no de esos
resultados cortoplacistas que buscamos.
Sin darnos cuenta, parafraseando a Mamerto Menapace (La pavada), nos
quedamos en la pavada, viviendo como pavos, sin poder dar rienda suelta
al cóndor que hay en nuestro interior.