¿Qué es el estrés?
“Estrés” es el término con que el investigador Hans Selye rotuló, en
1936, a lo que llamó “un síndrome general de adaptación”: una reacción
instintiva y natural, que le permite al organismo enfrentar cualquier
tipo de demanda incrementada, real o imaginaria. El estrés no es algo
“malo”, es necesario para sobrevivir, pues, frente a un hecho súbito
como un accidente, el cuerpo automáticamente está preparado para
afrontarlo. Pasado el problema, el organismo recupera su normalidad, a
través de otro complejo juego de ajustes.
¿Cuándo se activa el estrés?
Frente a incidentes aparentemente simples (como un ruido no
identificable), situaciones difíciles (divorcio, mudanza, desempleo,
exámenes), sucesos imaginarios (el futuro laboral, la posibilidad de una
operación) o hechos cotidianos considerados traumáticos (un trabajo muy
exigente, entorno familiar con poca gratificación o apoyo, supuestos de
robo o violencia).
¿Qué consecuencias físicas ocasiona?
Trastornos del sueño, problemas digestivos, úlceras, modificaciones
en la conducta sexual, taquicardia, hipertensión, ataques cardíacos,
contracturas, dolores de espalda, fatiga, depresión, alteraciones en la
vida afectiva, envejecimiento, trastornos de ansiedad y pánico, caída
del cabello, artritis reumatoidea, daños en la memoria, depósitos de
grasa en las caderas, debilidad en el sistema inmunológico, disfunciones
en el sistema reproductor. Muchas, ¿no es cierto?
¿Qué reacciones físicas se producen cuando este síndrome aparece?
- Se activa el lóbulo frontal de la corteza cerebral ante una
potencial amenaza.
- El hipotálamo estimula a la pituitaria y a las glándulas
suprarrenales, que segregan adrenalina (y luego, cortisol).
- El cerebro produce endorfinas, que disminuyen el dolor, y la amígdala
envía impulsos nerviosos, que condicionan la respuesta individual.
- El pelo se eriza.
- Las pupilas se dilatan.
- La sangre aumenta la capacidad de coagulación y el sistema
inmunológico se prepara, por si hubiera una lesión.
- Los músculos intercostales permiten que el tórax se ensanche, para
aumentar el volumen de aire.
- Los bronquios se dilatan, para tomar más oxígeno. La respiración se
acelera, a fin de mantener alerta el cerebro.
- El corazón se agranda para aumentar la provisión de sangre.
- La presión sanguínea sube.
- Los músculos se contraen, preparándose para la acción.
- Los vasos sanguíneos periféricos se contraen, para reducir el riesgo
de hemorragias. Los demás vasos se dilatan.
- El hígado libera glucosa (combustible para los músculos).
¿Imaginaste tantas? ¿Cómo es posible que un mecanismo natural, que te
ayuda a reaccionar ante una demanda incrementada, termina siendo causa
de enfermedades? El sistema, muy antiguo, está diseñado para responder
luchando o huyendo. Cuando esto no es posible, todo ese enorme
despliegue de su organismo no se consume en la reacción, provocando
enfermedades.
¿Es el estrés en sí el productor de estos problemas?
No, es, más bien, la compleja interacción entre las demandas del
mundo externo y la capacidad de cada persona para enfrentar amenazas
potenciales. Esta capacidad puede estar influenciada por factores
hereditarios y experiencias infantiles; por la alimentación, la
actividad física y los patrones de sueño; por la situación económica y
el nivel social y por la acumulación de presiones, hasta el punto de
sobrecargar el sistema.
El estrés es un proceso de “equilibrio a través del cambio” o allostasis,
puesto en marcha cuando éramos habitantes de un mundo en contacto con
peligros naturales, como la amenaza de un animal salvaje. Los “peligros”
de la jungla de cemento son otros, pero, en la mayoría de los casos, el
mecanismo del estrés (luchar o huir) no sirve, porque generalmente
ninguna de estas dos conductas son operativas o estás inmovilizado por
el miedo (no solamente frente a sucesos externos, sino como un estado
interno constante) o no puedes contactar o expresar tus emociones o no
confías en ti o el entorno.
Cuando el estrés es muy severo o continuo, se transforma en distrés.
Entonces, el sistema (finamente calibrado) se altera, se sobrecarga y
deja de funcionar adecuadamente, causando toda clase de daños,
diferentes de acuerdo a cada personalidad. Esto es empeorado por la
forma en que se responde al distrés: comiendo mucho y/o mal, bebiendo,
no haciendo ejercicio, trabajando más, etc.
El eutrés, lo contrario de este estrés crónico, consiste en una actitud
positiva y serena, que ayuda a transitar los cambios como oportunidades
estimulantes de la vida, tomados con creatividad y optimismo.
UNA FORMA RÁPIDA DE CENTRARTE:
• Sentado o parado, como prefieras:
• Junta o entrelaza las manos, estira los brazos lo más adelante que
puedas y baja la cabeza; elonga la espalda placenteramente.
• Estira hacia arriba, abriendo las axilas. No te olvides de respirar.
• Inclina un poco el torso hacia la izquierda y la derecha, como si
quisieras desprender la cintura. No fuerces ni exijas tu cuerpo: hazlo
suave y agradablemente.
• Junta las manos atrás y estira los brazos, abriendo el pecho.
• Estira las piernas, primero con los pies apuntando al frente (con lo
que elongas la parte anterior) y luego con los pies para arriba (con lo
que estiras la parte posterior).
• Golpea el piso con los pies unas cuantas veces, liberando el resto de
las tensiones y conectándote con tu cuerpo y tu energía.
• Bosteza ampliamente (absorbe aire como si fueras una aspiradora y, si
puedes, exhala con “ruido”, ¡descárgate!); si no, puedes hacer gestos
con la cara, abriendo grande la boca.
• Continúa parado (con la columna derecha y los pies bien asentados en
el piso) o siéntate cómodamente: los pies separados, apoyados en el
suelo, la espalda recta (no tiesa), bien atrás en el asiento. En ambos
casos, los hombros sueltos, el pecho abierto, el ceño distendido, la
mandíbula floja (separa los labios y los dientes: es imposible relajarse
con la mandíbula apretada).
• Respira. Poco a poco, deja que la respiración se vaya ampliando,
haciéndose profunda y pausada.
• Imagina que, en cada exhalación, vas soltando las tensiones
emocionales y mentales. Confía en tu intención de liberar todo lo que
cargas innecesariamente en el cuerpo y la mente.
• Siente que la quietud se instala en ti, mientras la respiración y la
energía se expanden más y más.
• Dite: “AQUÍ Y AHORA, YO SOY ... (tu nombre) Y TENGO EL PLENO PODER DE
TODOS MIS RECURSOS Y POSIBILIDADES”.
Desdramatiza las situaciones y date cuenta de qué se requiere de ti en
cada circunstancia. Aprende a confiar en el proceso de la Vida (que te
lleva a tu mejor aprendizaje y crecimiento) y a confiar en ti mismo: Tú
eres un diamante: ¡brilla!.
Terapeuta Corporal Integrador.
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