“A partir de mis estudios de PostGrado y de mi experiencia en cargos
directivos, me he interesado especialmente en la Dirección Estratégica
de las organizaciones, y en particular en cómo las relaciones entre las
personas representan los enlaces vitales que transforman -o no- las
hipótesis estratégicas en resultados.
En base a este tema desarrollé una ponencia para el Simposio y tuve el
orgullo ser seleccionada como Expositora por un Jurado muy calificado,
que sólo aprobó el 35% de los trabajos presentados” nos comenta.
Clara García, de cuyo frondoso CV, incluímos una pequeña muestra al pié
de la nota, es actualmente Directora Ejecutiva de Red Profesional -
Consultora en Estrategias Integradas de Negocios, especializada en Alta
Dirección. Consulte el e-stand que Clara posee en Mujeres de Empresa.
Según pasan los años
De la estabilidad al cambio contínuo
Los entornos estables caracterizaron el contexto de las empresas
industriales de post-guerra, donde se forjaron las teorías de dirección
de empresas predominantes hasta fines del siglo XX. Las organizaciones
buscaban producción cuantitativa mediante procesos racionales y
disciplinados, donde los cambios se producían de manera lenta y gradual.
Por el contrario, los últimos veinte años se han caracterizado por una
frecuencia traumática de cambios significativos, motivada por fuerzas
macroeconómicas que seguramente influirán aún más en las próximas
décadas. Estas transformaciones vertiginosas impusieron el desafío de
equilibrar la tensión que el cambio produce, y el temor que el ser
humano en general tiene a lo desconocido.
De la simpleza a la complejidad creciente
A principios del siglo pasado, las empresas descomponían complejas
tareas de fabricación en secuencias de tareas mucho más simples. Los
directivos industriales determinaban métodos de trabajo eficientes y
estándares, para que empleados con poca formación los realizaran como
una única tarea sencilla. Hoy, ése método de trabajo está prácticamente
obsoleto. La orientación funcional ha migrado a un enfoque de procesos
complejos e interrelacionados, donde no se miden tareas sino resultados.
Los procesos analíticos, simples y lineales fracasan al aplicarse a
proyectos múltiples y flexibles, de resultados dinámicos e
interdependientes. La gestión de activos materiales, además, ha cedido
su primacía a la gestión del conocimiento, desplegando activos
inmateriales como las habilidades y aptitudes, la tecnología de
información, la capacidad de innovación o el clima organizativo. Las
limitaciones de gestionar sólo con indicadores financieros se ha hecho
entonces evidente, ya que el valor sostenible de una organización se
crea a partir de relaciones causa-efecto entre activos intangibles y
tangibles, difícilmente medibles en los términos de las finanzas.
De la mirada interna al mundo global
El escenario preponderante de la empresa había sido, hasta entonces,
la empresa misma. La cultura organizacional se enfocaba hacia su
interior, dejando en segundo plano a un contexto no amenazante por
entonces. Pero fuerzas económicas y sociales globales enfrentaron a las
organizaciones a desafíos desconocidos hasta hace pocos años: cambios
tecnológicos, integración económica internacional, maduración de
mercados en países desarrollados, entre otros.
Como en toda crisis, las consecuencias han sido mayores riesgos y
mayores oportunidades, para organizaciones que ahora deben ser capaces
de adaptarse a medida que el mundo cambia, y a hacerlo en tiempo real.
Pero tal transformación obliga a abandonar la zona de comodidad, a
aprender nuevas habilidades y comportamientos, a manejar adecuadamente
las amenazas externas, y a hacerlo probablemente con menores recursos.
El problema es que la mayoría de los directivos -formados en una época
en que el cambio global no era algo común- carecen de una herencia
personal o de una capacitación académica que los guíe a través de este
proceso.
De la instrucción simple a la dirección estratégica
En los procesos repetitivos escasamente complejos (cuya
representación más acabada fueron las primitivas cadenas de montaje) o
al requerir que personas poco calificadas ejecuten tareas puntuales,
dirigir a través de instrucciones simples ha sido tradicional. Estos
ambientes de estricta orientación mando / control se caracterizaban por
una planificación detallada de tareas, en general monótonas y poco
enriquecedoras, que generaban el no compromiso de los trabajadores.
A mediados del siglo XX, Peter Drucker introdujo una herramienta
superadora, la Dirección por Objetivos, que incorporaba el concepto de
motivación personal, integrando la necesidad de crecimiento empresarial
con las necesidades de autorrealización de las personas.
