Hace unos meses yo estaba dado una charla parecida sobre con temática
en Mar del Plata y al final del panel se me acerca un empresario y me
dice “la verdad que me identifico mucho con lo que Uds. están contando,
porque yo hace 30 años que soy empresario y tuve tres by passes: el
primero fue del Rodrigazo, el segundo de la tablita y el tercero de la
hiperinflación”.
O sea, en este empresario hay una caricatura de ser empresario casi como
una “adicción suicida”, porque el hombre seguía insistiendo con el
transcurso de los años. Quizá, no tan abruptas, pero marcas de este tipo
creo que no hay empresario que no las tenga; y que lo que hacen es ir
condicionando su mente para que el nivel de riesgo que esté dispuesto a
asumir o que le parezca lógico asumir, sea cada vez menor. La venta,
digamos, que es el extremo, directamente retirarse.
Primero, voy a tratar de resumir los tres grandes grupos que yo creo que
son estos factores que condicionan, o que forzaron, como decía Graciela,
la venta. Del primero ya se habló bastante y es la ausencia de un
financiamiento adecuado.
¿Y esto qué significa para las PyMEs muy pequeñas? Inexistencia total de
crédito, absoluta; para las PyMEs formales, tasas de interés mayores que
la rentabilidad, en el mejor de los casos, y tasas de interés usurarias
o variables o mortales, en la mayoría de las casos. Y para las grandes,
tasas de interés mayores que las que pagan sus pares con las que tienen
que competir en el primer mundo, o sus pares que están presentes en la
Argentina; plazos de pago mucho más cortos y un mercado de capitales
casi inexistente.
La consecuencia de todo esto es que la tasa de retorno que se le tiene
que exigir al capital propio, es mucho mayor y muchas veces imposible de
conseguir. La inexistencia de mercado de capitales hace que la decisión
se torne binaria, o sea, o vendo o no vendo; no puedo arriesgarme un
poco menos vendiendo una parte, como escuchamos también en una
exposición de la tarde. Después voy a abundar un poco más con el
financiamiento.
Segundo, todas las cosas que nos contaron Javier González Fraga y Débora
Giorgi, a la mañana, de la volatilidad, tanto en las reglas
macroeconómicas como en la micro, tienen una consecuencia directa en
arruinar la cuenta resultados de la empresa. Esto se puede ver en
distintos tipos de torturas a las que somos sometidos, que se pueden
llamar: apreciación cambiaria, inflación con controles de precios, golpe
inflacionario, aumento de la tasa de interés y reducción abrupta del
crédito, desmantelamiento repentino de las barreras arancelarias, caída
fuerte del volumen de ventas, como no ocurre casi en ningún lado,
creación de nuevos impuestos y/o aumento de las alícuotas de los que ya
tenemos.
El impacto de cada una de estas torturas, o de varias ellas en conjunto,
muchas veces es mortal. Y para los que no es mortal, queda en la mente
del empresario una sensación de angustia profunda. Porqué? Porque el ser
empresario significa que el trabajo de cada día es estar tratando de
mejorar todos los días un poquito algo, y que la suma de esos esfuerzos
hace que la empresa pueda competir; y eso está al alcance del
empresario. Es difícil pero es a lo que se dedica. No son todos los días
donde se toman grandes decisiones estratégicas, como decía un empresario
nos juntamos todos los jueves, con los gerentes, a “matar hormigas”, a
resolver pequeños problemas que, uno a uno no significan mucho, pero que
si no se resuelven, las hormigas se comen todo.
En esa persona que se dedica a eso y que tiene un perfil profesional
para resolver pequeños problemas, cuando cae, por el contrario, eventos
traumáticos que, de un plumazo y por decisiones tomadas por otros,
arruina la rentabilidad conseguida con esos pequeños esfuerzos, lo que
queda es una sensación de inseguridad horrible, y no es precisamente la
inseguridad jurídica, la inseguridad de estar a merced de estos
terremotos que suelen suceder y uno no tiene nada que ver en esa
decisión.
