Ahora vayamos a otro componente esencial, basado en la historia y los
aportes de Carlos Mesa, propietario de La Granja, un restaurante de
pollos al carbón.
b. Servicio comienza por Ser:
Carlos es casado, tiene 42 años y está esperando su primer bebé. Fue un
sobresaliente alumno en la Universidad Pontificia Bolivariana, “en una
de las carreras más costosas de aquel entonces, la arquitectura”. Para
solventar sus gastos, se asoció con un compañero de la facultad y juntos
crearon una miniempresa de confecciones. Comenzaron con una producción
de cien pantalones jeans. Los vendieron en un par de días. Duplicaron la
producción, y al cabo de cinco días ya no les quedaba ni uno solo…
No lo podían creer. Éxito inmediato. Los estudiantes de arquitectura se
entusiasmaron y crearon la marca Cemento10 para sus jeans y sus camisas.
Mientras el negocio prosperaba, Carlos recibió su diploma y comenzó a
recibir llamadas de algunas firmas constructoras para desarrollar
diseños. Había ingresado al mundo profesional con el pie derecho.
Tiempo después se independizó de su socio y abrió las puertas de un
local en un exclusivo sector comercial. Allí siguió vendiendo prendas
con su marca y, a la vez, continuó ejerciendo su profesión, “pero ya en
la segunda fase, mucho más interesante: me dediqué a los proyectos
asociativos, a diseñar conjuntos de viviendas para personas de mi
círculo social y de otras que me buscaban por recomendación. Decidí
cerrar el almacén de ropa y me consagré por completo a los proyectos de
construcción”.
Fue justo en esta etapa cuando aprendió una importante lección
relacionada con la calidad en el servicio, con la satisfacción del
cliente:
“Tradicionalmente, la relación entre arquitecto y cliente es de
imposición de criterios por parte del primero. Les dicen a los clientes,
a veces en forma discreta, a veces no, que ellos saben perfectamente
cómo diseñar un ambiente, un espacio, y que los ocupantes del espacio
deben aprender a acomodarse a esos patrones. Nunca estuve de acuerdo con
eso”.
“Mientras desarrollaba los proyectos asociativos, me ocupaba y me
preocupaba por conocer mejor a los futuros dueños de esos espacios.
Conversaba con los aportantes una y otra vez para interpretar, para
conocer mejor sus necesidades. Al fin y al cabo, pensaba yo, lo habitual
es que una persona o un grupo familiar adquiera un bien inmueble cinco o
seis veces en su vida, cuando mucho. Por consiguiente, ofrecer el mejor
acompañamiento y la mejor asesoría antes de entregar el bien era lo más
indicado, y créame, los aportantes se mostraban muy agradecidos con mi
proceder”.
En 1999, mientras Carlos administraba cuatro proyectos a la vez, se
desató con toda su fuerza la peor crisis financiera que Colombia hubiera
vivido en más de una década. La economía comenzó a registrar índices
negativos en forma acelerada y numerosas empresas quebraron. La
angustiosa situación obligó al arquitecto a cambiar de actividad en
cuestión de meses. Fue entonces cuando tomó la decisión de abrir el
restaurante La Granja, en una avenida comercial rodeada de barrios
residenciales de clase media y media alta:
“Mi pasión era y sigue siendo la arquitectura, pero ya sabe, nadie se
imagina lo que le espera. Y aquí viene la segunda lección, vital, para
dueños y empleados de cualquier negocio, en cualquier categoría que
estén: convencerse de que las cosas hay que hacerlas bien, con entrega,
con dedicación, así no fuera eso lo que habíamos planeado hacer cuando
adelantábamos nuestros estudios. Todo el mundo quiere hacer dinero en lo
que le gusta, pero si alguno de estos presupuestos falla, por esta o
aquella razón, muchos se desmoralizan y hacen las cosas con desdén, con
desgano. Son pocas las personas que he conocido que se dicen a sí mismas
‘perfecto, tengo que hacer esto porque no hay otra alternativa, entonces
hagámoslo bien y veamos si esto me lleva, de una u otra manera, a ganar
buen dinero, a hacer lo que me gusta. Eso hace parte fundamental de lo
que yo llamaría LA ARQUITECTURA DEL BUEN SERVICIO, hacer lo mejor, de
cara al cliente, por el gusto de hacerlo, no porque coincida o no con
nuestra película de bienestar y éxito’”.
Muchas personas fracasan en abrazar, en fundirse con esa manera de
sentir y de vivir, afirma Carlos. Y sostiene que esa actitud no aparece
de la noche a la mañana: es de estructura, de formación, de escuela
hogareña. Sostiene además que servicio es ser, ser ante todo, antes que
hacer. Su negocio, como muchos otros, tiene una alta rotación de
personal, y no debería ser así, “pero las carencias de estas personas
van más allá de sus limitaciones económicas, esa es la verdad. Yo
trabajo hombro a hombro con los empleados, les doy apoyo y confianza,
pero fíjese cómo son las cosas, entro en conversaciones con ellos y les
pregunto: a ver, díganme cuáles son sus sueños, sus aspiraciones, qué
los pone a vibrar de la felicidad… Díganme cómo se ven ustedes mismos
dentro de tres o cinco años, caray, y no, algunos no saben ni qué
responder. Viven el día a día y nada más”.
