Este articulista recuerda su infancia sin televisión ni calefacción,
su veraniega tarea diaria de ir a comprar la barra de hielo que debía
introducirse en la nevera, las camas con sommier y colchón de lana, los
camiones que arrancaban a golpe de manivela, el impacto de la penicilina
y las vacunas, la llegada del gas butano, la de los grandes
ordenadores... En verdad se funden los conceptos de novedad valiosa y
progreso, y al respecto las cosas parecen ir más rápido cada día,
consecuencia de la globalización, de la “sociedad de la información”,
del creciente flujo y valor del conocimiento, y de la facilidad para
comunicarse.
En la empresa, la innovación ha de apuntar, sí, a los procesos
operativos, pero también y desde luego a los productos y servicios
ofrecidos tras el inexcusable objetivo de incorporar al mercado
novedades valiosas y atractivas.
Estas novedades surgen a veces fruto de
orquestados esfuerzos de investigación y desarrollo (I+D), pero también
pueden tener su origen en el pensamiento penetrante, crítico, conectivo
y creativo de algún individuo perspicaz; en el salto cuántico que puede
suponer una idea certera, impulsada o no por alguna subvención o
motivación extrínseca.
En 1997, leíamos en la revista Fortune: “La innovación es la
característica singular que engrandece a las mejores compañías. Las
compañías que saben cómo innovar no necesariamente invierten grandes
sumas en investigación y desarrollo; en vez de ello, cultivan un nuevo
estilo corporativo de conducta que admite nuevas ideas, cambios, riesgos
e incluso errores”. Diez años después, el mensaje parece seguir vigente:
los resultados pueden mostrarse espectaculares cuando nos dedicamos a
pensar con penetración y esmero, y desplegamos conexiones y
abstracciones valiosas.
Incluso cuando hablamos de innovaciones aparecidas como fruto de la
casualidad —el velcro, el teflón, los rayos X, la penicilina, la
aspirina, el Walkman, el caucho vulcanizado, el fonendoscopio, el horno
de microondas y algunos edulcorantes, entre otros muchos ejemplos—,
resulta evidente que se necesitó una mente sagaz e intuitiva que
advirtiera las implicaciones, las posibilidades, las aplicaciones.
Hay, sí, historias especialmente significativas; experiencias
interesantes que apuntan al elemento clave de la economía del
conocimiento: la innovación. A menudo los medios económicos destacan
nuestro suspenso en esta asignatura, pero, contando con la voluntad de
hacerlo, ¿podemos aprender a innovar? Pensará el lector que primero
tendríamos que aprender a aprender; que, antes de añadir novedad,
habríamos de conocer bien lo ya existente... Pero sí: en busca del
aprobado en esta asignatura, también podemos aprender a innovar, e
incluso hacerlo de forma grata y efectiva, por ejemplo mediante el
estudio de casos reales y aleccionadores.
¿Han analizado los perfiles de las personas más creativas? ¿Qué les
parece, por ejemplo, la capacidad de abstracción que desplegó Genrich
Altshuller en el conocido método TRIZ de solución creativa de problemas?
¿Recuerdan cómo descubrió Loewi el primer neurotransmisor, la
acetilcolina, o cómo surgieron, por ejemplo, las vacunas? ¿Son ustedes
conscientes del papel de la intuición, a veces también en forma de
sueños reveladores, en numerosos avances técnicos y científicos? ¿Quién
y cómo estableció la trayectoria elíptica de los planetas en torno al
Sol? ¿Qué fuerza lleva a los científicos a elegir la hipótesis acertada?
En la gestión empresarial y como referencia, se utilizan casos de
acierto (como el del Walkman de Sony) y desacierto (como el de la New
Coke, de Coca Cola) de los que podemos aprender todos. En efecto, en la
emergente economía del saber y el innovar, deberíamos tal vez dirigir
más específicamente la búsqueda de referencias, ejemplos y casos
aleccionadores hacia lo relacionado —“Lecciones de innovación”, hemos
titulado estas páginas— con el avance del conocimiento en cada campo
técnico y científico, es decir, hacia lo más unido a la inexcusable
innovación en procesos, productos y servicios, en beneficio de la
competitividad.
