En 2006, en un texto que leí, el consultor Ovidio Peñalver aseguraba
que no se podía ser buen directivo-líder sin ser buena persona. Me
pareció curioso que hubiera que decir esto después de miríadas de
seminarios sobre liderazgo en las últimas décadas, pero me gustó leerlo.
Sabemos que hay personas no suficientemente íntegras en puestos de
dirección, sin que este rasgo haya impedido el acceso; de hecho, y
aunque todos conozcamos muchos directivos ejemplares, puede que la
integridad haya dificultado alguna carrera profesional (al respecto
recuerdo que Peter Drucker denunciaba la codicia de los ejecutivos de
nuestro tiempo). Pero, si el lector me acompaña, voy a enfocar aquí
solamente el marco de relaciones entre directivos y trabajadores.
Como sabemos, el acoso psicológico viene a ser la aplicación, sobre una
persona y con ánimo destructivo, de las perversiones sutiles, menores y
mayores, que se llega a permitir el hostigador; pero, aun sin que se
desee destruir moralmente a ningún trabajador, o conseguir que se vaya,
hay otras conductas de cuestionable legitimidad que vienen a viciar las
relaciones a que nos referimos. El mobbing, como otras graves conductas,
resulta incuestionablemente condenable; pero cuando nos planteamos la
mejora de la calidad de vida en el trabajo, y más allá de hablar de
emociones, incentivos, horario flexible, recursos técnicos, formación o
promociones, hemos de identificar igualmente algunos hábitos amparados
en cierta impunidad del mando.
A menudo, la diferencia percibida entre los mejores jefes y los peores
se basa en vicios relacionales como los que describiremos aquí, aunque
sin duda es mucho más deseable que esta diferencia se base en elementos
positivos como la contribución al desarrollo profesional de los
colaboradores, la idónea distribución de tareas o funciones, la
receptividad a iniciativas e ideas, la eficacia en el feedback, la
calidad y calidez de la comunicación, la integridad, la autodisciplina,
la amplitud de miras, la perspicacia, la flexibilidad...
De forma atrevida, podríamos pensar que se puede ser feliz o no en el
trabajo, dependiendo del jefe que nos toque; aunque también los jefes
pueden pensar lo mismo respecto de sus subordinados. El hecho es que
todos podemos ser más efectivos y felices en la empresa, y vale la pena
intentarlo. El trabajador puede preferir, desde luego y por ejemplo, un
jefe neurótico a no tener ninguno y estar parado; pero eso no debe
neutralizar el deseo general de una mejora de la calidad de vida en el
trabajo, en sinergia con la inexcusable efectividad individual y
colectiva, y empezando por hacer cada uno de nosotros la vida laboral
más agradable a los demás, tanto a un lado como al otro de la vertical
jerárquica.
Naturalmente, hay directivos y mandos que son ejemplares, incluso sin
asistir a frecuentes seminarios o workshops sobre liderazgo en
consultoras o escuelas de negocios; pero no podemos negar la existencia
de abusos de poder como tampoco podíamos negar —aunque a veces lo
hacíamos— la existencia del mobbing. Podemos guardar silencio y correr
el velo tupido habitual, pero lo mejor sería reducir todas las
perversiones, mayores y menores y tal vez impunes, en beneficio de la
satisfacción profesional y de la efectividad colectiva en las empresas;
en beneficio de la profesionalidad.
Quizá podría pensarse que el objetivo de aunar la efectividad y la
satisfacción profesional de las personas ya ha sido abordado en los
muchos seminarios orquestados para el desarrollo del liderazgo en
directivos intermedios; pero, ¿ha sido realmente así? Yo diría, aunque
suene fuerte, que los modelos de liderazgo se han definido, en muchos
casos, ignorando o pretiriendo a los seguidores, y contribuyendo a una
excesiva elitización del mando. Me quedo con lo que sostenía Peter
Drucker: como sabemos, él venía a decir que cada persona debe ser
dirigida de manera específica, e incluso de manera particular en
diferentes momentos.
