Todos la conocen. Por lo menos una vez en la vida. La nunca bien
ponderada resaca etílica realiza su visita de rigor tras una noche de
juerga desenfrenada. Sed, dolor de cabeza, náuseas y un sinfín de
malestares corporales caracterizan a uno de los males más sufridos por
el chileno común y corriente.
Algunos con whisky, otros con vino, el asunto es que la sobredosis de
etanol provoca graves trastornos en la motricidad fina, equilibrio,
inestabilidad emocional y poca claridad para pensar, por lo que sugiere
un inminente riesgo de protagonizar accidentes laborales, además de una
cifra no menor de pérdidas monetarias a las empresas, que no apoyan el
tratamiento de esta enfermedad -en su mayoría-, dejando al trabajador en
un total desamparo. Generalmente terminan despedidos.
Trabajar con la caña.
En temas de consumo de alcohol y drogas, el director del Instituto Alfa
Adicciones, Rolando Chandía, es un psiquiatra con más de 24 años de
experiencia en el tratamiento y rehabilitación de adictos a estas
sustancias.
Según el especialista, “el consumo de alcohol evidente compromete la
imagen corporativa de la empresa, la seguridad, costos de producción, se
altera el clima laboral, hay mayor endeudamiento, hay más licencias
médicas y ausentismos, las familias acuden más al bienestar social de
las empresas porque son familias que sufren y las posibilidades de
protagonizar un accidente laboral aumentan considerablemente. Los costos
son inmensos”, explica.
De acuerdo a los últimos estudios realizados por entidades
especializadas como el Consejo Nacional para el Control de
Estupefacientes (CONACE), casi un tercio de los trabajadores
hospitalizados por accidentes del trabajo ha consumido algún tipo de
droga en las 48 horas previas. Ante esta realidad ineludible para
cualquier empresa, implementar programas de prevención del consumo en el
trabajo es una inversión que genera buenos dividendos, tanto para los
empleados como para la propia organización.
Respecto de esto, Chandía cree que “las empresas deben contar con
políticas de consumo de drogas, tratamientos para los trabajadores,
exámenes de orina y alcotest, supervisores o monitores que informen a la
comunidad y, sobre todo, educación y sensibilización para los
trabajadores y sus familias”, ya que es la única forma de controlar la
situación antes de que pase a mayores términos.
El tener dentro de las filas de la empresa a un bebedor problema o, peor
aún, a un alcohólico, significa pérdidas monetarias y laborales enormes.
Año a año, el sector registra una cifra negativa de unos $300 millones
en concepto de ausencias laborales, licencias médicas por enfermedades
atribuidas al consumo excesivo de sustancias, mal desempeño y baja
productividad. “El que una persona llegue en estado de ebriedad o de
resaca al trabajo además provoca una tensión en el ambiente laboral ya
que los compañeros, conscientes del estado de la persona, están
pendientes de lo que hace para cuidarlo y evitar problemas”, explica el
especialista.
El CONACE y entidades relacionadas con el tema están impulsando la
formación de monitores para las políticas antidrogas de las empresas. La
capacitación de éstos poseen código Sence, por lo que la inversión para
las empresas no es tan alta, comparada con las pérdidas que les provoca
el hecho de tener “bebedores problema” trabajando.
Rehabilitación.
La masificación de las drogas, la facilidad para adquirirlas y el bajo
perfil con el que son tratados los casos de drogadicción en las empresas
han permitido que el trabajador esté cada vez más expuesto a consumir un
verdadero “cóctel químico”, que incluye sustancias ilícitas como
cocaína, marihuana, pasta base o tranquilizantes, mezcladas con alcohol.
Ante esto, Chandía enfatiza que “las empresas deben preocuparse en este
momento porque los estudios que se han realizado no muestran la
presencia de islas en el tema, sino que es un problema generalizado, que
afecta a todos los niveles y géneros en todo el país”.
Además, agrega que el apoyo del empleador en materias de rehabilitación
es fundamental. Cuando una empresa le guarda el puesto al paciente, lo
apoya moral y económicamente, en todos los programas que hay, el 70 u 80
por ciento de los pacientes logran rehabilitarse, versus el 20 ó 30 por
ciento de aquellos que vienen por su cuenta o en que las empresas no lo
apoyan. La gente no quiere recaer y tampoco quiere perder su trabajo.
-Universidad de La Habana.
Pág. Web. www.dervyjimenez.com
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