Durante la década de los 90, caracterizada por la complejidad
organizativa, la globalización económica, la alta profesionalización de
los directivos, la sofisticación de los productos, la creciente
exigencia de los clientes y los entornos cambiantes, diferentes autores
plantearon nuevas herramientas de dirección, enfocadas a la dirección
estratégico como legitimador de profundas transformaciones. El ciclo
evolutivo de la dirección se perfecciona entonces, en directivos capaces
de vencer el poder de la situación actual e inspirar a su organización
hacia cambios estratégicos.
De la administración al liderazgo
La organización caracterizada por entornos estables, procesos de
tareas simples, cultura enfocada a lo interno y estilo de dirección
mando / control, requería –sin más- de excelentes administradores. La
administración es un conjunto de procesos que logra que un sistema
complejo de personas y tecnología funcione sin problemas. Otorga orden
-por su faceta de control- y predicibilidad -proyectando en base al
pasado- Pero, como vimos, la organización actual se mueve en entornos
fuertemente cambiantes, con procesos complejos e interrelacionados que
miden resultados, influidos culturalmente por el mundo global y
expuestos a profundas transformaciones. No parecen ser entonces los
administradores, formados histórica y profesionalmente para organizar
con eficiencia la condición preexistente, quienes se encuentren más
preparados para dirigir estas novedosas transformaciones
organizacionales.
Son los líderes quienes ocupan el rol de la dirección estratégica;
definen cómo debería ser el futuro, alinean a la gente con esa visión, y
los inspiran para hacerla realidad a pesar de los obstáculos. Los
administradores han aprendido a pensar en términos de jerarquías y
estructura formal, y se sienten confortables con la comunicación de
hechos ya ocurridos. Los líderes, en cambio, abordan el facultamiento de
las personas y la cultura subyacente, mientras que comunican estrategias
y sueños orientados al futuro.
La organización centrada en la estrategia
El líder
Como se advierte, transformación y liderazgo son conceptos
biunívocos. El líder crea el clima para el cambio, la visión de lo que
el cambio puede lograr, el proceso de gobierno que promueve la
comunicación, las discusiones francas y el aprendizaje estratégico. Toma
el reto de ir más allá de los límites, desafiar la situación
prevaleciente y correr riesgos. No se aferra al pasado sino al futuro.
La creación de futuro es casi siempre un ejercicio desordenado y
difícil, que en ocasiones lleva una alta carga emocional. El primer
borrador de la visión -su imagen “imaginable” del futuro- establece un
profundo contacto interior, y los debates que preceden a su redacción
definitiva suelen sacar a la luz opiniones conflictivas en el resto de
los directivos. Pero los grandes líderes saben cómo lograr que objetivos
ambiciosos sean estratégicamente viables.
Su visión motiva a las personas a alcanzar oportunidades futuras y a
comprender que sólo transformando la organización actual podrán ir tras
esas oportunidades. En un mundo que se desplaza cada vez con mayor
rapidez, una sola persona -el líder solitario- ya no puede manejar por
sí un proceso de cambio tan difícil de lograr. Requiere de una fuerza
poderosa, un comité de directivos de alta credibilidad, que dediquen
tiempo para tomar decisiones por fuera de la rutina y que asuman el
objetivo común de la transformación, aceptando que impone sacrificio,
dedicación y creatividad.
Una transformación exitosa requiere la coalición de una fuerte presencia
de liderazgo que plantee cambio, innovación y ejes de largo plazo, a la
par que una necesaria administración que garantice orden,
predictibilidad y resultados a corto plazo.
El desafío del líder es sostener el esfuerzo organizacional en el
tiempo, generando logros cercanos que otorguen la credibilidad y
retroalimentación necesarias para sustentar los esfuerzos a largo plazo.
Pero es justamente el comportamiento del líder ante resultados negativos
temporarios, el que pone a prueba su compromiso para crear valor
sostenible a futuro. Una actitud coherente reafirma la credibilidad de
la estrategia y la energía para sostenerla.
La estrategia traduce la visión de la organización, para que las
acciones de las personas estén en línea y apoyen al futuro elegido.
Asumir una estrategia implica una opción. Al decir de M. Porter “La
estrategia transforma lo que uno decide hacer en tan importante como lo
que uno decide no hacer”.