La narración de historias
Tendríamos que seleccionar con cuidado las referencias a analizar, y
obtener de ellas todo el provecho posible. Nos gustaba, de niños, que
nos contaran cuentos, y la escucha nos resultaba una actividad
autotélica: no nos sentíamos obligados a aprender de modo consciente,
pero nos divertíamos. Yo recuerdo todavía las historias que, en verano,
nos contaba (hace casi 50 años) el religioso salesiano Antonio Sánchez
Romo en el colegio de María Auxiliadora de Madrid. Ahora, adultos ya y
profesionales obligados a aprender continuamente, podemos concentrar
nuestra atención en un relato idóneo, pero necesitamos extraer
conclusiones valiosas que nutran nuestro desarrollo y nos iluminen en el
desempeño profesional.
Sin descartar el “entretenimiento oral para públicos selectos”, que así
identifica su negocio una de las agencias de oradores y conferenciantes,
yo hablaría asimismo de la necesidad de “adiestramiento oral para todos
los públicos (interesados)”, y desde luego para “aprendedores
permanentes”, que es lo que somos todos nosotros en la economía actual.
La enseñanza acroamática es potente como método, pero el aprendizaje se
extrae del contenido y, para éste, el método no parece mucho más que un
soporte enriquecedor.
Por supuesto, al desplegar una experiencia aleccionadora, el storyteller
puede, consciente o inconscientemente, reformular o sintetizar los
hechos de modo que encajen mejor en el propósito perseguido; pero, si
éste es recto y no espurio, la enseñanza se robustece. Más si, en un
escenario idóneo (un seminario o workshop), el docente utiliza técnicas
mayéuticas facilitadoras del aprendizaje.
Desde el plano discente, el del aprendedor permanente —lifelong
learner—, creo que, al analizar historias curiosas y valiosas, todos
hemos de hacerlo penetrando en los detalles más significativos y
aleccionadores. Entre otros propósitos, por un lado podemos identificar
las facultades y fortalezas que caracterizan al innovador en cada
escenario profesional, y enfocar quizá mejor nuestros esfuerzos de
desarrollo; y por otro lado, podemos tomar conciencia de cómo se
relacionan o conectan los campos del saber, de cómo la experimentación
acaba generando resultados, de cómo a menudo se han de vencer
resistencias y se precisan idóneos apoyos, etcétera.
Algunas historias
Les traigo algunas historias. No se trata de una muestra neutra sino
dotada de propósito, pero con buenas intenciones: la de recuperar un
significado intrínseco para el concepto de innovación, la de destacar
los rasgos más característicos del innovador, y la de señalar otros
considerandos oportunos. Les traigo, sí, algunas historias muy
sintetizadas, a las que he adherido conclusiones propias que someto a su
aquiescencia o reformulación: hagan sus propias lecturas. En los
primeros casos, observaremos empresarios innovadores, y ciertamente ha
de reconocerse la grandeza de los individuos emprendedores; pero después
veremos también que la iniciativa o hallazgo puede surgir de un
profesional experto en el desempeño de sus tareas, e incluso en tiempo
de ocio. Y también recordaremos algún desacierto o fracaso en la
iniciativa innovadora, incluyendo un caso español.
Las hamburgueserías McDonald´s
Todo empezó en 1954, cuando Raymond Kroc vendió 8 batidoras a un
singular restaurante de gran éxito por su eficacia y rapidez: el de los
hermanos Dick y Mac McDonald en San Bernardino (California). “Si hubiera
muchos restaurantes como este —pensó él—, vendería muchísimas
batidoras”. Y pronto dejó de pensar en las batidoras para hacerlo sobre
la idea de las franquicias: llegó a un acuerdo con los hermanos, y en
1955 abrió un restaurante similar en Des Plaines, Illinois, su estado
natal. El negocio funcionaba y en 1960 había más de cien restaurantes
McDonald´s, sin embargo los desacuerdos de Ray con Dick y Mac —éstos
parecían frenar la expansión de la cadena— acabaron siendo constantes.
