Hacia la innovación, en su año europeo

Autor: Ing. José Enebral Fernández

Innovación y creatividad

12-02-2009

Parece preciso que, tras las deseables cotas de productividad y competitividad, despleguemos en nuestro país cierta autocrítica audaz, en la medida en que a cada responsable corresponda; pero también cabe, por ejemplo, enfocar con mayor precisión todo lo relacionado con la creatividad y la innovación —2009: Año Europeo de la Creatividad y la Innovación—, por si estuviéramos tal vez desaprovechando capital humano, o desplegando esfuerzos en direcciones equivocadas.

Puede que no todos demos el mismo significado a la innovación, como tampoco coincidimos siempre al interpretar otros significantes.

Hace tiempo topé un domingo con un titular en la prensa económica en que se destacaba el hecho de que nuestro país, como otros, tenía pendientes sus asignaturas en torno a la economía del conocimiento y la innovación: algo en que se venía y se viene insistiendo.

Llevaba yo unos diez años oyendo hablar de cómo el desarrollo de la Sociedad de la Información —creo que con esta etiqueta los políticos se han venido refiriendo, en realidad, a la Sociedad de la Informática y la Telecomunicación— nos conduciría a las cotas deseadas de productividad y competitividad, y me propuse situar, ubicar, el conocimiento, el buen hacer, y la innovación en ese trayecto: en el trayecto causal que va desde las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) hasta la prosperidad perseguida, pasando por las inexorables crisis, unas más profundas que otras.

Llevamos ciertamente tiempo oyendo hablar de la Sociedad de la Información, y de su álter ego, la Economía del Conocimiento y la Innovación. Tras una modesta participación en un grupo de trabajo en torno al entonces ministro Josep Piqué, asistí al Simposio “La Sociedad de la Información para todos”, del 13 de abril de 1999, en Madrid. Publiqué luego una columna, de la que me parece oportuno reproducir ahora, diez años después, este párrafo:

“Antes de la primera pausa para café, uno podía caer en la tentación de fundir la idea de Sociedad de la Información con Internet, y lo cierto es que esta Red está revolucionando sensiblemente nuestros hábitos domésticos y laborales. Pero Internet es sólo un medio más, aunque de muy creciente uso: lo que realmente está ocurriendo es que pasamos de una sociedad de consumo (a secas), a una sociedad de consumo, sobre todo, de información, por diferentes medios...”.

Ya creí entonces que no debíamos confundir la información con la informática, incluso aunque a la primera accedamos sobre todo a través de las TIC (tecnologías de la información y la comunicación). Éstas nos permiten, en efecto, llegar a la información buscada (primer paso), la información nos permite luego llegar al conocimiento necesario (segundo paso), el conocimiento nos capacita ya para actuar (tercer paso), y a la vez nos capacita para innovar (cuarto paso), haciéndolo sin reinventar nada ni resultar extravagantes. Todo es en verdad más complejo, pero las TIC, por sí solas, no garantizan la productividad y la competitividad: una perogrullada que no me avergüenza formular (casi me parece imprescindible hacerlo).

Fue por entonces, en el escenario finisecular, cuando quise documentarme y darle vueltas a las fortalezas y facultades del profesional experto de nuestros días; a aquellas más alineadas con el aprendizaje permanente (traducción de información a conocimiento), con el cultivo del pensamiento y con la capacidad de innovar. La innovación parece ya cosa de todos, y los estilos de dirección —pensé— deberían sintonizarse mejor con las nuevas realidades y necesidades, y catalizar así debidamente la expresión del capital humano. Luego topé con un muy interesante libro de John S. Rydz, que parecía profundizar en esta idea y me proporcionó otras muchas.

Del significado de la innovación

Creo que se viene invocando la innovación desde diferentes perspectivas y con diferentes propósitos y significados. Así como parece haber otras distancias conceptuales no siempre bien resueltas —por ejemplo, la ya sugerida entre la sociedad de la informática y la sociedad de la información, o la igualmente sensible entre capital humano y recursos humanos, o quizá incluso entre la abstracción y el delirio—, creo que podríamos estar fundiendo, si no confundiendo a veces, la innovación con la mera renovación tecnológica, con los cambios culturales y operativos, o con la mejora continua de los productos y servicios ofrecidos. Me parece oportuno, ya en 2009, nutrir la idea de la innovación como contribución a una especie de saludable salto cuántico en los usos y costumbres de la sociedad, y por eso les presento a consideración estas reflexiones.

