Las Escuelas de Padres están orientadas a ayudarnos a que podamos transmitir a nuestros hijos aquellos valores propios y conocimientos necesarios sin perder de vista el respeto a nuestros hijos como individuos, en este artículo se verá la forma de actuar y asumir nuestras responsabilidades con ellos ya que existen pautas que cualquiera que deba relacionarse con niños y adolescentes debería conocer con el fin de no cometer errores graves.
“Es un hecho que las personas de éxito son aquellas que poseen, además de valores y conocimientos, una gran capacidad para entender sus sentimientos”.
Una cosa es cierta: cuando somos jóvenes, nunca nos planteamos el
hecho de ser padres. Pensamos en nuestra carrera profesional y cómo nos
desarrollaremos en el futuro en términos de salario, nivel interno,
coche de empresa, plaza de parking y, cómo no, el título que aparecerá
en nuestra tarjeta de visita.
¡Seremos los mejores! Aprendemos a planificar, organizar, gestionar
recursos -humanos y materiales- y a ser políticamente correctos en
nuestra organización y, desde luego, un par de idiomas mejor que sólo
uno.
Sin embargo, tarde o temprano, nos planteamos la idea de formar una
familia, con toda la mutiplicidad de modelos que hoy en día la sociedad
nos permite. Si optamos por afrontar el reto, nada de lo que aprendimos
en nuestro desarrollo profesional y que, supuestamente nos madura, es
válido. Los hijos llegan y no tienen manual de uso y, sobre todo, la
garantía no nos permite devolverlos a fábrica.
Los hijos son un regalo en nuestras vidas, pero un regalo que implica
una gran responsabilidad. Aunque nacemos con nuestro propio carácter, lo
cierto es que, el entorno familiar y la forma de educar, marca muchos
aspectos de nuestra conducta.
Y, más allá de la conducta social, también
es cierto que, las habilidades y competencias que adquirimos cuando
somos niños nos pueden ayudar en todos los entornos futuros en los que
nos moveremos, sean éstos la escuela, la universidad, la empresa o la
familia.
Hasta el momento, nos hemos centrado en proporcionar a nuestros hijos
‘dos paquetes para que lleven en su mochila de viaje’: los valores que
constituyen nuestra propia forma de entender la vida y los conocimientos
que le ayudarán a moverse en la sociedad en el futuro.
Ahora bien, hay otro paquete que, hasta hace muy poco, no le hemos dado
importancia: los sentimientos. Está demostrado que tener una
inteligencia emocional desarrollada es necesario. Es un hecho que las
personas de éxito son aquellas que poseen, además de valores y
conocimientos, una gran capacidad para entender sus sentimientos y el de
los demás. Son personas que poseen una desarrollada inteligencia
emocional. Y, lo más curioso del asunto es que, no es hasta la edad
adulta cuando nos encontramos con la necesidad de controlar esos
sentimientos.
Obviamente, debemos empezar a enseñar a nuestros hijos –y quizás
aprender con anterioridad nosotros mismos- unas pautas de comportamiento
que, por un lado, fortalezcan la autoestima –esencial en el desarrollo
emocional del individuo- y, por otro, desarrollen la capacidad de
relacionarse, como animales sociales que somos.
Además, cada día aparecen conductas sociales de los más jóvenes que son
ciertamente preocupantes: agresividad verbal, drogas, sexo descontrolado
y en edades muy tempranas, violencia gratuita, bulling, etc. Esto
demuestra que algo hacemos mal. Estas desviaciones conductuales no deben
esperar a ser modificadas una vez que surgen sino que, simplemente,
deben ser prevenidas. Debemos actuar desde muy temprano para evitarlas.
Con estos dos objetivos presentes, se inician las llamadas Escuelas de
Padres. Están orientadas a ayudarnos a que podamos transmitir a nuestros
hijos aquellos valores propios y conocimientos necesarios sin perder de
vista el respeto a nuestros hijos como individuos, desarrollando
conductas que refuercen su inteligencia emocional. En definitiva,
preparándoles mejor a su desarrollo personal fuera del protegido entorno
familiar.
Existen varias corrientes de psicología infantil, múltiples libros,
revistas, artículos y material de consulta. Pero la información es tanta
y, a veces contradictoria, que nos encontramos perdidos y acabamos
usando el sentido común que, en la mayoría de las veces, resulta
acertado aunque desconcertante. Y, además, la falta de tiempo ocasionada
por los compromisos profesionales y sociales no ayuda en esta labor de
averiguar cómo debemos actuar ante rabietas, peticiones
desproporcionadas, no comer, no ir a dormir, no querer ir a la escuela,
etc. Comportamientos que deben ser corregidos en su momento.
Las Escuelas de Padres nos ayudan en este aprendizaje guiado entre tanta
información. Nos proporcionan pautas simples en las que el sentido común
siempre está presente pero sin desconcertar a quien lo aplica.
Cualquiera que deba relacionarse con niños y adolescentes debería
conocer estas pautas con el fin de no cometer errores graves. Porque
errores vamos a cometerlos y eso es lo primero que tendremos que asumir:
nuestra propia capacidad de pedir disculpas a nuestros hijos cuando nos
equivoquemos para que ellos vean que, realmente, equivocarse es humano.