El abuso del poder
Digamos ya asimismo que las ocasionales prácticas abusivas no convierten
en monstruos a los mandos o directivos implicados, porque muchos de
nosotros abusamos, alguna vez y aunque sea mínimamente, del poder, mucho
o poco, que administramos: patrulleros de tráfico sobre automovilistas,
pilotos sobre pasajeros, profesores sobre alumnos, agentes del orden
sobre sospechosos, clientes sobre proveedores (o al revés, según el
caso) y aun padres sobre hijos (también al revés, a veces). Podrían
intercambiarse los papeles sin que el problema desapareciera
necesariamente, y puede que esto forme parte de nuestros genes; pero el
hecho es que los abusos pueden crecer como bola de nieve, y hasta
convertirse en práctica habitual. No se nos olvide además que en la
empresa solemos vivir bajo presión, encarando constantemente riesgos y
desafíos, lo que altera sin duda nuestra conducta.
Cabe recordar aquí el experimento llevado a cabo en la Universidad de
Stanford en 1971, y del que nos hablaban Peters y Waterman en su clásico
En busca de la excelencia. Habiendo pedido voluntarios para recrear una
prisión durante diez días, el profesor Phil Zimbardo observó que, ya al
final del primero, algunos voluntarios seleccionados como guardianes
habían abusado de sus prerrogativas, y dañado física y psicológicamente
a algunos de los seleccionados como reclusos. El experimento hubo de
concluirse al cuarto día, por miedo a las consecuencias de los excesos
registrados. El análisis es ciertamente complejo, y además no hacen
falta ejemplos para sostener que del poder se abusa; pero quería
subrayar la idea de que probablemente todos tenemos unos esquemas
mentales arraigados que lo consideran natural.
Como a mí, al lector se le habrá ocurrido también otro posible
experimento con voluntarios, no ya de guardianes y presos, sino de jefes
y subordinados. Aplicando cierta presión sobre los primeros, resultaría
sencillo apreciar un comportamiento algo neurótico y hostil sobre los
segundos, lo que me hace llegar a la reflexión —siempre me sale alguna
perogrullada— de que la madurez emocional resulta imprescindible en
quienes manejen poder.
A veces, y porque también es humano, tratamos de compensar por las
injusticias que cometemos...; pero concretemos ya: ¿a qué me refiero
exactamente, dentro de la empresa? ¿Qué es lo que, en las relaciones
jerárquicas y aun sin llegar a extremos, lesiona sensiblemente la
calidad de vida en la empresa? El lector podrá estar ya pensando en las
excesivas cargas de trabajo, en la neurosis colectiva de algunas
organizaciones, en el politiqueo feroz, en metas o normas
contradictorias, en el cinismo corporativo, en los favoritismos, en los
intereses espurios, en las deudas de gratitud, en el imperio de la
apariencia, en la mediocridad militante, en la corrupción codiciosa o
negligente... Todo esto existe en mayor o menor grado en muchas
organizaciones, pero querría enfocar estas páginas especialmente hacia
el daño moral que, aun sin ser extremo y persistente, puede causar el
jefe al subordinado, con mayor o menor conciencia de ello y en relación
con el uso del poder que el primero administra.
Hay, de entrada, trastornos de personalidad como la neurosis o la
psicosis —pensemos también en el narcisismo—, que sin duda salpican a
las personas del entorno, y que ciertamente no son exclusivas de los
directivos. Pero, sobre todo y sin olvidar el hostigamiento sexual u
otras graves conductas, deseo referirme a prácticas más comunes y de las
que quizá hablamos menos, como las falsas promesas, las tareas-trampa
que se encargan a veces a los colaboradores, las supuestas entregas de
responsabilidad que los demás trabajadores ignoran, las decisiones
porque sí, el cinismo en la comunicación, la apropiación de méritos
colectivos, la imposición de tareas que no corresponden al puesto
ocupado por el trabajador, las peticiones contrarias a principios o
valores de los individuos, el trato discriminatorio o humillante, la
exhibición innecesaria de poder, la desconfianza por defecto, la
desautorización profesional gratuita, la maledicencia... Son pecadillos
aparentemente veniales y sólo cabe atribuírselos a quienes los cometen,
pero identifiquémoslos.