Podemos discutir después la responsabilidad que le cupo a cada uno como
ciudadano, pero sin comerla ni beberla en ese momento, se destruyen años
de pequeños esfuerzos.
Entonces, dije, primero, falta de financiamiento; segundo, reducción
abrupta de la rentabilidad por causas ajenas al negocio; y tercero,
importantísimo, recurrencia de las crisis. Si todo lo que dije antes
solamente hubiera ocurrido una sola vez, en la medida que pase el
tiempo, primarían las ganas de tener rentabilidad, las ganas de crecer,
sobre las angustias. Pero el tema es que depende la edad que uno tenga,
entre 25 y 65 años, el empresario argentino puede contar 1, 2, 5 ó 6 de
estos eventos. Conclusión: una profunda desconfianza y un hondo
escepticismo en el futuro es lo que nos caracteriza, que, para vencerlo,
necesitaremos tantos años buenos como años malos hemos tenido.
Otro subproducto nefasto de este derrotero, es la falta de
diferenciación en los resultados finales del que hace bien las cosas del
que no las hace bien. Porqué? Porque cuando viene el cataclismo, el
cataclismo arrasa con todo, y al ser ese impacto mayor que las mejoras
micro que cada uno pueda hacer en la empresa, la consecuencia es que
trabajar bien no rinde demasiado, rinde mucho más saber anticipar la
crisis y, muchísimo más, saber moverse durante el transcurso de la
crisis. Esto significa saber hacer cosas que no tienen nada que ver con
las que hacen los empresarios en el resto del mundo y que nosotros
conocemos muy bien: se puede stockear con la inflación, comprar dólares,
vender dólares, cerrar la fábrica, presentarse en concurso, esperar la
próxima moratoria, diríamos mejor, acogerse a la próxima moratoria, a
algunas de las 15 que describió Débora, que tuvimos en los últimos
tiempos.
El otro día le estaba leyendo a mi hijita de tres años el cuento del
lobo y los tres chanchitos. Y cuando terminé de leerlo, digo: yo se lo
tendría que leer al revés, porque ella es argentina y va a vivir en la
Argentina. Entonces, si le digo que vale la pena hacer la casa de
ladrillos, los cuentos son fábulas, con los que estamos tratando de
transmitir una enseñanza. Bueno, le estoy dando malas herramientas: o le
cambio como le cuento los cuentos, o le saco el pasaporte español
rápido, porque si no me lo va a recriminar toda la vida con razón. Es
mucho más importante saber para dónde vamos a escapar cuando llega la
crisis, que siempre llega, siempre llega, que preocuparnos por invertir
todas nuestras energías en hacer algo más perdurable, algo más sólido. A
los que habían de cualquier manera, por cabeza duras, intentado hacer
algo bien, cuando viene el cataclismo no sólo se sienten angustiados
sino que se sienten bastante estúpidos. Por decirlo en argentino, nos
sentimos bastante giles.
No puedo evitar contar una experiencia personal que tuve en diciembre
del 2001: Yo había creado una cadena de supermercados que tenía, y por
suerte tiene, 140 bocas. A principios de 2001, no sé si recuerdan Uds.,
que se instaló el “corralito”; entonces, desapareció el efectivo. Esas
tiendas eran tiendas que estaban en lugares marginales del conurbano, no
tenían tarjeta de crédito, no teníamos tarjeta de crédito porque el
margen no daba para ponerla, pero en ese momento hubo que poner, en un
fin de semana, los posnets para poder cobrar con tarjeta de débito,
porque sino no vendíamos más, y había que hacerlo en el fin de semana.
Estuvimos todo el viernes discutiendo con los gerentes y con muchos
jefes de tienda, cómo ahorrar cable desde el servidor a los puntos de
venta, para tratar de no gastar tanta plata en cables, porque era un
cable caro. Hicimos un trabajo en el fin de semana, se pusieron los
posnets en todas las 140 tiendas. La noche del 19 de diciembre nos
saquearon 40, se llevaron, primero, la mercadería, después, las cajas
registradoras, después las góndolas, después las baldosas, después las
heladeras lácteas, después los techos. Quedaron unos huecos, quedaron 40
huecos, donde había 40 tiendas. Con qué sensación se quedaron los 1800
pibes que trabajaban y que durante años le habíamos inculcado métodos
para que se rompa un sachet de leche menos en la heladera? Bueno, estas
son preguntas que es mejor no hacerse si uno tiene ganas de seguir
viviendo por acá.