Así se llegó en 1961 al traspaso del negocio, por el que Ray Kroc pagó
—se endeudó para poder hacerlo— casi 3 millones de dólares. Sin duda
Dick y Mac habían sido innovadores, pero pareció faltarles la saludable
ambición empresarial de que sí disponía Ray. Fue una arriesgada decisión
para este legendario empresario, que confesó haberla tomado tras
consultar a su voz interior y desestimar el criterio contrario de sus
abogados y asesores; pero él estaba desde luego irrefrenablemente
convencido, y dispuesto a llevar adelante su visión. La hamburguesa
McDonald´s “mil millones” (el billion americano) llegó muy pronto: en
1963.
Enseñanzas:
• Una cosa es innovar, y otra emprender grandes proyectos.
• A veces y sin buscarla, un emprendedor encuentra la novedad y es el
primero en apostar íntima y fuertemente por ella.
• Hay decisiones muy difíciles, que demandan ayuda de la intuición
genuina.
• El mercado parece siempre dispuesto a celebrar la novedad valiosa.
Hay en verdad sólidas expectativas escondidas en los clientes o
consumidores, y no siempre alcanzamos a ver su dimensión, ni estamos
dispuestos a correr demasiados riesgos. En el siguiente ejemplo
insistiré en esto, pero de este caso añadiría que la sólida convicción
de Ray Kroc nos recuerda la igualmente tenaz e intuitiva de los
científicos empeñados en seguir una determinada dirección en sus
investigaciones.
El Walkman de Sony
El Walkman nació hace casi 30 años, como fruto del afán creador y la
intuición de Masaru Ibuka, con el apoyo de Akio Morita, fundadores ambos
de Sony. Tras comercializar la compañía una grabadora monoaural de
pequeño tamaño para periodistas (el “Pressman”), intentaron hacerla
estereofónica; al incorporar los nuevos circuitos ya no quedaba espacio
en el aparato para la función de grabación, de modo que el resultado era
un reproductor portátil de cintas de audio, que precisaba de auriculares
externos. Los ingenieros consideraron el proyecto un fracaso, aunque
utilizaban el prototipo en el laboratorio para escuchar música.
Ibuka, ya como presidente honorario pero atento a la marcha de las
cosas, lo escuchó casualmente e imaginó enseguida a jóvenes caminando o
en bicicleta, escuchando música con el nuevo reproductor y sin molestar
a nadie; así lo expuso a Morita, que entonces dirigía la compañía, y
éste decidió fabricarlo a pesar de los informes desfavorables y el
escepticismo de sus colaboradores. En julio de 1979 se pusieron en el
mercado 30.000 unidades, que se vendieron en apenas dos meses. Diez años
después, se habían vendido 50 millones de unidades; en 1992 se alcanzó
la cifra de 100 millones; en 1995, la de 150 millones... Ibuka estaba
muy seguro de que se vendería: lo que seguramente no pudo imaginar fue
la dimensión del éxito.
Enseñanzas:
• La intuición sigue a la intención y la atención, y no ayuda a todos
los individuos por igual.
• Ciertamente, la casualidad parece estar detrás de no pocas
innovaciones.
• El innovador ha de contar con poder o apoyo para materializar su
convicción.
• El mercado es en verdad receptivo a la novedad útil; es agradecido y
aun entusiasta.
El lector puede extraer alguna otra conclusión, más fácilmente si se
interesa por la historia completa; pero el hecho es que el legendario
Ibuka es recordado, entre otras poderosas razones, por su peculiar
intuición para los negocios. No perseguía ganar dinero como fin, sino
como consecuencia; como efecto de haber puesto en el mercado productos
atractivos para sus clientes.
El pegamento SuperGlue
Harry Coover trabajaba para Eastman Kodak durante la Segunda Guerra
Mundial, e intentaba crear miras sintéticas de gran transparencia para
rifles; llegó así al cianoacrilato, que desestimó por pegajoso. Años
después, en 1951 y trabajando con su colega Fred Joyner, dio de nuevo
con esta sustancia mientras buscaba una alternativa a los cristales de
las cabinas de los aviones. Entonces, al disponer una película de
cianoacrilato entre dos prismas de un refractómetro, observaron con
cierta compunción que quedaban pegados, y que habían inutilizado un caro
aparato del laboratorio...
Pero no tardaron en darse cuenta también de que habían topado con un
adhesivo de gran eficacia: así nacieron los pegamentos de cianoacrilato,
como el SuperGlue. Parece que esta sustancia llegó a usarse en Vietnam,
con gran eficacia, para cerrar heridas de los combatientes (aunque
producía irritaciones en la piel). No había entonces una explicación
técnica del fenómeno adhesivo, pero la eficacia de este polímero era
bien visible.