A pesar de los cursos o seminarios que se orquestan, el vacío
referencial que existe para la conducta de mandos y directivos en sus
relaciones con los trabajadores, no podía ciertamente resultar
saludable; aun reconociendo comportamientos ejemplares de muchos de
aquéllos —capaces de crear auténticos microclimas de satisfacción
profesional—, lo cierto es que a veces el buen trato recibido tiene un
precio para el trabajador, incluso más allá de la sumisión total o la
complicidad práctica. No se nos escape, si me dejan insistir, que un ser
humano con poder tiene su peligro, sin descartar al decirlo que haya
quienes lo administran debidamente, en beneficio colectivo y no
solamente propio.
Habrá quien piense, o haya pensado alguna vez, que vale casi todo, tras
el propósito de obtener el mejor rendimiento de los trabajadores; pero
los mejores directivos y mandos —etiquetémoslos o no de líderes— saben
que a la efectividad colectiva hay que sumar una suficiente dosis de
calidad de vida en el trabajo, fruto, entre otras cosas y quizá sobre
todo, del respeto mutuo en las relaciones interpersonales. Tras esta
idea, habría que cuestionar la impunidad a que nos hemos referido, y el
silencio que a menudo se impone. Venimos pensando que si uno fuera a
quejarse de maltrato a una instancia superior, podría muy probablemente
acabar peor. ¿Se imaginan pedir audiencia al director de la empresa para
ir a decirle: “Mire, mi jefe es un mentiroso...”?
Algunas organizaciones, ya a finales de los 90 si no antes, pusieron en
marcha sistemas de feedback ascendente, para tener una mejor idea de qué
estaba pasando. Hasta entonces habían sido las encuestas de clima
laboral las que proporcionaban una medida, más bien indirecta y
genérica, de la actuación de los directivos sobre los trabajadores. La
verdad es que, si se desea conocer la conducta profesional de alguien,
directivo o trabajador, habría que analizarla muy rigurosa y
directamente; entre otras razones porque uno puede proceder de una
manera con una persona, y de otra con otras. El año pasado se conoció el
fallecimiento de Ken Lay, responsable máximo del escándalo de Enron;
pues bien, lamentando este final, recordemos que era un ejemplo de líder
empresarial hasta que estalló el escándalo. No es éste un ejemplo
referido a las relaciones interpersonales, pero sí parece idóneo para
recordar que, en las empresas, las cosas no son siempre lo que parecen:
lo sabemos bien.
Querría añadir que tuve la sensación, en los años 80 y 90 —en aquellas
encuestas de clima laboral o satisfacción de las personas—, de que no me
preguntaban lo que yo quería decir; aun así, los resultados eran
regulares o malos, y escuchábamos luego curiosas explicaciones sobre los
mismos: temo que el cinismo alcanza a veces cotas muy elevadas. Pero
lleguen ustedes, si lo desean, a sus propias conclusiones sobre la
impunidad y la complicidad en las empresas que han conocido; yo deseo
referirme aquí especialmente a algunas prácticas que ubico entre el cero
y el mobbing. Lo hago sumándome al deseo de unas relaciones más
profesionales dentro de las empresas; no más frías, pero sí más
profesionales y con mayor respeto a las personas y la ética. La
emergente economía del conocimiento y la innovación parece demandar
nuevos y más profesionales perfiles de trabajadores y directivos, y
deberíamos evitar conductas como las siguientes, si todavía existieran.
He seleccionado diez, pero el lector conocerá tal vez más.
1. Las tradicionales promesas
Quizá es una práctica que se va reduciendo, pero era bastante común
décadas atrás. Sin duda facilitaba el control de la voluntad de los
subordinados, pero hacía moverse al trabajador hacia el servicio al
jefe, y quizá no tanto hacia las metas profesionales; dicho de otro
modo, podía constituir una cierta corrupción alienante. Debería
erradicarse del todo como práctica engañosa, sin perjuicio de los
sistemas formales de incentivos y promociones. Incluso aunque seamos
sinceros al pensar en posibilidades de futuro, quizá no deberíamos
trasladarlas al posible beneficiado, ya sea senior o junior; además, a
veces se promete lo que no se puede cumplir. Y tampoco debería valer lo
de “no te prometo nada”.
