Hay dos verdades que coexisten y que a pesar de esto parecen contradecirse. Una es que tenemos mucha más influencia sobre nuestras vidas de lo que pensamos. Hasta cuando permanecemos inconscientes de ello, somos los creadores de nuestra experiencia, definiendo y dando significado a cada cosa que ocurre en ella.
Por otra parte, es solo cuando llegamos a confiar en la vida – en
algo más allá de nuestro entendimiento – y soltamos las riendas del
control que aprendemos a ocupar conscientemente el papel co-creativo que
realizamos con nuestro entorno en el desarrollo de nuestras vidas.
El deseo de poder controlar cada factor en nuestras vidas es una
reacción basada en el miedo. Viene de la falta de confianza en la vida,
de la creencia que somos individuos aislados, separados terminalmente de
lo que nos rodea. De acuerdo con esta forma de pensar, todo lo que pasa
en nuestro interior ocurre en un mundo que existe simultáneamente pero
sin conexión al “mundo real” externo.
En la realidad no existe tal división entre lo interno y lo externo. La
separación entre el “yo” y el mundo que lo rodea es puramente
imaginario, resultado de percepciones falsas. El ego es la construcción
mental-emocional que artificialmente nos aísla de todo lo que percibimos
como “no yo”, y siempre que hay un ego por medio hay una necesidad de
imponer algún tipo de control sobre lo que más lo amenaza: ni más ni
menos que la totalidad de la que se ha independizado.
El ego se ve amenazado por todo e intenta ejercitar control sobre su
entorno para evitar su más grande temor: evaporarse como el espectro
temporal que es; el volver a formar parte homogénea de la totalidad
inseparable de la existencia. El miedo mantiene al ego, y el ego busca
el control.
Con la confianza en la vida viene una reducción en el nivel de miedo y
menos intentos, por tanto, de maniobro por parte del ego. Con la
disminución del ego y sus intentos frenéticos y agotantes de evitar lo
aterrador, incrementa naturalmente nuestra confianza, apreciación y
agradecimiento hacia la vida.
El miedo es el gran enemigo a derrotar, el tirano que nos contamina y
hace que marchemos con cabeza bajada hacia nuestra muerte. La reducción
gradual del miedo que nos posee es posible mediante una relación honesta
con nuestro propio ser y con nuestro entorno. Es crítica la confianza en
la vida: una presencia vasta de perfecta inteligencia que nos conoce y
participa íntimamente en el desarrollo de nuestra vida.
Pero mera confianza, sin experiencia propia, no nos ayudara. Tenemos que
estar abiertos a la posibilidad de que exista una relación personal
entre nosotros y la vida, y a probar esta relación. Una vez recibimos
confirmación tras confirmación, nos volvemos más seguros y aprendemos a
soltar más las riendas del control.
Las tácticas del ego que antes tanto nos convencían se ven claramente
como lo que son: cuentos infantiles basados en ignorancia; ignorancia
basada en el miedo; miedo basado en creencias falsas y poco
investigadas. Volviéndonos más conscientes y capaces de ver las cosas
tal y como son sin la obstrucción del miedo, vemos la imposibilidad e
innecesidad de controlarlo todo en nuestra vida.
Sabemos que la vida nos llevara donde tengamos que ir, y aprendemos a
enfocar nuestra energía en el papel que verdaderamente nos corresponde:
el fluir con la vida en vez de resistirla; la cooperación con, y no la
dominación de nuestro entorno.