Enseñanzas:
• Algo nuevo, aunque no sirva a los fines perseguidos, podría resultar
de utilidad a otros propósitos.
• Si nos reencontramos con un fenómeno, tal vez sea porque tiene algo
que decirnos.
• Puede que valga la pena experimentar, incluso aunque no se persiga un
fin específico.
• Los campos del saber de los diferentes sectores de actividad se tocan
o solapan.
Todas estas conclusiones nos llegan mejor si las visualizamos en un caso
concreto, y este del cianoacrilato resulta revelador. Hemos de ampliar
nuestros horizontes y advertir conexiones —en este caso la de la óptica,
la industria de pegamentos y la práctica sanitaria— a veces escondidas.
En el siguiente ejemplo veremos que los fenómenos son tenaces, y
alguien, con suficiente sagacidad, acaba detectando alguna conexión
valiosa.
El horno de microondas
En 1946, un técnico autodidacto de la compañía Raytheon, Percy Spencer,
participaba en unas pruebas con un generador de ondas de alta frecuencia
(magnetrón), cuando observó que se le derretía una chocolatina que
llevaba en el bolsillo de su bata; para confirmar que se trataba de un
efecto de las ondas, colocó unos granos de maíz en el área radiada y
efectivamente surgieron las palomitas. Se cuenta que experimentó
igualmente con un huevo, que estalló fruto de calor generado en su
interior. Al parecer, otros ingenieros habían detectado la generación de
calor sin pensar en posibles aplicaciones, pero Spencer tuvo la
curiosidad, la perspectiva, la intuición suficiente para relacionar el
hecho con el guiso de alimentos.
Aunque inicialmente los hornos eran de gran tamaño y elevado coste, en
los años 70 ya se vendían unidades para uso doméstico. No es que
tuvieran mucho éxito al principio, pero el concepto de cocinado rápido
había nacido, y resultaría irreversible a pesar de las sospechas sobre
efectos nocivos (cancerígenos) de las radiaciones. Ciertamente puede
hablarse de casualidad pensando en la chocolatina de Spencer, pero a la
vez de la sólida y repentina convicción de éste: aquello podía y debía
aplicarse en la cocina.
Enseñanzas:
• El autodidactismo parece hacer milagros: seguramente porque implica
tesón, voluntad de aprender.
• Puede que el avance tecnológico esconda muchas otras sorpresas y que
se nos estén escapando.
• Cabe insistir en la conexión entre los campos (en este caso, las
microondas y el guiso de alimentos).
• Hay en verdad individuos sagaces que visualizan enseguida las
aplicaciones de sus descubrimientos.
Hemos de valorar estas enseñanzas en todo su significado y temo, por
ejemplo, que ser autodidacto parezca una excepción; también que las
empresas no estén catalizando la serendipidad (sagacidad ante
significativos hechos casuales) de sus trabajadores, a veces reducidos a
empleados sumisos y sofocada su iniciativa.
El velcro
Parece que, en los primeros años 40, el ingeniero eléctrico suizo George
de Mestral (1907-1990) solía pasear con su perro por los montes próximos
a Lausanne, y volvía con las flores del cardo alpino fuertemente
adheridas a sus pantalones y al pelo de su perro: una experiencia a la
que probablemente no somos ajenos. Resultaba laborioso desenganchar las
florecillas, y Mestral acabó llevando algunas al microscopio: quería
saber más al respecto. De este modo observó pequeños ganchos que
actuaban a modo de garfios, y pensó que aquello podía tener múltiples
aplicaciones.
Pasó algún tiempo de estudio y pruebas hasta que, ya en los años 50,
patentó el sistema de cierre Velcro (el nombre se formó de velour +
crochet), que constaba de las dos tiras que conocemos: una con bucles y
otra con ganchos. Y todavía pasarían más años hasta lograr una sólida
comercialización del producto, que pronto encontró aplicaciones en
diferentes campos: la industria textil, el calzado, la tapicería, la
decoración… Los astronautas se han beneficiado igualmente del invento.
Enseñanzas:
• El pensamiento penetrante, conectivo y creativo no se limita a la
disciplina que uno abordó en la universidad.
