Es toda una delicia sentarse a ver una entrevista de James Lipton con
cualquiera de sus aclamadísimos actores invitados en el programa Desde
el Actor’s Studio, del canal Film&Arts. Durante los últimos nueve meses,
y sin proponérmelo, he tenido la fortuna de sintonizar tres veces las
pequeñas, grandes y siempre cautivantes historias de uno de los
“monstruos de la pantalla grande”, uno de mis talentos favoritos: Al
Pacino.
Observar y escuchar con toda atención a un personaje de esta categoría
no deja sino enseñanzas. A estas alturas, más o menos incluido en
aquello que se conoce como la tercera edad (yo diría que en la gloriosa
vejentud), Pacino deslumbra con su gracia, con su naturalidad y con su
personalidad. El papel de haber vuelto a ser él mismo es, sin lugar a
dudas, el que mejor le sienta (junto con el de El abogado del diablo) y,
según sus propias palabras, ese formidable retorno a la sencillez ha
sido uno de sus mayores logros.
Hablaba Pacino de la autoconciencia, una palabra técnica muy usada en
psicología, en artes escénicas y en algunos procesos de capacitación
empresarial. La autoconciencia, a la cual aludí brevemente en uno de mis
artículos anteriores, no es otra cosa que el eco de lo que creemos que
los demás perciben en nosotros, en nuestra manera de ser y de actuar.
Queremos obtener apoyo, queremos seducir, queremos actuar
convincentemente y, por tanto, elevamos nuestra sensibilidad sobre el
parecer ajeno. Cuando nos sentimos observados, cuando somos el centro de
la atención y los comentarios, es común que al mismo tiempo nos sintamos
amenazados, juzgados o malinterpretados. En estas circunstancias se dice
que estamos cargados de autoconciencia negativa, y ya podrán imaginar
los gerentes lo que esto representa para el ejercicio de sus cargos.
Pacino relataba cómo, en sus comienzos con Lee Strasberg, maestro y
mentor de grandes estrellas del teatro y el cine, sus mecanismos
autoconscientes le ayudaron a conocerse mejor a sí mismo y a desarrollar
sus habilidades artísticas, pero no a convertirse en un actor
sobresaliente. Mucho después comprendió que las técnicas y el propósito
de ser uno con el personaje eran aspectos provisionales que cumplían la
misma función de las pequeñas ruedas laterales en las bicicletas de los
chicos. Aquel esmero en verse de determinada forma era el cálculo, la
técnica, pero no la maestría.
El estudio de la autoconciencia en las relaciones humanas en general y
en el mundo laboral en particular, entre otros aspectos, facilita
enormemente el diagnóstico que nos permitirá saber por qué un entorno de
trabajo cualquiera es o no altamente productivo y gratificante. Existe
la tendencia a buscar razones complejas para explicar la falta de
afinidad y entendimiento entre un jefe y sus subordinados, de un asesor
de servicio con sus clientes o las incompatibilidades entre un
departamento y otro, cuando el fondo del asunto, en muchas ocasiones, no
revela más que una raquítica y mal promovida cultura de la buena
comunicación persona a persona.
Medir la calidad de nuestras respuestas emocionales, físicas y gestuales
a los comportamientos, estilos de trabajo y juicios reales o imaginarios
de quienes nos rodean, tratar de interpretar mejor las señales externas,
proyectar una imagen motivadora y aprender a ser perceptivos-no
reactivos es una tarea que compromete, en primera instancia, a los
directivos y a quienes deseen alcanzar un nivel de liderazgo altamente
efectivo. Como acabo de señalar, los roces y las desavenencias se
acrecientan por el simple hecho de que olvidamos con frecuencia que no
somos meros portadores de mensajes, sino que somos el mensaje en sí.
