Qué sentimos con la crisis?
18-02-2009
¿Qué sentimos con la crisis? Resultó la pregunta que utilicé para dar
comienzo a la reunión (de empresarios y emprendedores) de aquel día.
Todos sabían que ese era el tema central del encuentro, aunque sentía
que podíamos pasar los 90 minutos conversando sobre el recalentamiento
del planeta, el aumento de algunos servicios y el calor pronosticado
para los siguientes días. Cualquier tema hubiera sido bueno para evadir
aquel que nos convocaba. Vivíamos la tensión producida por el deseo de
acercarnos y, al mismo tiempo, alejarnos de la crisis que vive el mundo.
De alguna manera, en todos habitaba la fantasía de jugar a la escondida
con esta crisis que se desató en el segmento financiero y que repercute
en la actividad económica del mundo entero y, obviamente, en cada uno de
nosotros.
Comenzaron las risas nerviosas y las miradas de uno al otro, esperando
que alguien tomara la iniciativa y comenzara a hablar.
“A mí, aún no me afecta” dijo uno de los asistentes. “Además de mi
pequeña empresa, tengo un trabajo en relación de dependencia, así que no
me afecta, aunque tengo miedo, porque no se que puede pasar con la
empresa y con mi empleo”.
“Si, yo también tengo miedo con lo que me puede pasar” dijo otro. Al
toque, una mujer expresó que como sabía que el miedo la paralizaba
“estoy haciendo esfuerzos para que no me atrape”.
Así, fuimos entrando en tema. Se reconoció la existencia del miedo y la
unilateralidad de la mirada hacia la crisis, la amenaza de perder algo
muy valioso (Norberto Levy).
Sugerí que le diéramos una vuelta más al tema haciendo foco en los
recursos personales con los que podríamos afrontar la amenaza.
Todos coincidían en el sentimiento de pérdida. Una de las asistentes
expresó “estoy cansada del país y de sus permanentes vaivenes”. Otro,
explicaba que los ciclos económicos son así de fluctuantes y que cada
cierto tiempo sobreviene una crisis. Otro afirmó que recién a mediados
de año se sentirían los efectos. Otro se mostró agradecido porque su
empresa era pequeña y de esa manera el impacto no resultaría tan grande.
De repente una de las asistentes dijo: “Siento que esto pasa para que de
una vez por todas tome la decisión de impulsar mi actividad
independiente, cosa que vengo postergando desde hace años. Esto está
afectando bastante a la empresa en la que trabajo y es probable que me
despidan”.
Uno de los asistentes, que se presentó como empresario, acotó que a él
no lo afectaba de manera directa, sino por como afectaba a sus clientes.
“Si mis clientes venden menos yo voy a vender menos”.
No aguanté la tentación y expresé ¡Guau, que contratiempo! Nos reímos y
continuamos.
Una joven, sostuvo que ella no se detenía a pensar demasiado lo que le
podía pasar y seguía haciendo lo que tenía que hacer. Estaba
aprovechando el mayor tiempo libre para ponerse al día con tareas
atrasadas. “Se que todo pasará”.
Con cara angelical, una de las asistentes que había guardado silencio
hasta ese momento, expresó: “No me explico que buscaba esta gente y cómo
llegaron hasta este punto. Ahora todos nos perjudicamos por unos pocos”.
Este comentario disparó la indignación hacia otros que eran los
culpables de esto que se había desencadenado. Ellos, los malos;
nosotros, los pobrecitos.
El joven experto en ciclos económicos volvió sobre su hipótesis basada
en que todo esto era normal que sucediera y que en un tiempo más todo
volvería a su nuevo equilibrio. “Al bajar la demanda, la oferta bajará
sus expectativas económicas, bajarán los precios y la demanda comenzará
a crecer. Esta es una buena época para mantener la liquidez.”
Una señora, algo acalorada, le preguntó “¿Y si no hay liquidez que
hago?”. “Habrá que mantenerse sólido o gaseoso”, fue mi aporte
humorístico.
La consigna de la reunión no era la de encontrar respuestas concretas,
sino la de conectarnos con lo que sentíamos. A partir de allí, es
probable que logremos sentirnos más armados o confiados para tomar
decisiones.
El buen humor circulaba entre el miedo, la incertidumbre y la bronca y
hacía posible que, a pesar de lo que se decía, nos pudiéramos reír. Los
comentarios de cada uno iban dando la oportunidad de que los otros
dieran su punto de vista sobre los mismos.
Al final de la reunión, la mayoría expresó que le había gustado mucho
compartir con otros su mirada. Al retirarme del lugar, algunos
intercambiaban sus teléfonos y mails.
¡Buen final! ¡Buen posible comienzo de algo nuevo!.
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Oscar Osvaldo Conti