• A veces se ha de desplegar buena dosis de perseverancia o tenacidad,
para la que se precisa plena confianza en el proyecto correspondiente.
• La naturaleza se nos ofrece como fuente de inspiración para encontrar
soluciones valiosas.
• A veces, para pensar mejor, para ser más receptivo y agudo, hay que
salir a pasear.
Cincuenta años después, los productos Velcro se fabrican en Estados
Unidos, China, Canadá, Australia, México y diferentes países europeos,
incluida España (en Argentona, Barcelona) y a todos nosotros resultan
familiares; pero en verdad hubo que contar con una mente idónea, como la
de George de Mestral.
Los neurotransmisores
Próximo el amanecer en una noche de primavera de 1921, el fisiólogo
alemán Otto Loewi (1873-1961) se despertó alterado de un sueño, con una
revelación intuitiva que apuntó en un papel; luego volvió a dormirse,
pero por la mañana fue incapaz de descifrar lo que había escrito y pasó
todo el día inquieto, intentándolo. A la noche siguiente se despertó a
eso de las 3 con la respuesta, y de inmediato Loewi abandonó la cama
para dirigirse rápidamente a su laboratorio y realizar un curioso
experimento.
Se dispuso a aplicar corriente al nervio vago del corazón de una rana,
conectado éste mediante un fluido salino al corazón de otra; al hacerlo,
comprobó que el efecto producido en el primer corazón (lentificación de
los latidos) se reproducía poco después en el otro, es decir, que el
impulso nervioso se transmitía por el fluido mediante una sustancia
química, a la que entonces denominó “vagusstoff” (identificada en 1926
como acetilcolina, primer neurotransmisor conocido).
Enseñanzas:
• Concentrados en un problema, antes o después la intuición lanza un
mensaje revelador a la conciencia.
• Los mensajes intuitivos son a veces cifrados, incompletos, fugaces, y
la razón consciente ha de estar atenta y hacer su trabajo.
• Las iniciativas que la razón desestimaría encuentran, sin embargo,
cauce en el inconsciente durante la incubación intuitiva.
• A veces, los sueños son significativos.
Seguramente todos nosotros estamos lejos del empeño científico de este
premio Nobel (1936), pero sí que podemos concentrarnos en problemas,
retos y desafíos, y recibir ayuda de la intuición, que puede presentarse
en cualquier momento de la noche o el día.
La vacuna de Jenner
El médico inglés Edward Jenner escuchó (siglo XVIII) decir a una lechera
que no cogería la viruela porque ya había tenido la de las vacas (en
efecto, aquí la coincidencia ya había sido detectada por el pueblo). Él
se dedicó a investigar al respecto, hasta dar por cierto que las
personas contaminadas por la cow pox al ordeñar las vacas, no contraían
luego la viruela: una enfermedad ésta que por entonces acababa con
millones de personas cada año. Sin duda el camino de este médico pudo
ser muy distinto, de no haber escuchado a aquella lechera.
El 14 de mayo de 1796, un niño fue inoculado por Jenner con una
secreción recogida de la herida que, en una mano, tenía una mujer
contaminada; la infección correspondiente desapareció en poco tiempo y
el muchacho, James Phipps —ya “vacunado”—, volvió a ser inoculado en
julio, ahora con una muestra de una persona enferma de viruela: James no
se contagió. Pese a las críticas que surgieron del establishment, la
vacuna de la viruela se difundió pronto por Europa y América. Esta
experiencia sirvió luego de referencia a Pasteur y otros investigadores.
Enseñanzas:
• Hay hechos significativos esperando que alguien les dé su significado.
• Algunas personas asumen grandes retos, concentran su atención y logran
sus propósitos.
• Las novedades encaran a menudo grandes obstáculos y resistencias,
incluso del propio establishment.
• Algunas innovaciones disparan otras.
Efectivamente, algunas personas se identifican con su actividad
profesional y le dedican, por decirlo así, su vida; estamos en deuda con
muchas de estas personas, cuya contribución a la sociedad ha sido
realmente trascendental. Pero también cabe insistir en las resistencias
con que a menudo se enfrentan los innovadores, y aquí recordamos
también, por ejemplo, el empeño de la jerarquía católica en defender, en
el siglo XVII, el modelo geocéntrico frente al avance de la astronomía.
