Todos tenemos el deseo de ayudarnos mutuamente. La gente civilizada
es así. Queremos vivir de nuestra dicha mutua... no de nuestra mutua
desdicha. No queremos despreciarnos y odiarnos mutuamente. En este mundo
hay sitio para todos. Y la buena tierra es rica y puede garantizar la
subsistencia de todos. El camino de la vida puede ser libre y
extraordinario, pero hemos perdido ese camino.
La voracidad ha envenenado el alma de los hombres, ha rodeado el mundo
con un círculo de odio. Hemos mejorado la velocidad, pero somos esclavos
de ella. La mecanización que trae consigo la abundancia nos ha alejado
del deseo. Nuestra ciencia nos ha vuelto cínicos. Nuestra inteligencia,
duros y brutales. Pensamos en exceso. Hablamos en exceso. y no sentimos
bastante. Tenemos más necesidad de espíritu humanitario que de
mecanización. Necesitamos más la amabilidad y la cortesía que la
inteligencia. Sin estas cualidades la vida sólo puede ser violenta y
todo está perdido.
A aquellos que puedan comprenderme les digo: No desesperen, la desgracia
que ha caído sobre nosotros no es más que el resultado de un apetito
feroz de la amargura de unos hombres que temen el camino del progreso
humano.
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