El experimento de la Universidad de Yale es una muy valiosa
experiencia que muestra aspectos insólitos de la naturaleza humana. No
sabemos exactamente que es el hombre, aunque una infinita gama de
doctrinas y subjetividades pretenden explicarlo. Aún, sin mayor éxito.
Esta experiencia pone de manifiesto las contaminaciones del ego del
hombre común, y también aporta a la comprensión de la personalidad
humana, para vislumbrar sucesos de la historia y de la realidad
cotidiana que nos afectan, hasta ahora inexplicados e inaccesibles
Quiero agradecer al equipo directivo del BID y a su Red Universitaria de
Ética y Desarrollo Social de la cual formo parte, su valioso aporte para
la difusión de la experiencia del doctor Milgram.
¿Podría una persona normal llegar a torturar o asesinar a alguien sólo
por obedecer órdenes o tendríamos que llegar a la conclusión de que se
trata de un perturbado? Cuando un psicólogo llamado Stanley Milgram
trató de responder a esta pregunta, él mismo quedó sorprendido ante los
resultados.
Cuando, a finales de los años sesenta, Adolf Eichmann fue juzgado por
los crímenes contra la humanidad cometidos durante el régimen nazi, el
mundo entero se preguntó cómo era posible que alguien llegara a cometer
semejantes atrocidades a millones de personas inocentes. Muchos pensaron
que Eichmann tenía que ser un loco o un sádico y que no era posible que
fuese como el resto de las personas normales que caminan junto a
nosotros cada día por las calles, se sientan en la mesa de al lado en
nuestro restaurante o viven en el piso de arriba en nuestro mismo
edificio.
Sin embargo, nada hacía pensar que Eichmann fuese distinto a los demás.
Parecía ser un hombre completamente normal e incluso aburrido. Un padre
de familia que había vivido una vida corriente y que afirmaba no tener
nada en contra de los judíos. Cada vez que le preguntaban por el motivo
de su comportamiento, él respondía con la misma frase: “cumplía
órdenes”.
A raíz de esto, un psicólogo social norteamericano llamado Stanley
Milgram empezó a hacerse preguntas acerca de la obediencia a la
autoridad y a plantearse si cualquiera de nosotros seríamos capaces de
llegar a la tortura y el asesinato sólo por cumplir órdenes. Él pensaba
que la respuesta a esta pregunta sería un rotundo no, sobre todo en un
país como Estados Unidos, donde se da gran importancia a la
individualidad, la autonomía y la independencia de las personas, y más
aún en el caso de que las órdenes implicaran hacer daño a alguien.
Para comprobarlo diseñó un experimento que se llevó a cabo en un
laboratorio de la universidad de Yale. Los resultados fueron tan
sorprendentes que dejaron boquiabierta no sólo a la comunidad
científica, sino también al público en general, que llegó a tener
conocimiento de dicho experimento debido a la gran atención que le
prestaron los medios de comunicación, llegando a convertirse en el
experimento más famoso dentro del campo de la psicología social.
El experimento
A través de anuncios en un periódico de New Haven, Connecticut, Milgram
seleccionó a un grupo de hombres de todo tipo de entre 25 y 50 años de
edad a quienes pagaron cuatro dólares y una dieta por desplazamiento por
participar en un estudio sobre “la memoria y el aprendizaje”.
Estas personas no sabían que en realidad iban a participar en una
investigación sobre la obediencia, pues dicho conocimiento habría
influido en los resultados del experimento, impidiendo la obtención de
datos fiables.
Cuando el participante (o sujeto experimental) llega al impresionante
laboratorio de Yale, se encuentra con un experimentador (un hombre con
una bata blanca) y un compañero que, como él, iba a participar en la
investigación. Mientras que el compañero parece estar un poco nervioso,
el experimentador se muestra en todo momento seguro de sí mismo y les
explica a ambos que el objetivo del experimento es comprender mejor la
relación que existe entre el castigo y el aprendizaje. Les dice que es
muy poca la investigación que se ha realizado hasta el momento y que no
se sabe cuánto castigo es necesaria para un mejor aprendizaje.
Uno de los dos participantes sería elegido al azar para hacer de maestro
y al otro le correspondería el papel de alumno. La tarea del maestro
consistía en leer pares de palabras al alumno y luego éste debería ser
capaz de recordar la segunda palabra del par después de que el maestro
le dijese la primera. Si fallaba, el maestro tendría que darle una
descarga eléctrica como una forma de reforzar el aprendizaje.