Siempre me ha interesado la innovación, quizá por mis comienzos profesionales. En 1971 y con 20 años me incorporé al Centro de Investigación de la International Telephone & Telegraph (ITT) en Madrid, y allí, en un edificio que luego, ya en los años 80, ocuparía Anaya en la calle de Josefa Valcárcel, estuve trabajando durante varios años. Primero me sorprendió lo que me parecía una singular —quizá insólita en aquel tiempo— aproximación de los niveles jerárquicos, pero luego fui también advirtiendo los esfuerzos por generar novedades valiosas en la oferta de productos de aquella singular empresa, entonces asociada a ITT, que fue Standard Eléctrica, y que a todos nos había parecido ejemplar en la etapa de Márquez Mira y Márquez Balín.

Ya como consultor de formación, traté de seguir en lo posible los avances en contenidos y métodos relacionados con el desarrollo profesional permanente y, no sé bien por qué, acabé —hablo ya de 2005 y 2006— interesándome por la enseñanza acroamática de las conferencias y el storytelling. Atraído, sí, por las historias curiosas y aleccionadoras sobre el mundo de la empresa, me orienté pronto a un área específica: fue, desde luego, la de la innovación. En verdad resultan muy aleccionadores los casos, por ejemplo, del velcro, del horno de microondas, del Walkman de Sony, de McDonald´s, del teflón, del caucho vulcanizado, del pegamiento de cianoacrilato, de la sucralosa, de los rayos X, de lo que luego se llamó acetilcolina, de la máquina de coser doméstica, de las vacunas, de la penicilina, etc.

Cuando una empresa incorpora en sus productos y procesos los avances producidos en los respectivos campos —y desde luego en el campo de las TIC—, sin duda está renovando su funcionamiento y su oferta al mercado, y no debe dejar de hacerlo; pero, al hablar de innovación, cada empresa, amparada en las capacidades y fortalezas de sus personas, habría de perseguir, más o menos visiblemente, el objetivo de ser única —como dice Ridderstrale—; de adelantarse a las demás y ofrecer valiosas novedades al mercado, más allá de incorporar ágilmente los avances de las tecnologías y automatizar sus procesos. Para ello cuenta, sobre todo, con su capital humano.

Todos, directivos y trabajadores expertos, podemos aproximarnos a la innovación, sello distintivo de esta economía emergente, por diversos senderos y medios: la curiosidad, la creatividad, la investigación, el ingenio, la casualidad, la intuición, la imaginación, las conexiones, las inferencias, las hipótesis, las abstracciones…, sin olvidar la perseverancia, el pensamiento crítico o la perspicacia. Todo ello se solapa en cada individuo innovador, pero sin duda éste ha de ser un experto en su campo, dotado de suficiente conocimiento explícito, tácito e intuitivo, al objeto de no resultar extravagante ni reinventar la rueda. Observemos los tres adjetivos añadidos al conocimiento: explícito, y por ello consciente; tácito, que vinculamos con la experiencia acumulada; e intuitivo, que viene a aprovechar el saber inconsciente (heredado o adquirido), entre otras posibles fuentes de que tan singular facultad —la intuición genuina— se nutre.

En efecto, no pocos progresos en la física, la medicina y otras ramas científicas se han producido porque los expertos se han beneficiado de su conocimiento inconsciente —a veces también manifestado en sueños (Loewi, Howe, Kekulé…)—, como lo han hecho igualmente de la casualidad, de sucesivas hipótesis, de valiosas conexiones, de su imaginación y de su curiosidad. Aunque nosotros no seamos científicos, sí constituimos, por nuestro afán de aprender y de crear, por nuestra propia profesionalidad, una especie de microcentros de investigación y desarrollo. En este siglo XXI, los trabajadores del conocimiento —y del pensamiento— somos generadores de ideas e iniciativas, y las organizaciones más inteligentes catalizan la materialización de esta capacidad.

Algunos avances en el saber —piénsese, por ejemplo, en la defensa de la cosmología heliocéntrica por Galileo— sucumbieron ante sólidas resistencias del establishment, y de ello cabe aprender; otros, como el efecto fotoeléctrico de Einstein, pasaron por la fase de hipótesis hasta que pudieron demostrarse; otros más, como la penicilina de Fleming o los rayos X de Roentgen, se produjeron porque un individuo supo aprovechar la casualidad y advertir posibilidades hasta entonces ocultas. Descubrimientos casuales —serendipitosos— han hecho, sí, avanzar la ciencia, pero también han facilitado la aparición de nuevos productos y servicios en el mundo de los negocios.

