El hambre se incrementa en muchos países de escasos recursos, todavía anclados en su desarrollo, requiriéndose de parte de los gobiernos programas más dinámicos, reales que ayuden a alcanzar una política alimentaría que garantice abastecimiento, satisfacción de las necesidades básicas.
Se señala, que en algunos países los gobiernos ya están recurriendo a las organizaciones campesinas para trabajar con ellas en la reformulación de sus políticas agrícolas. Otros están comenzando a cuestionar el argumento fundamental de impulsar una mayor libertad de comercio.
ecoportal.net sobre el tema nos aporta, que es necesario cambiar radicalmente la política alimentaria y agrega además, que desde hace varios meses, una verdadera tormenta por el alza del costo de los alimentos en todo mundo le ha caído a familias, gobiernos y medios de comunicación. El precio del trigo aumentó 130% en el último año. El del arroz se duplicó en Asia, tan solo en los últimos tres meses, al tiempo que alcanzó aumentos récord en el mercado de futuros de Chicago hace apenas una semana. El aumento en espiral del costo del aceite comestible, de frutas y verduras, sin mencionar los lácteos y la carne, ha provocado una disminución del consumo de los mismos durante casi todo el año 2007. Desde Haití hasta Camerún, pasando por Bangladesh, la gente se ha lanzado a las calles llevadas por la rabia de no poder ya comprar alimentos. Hay dirigentes mundiales que reclaman más ayuda alimentaria ante el temor de una agitación política, así como más fondos y tecnología para aumentar la producción agrícola. Mientras, los países exportadores de cereales cierran sus fronteras para proteger sus mercados internos, a la vez que otros se ven forzados a comprar por el pánico a la escasez. ¿Auge de precios? No. ¿Escasez de alimentos? Tampoco. Nos encontramos en medio de un colapso estructural, consecuencia directa de tres décadas de globalización neoliberal.
El sector agrícola tuvo en todo el mundo una producción récord de 2.300 millones de toneladas de granos en 2007, un 4% más que el año anterior. Desde 1961, la producción mundial de cereales se ha triplicado, mientras que la población se ha duplicado. Es cierto que las reservas están en el nivel más bajo de los últimos 30 años. Pero, en resumidas cuentas, se produce suficiente cantidad de alimentos en el mundo. Sin embargo, no llega a quienes los necesitan. La gente consume directamente menos de la mitad de la producción mundial de granos. La mayor parte de esa producción se utiliza para consumo animal y cada vez más para biocombustibles a través de cadenas industriales en gran escala.
De hecho, una vez atravesada la fría cortina de las estadísticas, es posible darse cuenta de que algo está fundamentalmente mal con nuestro sistema alimentario. Hemos permitido que los alimentos sean transformados de algo que alimenta a las personas y les asegura el sustento, en una simple mercancía para la especulación y los negocios. La lógica perversa de este sistema ha llegado a un punto crítico. Salta a la vista la manera en que beneficia a los inversionistas por sobre las necesidades alimenticias de la gente.
Ante esta realidad crítica se han dado protestas, quejas,
manifestaciones opiniones que conllevan a tomar muy en serio la
comercialización de los alimentos, su comportamiento en el mercados,
considerar los expresado por Grain, que los promotores de las políticas
que han dado forma al actual sistema mundial alimentario –y que
supuestamente son los responsables de evitar tales catástrofes– han
ofrecido una serie de explicaciones sobre la crisis actual que todo el
mundo ya ha escuchado una y otra vez: la sequía y otros problemas que
afectan las cosechas, aumento de la demanda en China e India donde la
gente aparentemente se está alimentando más y mejor, cultivos y tierras
que se reconvierten masivamente hacia la producción de agrocombustibles,
y demás explicaciones. Agreguen a esto la actuación de los especuladores
que inflan los precios, lo cual también está siendo objeto de mayor
indagación. Todos estos asuntos, obviamente, contribuyen a la actual
crisis alimentaria. Pero no son totalmente responsables de su
profundidad. Hay algo más importante detrás. Algo que une todos estos
temas y que los popes del mundo de las finanzas y el desarrollo está
manteniendo fuera de la discusión pública.
No cabe la menor duda que la actual crisis alimentaria, actual crisis
alimentaria es el resultado de la presión permanente ejercida desde la
década de 1960 hacia el modelo agrícola de la “Revolución Verde”, y de
la liberalización del comercio y las políticas de ajuste estructural
impuestas a los países pobres por el Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional, desde la década de 1970. Estas recetas de políticas
fueron reforzadas a mediados de la década de 1990 con el establecimiento
de la Organización Mundial del Comercio y, más recientemente, a través
de un fárrago de acuerdos bi-laterales de libre comercio y de inversión.
Junto con todo un paquete de otras medidas, han desmantelado de manera
implacable los aranceles y otros instrumentos que los países en
desarrollo tenían para proteger su producción agrícola local, y los
forzaron a abrir sus mercados y tierras a los agronegocios mundiales, a
los especuladores y a las exportaciones de alimentos subsidiados
provenientes de los países ricos. En ese proceso, las tierras fértiles
fueron reconvertidas de la producción de alimentos para abastecimiento
de un mercado local a la producción de commodities mundiales para la
exportación o cultivos de contra estación y de alto valor para abastecer
los supermercados occidentales. Hoy, aproximadamente el 70% de los
llamados países en desarrollo son importadores netos de alimentos. Y de
las 845 millones de personas con hambre en el mundo, 80% son pequeños
agricultores y agricultoras. Si a esto se le agrega la readecuación del
crédito y los mercados financieros para crear una enorme industria de la
deuda, sin control sobre los inversionistas, la gravedad del problema
queda clara.
Definitivamente, la política agrícola ha perdido total el contacto con su objetivo más fundamental de alimentar a la gente. El hambre lastima y la gente está desesperada. El Programa mundial de alimentos de Naciones Unidas estima que hay unas 100 millones de personas más que no pueden comer debido al espectacular alza de precios reciente Esto tiene a los gobiernos buscando frenéticamente cómo protegerse del sistema. Los afortunados que tienen existencias para exportar están retirándose del mercado mundial para separar sus precios internos de los astronómicos precios internacionales. Con el caso del trigo, la prohibición de exportarlo o las restricciones aplicadas en Kazajstán, Rusia, Ucrania y Argentina, significa que un tercio del mercado mundial ha sido clausurado. La situación con el arroz es aún peor. China, Indonesia, Vietnam, Egipto, India y Camboya han prohibido o restringido severamente las exportaciones, dejando unas pocas fuentes de suministro para la exportación, principalmente Tailandia y Estados Unidos. Países como Bangladesh ni siquiera pueden comprar el arroz que hoy necesitan debido al alto precio del mismo.