Si el lector asiente, el directivo no debe procurarse la sumisión de los
trabajadores, sino su contribución profesional para alcanzar juntos las
metas compartidas. Parece natural que las promesas clandestinas a que
nos hemos referido sean ya algo del pasado, aunque no se descarten casos
residuales. Pudieron formar parte del culto al ego, de la exhibición de
poder, pero habría que actualizar los métodos de dirección de personas,
allá donde no se haya hecho todavía. El trabajador junior (el senior ya
lo hace) hará bien en escuchar con reservas estos anticipos de futuro
(ascenso, asunción de poder, incremento salarial, etc.).
2. Los agravios comparativos
Los agravios comparativos minan la moral de los afectados, testigos de
trato más favorable hacia otros trabajadores. El trato de favor hacia
algún colaborador parece muy humano, pero puede ciertamente llegar a
enrarecer el clima de trabajo. Habría que ver, en cada trato favorable,
tanto en qué consiste como si se fundamenta en los valores declarados en
la organización (diligencia, desarrollo profesional, calidad, espíritu
de equipo, responsabilidad, orientación al cliente, etc.), o se explica
por la voluntad libre del jefe; pero, en cualquier caso, los tratos
especiales habrían de convivir con la profesionalidad exigida. Sin duda
y por ejemplo, las relaciones de amistad son plenamente legítimas pero
no deberían afectar al correcto funcionamiento del área de influencia
del jefe.
3. La desconfianza como norma
La desconfianza en los subordinados podría estar en algún caso
justificada y, aun así, debería quizá disimularse más; pero es que la
confianza puede ser una buena inversión y vale la pena comprobarlo. El
lector tendrá su punto de vista, pero creo que a veces sobran controles
burocráticos, e incluso parecen orquestarse quizá más para recordar a
los trabajadores que están bajo control, que para asegurar la buena
marcha de las cosas. Se diría que la desconfianza como norma, la
desconfianza por defecto, es cosa del pasado —anterior a los cambios
culturales en las empresas—, aunque se produzca todavía.
En definitiva, trabajar con la sensación de que desconfían de uno es
como caminar con un gran peso a la espalda; afecta, sin duda, a la moral
del individuo, especialmente si el recelo desplegado por el jefe
estuviera relacionado con prejuicios de cierto origen. En realidad,
habría que distinguir aquí los controles generales que orquesta la
empresa, de la actitud o conducta de cada jefe con sus subordinados, y
caben desde luego otras circunstancias a considerar; pero creo que casi
todos preferimos que confíen en nosotros, y estamos generalmente
deseando demostrar que vale la pena. Algo así dijo Douglas McGregor hace
más de 40 años.
4. Los vicios en la comunicación
La comunicación interna casi nunca se ha resuelto bien en las
organizaciones y, aunque se vienen orquestando actos litúrgicos al
respecto (jornadas de comunicación, cenas con el presidente, etc.), lo
cierto es que falla la comunicación cotidiana con el jefe. Puede haber
cinismo corporativo pero quizá frustra más, en su caso, el cotidiano en
la comunicación jerárquica. Si no funciona la comunicación, se resiente
la efectividad de los esfuerzos desplegados y se resiente, desde luego,
la satisfacción profesional. Se organizan muchos seminarios para la
mejora de la comunicación en las empresas, pero puede estar fallando la
actitud y la voluntad de unos y otros.
