Es menester realizar inicialmente algunos comentarios sobre lo que se conoce en el ámbito universitario como evaluación por un lado y control por el otro, pues pareciera que el primero de los términos se orientara de manera exclusiva a los procesos académicos y de extensión, como ejes misionales de la universidad, y el segundo a la gestión o administración de los procesos de apoyo.
Existe la tendencia a utilizar el término evaluación para designar algunos tipos de valoración a los procesos académicos y más tradicionalmente adicionado con el prefijo auto para abordar el tema de la acreditación institucional: “Autoevaluación con miras a la acreditación”. Por otro lado, el término control ha sido identificado con acciones policivas o punitivas que lleva a cabo una oficina de auditoria interna o externa en aspectos relacionados típicamente con lo financiero. El solo término crea un profundo rechazo en todas las esferas de la administración, tanto pública como privada, que se acentúa de manera dramática en el ámbito universitario. La presente introducción al tema pretende acercar las dos acepciones de la manera más “delicada” posible, pues no se desconoce la prevención y el mal humor que puede representar esta osadía. De manera adicional, los aspectos relacionados con la evaluación y el control universitarios, pueden abordarse desde un proceso académico que genere importantes avances en la consolidación de una cultura del control.
Puede hablarse de una cantidad importante de términos comunes, utilizados tanto en los procesos de autoevaluación institucional como en los modelos de control, tales como la autonomía, la señalada autoevaluación, el autocontrol, la autocrítica, la autorregulación, los procesos, la gestión, la autogestión, la estrategia, los planes de mejoramiento, las comunicaciones, los sistemas de información, los indicadores, el talento humano (pocas veces los riesgos) y otros, que me hacen pensar en la posibilidad de ubicarlos en un lugar común que represente disminución de recursos y unificación de criterios en su aplicación.
Otros términos como la autoreferenciación, la autocrítica y la autocomplacencia, propios del sistema de autoevaluación, tienen perfecto asidero en el modelo de control.
La necesidad de realizar procesos de evaluación a los diferentes planes universitarios, ha fortalecido el proceso de la planeación en todas las dependencias académicas, y ha generado de manera indirecta una cultura del control desde las oficinas de planeación. Esta cultura del control se viene dando, hasta ahora, de manera relativamente aislada de los organismos creados por la constitución, la ley y las normas universitarias para realizar las funciones de control. Podemos señalar aquí separación inconveniente en el proceso de unificar el control de la institución, pero a la vez un fruto significativo.
En los procesos académicos no intervienen de manera directa los procesos relativos al control sino los conocidos como evaluación. La evaluación llevada inicialmente en cada dependencia se realiza de manera autónoma, es decir, se realiza como autoevaluación, dado que son los mismos organismos o personas que participan en los procesos académicos quienes llevan a cabo el proceso de evaluación. Lo anterior genera el fenómeno conocido como autocomplacencia.
“La acreditación se constituye en el mecanismo para que las
instituciones demuestren su excelencia y rindan cuentas ante la sociedad
y el Estado sobre el manejo eficiente de los recursos, la pertinencia de
los procesos, la calidad de los productos, la eficiencia y eficacia en
su gestión, el clima organizacional y la interacción con el entorno
social.
El proceso de autoevaluación, con miras a la acreditación contempla tres
momentos e implica a tres actores: la autoevaluación realizada por la
propia institución, la evaluación externa o heteroevaluación realizada
por pares académicos y la evaluación síntesis o acreditación formal
realizada por el Estado, quien otorga el reconocimiento final”.
¿Deberían ser los procesos de evaluación de las dependencias académicas liderados por una instancia de la administración central con total independencia a este proceso? Esto podría evitar en gran medida la autocomplacencia. ¿Cuál debe ser entonces el papel de las Oficinas de Control Interno en el control de los procesos misionales universitarios? ¿Cuál su papel en los procesos de Autoevaluación institucional? ¿Debe dejar el control a los docentes e investigadores (¿son acaso distintos?) o debe fortalecerse con personal competente en estos procesos?.
Si la autoevaluación está referida a la institución en su conjunto, la posibilidad de centralizar la evaluación a todos sus procesos sería posible y las universidades deberían pensar en ello como una instancia de evaluación institucional. Esa instancia, que tiene carácter constitucional, legal y estatutario, existe en todas las instituciones universitarias del Estado, pero en la gran mayoría de ocasiones su ámbito de intervención no llega más allá de convertirse en una simple auditoria a los procesos de apoyo, dejando de lado aspectos que la misma ley y los estatutos le confieren y le obligan a observar.
De otro lado, si la autoevaluación está referida exclusivamente a los procesos académicos, ésta debe ser convalidada por otra instancia independiente del proceso como en la actualidad se hace, por pares académicos de otras instituciones.
Casi de manera automática, cuando se hace referencia al término autoevaluación se realiza su enfoque en el proceso de acreditación institucional. Se refiere, de preferencia, a la autoevaluación de procesos académicos o misionales, y en menor grado en autoevaluación a los procesos de apoyo. Debe evaluarse la necesidad de que la autoevaluación pueda darse también en los procesos de apoyo y el control incursionar en los procesos misionales, generándose una dinámica en ambos sentidos.
Al hacer referencia al término control no toca de manera exclusiva la actividad de una auditoria llevada a cabo por una instancia asesora de la Rectoría, sino a la actividad que como tal puede hacerse desde el interior mismo de los procesos a manera de autocontrol. Queda por aclarar si la autoevaluación conlleva uno de los elementos básicos de una auditoría como es la independencia.
Lo anterior, parece acercarnos a la necesidad de plantear una estructura de Evaluación y Control que contemple entre sus funciones las auditorias, evaluaciones y controles a los procesos estratégicos, misionales y de apoyo y no se limite de manera exclusiva a su intervención en estos últimos. Debe contemplar además la autoevaluación y el autocontrol a los procesos que gestiona, y consignar de manera adecuada sus propios planes de mejoramiento.
Contador Público Universidad de Antioquia.
Especialista en Sistemas de Información Universidad EAFIT.
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