Cómo educar la inteligencia emocional

Autor: Héctor Gerardo Toledo Rosillo y Minerva Cepeda Escamilla

Inteligencia emocional | Otros conceptos de economía

11-02-2013

Dentro del aprendizaje, como uno de los procesos de la educación, existen factores que influyen de manera significativa para que éste se lleve a cabo de la manera más satisfactoria posible; entre ellos se identifican el contexto escolar, las características de la diversidad estudiantil y las características particulares del docente.

En este último se identifica una peculiaridad que se manifiesta cotidianamente en el quehacer pedagógico: la actitud; la cual define, singulariza y distingue a cada uno de sus homólogos académicos, por lo cual se considera relevante reflexionar sobre cómo influye la actitud del maestro en el desempeño del alumno para un mejor aprendizaje.

Educar la inteligencia emocional de los estudiantes se ha convertido en una tarea necesaria en el ámbito educativo, ya que se considera primordial el dominio de esta habilidad para el desarrollo evolutivo y socio-emocional de los alumnos, así como desarrollar en ellos las habilidades relacionadas con la inteligencia emocional en el ámbito educativo. En contraposición, algunos maestros piensan de forma errónea, que las competencias afectivas y emocionales no son imprescindibles en el quehacer docente.

Para ello se hace necesaria una revisión de las estrategias aplicables en el aula, que permitan estimular la inteligencia emocional con la finalidad de que los estudiantes logren mejores niveles de ajuste psicológico que les permitan, sin mayores preámbulos, el formar parte de un grupo y de una sociedad en continua movilidad.

Una de las razones por la que el docente debería poseer ciertas habilidades emocionales tiene un marcado aspecto altruista y una finalidad claramente educativa. Para que el alumno aprenda y desarrolle las habilidades emocionales y afectivas relacionadas con el uso inteligente de sus emociones necesita de un “educador emocional”.

El alumno pasa en las aulas gran parte de su infancia, adolescencia y juventud, periodos en los que se produce principalmente el desarrollo emocional, de forma que el entorno escolar se configura como un espacio privilegiado de socialización emocional y el profesor se convierte en su referente más importante, en cuanto a actitudes, comportamientos, emociones y sentimientos. El docente es un agente activo de desarrollo afectivo y debería hacer un uso consciente de esta habilidad en su trabajo.

De forma casi invisible, la práctica docente de cualquier profesor debe implicar actividades como:

  • La estimulación afectiva y la expresión regulada del sentimiento positivo y, más difícil aún, de las emociones negativas.
  • La creación de ambientes que desarrollen las capacidades socio-emocionales y la solución de conflictos interpersonales.
  • La exposición de experiencias personales, grupales y de la comunidad, que puedan resolverse mediante estrategias emocionales.
  • La enseñanza de habilidades empáticas mostrando a los alumnos cómo prestar atención, saber escuchar y comprender los puntos de vista de los demás.
  • Favorecer en el educando actitudes de respeto, cooperación y libertad, a través de las tareas escolares y las dinámicas de trabajo en grupo.
  • Respetar profundamente a todos y cada uno de sus discípulos, no teniendo un trato discriminatorio con ninguno de los que conforman el grupo, lo que llevará a un respeto mutuo, reforzando su confianza.

En la relación con los estudiantes, parte importante del rol del docente es saber captar los distintos mensajes que le transmiten, respondiendo a sus intereses y necesidades, favoreciendo la comunicación con ellos y adecuando las estrategias educativas para tratar de integrarlos a todos al proceso de aprendizaje, pero teniendo siempre cuidado en no sobreprotegerlos para no limitar sus posibilidades y el desarrollo de su autonomía. Un docente no debe olvidar que parte de su rol es servir como modelo en muchas adquisiciones, por lo que debe cuidar su actuación y actitudes frente a su grupo de educandos.

Por otro lado, tampoco se debe dejar toda la responsabilidad del desarrollo socio-afectivo del alumno en manos de los docentes, especialmente cuando la familia es un modelo emocional básico y conforma el primer espacio de socialización y educación emocional del niño. Además, incluso cuando el profesorado se encuentra consciente de la necesidad de trabajar la educación emocional en el aula, en la mayoría de las ocasiones los profesores no disponen de la formación adecuada, ni de los medios suficientes para desarrollar esta labor y sus esfuerzos con frecuencia se centran en el diálogo moralizante ante el cual el alumno responde con una actitud pasiva.

Las interacciones profesor-alumno son un espacio socio-emocional ideal para la educación emocional con actividades cotidianas como:

  • Contar problemas o intercambiar opiniones y consejos
  • Recurrir a la mediación en la resolución de conflictos interpersonales entre alumnos
  • Contar anécdotas del propio profesor sobre cómo resolvió problemas similares a los que pasan los alumnos
  • Creación de tareas que permitan vivenciar y aprender sobre los sentimientos humanos como la proyección de películas, la lectura de poesía y narraciones, las representaciones teatrales

Con estas actividades el alumno descubre la diversidad emocional, fomenta su percepción y comprensión de los sentimientos propios y ajenos, observa cómo los sentimientos motivan distintos comportamientos, percibe la transición de un estado emocional a otro (del amor al odio), es consciente de la posibilidad de sentir emociones contrapuestas (sorpresa e ira, felicidad y tristeza) y cómo los personajes literarios o de cine resuelven sus conflictos o dilemas personales.

Seguramente con la práctica se logren trasladar estas formas de tratar y manejar las emociones a la vida cotidiana, aprendiendo a reconocer y comprender los sentimientos de los otros alumnos o profesores, enfatizando con las emociones de los demás compañeros de clase, regulando el estrés y/o malestar, optando por resolver y hacer frente a los problemas sin recurrir a la violencia, en definitiva, enseñando a los alumnos a prevenir comportamientos violentos, desajustados emocionalmente, tanto fuera como dentro del aula.

Actualmente el modelo de competencias: saber, saber hacer y saber ser y la asignación de tutores por grupo en la mayoría de las escuelas del país, permite la instrumentación del diseño para la educación de la inteligencia emocional.

Se apertura la posibilidad de formar alumnos más conscientes y maduros, independientes y con plena libertad en la toma de decisiones. Esto se reflejará en el desarrollo de sus vidas, tanto en el ámbito social, como profesional.

El docente, por su parte, se verá recompensado en dos vertientes. La primera estará en función directa con el proceso enseñanza-aprendizaje, pues se encontrará con grupos más coherentes y homogéneos, maduros emocional y socialmente; y en forma indirecta, se beneficiará moral, emocional e intelectualmente, trayendo como consecuencia una mejor vida familiar, siempre y cuando, aplique en su propia persona lo que desea inculcar en los alumnos.

Bibliografía

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Dr. Héctor Gerardo Toledo Rosillo - htoledomx@gmail.com

Doctor en Economía por el Instituto de Economía y Organización de la Agricultura de la Academia de Ciencias de Sofía, Bulgaria.

M.C. Minerva Cepeda Escamilla

Maestra en Ciencias en Docencia y Administración de la Educación Superior por el Colegio de Estudios de Posgrado de la Ciudad de México.

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