Parece raro empezar un artículo sobre economía sosteniendo que el ser
humano rara vez actúa en forma plenamente racional y eficiente cuando
toma decisiones económicas. Sin embargo, los modernos avances en
neurociencias así lo indican: las decisiones humanas relacionadas con el
consumo, la inversión, el ahorro, entre otras, no se basan solamente en
la razón, sino que en ellas suelen entrar en juego, con bastante fuerza,
elementos más incontrolables como son los sentimientos o las
intuiciones.
Por ejemplo: ¿cuántas veces hemos ido al centro, o a alguno de los dos
shoppings de nuestra provincia, a comprar una prenda de vestir que
necesitábamos imperiosamente y hemos vuelto a casa con media docena más
que fuimos “viendo por el camino”? Y qué decir de los super /
hipermercados, en especial los hombres, cuando nuestras madres o esposas
“nos mandan” por un determinado pedido y regresamos con unas cuantas
“cositas de más”, en especial cuando recién nos depositan el sueldo. O
para seguir con el caso de los hombres, cuántos productos hemos comprado
tan sólo porque una “vendedora bonita” nos lo ofreció y nos convenció
con su sonrisa, sin siquiera darnos la oportunidad de comparar otras
marcas, otras casas de comercio, en fin… otras alternativas. Es decir, y
hablando más en general, a todos nos ocurre de vez en cuando el hecho de
comprar más de lo que realmente necesitamos, y eso que vivimos en un
país subdesarrollado como Argentina, ni que hablar entonces de los
países desarrollados, donde crónicamente se consume más de lo que se
necesita, en especial en EE.UU.
Pero sucede que estas "fragilidades” humanas (o sea el alejamiento de la
plena racionalidad al momento de tomar decisiones económicas) son
absolutamente impredecibles y, hasta el momento, poco tenidas en cuenta
a la hora de analizar y modelizar los procesos económicos. Sin embargo,
en los últimos años, neurocientíficos y economistas “open minded”
alrededor del mundo están centrando sus investigaciones precisamente en
la interacción del cerebro racional con el emocional cuando las personas
tomamos decisiones relacionadas con la escasez y el dinero, dando lugar
a un nuevo campo de estudio llamado Neuroeconomía.
O sea que por Neuroeconomía, se entienden todos aquellos esfuerzos por
tratar de dilucidar los verdaderos mecanismos que subyacen a nuestra
toma de decisiones económicas, que hasta ahora los economistas han
supuesto casi siempre hiper-racionales. Pero las aplicaciones de las
neurociencias no se circunscriben a la ciencia de los economistas en
exclusividad, también existen ya como ramas concretas de estudio, si
bien también embrionarias, el Neuromarketing, el Neuromanagement, la
Neuroeducación, etc. En síntesis, pareciera que las neurociencias van a
hacer aportes importantes, en los próximos años, en la mayoría de las
ciencias sociales; de hecho las semillas para el cambio ya están
esparcidas, y hoy gracias a las neuroimágenes (resonancia magnética,
principalmente), se puede analizar el cerebro humano en el mismo
instante en que está tomando decisiones, y con un alto grado de detalle.
Y no se necesita ser futurólogo para predecir que, más tarde o más
temprano, los economistas deberán por lo menos familiarizarse con estos
temas. Es decir, el cambio sobrevendrá, eso es inevitable. Lo que nadie
sabe es cuán profundo será.
El pensamiento dominante hoy en economía indica que los seres humanos
tratan de minimizar el gasto de sus recursos escasos (su dinero, su
tiempo laboral, etc.) a los fines de maximizar las necesidades que a
partir de ellos satisfacen. Es decir, desde Adam Smith en adelante, y en
especial con los neoclásicos (Jevons, Walras, etc.) se ha venido
suponiendo a los seres humanos como sujetos altamente racionales, que
absorben toda la información disponible y la transforman en decisiones
de altísima calidad, ultra-maximizadoras y que son además personas lo
suficientemente inteligentes como para aprender de sus errores (las
desviaciones humanas de la racionalidad extrema) y no volver a
cometerlos jamás. Este discurso en materia de teoría económica aún en
nuestros días tiene muchísimos adherentes.
Sin embargo las neurociencias, gracias a las neuroimágenes aplicadas a
personas en situaciones concretas, están demostrando, por ejemplo, que:
La toma de decisiones de consumo no es un proceso racional. Es decir,
los clientes no examinan conscientemente los atributos de un producto o
servicio para adquirirlo.
En la mayoría de los casos, el proceso de compra es relativamente
automático y deriva de hábitos y otras fuerzas metaconscientes, entre
las cuales gravitan la propia historia, la personalidad, las
características neurofisiológicas y el contexto físico y social que nos
rodea.
Según los científicos, las zonas del cerebro de la racionalidad no
pueden funcionar aisladas de las zonas de regulación
biológica-emocional. Los dos sistemas se comunican y afectan la conducta
en forma conjunta, y consecuentemente, el comportamiento de las
personas.
Más aún, el sistema emocional (la zona más antigua del cerebro) es la
primera fuerza que actúa sobre los procesos mentales, por lo tanto
determina el rumbo de las decisiones.
La fragancia de un perfume, por ejemplo, puede evocar distintas
sensaciones. Si el cliente la asocia con experiencias dolorosas o con
una persona con la que no simpatiza, es muy probable que no lo compre,
aún cuando la relación precio-calidad-marca sea razonable.
Estas y otras asociaciones, al igual que la mayor parte de los
procesos mentales, se verifican en el plano metaconsciente y nos obligan
a encontrar nuevas herramientas que nos permitan acceder a ese conjunto
desordenado de emociones, recuerdos, pensamientos y percepciones que
determinan las decisiones de compra y consumo, y que la mayoría de las
veces el cliente desconoce.
Estas ideas, provenientes del Neuromarketing, pero aplicables plenamente
a la teoría de la demanda en microeconomía, son sólo una muestra de lo
alejados que estamos los seres humanos de la racionalidad plena en la
toma de decisiones, y como consecuencia de ello, también de los modelos
econo-matemáticos que usamos los economistas. La cuestión creativa de la
Neuroeconomía va a estar dada por la forma en que incorpore otras
variables a los modelos, en especial las emocionales, que permitan
describir consumidores “más humanos”, y no simples “calculadoras
costo-beneficio”. El desafío es grande, pero las enormes anomalías
existentes hoy en la teoría tradicional ameritan el esfuerzo. El futuro
dirá si la Neuroeconomía aportó cosas importantes o sólo fue una moda
pasajera; habrá que esperar algunos años entonces para sacar
conclusiones definitivas.
Economista.
Acerca de GestioPolis
Participar en la comunidad
Derechos de Autor
GestioPolis es la primera comunidad de conocimiento en negocios de Hispanoamérica
Derechos Reservados sobre el concepto del sitio web
GestioPolis.com
© 2008 Carlos López
| Hazte miembro de GestioPolis |
|
Y Descarga 11 eBooks
GRATIS |