Una estrategia bien diseñada y comprendida, apalanca cómo el láser su
limitada fuente de energía para producir un haz de luz exquisitamente
brillante y enfocado. Resalta en la oscuridad el futuro elegido.
Contiene la “receta” que permite que “ingredientes” preexistentes se
combinen de manera innovadora. Pero sólo se puede aplicar si se
comprende, y sólo se puede comprender si ha sido claramente descripta y
vastamente comunicada.Los nuevos enfoques de liderazgo nos sugieren
abandonar la comunicación de objetivos en cascada a través de la cadena
de mando, y en cambio comunicar la estrategia en forma holística, como
un todo. Conocer la estrategia completa genera en los empleados una
profunda revalorización de su capacidad y su rol, inspira a adquirir
nuevas habilidades interdisciplinarias y ubica la motivación personal
dentro de la estrategia organizacional.
El éxito viene de hacer que la estrategia sea el trabajo de todos. La
capacidad de ejecutarla puede ser más importante aún que la formulación
en sí. ¿Cómo hacer entonces, que la estrategia ocurra?
La aplicación de la estrategia requiere una dedicación y un esfuerzo
continuos, que involucra enérgicamente a sus líderes. El proceso exige
romper con tradiciones y comportamientos arraigados. Por la traba que
plantea en la comunicación y en la generación de confianza, la gestión
por compartimentos estancos es una de las primeras barreras
estructurales a derribar.
Equipo y proyecto
Las organizaciones se diseñaron tradicionalmente en estructuras
piramidales seccionadas en especialidades, cada una de ellas con un
conocimiento, un lenguaje y una cultura que le son propios, formando
silos funcionales que dificultan la comunicación y la coordinación.
La mayoría de los ejecutivos de primer nivel fueron formados en una
época en la que el trabajo en equipo no resultaba primordial.
Históricamente, han defendido las competencias funcionales como dominio
de una única especialidad.
Desde que la organización basada en la estrategia comenzó a formar
equipos interdisciplinarios de solución de problemas, ocurrió una gran
“fertilización” cruzada de habilidades. Sin embargo, fuertes defensas
estructurales y formales apuntan a minar los equipos de maneras sutiles.
Un proceso de compartir información en equipo debe venir precedido de la
creación de un ambiente que cambie la crítica y la microgestión, por el
diálogo constructivo y reforzante.
El equipo permite que los empleados piensen más allá de sus
encasillamientos, y lo hagan de manera innovadora y plurifuncional
comprendiendo su rol en un proyecto global. Y como enfatiza Tom Peters
“.. un proyecto es dinámico, estimulante, es algo que anuda lazos muy
sólidos con los colaboradores”
Nuevos lazos estratégicos de intelecto y emoción
Arraigar nuevas conductas y valores
Nos dice G. B. Shaw: “El mayor problema de la comunicación, es la
ilusión de que ya se ha conseguido” Tenemos la mente demasiado
desordenada, y cualquier comunicación que recibamos tiene que pelear por
nuestra atención con cientos de ideas diferentes, tiene que lidiar con
asuntos intelectuales o emocionales difíciles. De manera que las ideas
se arraigan profundamente después de haber sido escuchadas un sinnúmero
de veces, en especial por diferentes canales.
Se requieren nuevas experiencias para cambiar paradigmas fuertemente
instalados. Aprender haciendo es poderoso y no es un proceso de una sola
vez, sino una gestión continua. Capacitarse actitudinalmente es tan
importante como hacerlo en materia de habilidades.
La cultura subyacente de una organización influye de manera poderosa e
inconsciente en el comportamiento humano, y su virtual invisibilidad
dificulta enfrentarla. Es esa cultura la que tratará de reafirmarse si
no se contribuye esforzadamente para que las nuevas prácticas y los
nuevos valores arraiguen. Las tensiones entre las conductas innovadoras
y la vieja cultura se presentarán de manera instintiva, y el cambio
estará siempre sujeto a regresión.
Se necesitan años de experiencia diferente y haber percibido el
beneficio del cambio, para que la cultura acompañe sólidamente a la
transformación organizacional. Un óptimo enlace entre la estrategia de
alto nivel y la adopción de nuevas acciones, se produce cuando las
empresas unen los programas de incentivos y recompensas (monetarios o
no) al control estratégico.