La New Coke, de Coca Cola
En los primeros años 80 y tras acertadas campañas de publicidad, Pepsi
se acercaba amenazante a las ventas de Coca Cola, cuyo presidente
ejecutivo, Roberto Goizueta, pareció pensar aquello de que “a grandes
males, grandes remedios”. La New Coke, una nueva fórmula para el famoso
refresco, salió al mercado en abril de 1985 acompañada de gran dosis de
orgullo corporativo: la nueva bebida había derrotado a Pepsi en las
pruebas ciegas. Especialmente llamativa resulta una de las afirmaciones
de Goizueta: “Se trata de la decisión más segura jamás tomada por la
empresa”. Como se sabe, la iniciativa resultó empero todo un fracaso,
aunque la solidez de la compañía permitió encajarlo y superarlo
rápidamente.
En la aparición de este nuevo refresco sobraron argumentos racionales,
pero faltó intuición; todas las pruebas mostraban que la nueva fórmula
de Coca Cola acabaría con la competencia de Pepsi, pero, al parecer,
nadie con suficiente voz pudo advertir que la bebida constituía un
intocable icono para los consumidores norteamericanos. El rechazo fue,
en efecto, unánime, y pocos meses después la fórmula clásica hubo de
salir de nuevo al mercado, lo que permitió recuperar la posición de
sólido liderazgo de la marca. Cabe ciertamente pensar que, frente a la
ansiedad por resolver el problema y la contundencia de las pruebas
realizadas, faltó ese plus de la inteligencia más profunda: la
contribución intuitiva.
Enseñanzas:
• A menudo hacemos inferencias erróneas (en este caso, se dio por cierto
que los consumidores se guiaban sólo por el sabor).
• Las decisiones reactivas han de cuidarse probablemente más que las
proactivas (la obsesión por derrotar a Pepsi, pudo pesar más que otra
cosa).
• La euforia prematura, el exceso de confianza, la complacencia y otras
debilidades no suelen augurar éxitos.
• Conviene dejar espacio a la intuición, darle una oportunidad de
manifestarse, no cerrarle los oídos.
En efecto, se aprende de los éxitos y de los fracasos. Esta historia me
parece especialmente aleccionadora en materia de percepción de
realidades y generación de inferencias, pero también cabría destacar el
hecho de que, al reaccionar contra algo que nos inquieta, podríamos
estrechar la panorámica de nuestra atención. El gobierno de la atención
es uno de los mayores retos al desplegar el dominio de nosotros mismos.
Hay que añadir, desde luego, que Coca Cola es una gran empresa
innovadora, que puede permitirse algún desacierto.
El caso de Fycsa, en España
En el año 2000, una consultora española, Fycsa, apostó con especial
decisión por una modalidad de aprendizaje, el denominado e-learning, que
parecía un avance revolucionario en la formación continua. Sus
directivos, asociados con el empresario Javier Vega de Seoane y la
consultora Gestlink, protagonizaron un “management buy out” para salir
del grupo Alcatel y aprovechar la oportunidad que el e-learning
representaba en el sector de la consultoría de formación. El consejero
delegado, José Ignacio Díez, declaraba en 2001 que en un par de años
pasarían, de facturar unos 7 millones de euros, a cuadruplicar las
ventas como consecuencia del crecimiento del e-learning (que parecía
venir a sustituir a la tradicional formación presencial). Las notas de
prensa anunciaban una facturación de 30 millones de euros en 2003, la
mayor parte en actividades de e-learning.
Por entonces, las grandes empresas desplegaban sus plataformas de cursos
“on line”, pero los usuarios no parecían mostrarse satisfechos con la
calidad de los cursos ofrecidos —pronto se habló de “aprendizajes poco
significativos”— y el espectacular crecimiento previsto no se
materializó. El grupo Fycsa hubo de reducir su plantilla y en 2002,
aunque exhibía prosperidad, alcanzó 1.600.000 euros de pérdidas (la
consultora figuraba ya presidida por Miguel Canalejo, el mismo que la
había vendido dos años antes, siendo presidente de Alcatel España). En
2003 se alcanzó una facturación total de 6 millones de euros, apenas la
quinta parte de lo que se había previsto y anunciado por José Ignacio
Díez; lo que quedaba de la compañía fue absorbido un par de años después
por otra iniciativa empresarial (Élogos).