Ambos introducen la mano en una caja y sacan un papel doblado que
determinará sus roles en el experimento. En el de nuestro sujeto
experimental está escrita la palabra maestro. Los tres hombres se
dirigen a una sala adyacente donde hay una aparato muy similar a una
silla eléctrica.
El alumno se sienta en ella y el experimentador lo ata con correas
diciendo que es “para impedir un movimiento excesivo”. Luego le coloca
un electrodo en el brazo utilizando una crema “para evitar que se
produzcan quemaduras o ampollas”. Afirma que las descargas pueden ser
extremadamente dolorosas pero que no causarán ningún daño permanente.
Antes de comenzar, les aplica a ambos una descarga de 45 voltios para
“probar el equipo”, lo cual permite al maestro comprobar la medianamente
desagradable sensación a la que sería sometido el alumno durante la
primera fase del experimento. En la máquina hay 30 llaves marcadas con
etiquetas que indican el nivel de descarga, comenzando con 15 voltios,
etiquetado como descarga leve, y aumentando de 15 en 15 hasta llegar a
450 voltios, cuya etiqueta decía “peligro: descarga severa”. Cada vez
que el alumno falle, el maestro tendrá que aplicarle una descarga que
comenzará en el nivel más bajo e irá aumentando progresivamente en cada
nueva serie de preguntas.
El experimentador y el maestro vuelven a la habitación de al lado y el
experimento comienza. El maestro lee las palabras a través de un
micrófono y puede escuchar las respuestas del alumno.
Los errores iniciales son castigados con descargas leves, pero conforme
el nivel de descarga aumenta, el maestro empieza a escuchar sus quejas,
concretamente a los 75 voltios. En este momento el maestro empieza a
ponerse nervioso pero cada vez que duda, el experimentador le empuja a
continuar. A los 120 voltios el alumno grita diciendo que las descargas
son dolorosas. A los 135 aúlla de dolor. A los 150 anuncia que se niega
a continuar. A los 180 grita diciendo que no puede soportarlo. A los 270
su grito es de agonía, y a partir de los 300 voltios está con estertores
y ya no responde a las preguntas.
El maestro, así como el resto de personas que hacen de maestros durante
el experimento, se va sintiendo cada vez más ansioso. Muchos sonríen
nerviosamente, se retuercen las manos, tartamudean, se clavan las uñas
en la carne, piden que se les permita abandonar e incluso algunos se
ofrecen para ocupar el lugar de alumno. Pero cada vez que el maestro
intenta detenerse, el experimentador le dice impasible: “Por favor,
continúe”. Si sigue dudando utiliza la siguiente frase:
“El experimento requiere que continúe”. Después: “Es absolutamente
esencial que continúe” y por último: “No tiene elección. Debe
continuar”. Si después de esta frase se siguen negando, el experimento
se suspende.
Los resultados
Los datos obtenidos en el experimento superaron todas las expectativas.
Si bien las encuestas hechas a estudiantes, adultos de clase media y
psiquiatras, habían predicho un promedio de descarga máxima de 130
voltios y una obediencia del 0%, lo cierto es que el 62’5 % de los
sujetos obedeció, llegando hasta los 450 voltios, incluso aunque después
de los 300 el alumno no diese ya señales de vida.
Por supuesto, aquí es necesario añadir que el alumno era en realidad un
cómplice del experimentador que no recibió descarga alguna. Lo que
nuestro ingenuo participante escuchaba era una grabación con gemidos y
gritos de dolor que era la misma para todo el grupo experimental.
Tampoco se asignaba el papel de maestro o alumno al azar, ya que en
ambas hojas estaba escrita la palabra maestro. Sin embargo, estas
personas no supieron nada del engaño hasta el final de experimento. Para
ellos, los angustiosos gritos de dolor eran reales y aún así la mayoría
de ellos continuó hasta el final.
Lógicamente, lo primero que se preguntaron los atónitos investigadores
fue cómo era posible que se hubiesen obtenido estos resultados. ¿Eran
acaso todos ellos unos sádicos sin corazón? Su propia conducta demuestra
que esto no era así, pues todos se mostraban preocupados y cada vez más
ansiosos ante el cariz que estaba tomando la situación, y al enterarse
de que en realidad no habían hecho daño a nadie suspiraban aliviados.
Cuando el experimento terminaba muchos se limpiaban el sudor de la
frente, movían la cabeza de un lado a otro como lamentando lo ocurrido o
encendían rápidamente un cigarro. Tampoco puede argumentarse que no
fuesen del todo conscientes del dolor de las otras personas, pues cuando
al finalizar el experimento les preguntaron cómo de dolorosa pensaban
que había sido la experiencia para el alumno, la respuesta media fue de
13’42 en una escala que va de 1 (no era dolorosa en absoluto) a 14
(extremadamente dolorosa).