Tan dificultoso como adoptar comportamientos actitudinales diferentes,
lo es involucrar en las personas un nuevo conjunto de valores y
prioridades. Pasar de ser “una organización que da instrucciones” a ser
“el mejor proveedor de servicios”, enfrenta al reto de modificar la
tradición de mirar hacia adentro para enfocarse al cliente externo.
Algunas organizaciones cometen el desatino de menospreciar el poder de
las fuerzas sutiles y sistémicas de la cultura corporativa, no
advirtiendo que operan en defensa del status quo.
Discusiones honestas para el aprendizaje contínuo
Las organizaciones enfocadas a la estrategia deberán, necesariamente,
modificar las normas relativas a la cortesía política, la diplomacia que
acata costumbres establecidas y la actitud de ocultar las malas
noticias. Habrá que apagar “el canal” del diálogo deshonesto. En muchas
organizaciones la falta de confianza y de comunicación intensifican una
rivalidad equivocada. No parecen percibir correctamente las amenazas
externas, y los disparos más potentes apuntan hacia adentro.
La complacencia suele ser abonada por la tendencia por demás de humana
de negar aquello que no queremos escuchar. De manera que cuando surgen
evidencias de un problema grave, con frecuencia las organizaciones
tratan de ignorarlo, aunque sepan interiormente que “lo único peor que
las malas noticias son las malas noticias que llegan tarde”.
El nuevo paradigma implica que las reuniones generen datos pertinentes,
sobre los que se realicen discusiones honestas. La manera en que se
conduce la reunión y la reacción ante los datos aportados, es sumamente
importante. En la vieja concepción, quien informaba de una cifra
desfavorable se encontraba solo, aislado y a la espera de la reprimenda.
Hoy, el equipo debe interesarse y responder: ¿Cómo podemos ayudar? ¿De
qué manera podemos influir para que en el futuro esto no pase? El líder
deberá estimular el aprendizaje compartido, guiar las preguntas y
orientar la discusión a la solución de los problemas.
Y la discusión implica riesgos. Pero la organización con imperativos
estratégicos se obliga a abandonar su zona de comodidad y a poner a
prueba nuevas ideas. Porque sin retroalimentación honesta, el
aprendizaje organizacional se vuelve prácticamente imposible.
Los enlaces interpersonales
La mayor parte de las personas, especialmente quienes están más
preparados, aceptan las ideas innovadoras en tanto hayan podido desafiar
las hipótesis dadas, plantear sus interrogantes y exponer sus
argumentos. Pero frecuentemente, los iniciadores del cambio evitan esta
retroalimentación, quizás por el temor a que la nueva visión no supere
el debate. Pero en definitiva, afrontar la discusión honesta y
reformular un planteo innovador resultará mucho más provechoso que
seguir un camino incorrecto, o un camino que los demás declinarán
seguir.
La estrategia implica el traslado de una organización desde su posición
establecida, a una posición futura deseada pero incierta. La clave para
aplicarla es hacer que todas las personas conozcan y entiendan las
hipótesis subyacentes, es decir las relaciones causa-efecto entre los
inductores y los resultados buscados.
Este conocimiento permite a los empleados encontrar las mejores formas
de hacer negocios, que contribuyan a los objetivos estratégicos. El reto
para las organizaciones es cómo implicar las mentes y los corazones de
todos sus empleados. Cómo hacer que sus trabajos sean más interesantes,
que se enorgullezcan de sus responsabilidades, que dispongan de más
oportunidades y que encuentren posible el desafío de su propias
iniciativas.
Este es el nuevo enfoque, cargado de fuertes motivaciones intrínsecas.
Porque todo lo importante suscita emoción. Todo.
Clara García es Contadora Pública y Licenciada en Administración,
finalizó estudios de Post-Grado en Dirección de Empresas e inició una
Maestría en Desarrollo Económico Local. Es actualmente Director
Ejecutiva de RED PROFESIONAL, Consultora en Estrategias de Negocios para
la Alta Dirección. Docente de la Universidad Austral en la materia
"Política de Empresa". Se desempeñó como VicePresidenta del Banco
Municipal de Rosario; Presidenta de la Fundación de dicho Banco; Sub-Secretaria
de Economía de la Municipalidad de Rosario y Asesora de Empresas
Privadas.
Publicado por
Mujeres de Empresa bajo el título:
Creando futuros en los negocios 7.Marzo.03 y distribuído bajo
una
Licencia Creative Commons.
http://www.mujeresdeempresa.com/management/management030301.shtml
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