Del profesional innovador

En el panorama neosecular hablamos, a menudo y ciertamente, de la figura del profesional experto, del individuo aprendedor permanente e innovador que demandan las empresas, del trabajador leal a su profesión y amante de las cosas bien pensadas y bien hechas, de aquel que, además de administrar su tiempo, ha de gestionar bien su atención y su capacidad de pensar. Pero en realidad el pasado, remoto o reciente, nos ofrece ejemplos aleccionadores de este perfil y nos ayuda a visualizarlo: ¿hasta dónde habría llegado, por ejemplo, la valiosísima capacidad de abstracción de Genrich Altshuller en la sociedad del siglo XXI?, ¿qué facultades o fortalezas específicas caracterizaron a creativos emprendedores del XX, como Masaru Ibuka, Ray Kroc, George de Mestral, Bill Gates, Amancio Ortega y tantos otros?

Bueno, también podemos saltar al siglo anterior, el XIX: Charles Goodyear, Graham Bell, Edison, Nikolaus Otto, Nikola Tesla… A nuestro nivel y sin renunciar tampoco a ser únicos, todos nosotros hemos de desplegar facultades y fortalezas como las de tantos personajes que contribuyeron a la innovación en diferentes campos, ya fuera adentrándose en la terra incognita de su campo y añadiendo nuevo saber, o modificando el existente, como hicieron los astrónomos heliocentristas, u ocurrió con la aspirina, que sustituyó al salicilato, de graves efectos secundarios.

En nuestro tiempo, además de aprender a trabajar —y a vivir— con los mejores resultados individuales y colectivos, hemos de esforzarnos más específicamente en el “aprender a aprender”, el “aprender a pensar” y el “aprender a innovar”, bastante más allá, mucho más allá, de las sesiones de brainstorming que se suelen orquestar, y de los esfuerzos de mejora continua en procesos, productos y servicios. Seguramente tienen que hacerlo —aprender a aprender, asimismo a pensar e igualmente a innovar— las organizaciones como sistemas vivos que son, y desde luego los individuos, como activos fundamentales de la economía; pero adelantemos ya que hemos de contar con la actitud idónea: los elementos volitivos resultan, sin duda, igual de cardinales en el reto innovador, que en el reto de productividad.

De la cultura innovadora

Sobre las condiciones organizacionales que propician la innovación genuina, conocimos, por ejemplo, el estudio (Corporate Creativity) de Robinson y Stern, y sus seis sólidos postulados, y también me parecieron extraordinariamente interesantes las recomendaciones de John S. Rydz, en Managing Innovation; pero ahora les recordaría el decálogo del profesor sueco Göran Ekvall. Para él, una cultura catalizadora de la innovación prevé una forma de trabajar que incorpore:

1. La involucración y el compromiso de las personas.
2. La autonomía en el desempeño profesional.
3. El tiempo para pensar.
4. La receptividad corporativa a las nuevas ideas e iniciativas.
5. La ausencia de conflictos interpersonales arraigados.
6. Una comunicación abierta y fluida.
7. Emociones positivas.
8. La posibilidad de asumir riesgos.
9. El dinamismo funcional (evitación de la rutina).
10. La confianza y franqueza entre todas las personas.

En realidad topé con Ekvall leyendo una publicación de la American Management Association, con la autoría de Charles Prather y Lisa Gundry. (He tenido que documentarme intensamente en los últimos meses —Ridderstrale, Humphrey, Waterman, Drucker, Senge, Csikszentmihalyi, Davenport, DeBono, Covey, Seligman, Porter, Marina, Mendelson…—, para el diseño de un curso superior sobre innovación, aunque lo abordé sin conciencia de lo del Año Europeo en 2009).

Prather y Gundry destacaban la posibilidad de asumir riesgos en las empresas, quizá el elemento más destacable del decálogo. Si, ante un intento innovador que fracasara, la Dirección buscara el error y el culpable en vez de centrarse en investigar los hechos y aprender de la experiencia, entonces parece evidente que la iniciativa innovadora quedaría inhibida, sofocada, en toda la organización.