Enseñanzas:
• Más allá de incorporar las novedades que van apareciendo, cada empresa
habría de contribuir activamente a la innovación y tratar de ser
“única”.
• La novedad no predice el éxito por sí sola, sino contando con la
satisfacción de los clientes.
• Hay negocios en que los usuarios de los productos y servicios no pagan
por éstos, pero su satisfacción también cuenta.
• El alarde de logros futuros, consecuencia o no de las novedades
ofrecidas, no parece atraer los éxitos sino quizá espantarlos.
El tema, por cierto, del alarde de logros futuros, sostenidos en cambios
e innovaciones introducidas en la empresa, es interesante y
aleccionador, y recuerdo también (2004) el caso del grupo de Bodegas
Vinartis, igualmente presididas por Miguel Canalejo; pero evitaré la
digresión. Habría sí que distinguir entre, por un lado, incorporar las
innovaciones ya aparecidas y, por otro, generarlas y tratar de crear una
especie de monopolio temporal, como apuntaba Jonas Ridderstrale.
Comentarios finales
Tras estos ejemplos de historias y conclusiones, querría subrayar que de
todo podemos aprender mucho: tanto de éxitos como de fracasos; e
insistir asimismo en que el campo de la investigación científica resulta
significativo como referencia, si consideramos que la economía del saber
y el innovar viene, a menudo, a convertir a cada profesional en una
especie de microcentro de I+D.
He querido llevar la atención del lector sobre algunos de los aspectos
más intrínsecos de la innovación, porque temo que ciertos significados
se pueden estar desvirtuando en el lenguaje empresarial, e incluso en el
lenguaje cotidiano de los ciudadanos. Por ejemplo, a veces fundimos o
confundimos la Sociedad de la Información con la Sociedad de la
Informática, el conocimiento con la información, la originalidad con la
creatividad, la innovación con la incorporación del avance técnico e
incluso con los “cambios”, los continentes con los contenidos, las
apariencias con las realidades, los fines con los medios...
Querría en verdad recordar que la innovación es algo más que la
incorporación de las tecnologías de la información y la comunicación
(TIC), y otras tecnologías específicas, y en que, sin dejar de hacerlo
por emprendedores y directivos audaces, a menudo pasa por la creatividad
de trabajadores expertos especialmente identificados con su profesión.
En efecto, además de contar con las iniciativas e ideas de los
empresarios innovadores, así como las de directivos de diferentes
funciones, hay que insistir en que los nuevos trabajadores del
conocimiento, aprendedores permanentes en sus áreas técnicas,
perspicaces y creativos, pueden hacer importantes contribuciones en
entornos funcionales ad hoc que, lejos de sofocar u obstaculizar,
resulten catalizadores.
Pero como sabemos hay, dentro del colectivo de expertos trabajadores del
conocimiento (knowledge workers), una variante fundamental que merece
etiqueta específica: los trabajadores del pensamiento (thinking
workers). Se trata de aquellos más específicamente dedicados a innovar;
de aquellos que obtienen mayor provecho de su pensamiento conectivo,
analógico, reflexivo, conceptual, analítico, inferencial, sintético,
sistémico, abstractivo, divergente, crítico (distinto de la criticidad),
etc. Casi todos pensamos poco y mal, y además hacemos poco uso de la
intuición genuina que, formando sinérgico tándem con la razón, nutre la
competitividad individual y la colectiva. En efecto, dentro de los
denominados trabajadores del conocimiento, algunos se dedican, parcial o
totalmente, a perseguir con afán la novedad valiosa.
¿Cómo conseguir que los trabajadores expertos pongan al servicio de la
innovación sus mejores facultades y fortalezas? Sin duda deben ser
dirigidos de modo especial, y al respecto quizá no resulte un acierto
insistir en modelos de liderazgo que más parecen de seguidismo.
Afortunadamente, las empresas más inteligentes saben cómo dirigir a los
profesionales de la economía del saber y el innovar, y evitan
considerarles meros seguidores, subordinados, colaboradores o recursos;
en vez de ello, los perciben como profesionales que constituyen un
activo valioso para la organización.
"Consultor de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training & Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso, Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".
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