A veces, la mentira parece constituir herramienta legítima de gestión
para el jefe —tal vez por mor de la motivación y la consecución de
resultados—, aunque no tarda en delatarse; pero también podemos hablar
de hermetismo, evasivas, hipocresía, subjetividad, disparidad en los
esquemas mentales, etc. Cabe —recordémoslo asimismo— asignar a
directivos y mandos una función de stroking, de reconocimiento de
méritos, de elogio, acorde con la necesidad que todos tenemos de afecto,
y que se echaría de menos en su caso. Una comunicación defectuosa
desmoraliza a los trabajadores, y además reduce la inteligencia
colectiva de la organización. Todavía recuerdo cuando, en los años 80,
mi departamento se quejaba al director de la falta de comunicación
existente, y él decidió que asistiéramos a un seminario de Análisis
Transaccional, dándonos seguramente a entender que la carencia estaba en
nosotros mismos. (Desde luego la situación no mejoró, pero aprendimos
que —dicho ahora sin generalizar— no valía la pena quejarse).
5. Las entregas de responsabilidad en falso
Me contaba un colega consultor que una de las cosas que peor llevaba en
su empresa eran las responsabilidades que en falso asignaba su jefe.
Parece que había un reparto oficial de responsabilidades en algunos
proyectos, y otro, al menos en lo que a él afectaba, oficioso y privado.
El jefe le llamaba al despacho para decirle que, en realidad, él (el
colega de que les hablo) era el encargado de determinado proyecto (de la
coordinación de otras personas). Aquí parece haber engaño, ya sea para
el nombrado oficialmente o para el elegido en privado. Estas cosas, si
no traen mayores complicaciones, al menos generan confusión. El
directivo puede, si lo desea, poner a prueba la asunción de
responsabilidad y la competencia de un colaborador sin mediar engaño.
La verdad es que cuando uno es sorprendido perceptor de este tipo de
mensajes privados (o públicos, pero no formales) de su jefe, podría
legítimamente sentir que debe irse preparando si algo sale mal. Quizá el
responsable oficial saliera bien librado, pero el individuo puede
temerse lo peor; cabe reaccionar inteligentemente e intentar quizá
curarse en salud, pero no es agradable la sospecha de que el jefe desee
hacerle a uno culpable de lo que salga mal, o de que se recibe una
autoridad falsa, o de que puede haber un doble responsable al acecho,
etc. Esta idea de responsabilidades clandestinas se solapa con el falso
empowerment, por lo que aprovecho para intentar identificar el genuino:
responsabilidad ante los resultados;
poder (autoridad formal) para tomar decisiones;
recursos humanos y materiales para la ejecución;
información y conocimientos necesarios, y
competencia profesional del sujeto apoderado.
Desde luego, es una pena que alguien posea capacidad, competencia,
voluntad, para “poder” (verbo) hacer algo, pero carezca de “poder”
(sustantivo) para hacerlo. Si un directivo apoderara a un colaborador
faltando alguno de estos cinco elementos, estaríamos quizá ante un
despiste del primero o una trampa para el segundo. Pero lo que aquí
denuncio especialmente es la entrega en falso de responsabilidad, que
puede confundir al trabajador y que puede hacerse justamente para ello,
en espera de ver cómo reacciona. Francamente, no parece una práctica muy
profesional.
6. La apropiación de méritos de los colaboradores
Hablemos ahora de la apropiación por el jefe de méritos ajenos, por duro
que suene. Fíjense, ya para empezar, en cómo definimos a veces al
directivo-líder: “Un buen líder lo es, entre otras cosas, porque sabe
obtener lo mejor de sus colaboradores”. He reproducido una frase textual
de Javier Fernández Aguado, pero la idea está presente en la esencia
misma del liderazgo de los directivos. Desde luego y dicho así, si un
individuo hace algo especialmente bien, parece que será porque su
jefe-líder lo habrá sabido obtener de él… Como trabajador y por ejemplo,
yo preferiría leer que un buen directivo lo es, entre otras cosas,
porque facilita o propicia el desarrollo, el mejor desempeño y la
realización profesional de los trabajadores de su área de influencia.