Para iniciar el proceso de educarnos en estas habilidades, debemos
comenzar por ocuparnos de lo primero que se percibe: nuestra apariencia
y nuestro lenguaje corporal. La postura, la gestualidad y el contacto
visual que establecemos con nuestros semejantes determinan en gran
medida el grado de aceptación y adhesión que pretendemos obtener de
ellos. ¿Por qué ciertas personas nos atraen a primera vista? ¿Por qué
otras nos resultan indiferentes, o nos previenen, o nos intimidan? Más
allá de las relatividades inherentes a estos interrogantes, o de lo muy
circunstanciales que puedan parecer, resulta claro que algunas personas
se esmeran mucho más que otras en cultivar una imagen gestual
inteligente y sensible con respecto a su entorno.
Aquel que es capaz de “vestir” su humanidad, su corporeidad, con gestos
positivos y estimulantes sin duda ha entendido que el don de gentes, el
carisma, no es simplemente un obsequio de natura. Nos construimos a base
de esfuerzo y experiencia, nos adaptamos, nos hacemos asequibles y
aprendemos a ser gratos a los ojos de los demás mediante la conciencia
del yo que proyectamos y mediante la interpretación de las percepciones
sobre los otros. La maestría se consigue con la madurez, cuando esa
búsqueda deliberada y consciente de ser más aptos y mejores fluya con
elegancia, con naturalidad.
Ninguna corriente, ninguna escuela administrativa o sicológica podrá
desestimar nunca la importancia de comenzar por analizar estas nociones
intra e interpersonales, aparentemente elementales. Por el contrario, en
los últimos diez años, la PNL y la Inteligencia Emocional han suscitado
un renovado interés por conocer los mecanismos más sutiles de la
conducta humana, expresados en un lenguaje que no miente: el de la
gestualidad. La convivencia fructífera y armónica con los otros es un
aprendizaje que merece toda nuestra atención, pues de ella dependen, en
gran medida, nuestros éxitos y nuestros fracasos.
Se me viene a la memoria un encuentro más o menos reciente con un grupo
de personalidades de la política y la jurisprudencia colombianas luego
de la presentación de un libro biográfico, escrito por el sobrino-nieto
del connotado personaje. Estábamos en el primer piso de una antigua casa
de estilo inglés, en los linderos del centro de Bogotá. Mientras
conversaba con el director de la casa de ceremonias, se nos acercó un
hombre de apariencia impecable, alto y bien parecido, un personaje que
reconocí casi de inmediato. Era un afamado actor de radio y televisión,
un humorista, para más señas. En cosa de minutos acaparó la
conversación, elevó el tono de su voz, abrió desmesuradamente la boca y
acercó tanto su rostro al mío que hasta podía sentir las gotitas de
saliva golpeándome en la cara.
Nada más mortificante que aquello. Intenté, desde luego, evadir la
enojosa situación de la manera más apropiada, es decir, enviándole toda
clase de señales físicas y gestuales al sujeto, señales que aquel
irrefrenable lenguaraz no quiso o no supo interpretar. Quería sentirse
importante a como diera lugar.
Debí soportar aquella ridícula exhibición de egocentrismo exacerbado y
de nula capacidad de autoconciencia durante unos diez minutos, los
cuales, por supuesto, se me hicieron eternos. Semejante pesadez por poco
me mueve a reaccionar de una forma brusca. El hombrecillo de la
televisión era, vaya sorpresa, un completo maleducado, o mejor, un
“retrasado” gestual.
Traspongamos una situación semejante a esta a la rutina diaria, al
trabajo. Si compartimos el día a día con personas de escasa inteligencia
gestual y emocional, las rencillas y malquerencias proliferarán y
terminarán por estropear el ambiente de trabajo. Convertirnos en mejores
lectores y actores gestuales debe ser un propósito personal y
corporativo, una materia de estudio integrada a los planes de formación
en el desarrollo de una cultura comunicativa y organizacional práctica y
vigorosa, capaz de sumar muchos puntos a la calidad de la convivencia
laboral y al sentido de pertenencia.
Medellín, 9 de febrero de 2008
Conferencista – Escritor.
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