Cómo afrontar una situación adversa en la vida

  • Autoayuda
  • 10 minutos de lectura

Viabilidad de la quiebra moral: Cómo arribar a Egina aún sin desearlo

Denominaremos quiebra moral a un suceso o situación adversa experimentada por una persona, que menoscaba su integridad moral, con sus consecuencias inmediatas de grave deterioro de su imagen personal y el surgimiento de opiniones desfavorables en su contra. Una situación de quiebra moral puede traer consigo otras desventajas como malestar agudo y hasta problemas jurídicos y económicos. Obviamente, los daños para la persona afectada serán mayores o menores según sea la importancia o amplitud de su rol social, área de desempeño y espectro de influencia.

Normalmente, nos sorprendemos y hasta nos estremecemos notoriamente al enterarnos de la caída en desgracia —por algún escándalo o delito cometido— de una persona importante, que podría ser un famoso jefe de estado, algún encumbrado ejecutivo o un prelado de la Iglesia. Y nos sorprendemos tanto porque no llegamos a comprender por qué y cómo una persona tan educada y de trayectoria tan honorable —de quien se esperaba un desempeño intachable— haya caído en tal situación o haya sido capaz de conductas tan reprochables. Cuando se trata de personas ordinarias o de status muy inferior también reprochamos el delito cometido y detestamos las conductas indeseables, pero no nos impacta tanto quizá porque pensamos que es una cuestión de educación, que quizá éstas no estaban bien equipadas para salir airosas de la situación.

Antes de intentar una respuesta a la pregunta de fondo, vamos a detenernos a considerar nuestra primera percepción del hecho, que se traduce o se conecta con lo lingüístico, con lo simbólico. Y vamos a hacerlo situándonos en la perspectiva de Paul Ricoeur, el filósofo de la hermenéutica del simbolismo. A partir de sus investigaciones sobre los mitos y símbolos de las culturas arcaicas, él encontró que los textos que nos hablan del mal “lo hacen en un lenguaje extraño”, con palabras tales como caída, mancha, desvío, extravío, las cuales “…remiten desde un significado literal a un significado existencial”. Ricoeur destaca que el mal “es tanto una realidad cometida como padecida por el hombre, por su fundamental labilidad”. O sea, que el ser humano ante la posibilidad del mal puede resultar involucrado desde dos ámbitos distintos: como agente o sujeto activo —quien despliega una acción a partir de una intención—, o como afectado o sujeto pasivo, y en ambos casos es la labilidad o condición de ser débil, lo que influye en tal caída. Si se hablase de fortaleza en lugar de labilidad, no tendría sentido hablar de caída sino de logro. Nadie se atreve de calificar a Calígula o a Nerón como hombres fuertes y admirables; quizá con fortaleza física sí, pero nunca admirables.

Aún hoy día, ante un caso como el relatado más arriba —la persona honorable caída en desgracia— la expresión más espontáneamente utilizada es la de “caída”. Tal situación es percibida y calificada como una desviación con respecto a lo correcto o lo deseado, y lo deseado es entonces el bien, lo bueno. Estas expresiones, vinculadas a la función simbólica del pensamiento, nos sugieren la noción de orden universal —superior, subyacente o contextual—, en el cual el mal se percibe como un desvío, como una ruptura. Estamos claros que los positivistas, pragmáticos y relativistas afirman que no hay evidencia alguna de orden superior ni universal que sea referente ético.

Pero, ¿qué explica que una persona bien educada y de trayectoria honorable pueda llegar a tales excesos, como cometer un nefasto crimen o desplegar conductas muy irreprochables? En este intento explicativo, partiremos de las siguientes premisas: 1. Toda acción humana consciente es intencional o surge de una decisión, aunque tal intención no resulte suficientemente clara o que tal decisión sea apresurada o torpe; 2. Lo que activa la intención hacia el despliegue de la acción es el propósito; si el propósito es atractivo o se justifica, hay motivación generadora de intención; y 3. Una persona llega a realizar voluntariamente acciones riesgosas o a tomar decisiones cruciales en la medida en que tales acciones o decisiones estén conectadas con sus principales significaciones y valoraciones. Complementamos esta primera parte con una cita de la obra “El Valor de Elegir” de Fernando Savater, el conocido filósofo especializado en ética: “…la causa de cada acción es siempre la voluntad libre que se decide por un motivo, y no el motivo mismo”.

Las dos primeras premisas enlazan acción con intención y propósito, y en efecto no hay acción sin intención que la despliegue, y la intención se activa según haya un propósito o anhelo que la motive. La tercera premisa nos habla del por qué la gente es capaz de tomar ciertas decisiones importantes o cruciales, o bien de desarrollar acciones riesgosas: lo hace en función de las principales significaciones y valoraciones de su vida. Las dos primeras premisas son casi triviales: si se da esto, procede aquello; hay cierta concordancia teórica, por lo menos. Pero, cuando hablamos de la vida, sus significaciones y valoraciones, es aquí es donde surge lo complejo y comienzan las complicaciones, pues el ya citado Savater, nos dice que “la vida que intentamos conservar y perpetuar no es un mero proceso biológico, sino un devenir de símbolos”, o sea, de significaciones y valoraciones con una noción de sentido, de algo más allá de todo logro y de todo límite. Acá nos viene a la memoria una frase famosa de Maurice Merleau-Ponty: “El hombre es un ser condenado al sentido”. Y el mismo Savater le agrega misterio al asunto cuando habla en la obra citada, de “…el insalvable más allá que todo símbolo propicia y deja abierto”. Y con respecto a las cosas en la vida, nos dice Savater: “las cosas no son lo que son, sino lo que significan para nosotros”, destacando que los humanos “no sólo usamos las cosas, sino que les damos valor”… y al darles valor, les conferimos importancia.