Hay desde luego ocasiones en que sí cabe atribuir al directivo buena
parte del mérito, si no casi todo; pero yo me estoy refiriendo aquí a
singulares logros específicos fruto del esfuerzo (y aun la iniciativa)
de un profesional (o varios), y cuya calidad, esmero o relevancia podría
tender a lucir en su beneficio un jefe de dudosa integridad. Ahora
recuerdo una ocasión en que yo mismo (que algunas cosas de mérito tengo
en mi “haber”, aparte del mayor volumen del “debe”) padecí esto por
parte de un jefe que no era por cierto el mío, y además, y extrañamente
en mi caso, tuve en aquella reunión la templanza de callar y dejar
que... Traigo este recuerdo mío para dar fe de que la cosa realmente
fastidia, más cuando uno ha hecho algo (caramba, ocurre a veces) con la
razón y el corazón, sobrepasando el mero cumplimiento, y aun avanzando
quizá contra obstáculos deliberados: convendrá en ello el lector.
En efecto, podemos hablar de esfuerzos extraordinarios desplegados por
no pocos trabajadores —quizá para vencer obstáculos extraordinarios—,
pero pueden surgir del prurito profesional, de la fe en lo que se hace,
de la motivación intrínseca, y llevarse a cabo a veces a pesar del jefe,
como también pueden surgir a causa del jefe. Por aquí enlazo con el
siguiente punto.
7. Las peticiones contrarias a los principios del trabajador
En vez de principios morales, lean, si lo prefieren, valores proclamados
corporativamente (orientación al cliente, calidad, creatividad,
integridad, etc.). El hecho es que —permitan que insista en explotar mis
vivencias de consultor de formación— yo mismo me vi obligado, siendo
diseñador-guionista de e-learning, a diseñar cursos on line con muy poco
tiempo asignado, creo que por razones de presupuesto. En la práctica,
dedicaba el triple de tiempo al diseño, pero se había dispuesto que sólo
cargáramos al proyecto las horas previstas. Yo prolongaba entonces mi
jornada de trabajo, porque era incapaz de entregar un diseño sin
sentirme suficientemente satisfecho; luego el curso satisfaría o no a
los usuarios, pero sabemos que un docente suele presentar perfil
autotélico, y pone su empeño (quizá a veces exagerado) en que los
alumnos aprendan.
El lector conocerá otros tipos de peticiones similares a los
subordinados, y aun podrá pensar que es empresarialmente legítimo poner
a los trabajadores al servicio del negocio y no tanto al de su
profesión; pero estará de acuerdo en que a ningún trabajador experto
gusta hacer chapuzas. Se dan también casos en que los directivos ponen a
sus subordinados a trabajar en asuntos particulares (del directivo), a
aguantar chaparrones que no les corresponden, etc., y aquí habría que
contar con su anuencia. Sabemos, desde luego, que ha habido y hay
directivos para quienes su autoridad formal está frecuentemente por
encima de cualquier otra consideración, como asimismo sabemos que hay
otros muchos que prefieren, y cultivan, la autoridad moral sobre sus
colaboradores: esto conecta ya con lo que sigue.
8. Las exhibiciones innecesarias de poder
Los directivos parecen ambicionar poder, ya sea para hacer cosas
grandes, para mejorar su estatus, o simplemente para poseerlo y
ejercerlo. En cualquier caso, el culto al ego consume a veces buena
parte de la atención disponible, y, sobre todo, puede resultar lesivo
para los subordinados cuando éstos ven afectada su dignidad personal o
profesional. La arrogancia, la presunción de infalibilidad, la
exhibición de privilegios, las decisiones porque lo digo yo, el exceso
de liturgias, o la ilegítima coacción entre otras posibilidades, parecen
darse sobre todo en directivos y mandos que han alcanzado el poder
especialmente para lucirlo, o que carecen de suficiente madurez.
No hace falta decir que, en teoría, el poder es una herramienta al
servicio de la organización y no de las personas que lo administran;
pero también en teoría los trabajadores (pienso sobre todo en grandes
empresas y en los denominados trabajadores del saber) han de perseguir
metas compartidas, y sin embargo les pedimos que sigan, como seguidores,
a un supuesto líder (inevitable recordar el anagrama redil, si me
permiten la irreverencia). Podríamos ir pensando aquí en un nuevo orden
organizacional, pero baste recordar que los excesos en la ostensión del
poder no engrandecen, sino que empequeñecen, a quienes los producen;
desde luego, resultan, a menudo y por innecesarios, chocantes para el
entorno.