En diez años, el restaurante ha sido una buena alternativa de ingresos
para Carlos. Sigue aspirando a tener su propia firma de asesoría en
diseño arquitectónico, pero no se lamenta de haber dado el giro hacia el
negocio de restaurantes. De cada diez clientes que tiene en la
actualidad, cinco visitan su negocio al menos una vez por semana, y dos
de esos cinco no han dejado de acudir desde que abrió sus puertas.
“Claro, año tras año fui aprendiendo cómo ofrecer un pollo al carbón de
primera calidad. Los negocios de comida no son fáciles de administrar.
Exigen un seguimiento constante y no es fácil delegar tareas en algo que
no depende de un simple manejo de inventarios. No se trata sólo de
llevar cuentas, o sea, que ayer compré cincuenta pollos y al final del
día me quedaron diez”.
Carlos marina los pollos antes de subirlos al asador y siempre trata de
prestar un servicio óptimo. “Aquí llegan clientes de todos lados,
incluso de barrios muy distantes. Yo me afano en lucirme con los
clientes porque eso me hace sentir valioso, importante”.
Y antes de dejar el restaurante, nos deja una tercera lección sobre la
calidad del servicio, una en la cual vale la pena hacer hincapié en los
entrenamientos y en los procesos de atención y satisfacción. Es la que
alude a la percepción del proveedor con respecto al cliente: “Yo he
visto cómo se ponen los empleados cuando viene un familiar a visitarlos.
Les cambia la expresión del rostro y se afanan para que la visita esté
completamente a gusto con la atención y con la comida. Cuando eso pasa,
les digo que el trato con el cliente, con cualquier cliente, debería ser
así, igualito. Les digo que se imaginen que esa persona que acaba de
llegar es su hermano, su primo o su madrecita, que no se me queden
cortos, que hagan de cuenta que esta es nuestra casa y que viene una
visita muy grata a hacernos compañía”.
“También les digo que se concentren en los detalles. Por ejemplo, si las
patatas salen chicas, les digo que no le den al cliente cuatro
pequeñitas, sino dos grandes y dos pequeñitas. Y si el pollo está
pequeño, pues lo mismo, que tomen un pollo más grande, lo despresen y
mezclen presas grandes y pequeñas”.
A Carlos no le preocupa mucho la actual coyuntura recesiva mundial. Lo
que hay que preguntarse a menudo, dice él, es si estamos en crisis o si
somos crisis. Lo segundo es lo más delicado, porque saldremos de apuros
si sabemos de qué estamos hechos, si tenemos la ESTRUCTURA mental, moral
y anímica para enfrentar esos retos.
Y cierro este artículo con un testimonio gráfico de este arquitecto con
una encomiable y ejemplar estructura de servicio.


Juan Carlos Díez P.
Conferencista internacional con dieciséis años de trayectoria profesional. Obtuvo beca plena al ocupar el primer puesto en las pruebas de admisión de la Facultad de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de la Sabana (Bogotá, Colombia). Fue miembro del equipo de investigaciones de la Agencia Colprensa, en la cual desarrolló trabajos de amplia divulgación en los más importantes diarios del país. También ha sido columnista de El Tiempo, el diario más importante de Colombia.
Díez Posada es considerado uno de los más calificados y amenos expositores latinoamericanos en temas de servicio al cliente, habilidades de comunicación, oratoria y presentaciones efectivas, desarrollo del talento innovador/creativo, crecimiento personal, liderazgo, trabajo en equipo y motivación.
En agosto de 2008 recibió el Premio Estrella de Oro Internacional al mejor conferencista del mes, otorgado por la Red Mundial de Conferencistas. En 2008 cumplió diez años de carrera como escritor profesional. Ha publicado siete libros en diversos géneros. Crónicas a bordo de un taxi (2004) y De la música a la mafia (2007) fueron publicados por la Editorial Alfaguara (sello Aguilar) y la Editorial Universidad de Antioquia, respectivamente. En junio de 2009, junto con su colega y conferencista asociado Wilman Roa Franco, publicó Motivación sin secretos (sello Intermedio Editores, Grupo Planeta Editorial). En ella, los autores realizan un ejercicio mayéutico sobre temas de crecimiento y superación personal cuyo estilo no tiene precedentes en el mundo editorial, el cual han denominado Chatbook®. En diciembre de 2009 fue lanzado Usted tiene la palabra (Intermedio-Planeta Editores), una obra sobre alta competencia en oratoria y presentaciones efectivas.
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