Variaciones.
Durante más de dos décadas, hasta principios de los ochenta, tanto
Milgram como otros investigadores realizaron diversos experimentos en
varios países, introduciendo variaciones en algunos de ellos para tratar
de dilucidar cuáles son los factores que determinan una mayor o menor
obediencia. En uno de ellos se vio que cuanto más alejado estaba el
alumno del maestro mayor era el índice de obediencia. Cuando los
participantes no escuchaban la voz del alumno, sino que solamente podían
escuchar sus golpes en la pared a los 300 voltios, la obediencia fue del
65 %.
Cuando el alumno se hallaba en la misma habitación que el sujeto, quien
podía verlo y oírlo, la obediencia fue del 40 %. Y cuando el maestro
(adecuadamente “protegido”) tenía que apretar la mano del alumno contra
una placa para que recibiera la descarga, el 30 % llegó al nivel máximo
de descarga. En todos los casos son niveles altos, sobre todo teniendo
en cuenta que la predicción había sido una obediencia nula y que se
trataba de torturar a otra persona.
Cuando el participante recibe apoyo de un compañero que se niega a que
el experimento continúe, la obediencia decae al 10%, mientras que si ese
compañero apoya al experimentador, la obediencia asciende más que nunca:
el 93% de los sujetos llega hasta los 450 voltios.
Muchos participantes llegaron incluso a obedecer a una autoridad
“inmoral” en una investigación en la que la víctima no daba su acuerdo a
no ser que el experimentador prometiera poner fin al estudio si se lo
pedía. Cuando el experimentador rompía su promesa y seguía instando al
participante a que obedeciera, el índice de obediencia fue del 40 %.
En cambio, cuando el experimentador abandona la sala y deja a cargo a
una persona que el maestro considera su igual, la obediencia desciende
al 20 %, y es nula cuando dos experimentadores dan órdenes opuestas.
Los niveles de obediencia siguen siendo los mismos aunque sea otro
experimentador el que recibe las descargas, y al comparar los niveles de
obediencia entre hombres y mujeres no se han encontrado diferencias
entre sexos.
En otro experimento, Milgram trasladó el laboratorio a un lugar menos
prestigioso e impresionante que la universidad de Yale: unas oficinas en
un edificio de una ciudad cercana. En este caso la obediencia disminuyó,
pero aún así casi la mitad de los maestros siguieron las órdenes.
Se ha conseguido incluso que algunas personas obedezcan a un
investigador que les dice que metan la mano en un recipiente lleno de
“ácido”, que arrojen “ácido” a otra persona o que toquen una serpiente
“venenosa”.
La explicación.
Según Milgram, lo que sucedió fue que los sujetos entraron en lo que él
llamó “estado de agente”, caracterizado por el hecho de que el individuo
se ve a sí mismo como un agente ejecutivo de una autoridad que considera
legítima. Aunque la mayoría de las personas se consideran autónomas,
independientes e iniciadoras de sus actos en muchas situaciones, cuando
entran en una estructura jerárquica pueden dejar de verse de ese modo y
descargar la responsabilidad de sus actos en la persona que tiene el
rango superior o el poder. Recordemos que los individuos del experimento
accedían voluntariamente a realizarlo, aunque en ningún momento les
dijeron que estarían en una situación en la que tendrían que obedecer
órdenes. Tampoco era necesario. La estructura social del experimento
activaba con fuerza una norma social que todos hemos aprendido desde
niños: “Debes obedecer a una autoridad legítima”, entre ellos los
representantes de instituciones universitarias y científicas (o los
profesores en los colegios), policías, bomberos, oficiales de mayor
rango en el ejército, etc. Cuando el sujeto entra libremente en una
organización social jerárquica, acepta, en mayor o menor medida, que su
pensamiento y sus actos sean regulados por la ideología de su
institución.
Para obedecer, por tanto, la autoridad debe ser considerada legítima. En
los experimentos de Milgram la figura de autoridad se reconocía
fácilmente, como sucede en muchas situaciones de la vida real:
científicos y médicos llevan batas blancas, los policías y los bomberos
llevan uniformes, etc. Todos estos símbolos son capaces de activar la
norma de obediencia a la autoridad.