9. La exclusión del trabajador
Puede haber diferentes causas para apartar a un trabajador de la
comunicación habitual, de la participación en la toma de decisiones, e
incluso del curso de la actividad: unas quizá explicables y
justificadas, y otras no tanto. Además, puede hacerse de modo no
declarado; para el jefe es sencillo, por ejemplo, celebrar una reunión
aprovechando una oportuna ausencia, o argumentar la dedicación de una
persona a unos asuntos liberándola de otros. Si no estamos ante un
auténtico proceso de mobbing, puede tratarse de un castigo psicológico
temporal por algo que no gustó al jefe, de una forma de neutralizar su
criticidad, o de otras muchas cosas, incluyendo situaciones de
mediocridad general que militara contra la brillantez particular.
En efecto, si un trabajador supiera mucho de diferentes temas, podría
dejar en evidencia a los mediocres y al mismo jefe. La nueva economía
del conocimiento debe resolver bien las relaciones jerárquicas,
considerando el valor creciente del saber y la necesidad del aprendizaje
permanente. Lógicamente, el directivo (cuyo papel evoluciona, sin perder
peso, en la economía emergente) no podrá competir ya siempre en saber
con los trabajadores, y le será más útil la autoridad moral que la
formal; pero además habrá de conseguir que lo que milite en su área sea
la brillantez y el aprendizaje continuo, y no la mediocridad y el
inmovilismo.
10. La irritabilidad permanente
Así como imaginamos al mejor jefe como alguien de buen carácter, que no
olvida sus buenas maneras y que hace también gala de buen humor (incluso
ante la adversidad o las urgencias), asociamos al peor jefe con la
irritabilidad y la dificultad en la relación. Obviamente, la denominada
calidad directiva es otra cosa; pero ante un jefe irritable, neurótico,
ansioso, podemos sentirnos bloqueados, salvo que podamos hacer nuestro
trabajo con cierta autonomía.
Cabe ciertamente asociar, en su caso, la irritabilidad con el estrés y
la presión a que se ven con frecuencia sometidos los directivos.
Pensemos en aquello de preguntar cómo está el jefe de humor hoy...;
quizá ha tenido un problema con un cliente o un proveedor, y puede
salpicar a los trabajadores que se acerquen. Es humano, pero lo cierto
es que hay jefes en cuya ausencia se trabaja mucho mejor, y sobre los
que nos preguntamos qué le pasa hoy, precisamente cuando están amables.
El autocontrol, la templanza, la receptividad, la resistencia a la
adversidad, son cualidades o virtudes necesarias en los directivos, y
que lucen la mayoría de ellos; pero cuando no es así, los trabajadores
lo padecen.
Por qué hablar de malas prácticas
El perfil ideal de los directivos del siglo XXI parece ser uno de los
temas cardinales de la literatura del management, aunque quizá nos hemos
atascado en el concepto de liderazgo. El hecho es que para llegar a este
perfil ideal hay seguramente que añadir lo que falte y eliminar lo que
sobre, considerando siempre cada circunstancia y, desde luego, el perfil
de los trabajadores del entorno. Entre las cosas que en ocasiones
sobran, podríamos referirnos a la desmedida necesidad de autoafirmación
en los directivos más jóvenes, a un exagerado culto al ego, a una
particular percepción de las realidades y a un abuso del poder que se
administra; todo ello —y alguna cosa más— se concreta en conductas como
las anteriormente identificadas.
He destacado estas diez pero, todavía referidas a la relación
jefe-subordinado, hay más conductas que erosionan la calidad de vida en
la empresa: la excesiva carga de trabajo sobre el subordinado, la
obstaculización de su aprendizaje y desarrollo, su reprobación pública,
etc. No se trata tanto de identificar lo que ya conocemos, como de
subrayar la necesidad de profesionalizar las relaciones entre directivos
y trabajadores, lo que incluye buena dosis de autocrítica y
autodisciplina en todos nosotros. Nadie es perfecto, pero sí podemos ser
todos menos imperfectos y, como decíamos, esto pasaría por neutralizar
tanto los defectos como los excesos.