Continuando con el intento explicativo propuesto, diremos ahora que antes de una caída real se produce primero una caída simbólica, o que la primera —la caída real— es consecuencia directa de la segunda, que es una especie de quiebre o fractura en la postura existencial de la persona. Veamos, vivimos inmersos —unos más, otros menos— en un conjunto de estructuras formales e informales de roles vinculados a status, protocolos y expectativas, y participando en juegos simbólicos activados por el lenguaje —reflejo de la función simbólica del pensamiento ‘en acción’—, sometidos a interacciones humanas y transacciones de valor, que se traducen unas veces en prerrogativas y otras en deudas o compromisos, a veces obligados o no deseados. En ciertos ambientes, tales relaciones humanas son ritualizadas a través de reuniones, banquetes y acciones protocolares, donde se crean y se estrechan vínculos asociados a expectativas de correspondencia de lealtades, matizadas y realzadas por el disfrute de exquisiteces.

Uno de los juegos sociales más complicados, desde el punto de vista ético son los asociados al deleite, considerado por Savater como uno de los cinco tipos de motivos principales que mueven el deseo y las intenciones humanas. Según el filósofo, los deleites se refieren a “refinamientos culturales y enriquecimientos simbólicos”, donde lo que impulsa “no es la satisfacción de una necesidad, ni tampoco son la necesidad convertida en virtud, sino en lujo”. Son la sistematización y la ritualización del derroche. Y tales juegos simbólicos, basados en los deleites, generan “gratificaciones imaginarias tan importantes como los condicionamientos biológicos”. Entonces, quien vive mezclado en ciertos juegos sociales complementados con exquisiteces fácilmente puede caer en una especie de trampa sociocultural basada en expectativas y lealtades comprometedoras. En este contexto complejo, en cualquier momento puede producirse un accidente, puede acontecer lo inesperado.

Así, nos acercamos más a la respuesta buscada. Aquel honorable señor —u honorable señora— simplemente llegó a donde no deseaba ni se había propuesto llegar: a Egina, la isla misteriosa relatada por Aristóteles —citado por Savater en El Valor de Elegir—. ¿Y qué le llevó hasta allí? Pues, aclara el filósofo de Estagira… “por accidente se arriba a Egina, cuando no se ha hecho ánimo de ir allí, sino que le ha llevado a uno la tempestad o los piratas” (es como decir: el entorno y la influencia de otros). Y es que las complicadas interacciones y transacciones de una vida en la que se desempeñan ciertos roles pueden desembocar en situaciones comprometedoras. La afición por los deleites le rinde culto al poder, al dinero y al placer, y éstos tienen un efecto embriagante, y la embriaguez nubla el entendimiento. Y, si más que embriaguez momentánea por el poder, el dinero y el placer, se ha llegado a la adicción al deleite, entonces no sólo llega a nublarse el entendimiento sino que se establece —sin saberlo ni desearlo— un compromiso de lealtad con el mal, entendido éste como desvío, como ruptura con lo correcto, con lo que más conviene a lo que somos y como somos. Así, la persona —con nobleza de origen o no— se ha establecido definitivamente en Egina.

Y quizá todo comienza dejando a un lado ciertos hábitos o formas de pensar, de hacer y de responder ante las situaciones de la vida. Los hábitos nos definen, y al dejar ciertos hábitos estamos empezando a dejar de ser lo que hemos sido. A tal efecto, el sabio Pascal decía: “Dicen que el hábito es una segunda naturaleza. Quién sabe, empero, si la naturaleza no es primero un hábito…”

El camino hacia el mal —o hacia la quiebra moral— se inicia a ‘tanteos’, siendo los primeros tanteos inocentes o simples escaramuzas de juego. Desde muy pequeños, nos sentimos abordados por el interés y el deseo natural de averiguar, de explorar en nuestro entorno y más allá de las cosas. Esto se denomina curiosidad. En psicología, la curiosidad es entendida como una pulsión, como algo que nos impulsa o genera en nosotros una actitud y una conducta de búsqueda. Esta actitud se mantiene a lo largo de la vida, como un activador del aprendizaje. Como resultado de esa búsqueda obtenemos conocimiento, experiencias y sensaciones. Y siempre encontraremos algo que nos resulta extraño o que despierta en nosotros el deseo de averiguar, y no sólo para obtener conocimiento, sino también para experimentar sensaciones.