La empresa debe contar con que, junto a logros de diferente alcance, habrá asimismo desaciertos. Obviamente, las iniciativas han de ser debidamente estudiadas antes de implementarse, pero esto sólo reduce, no elimina, la posibilidad de fracaso. No cabe duda de que para sobrevivir hay que arriesgarse, y desde luego hay que obtener todo el provecho de los errores (aprender), como de los éxitos. Ambas cosas, errores y aciertos, generan enseñanzas valiosas que han de registrarse para siempre en el acervo de experiencias de la empresa.

Las organizaciones inteligentes (cualquiera que fuere el modelo: Senge, Nonaka, Choo, Mendelson-Ziegler…) apuestan con ventaja, porque su cultivo del capital humano permite incrementar la previsión y prevención de fallos y fracasos; todas las personas piensan y anticipan, no por temor a reproches, sino por el afán de logro que las guía tras las metas compartidas. Por el contrario, en una organización que evita riesgos (risk-avoiding climate), el personal intenta cubrirse antes de tomar una decisión: todos se aferran a procedimientos, se crean comités, se desvirtúan los cambios, etc.

Yo querría insistir asimismo en lo del tiempo para pensar. Una de las posibilidades para mejorar la productividad es hacer las cosas suficientemente bien a la primera, lo que tiene un significado distinto en la era del conocimiento, del que tenía en la era industrial. Quizá más interesados en seguir el procedimiento que en aplicar el sentido común, puede que no estemos muy acostumbrados a pensar, y el hecho es que ahora resulta imprescindible, y especialmente inexcusable si enfocamos la innovación, el tema que aquí nos ocupa.

La innovación exige pensamiento conceptual, analítico, sintético, sistémico, crítico, conectivo, exploratorio, inferencial, indagador, penetrante, lateral, abstractivo…; exige acudir a nuestro conocimiento explícito y tácito, sin olvidar el tesoro del inconsciente, al que accedemos mediante la fenomenología intuitiva. La verdad es que nos referimos al mismo perfil ideal con diferentes etiquetas: knowledge worker, thinking worker, creative worker, learning worker. El aprendizaje permanente, por cierto, ha de llevarnos a aprender lo que ya saben otros, e igualmente a aprender lo que aún no sabe nadie (explorar, descubrir…).

Mensajes finales

Seguramente, en el propio funcionamiento de las organizaciones hay que dar un salto cuántico, porque no es posible avanzar en la productividad, la innovación y la competitividad sin la necesaria perspectiva sistémica. Creo que, entre otras asignaturas pendientes, tenemos la del aprovechamiento del capital humano y el correspondiente establecimiento de relaciones jerárquicas ad hoc. Al respecto me pregunto si estamos avanzando o retrocediendo, mientras recuerdo a Tom Peters (la única vez que le he escuchado en directo) denunciando la falsedad o el cinismo con que los ejecutivos hablan de la importancia de las personas en las empresas.

La verdad es que creo que Taylor no preguntó a los trabajadores en su desarrollo del management científico, y que tampoco preguntó Mayo en sus experimentos de Hawthorne; pero, en la era del saber y el innovar, sin menoscabo del papel de los profesionales de la gestión, quizá debamos enfocar mejor el potencial de los profesionales expertos, en los diferentes campos técnicos. Tal vez, tras la innovación y como sugiere Rydz, los gestores deberían esforzarse en catalizar la expresión del capital humano de sus profesionales, en vez de percibir a éstos como meros empleados, seguidores, recursos, colaboradores o subordinados; sin duda el “sistema” es complejo, pero no desistamos.

Espero que la celebración del Año Europeo de la Creatividad y la Innovación nos ilumine a todos en la orientación de esfuerzos, y mientras, nosotros, en Nanfor Ibérica, hemos querido contribuir con la creación de un curso digital sobre innovación genuina en las empresas, auspiciado por el Plan Avanza Formación, en cuyo guion instruccional he invertido más de 150.000 palabras, e incluido ejercicios, esquemas, fotos, etc. Sin duda, todos hemos de aprovechar mejor nuestras facultades cognitivas e intrapersonales tras la generación de novedades valiosas, porque, aun superando la profunda crisis económica que atravesamos, nos esperan serios retos de productividad y competitividad en el siglo XXI.

Ing. José Enebral Fernández

Consultor de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training & Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso, Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red.

Director de Marketing e Innovación Nanfor Ibérica.

joseenarrobananforiberica.com

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