En los programas de formación venimos postulando un perfil de
directivo-líder —en realidad disponemos de muchos modelos— como solución
a las relaciones jerárquicas de los directivos intermedios, pero su
supuesto efecto energizante podría evaporarse ante la presencia de
perversiones mayores o menores, tanto en lo referido a las relaciones
jerárquicas en que aquí nos hemos detenido, como en lo que tiene que ver
con la conducta profesional general. El objetivo a formular en el siglo
XXI es ambicioso: necesitamos directivos que añadan más valor a las
organizaciones y que, mediante la autoridad moral, resulten más valiosos
a los trabajadores, en beneficio de la efectividad y la satisfacción
profesional. Los directivos pueden y deben contribuir a que todas las
personas alcancen mayores cotas de profesionalidad en el desempeño
cotidiano.
El nuevo trabajador del conocimiento, el que nos dibujara Drucker para
la economía emergente, ha atraído nuestra atención y parece que hay
bastante coincidencia en la descripción de su perfil ideal; sin embargo,
quizá no hay tanto acuerdo en lo referido al perfil del directivo
intermedio. A pesar de la insistencia en el concepto de liderazgo sobre
los colaboradores, quizá los nuevos jefes han de ser —porque la
transición de la etapa industrial a la del conocimiento parece
demandarlo— menos ministros del Interior, y más ministros de Exteriores,
a la vez que se aplica bien el empowerment. Naturalmente, hay empresas y
directivos que ya funcionan así desde hace tiempo, en la medida en que
los trabajadores respondan al perfil ideal y protagonicen su actividad.
Mensaje final
Diría yo a los jóvenes con vocación de directivos que persigan el poder
para hacer cosas importantes, y que su dimensión profesional estará
relacionada con el buen uso que hagan del mismo. Les diría también que
sus subordinados no son tontos, y que no es sencillo engañarles; y que
no intenten competir en conocimiento con ellos, que eviten la presunción
de infalibilidad, que apuesten por la integridad y la acompañen del buen
juicio... Cometeréis errores; pero aprended de ellos y, sobre todo,
reconocedlos. Además, digerid bien los primeros éxitos si los alcanzáis
pronto.
Seréis bastante más que jefes, pero, como tales, os será más útil la
autoridad moral que el poder formal; la inteligencia, que el
conocimiento; el dominio propio, que el que ejerzáis sobre los
colaboradores; la generosidad, que la mezquindad; la flexibilidad, que
el rigor; la sinceridad, que la falsedad; el cultivo personal, que el
culto al ego... Puede que viváis una relación entre directivos y
trabajadores muy diferente de la conocida en décadas anteriores:
favorecedla, y no la entorpezcáis en favor del statu quo.
No os sintáis líderes si como tal no os ve vuestro entorno, pero
intentad ganaros la adhesión de los trabajadores para buen fin. Decidid
vosotros mismos si, en cada caso, la relación idónea es la de
líder-seguidor, la de cliente-proveedor, la de tutor-pupilo, la de
directivo-colaborador, la de jefe-subordinado, la de experto-ayudante,
la de senior-junior, la de proactivo-reactivo, la de colega-colega, o la
de profesional-profesional; pero decidid bien, en beneficio de los
resultados. Recordad que si inexcusable resulta la efectividad
colectiva, también ha de perseguirse una bien entendida calidad de vida
en el trabajo, para todos. Ved a los trabajadores como profesionales, y
contribuid a que lo sean plenamente. Su satisfacción es un objetivo,
como lo es su desarrollo profesional.
Si el lector es joven, quizá no soporte más consejos; y si no es tan
joven quizá puede reflexionar sobre su idoneidad (la de los consejos
formulados para jóvenes), como sobre la oportunidad de dar un repaso a
las perversiones menores (o quizá no tan pequeñas) que hemos descrito y
cuya presencia residual convendría erradicar. La deseada calidad de vida
en el trabajo —sin perjuicio, y aun en beneficio, de la efectividad
colectiva— demanda un ambicioso desarrollo, como seres humanos
completos, de todos: directivos y trabajadores.
"Consultor de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training & Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso, Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".
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