También desde chicos descubrimos el juego como una actividad que va a ocupar nuestro interés a lo largo de toda nuestra vida. El juego es la primera actividad estructurada del niño, expresada primero en tanteos, donde cada niño actúa —en principio— en serio, y del juego va obteniendo satisfacciones, con el disfrute de la alegría compartida. Entonces el juego se convierte en algo que el niño, más luego el joven y más tarde el mismo adulto, seguirán buscando como ocasión de disfrute. ¿Y el capricho? Entendemos por capricho cualquier opción que procede según el antojo personal, como algo sin fundamento razonable. El diccionario lo describe también como la satisfacción de un deseo de algo aunque eso no sea necesario. Y según la más amplia convención social, todos tenemos derecho a tener caprichos, y hasta realizarlos, siempre y cuando estén dentro de los límites o normas de aceptabilidad. Y en este caso, generalmente, las normas son ligeras, flexibles. Muchos caprichos se refieren a algo trivial o fútil, pero algunos caprichos pueden traducirse en errores, y hasta con consecuencias de lamentar.

Al considerar conjuntamente la curiosidad, el juego y el antojo vinculado al capricho, llegamos a otra modalidad de conducta: la travesura, una forma de juego que fácilmente nos ubica, con sus típicos tanteos, muy cerca de la zona gris donde se encuentra —más acá o más allá, por eso es difuso— el límite que separa lo bueno de lo malo, o que hace confundir el bien con el mal. La travesura es vecina del capricho, pues ambos coinciden en ser generados por un antojo, una ocurrencia; algo no razonado ni razonable. El problema que plantea este tipo de juegos es que la intención es ambigua o no es totalmente clara para quien inicia el juego, ni lo es para otros participantes u observadores, y así tampoco está claro el propósito. La intención es una variable independiente, pues está sujeta a la voluntad y libre decisión el sujeto. En este tipo de juego, el resultado se comporta como variable dependiente del propósito cuando éste es claro, y como variable independiente —por lo tanto, sujeta a sorpresas o a lo inesperado— cuando el propósito no está claro.

Aún adultos —y hasta adultos mayores— continuamos sintiendo afinidad por el juego, y realizamos, a veces, tanteos sin claridad de intención. El juego es útil y hasta necesario para nuestra recreación, pero ningún juego social es inocente, pues siempre hay una intención y un propósito vinculado a ésta, aunque sean ocultos. En el caso de un juego tipo travesura —sin intención ni propósito claros—, cuando el sujeto iniciador o activo del juego percibe con cierta claridad un posible resultado malo o no conveniente, puede darse una de dos cosas: que el sujeto iniciador decida —dominando su razonamiento— retroceder a tiempo o no avanzar en el juego, o que la pulsión o el instinto domine la escena, sea por fuerza del iniciador o de otro participante, y así el resultado no deseado se imponga.

En los casos donde no hay claridad de propósito ni de intención, por estar ambos afectados por la ambigüedad, se producen —en palabras del filósofo francés Edgar Morin— “derivas y bifurcaciones, que causan desvíos inesperados”… y hasta fatales. El filósofo —autor de la obra “El Pensamiento Complejo”— nos habla de la ecología de la acción y al respecto afirma: “En el momento en que un individuo emprende una acción, cualquiera que sea, ésta comienza a escapar a sus intenciones, entrando en un universo de interacciones y es finalmente el ambiente el que toma posesión, en un sentido que puede volverse contrario a la intención inicial”. Por ello, si actuamos sin la debida reflexión y descuidando detalles importantes, podremos llegar, sin desearlo y sin habérnoslo propuesto, a Egina… la isla del misterio.

Nuestro equipaje para la vida debe ser conscientemente preparado y estar siempre a la mano. En el mismo no debe faltar nunca la prudencia, la paciencia, la moderación, la sinceridad, la disciplina y la práctica de la reflexión crítica.

Hazle saber al autor que aprecias su trabajo

Estás en libertad de marcarlo con "Me gusta" o no

Tu opinión vale, comenta aquíOculta los comentarios

Comentarios

comentarios

Compártelo con tu mundo

Escrito por:

Cita esta página
Benítez R Jorge L.. (2014, junio 16). Cómo afrontar una situación adversa en la vida. Recuperado de http://www.gestiopolis.com/como-afrontar-una-situacion-adversa-en-la-vida/
Benítez R, Jorge L.. "Cómo afrontar una situación adversa en la vida". GestioPolis. 16 junio 2014. Web. <http://www.gestiopolis.com/como-afrontar-una-situacion-adversa-en-la-vida/>.
Benítez R, Jorge L.. "Cómo afrontar una situación adversa en la vida". GestioPolis. junio 16, 2014. Consultado el 11 de Diciembre de 2016. http://www.gestiopolis.com/como-afrontar-una-situacion-adversa-en-la-vida/.
Benítez R, Jorge L.. Cómo afrontar una situación adversa en la vida [en línea]. <http://www.gestiopolis.com/como-afrontar-una-situacion-adversa-en-la-vida/> [Citado el 11 de Diciembre de 2016].
Copiar
Imagen del encabezado cortesía de bholl7510 en Flickr