Por este motivo, Eichmann repetía continuamente que sólo obedecía
órdenes. Se consideraba parte del aparato técnico no pensante, sin tener
en cuenta la posibilidad de que podría o debería controlar su propia
conducta y ser responsable de ella. Por otra parte, cuando los
individuos creen que ellos, y no la autoridad, son los únicos
responsables de sus actos, la obediencia cede. Sin embargo, no todo el
mundo responde de la misma forma ante la autoridad. Algunos piensan que
todos los ciudadanos deben obediencia ciega a una autoridad legítima.
Según estas personas, los subordinados no son responsables de su propia
conducta cuando obedecen órdenes. Otros, en cambio, creen que las
personas siempre son responsables de sus actos y al encontrarse ante una
autoridad que les da órdenes que van contra sus propios valores, se
resisten a obedecer.
Pero estos no son los únicos factores que intervienen en la explicación
de los hechos. Cada vez que el maestro protestaba, el experimentador
centraba su atención en la norma de la obediencia: “el experimento exige
que continúe”, “no tiene elección”, y su calma ante el sufrimiento del
alumno y ante las dudas del maestro, parecían indicarle a este último
que, en esa situación, la conducta apropiada era obedecer por el bien
del experimento, por fines superiores como la ciencia y el conocimiento.
Aún así, otra norma social que también habían aprendido estas personas
desde su infancia les recordaba que no se debe hacer daño a los demás y
que debemos prestarles nuestra ayuda cuando la necesiten. Este dilema
les producía una gran ansiedad porque sabían que no estaban haciendo
nada para aliviar el sufrimiento de esas personas. Milgram había logrado
resaltar la norma de la obediencia y la situación incitaba a los
maestros a prestar menos atención a la norma de ayuda a los demás (o
responsabilidad social). Pero, ¿qué pasa cuando acentuamos la norma de
la responsabilidad social? Como hemos visto, cuanto más próxima está la
víctima al individuo, como cuando tenían que sujetar su mano sobre la
placa, menor es la obediencia. Del mismo modo que la persona que espía
por el ojo de una cerradura se llena de vergüenza al ser descubierta, el
individuo que mira a los ojos de su víctima mientras le aplica la
descarga, se ve reflejado en ella; las consecuencias de sus actos son
demasiado evidentes, el nexo entre acción y consecuencia es palpable y
los ojos de su víctima son el espejo en el que se refleja su propio
rostro y lo hace más consciente de sí mismo y, por tanto, de sus actos,
lo que lleva a un aumento de su sensación de responsabilidad ante ellos.
Esto hace que la norma de responsabilidad social tenga más poder que la
de la obediencia.
Por este motivo, es mucho más fácil firmar un papel decretando la muerte
de una persona, tirar una bomba desde un avión o apretar un botón que
lance un misil en dirección a un país vecino, que torturar o matar a
alguien directamente. Según cuentan algunos testigos, el mismo Eichmann
se vino abajo cuando se vio forzado a recorrer los campos de
concentración en los que había ordenado encerrar a tanta gente.
Probablemente, una persona que se considerase plenamente responsable de
sus actos se habría preocupado por saber, al menos, cuál sería el
verdadero destino de esas personas y qué era lo que realmente estaba
haciendo con ellas.
Paso a paso hasta la tortura.
Los participantes comenzaron aplicando descargas leves de 15 voltios,
que no suponían más que una simple molestia. Después, un poco más,
aumentando gradualmente la intensidad de la descarga. Esta secuencia
también contribuía a que los sujetos se viesen inmersos en la trampa de
la obediencia. Además, llegaron engañados, sin que jamás se les hubiese
pasado por la cabeza que acabarían haciendo tanto daño a alguien.
Tampoco imaginaban que el alumno cometería tal número de errores al
hacer algo tan sencillo (esto también estaba amañado de antemano), ni
que las descargas llegarían a ser tan fuertes. Por otro lado, los
participantes habían accedido a participar voluntariamente y, por tanto,
habían reconocido al experimentador como autoridad legítima, y el hecho
de haber obedecido durante las primeras fases podía estar empujándolos a
continuar haciéndolo.
Culpar a la víctima.
Otro mecanismo psicológico que interviene (y probablemente el más
preocupante) consiste en llegar a pensar que la víctima se merece
realmente lo que le está sucediendo. Muchos de los individuos que
llegaron a los 450 voltios, una vez terminado el experimento criticaban
a los alumnos diciendo que eran tan estúpidos que les estaba bien
empleado. Al pensar que la víctima se lo merece, estas personas se
sienten mejor, pudiendo reducir la ansiedad ocasionada por el conflicto
entre sus deseos de no hacer daño a nadie y su obediencia. Por otro
lado, la tendencia a culpar a la víctima aparece en numerosos contextos
sociales como un forma de protegerse y que está basada en la creencia en
un mundo justo, donde cada cual recibe lo que merece, sea bueno o malo.
