Con este canto a la casualidad no invitaré, desde luego, a inhibir
facultades y esfuerzos en espera de una combinación favorable de
circunstancias…; pero sí me sumo a quienes predican una mayor atención a
lo inesperado o imprevisto, mientras despliegan búsquedas, estudios,
investigaciones. Diversos pensadores nos han advertido de que debemos
aprovecharla mejor:
• “En el campo de la observación, el azar sólo favorece a la mente
preparada” (Louis Pasteur).
• “La casualidad es uno de los nombres de la providencia” (Nicolas de
Chamfort).
• “Lo esencial en un invento es la casualidad; lo malo es que pocas
personas se topan con ella” (Friedrich Nietzsche).
• “La casualidad está siempre ahí: ten a punto el anzuelo” (Publio
Ovidio Nasón).
• “La Providencia nos da la casualidad; para sus fines ha de moldearla
el hombre” (Friedrich von Schiller).
• “De todos los bienhechores, la casualidad es la que ha tenido más
ingratos” (Barón de Stassart).
Al relacionarla con la innovación en las empresas hablamos de
“serendipidad” (diccionario de Manuel Seco), que viene a ser la facultad
de los individuos que, receptivos a la casualidad, hacen de la misma
inferencias valiosas, deducciones que contribuyen a la ampliación de los
campos del saber y a la innovación. Con este término (también decimos “serendipìa”),
nos referimos no sólo a la catálisis de la casualidad, sino también a la
intuición, la sagacidad, la perspicacia que conduce a aplicaciones
valiosas.
La palabra viene del inglés serendipity, término acuñado en 1754 por el
cuarto conde de Oxford, Horace Walpole, tras leer un viejo cuento persa,
Los tres príncipes de Serendip (hoy Sri Lanka), en que los protagonistas
formulaban inferencias sagaces. Puede que el significado actual del
término no sea del todo coincidente con la intención original de Walpole,
pero hoy apunta especialmente a una conjunción de azar y sagacidad, con
su precisa dosis de intuición.
Con frecuencia resulta difícil separar los descubrimientos reconocidos
como serendipitosos (en inglés, serendipitous), de los hallazgos e
innovaciones de naturaleza puramente intuitiva: tal es el caso de las
revelaciones mediante sueños (la estructura de la molécula del benceno,
la máquina de coser de Howe…). Unas veces podemos considerar que la
intuición aparece por casualidad, y otras que la casualidad dispara
nuestra intuición…; de modo que no sorprende el vínculo que subrayan
diferentes expertos.
No está de más recordar que, como otros científicos, Albert Einstein
adoptó la intuición como herramienta de trabajo, y que algunos
descubrimientos suyos presentan buenas dosis de serendipidad. Entre sus
declaraciones al respecto están: “La intuición es lo único realmente
valioso”, "Confío en la intuición y la inspiración", "A veces siento que
estoy en lo cierto aunque no conozca la razón", “La Ciencia, como un fin
que debe ser perseguido, es algo tan subjetivo y condicionado
psicológicamente por las circunstancias…”.
Pero recordemos un caso curioso, que puede resultarnos más familiar a
todos. En verdad, la casualidad se materializa a veces de forma
singularmente curiosa: por ejemplo, confundiendo, por su pronunciación,
test y taste. Una confusión que también podría haberse dado en
castellano, si uno tiene unos polvos delante y le dicen que los pruebe…
Leslie Hough estaba, en 1976, clorando azúcar en busca de un insecticida
eficaz. Tras unas determinadas proporciones en la mezcla de una solución
de azúcar con cloruro de sulfurilo (altamente tóxico), Hough pidió a su
ayudante, un estudiante en prácticas, que lo probara (test). El atrevido
estudiante se llevó una muestra a la lengua y declaró que aquello era
extremadamente dulce. Al parecer, Hough quedó horrorizado por el
accidente y, en no menor medida, sorprendido por el resultado: un
compuesto 600 veces más dulce que el azúcar. Unos 20 años después, tras
numerosos ensayos para detectar posibles efectos dañinos, empezó a
distribuirse como edulcorante sin calorías, bajo la marca Splenda.
Al parecer, algunos otros edulcorantes surgieron igualmente de la
casualidad, contando siempre con alguien que confiara en las
posibilidades de la sustancia correspondiente; así ocurrió con la
propia, más conocida, sacarina en 1879, obtenida por Constantine
Fahlberg. En definitiva, quería traerles este mensaje: aprovechemos las
casualidades, por si llevan escondida una aplicación valiosa.
Consultor
de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández,
madrileño y nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30
años en formación continua de titulados y directivos de grandes
empresas, tanto mediante métodos presenciales como aplicando
nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Desde
1997, publica regularmente artículos en diferentes medios
impresos de su país (Capital Humano, Training & Development
Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso, Q-Calidad,
etc.) y también en algunos portales de la Red.
Director de Marketing.
Nanfor Ibérica
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