De esta forma, pueden pensar que a ellos, que son buenas personas, no
les pasará nada realmente malo. Si, por el contrario, el mundo que nos
rodea es considerado un lugar injusto, a cualquier persona puede
sucederle algo terrible, haga lo que haga, con escasas probabilidades de
controlarlo. De ahí que haya tanta gente que, erróneamente, quiere creer
en ese hipotético mundo donde cada cual obtiene siempre lo que merece. Y
si resulta que nosotros, que somos personas buenas y decentes viviendo
en un mundo justo, le hemos dado una descarga de 450 voltios a una
persona, fue probablemente porque se lo merecía. Una vez que el maestro,
mediante este mecanismo psicológico defensivo, ha llegado a infravalorar
al alumno, éste ha pasado de ser una víctima inocente a convertirse en
alguien que merece el maltrato.
Si volvemos de nuevo al régimen nazi, nos encontramos con una estructura
marcadamente jerárquica donde predomina la norma de la obediencia por
encima de todas, eliminando la responsabilidad del sujeto en sus propios
actos. Los uniformes que todos vestían y que lograban que todos
parecieran iguales contribuía a que no se viesen como individuos
autónomos e independientes, disminuyendo así la percepción de sí mismos;
aspectos necesarios, como hemos visto, para que una persona se considere
responsable de sus actos. El malestar psicológico que podría aparecer al
principio y su tendencia a reducirlo, el castigo a la desobediencia
(junto con la exaltación de la obediencia y la fidelidad al régimen) y
el racismo que se respiraba en Alemania ya antes de la llegada de los
nazis al poder, logró que un gran número de personas inocentes fueran
consideradas como seres cada vez más despreciables y merecedores de
tantas atrocidades.
Del mismo modo, los experimentos de Milgram pueden ayudarnos a entender
la masacre de My Lai, ordenada por mandos norteamericanos durante la
guerra del Vietnam, o las torturas y desapariciones durante la dictadura
chilena. E incluso una excesiva obediencia a la autoridad podría llevar
a errores médicos, debido a que los enfermeros pueden hacer algo que
saben que perjudicará a un paciente simplemente porque el médico se lo
ha ordenado. Algo semejante puede suceder también en un avión. En ambas
situaciones es muy difícil, tanto para el enfermero como para el miembro
de la tripulación, convencer a su superior de que está en un error, y la
persona que sustenta la autoridad no suele permitir que sus órdenes sean
cuestionadas. Según una revisión de los datos realizada en Estados
Unidos, un 25 % de los accidentes de avión pueden deberse a una
obediencia excesiva.
Pero la obediencia ciega no nos lleva sólo a aumentar la probabilidad de
cometer atrocidades o poner en peligro nuestras vidas, como bien pudo
demostrar la American Psychological Association en una exposición sobre
la investigación en psicología. En la parte de la exposición dedicada a
Milgram, se realizó una “demostración” del poder de la obediencia. El
aparato en el que el experimentador sentaba a sus cómplices se
encontraba situado al final de un largo pasillo cuyo suelo constaba de
baldosas blancas y negras alternantes. Grandes letreros advertían a los
visitantes: “Por favor, caminen sobre las baldosas negras
EXCLUSIVAMENTE”, sin darles ningún tipo de explicación hasta que
llegaban al final del pasillo. El 90 % de los visitantes obedeció y
recorrió todo el pasillo caminado sólo sobre las baldosas negras.
Existe en la personalidad humana, la maquinal intención de conformarse
ciegamente con lo establecido.
Saberlo, es ya un principio de superación para conocernos íntimamente un
poco más.
Que sea esta la tarea que nos compete desde hoy.
Pedagogo. Licenciado en Matemáticas, Master en Pedagogía. Actual director del Instituto Icep de Enseñanza y de Investigaciones de Rosario, Santa Fe, Argentina. Ex director del la Sociedad Cultural Mexicana en México DF, actual Miembro de la Red Universitaria del Banco Interamericano de Ética y Desarrollo para Ibero América, Es conferencista sobre la temática de sociología y ética conductual del individuo, sus artículos constan en la biblioteca virtual BID, en la OEI, y en el Ministerio de Cultura de España. Web: ar.geocities.com/insticep
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