En suma, el comportamiento personal de los empresarios es totalmente
racional.
En todos lados los empresarios son osados, son ambiciosos, son
inquietos, por lo menos más que el promedio de la sociedad. Ahora,
cuando el empresario ha conseguido algo, empieza a convivir en él una
tensión natural entre preservar lo que consiguió y seguir arriesgándose
a conseguir más. En un entorno hostil, cambiante, y que cambia por cosas
que uno no controla, la respuesta lógica es que prime la preservación de
lo que se consiguió; y esto no solamente lo hacen los empresarios
nativos, sino que lo hacen las multinacionales que están acá, que actúan
de la misma manera, y que no terminan invirtiendo todo lo que la
potencialidad económica les aconsejaría, en un momento como el actual,
es llevándose la producción a otro lado.
En este punto, cuando estaba delineando este discurso, empieza a
revolotear la palabra víctima. Y la verdad es que no me parece apropiado
denominar como víctimas a personas que han sido exitosas, que han
vendido su empresa y han conseguido varios millones de dólares por la
venta de su empresa.
Ahora, es difícil ser empresario, es difícil ser empresario en cualquier
lado. Es difícil convencer a los clientes que compren lo que les
queremos vender; convencer a los proveedores que nos vendan lo que
queremos que nos vendan, en las condiciones en que necesitamos;
convencer a los empleados que hagan las cosas que hay que hacer en la
forma que hay que hacerlas, todos los días; y es difícil convencer a los
socios, o a la mujer, que hay que poner más plata en la empresa en la
Argentina.
Si a todo esto le sumamos esta montaña rusa que descarrila con cierta
regularidad, entonces, creo que encontramos la víctima. Las víctimas son
las ganas de emprender de la gente que tiene las condiciones para
hacerlo, las ganas de arriesgarse de la gente que tiene el capital para
hacerlo, las ganas de pensar nuevos proyectos de las personas con
potencial para hacerlo.
O sea, la gran víctima es la capacidad creativa del único grupo que la
puede tener y la podría ejercer. Este grupo es reducido en todas las
sociedades, y desanimarlo tiene consecuencias para todos. La
consecuencia más evidente y más injusta son los millones de compatriotas
condenados a la marginación que sueñan con un trabajo en blanco, sueñan
con trabajar, sueñan con tener una obra social, y a los que no les damos
la más mínima posibilidad de vivir con dignidad y que son los que
terminan pagando con su penuria nuestro fracaso.
Hace poco vi en una encuesta que una parte importante de la gente que
vive en villas miseria, no se siente argentina. Yo me pregunto por qué
deberían sentirse argentinos? Qué les estamos dando para que se sientan
parte de nuestro proyecto?
Si todo esto es así, lo primero que tenemos que valorar mucho,
muchísimo, es una política económica que, al menos, evite las crisis.
Con eso, y el paso del tiempo, empezaríamos a ver el futuro de otra
manera. Yo creo que hoy lo tenemos a eso, tenemos que defenderlo con
uñas y dientes. Pero, además, hay otras lecciones que podemos sacar para
el diseño de política publica, y es responder a interrogantes muy
claros: Es lo mismo que los dueños de las empresas sean argentinos o
extranjeros? Es lo mismo que el dueño sea un fondo de inversión o una
empresa del sector? Es lo mismo que la inversión extranjera se dirija a
comprar empresas que a crear empresas nuevas? Es lo mismo que haya banca
pública o que no haya banca pública, o que haya banca nacional o que no
haya banca nacional?.
Bueno, si estuviésemos en una universidad podríamos discutir horas sobre
esto. Depende de si es pública o privada, las respuestas que
encontraríamos serían distintas, pero, la verdad, a mí no me interesa
mucho ese debate, me interesa mucho más la realidad de lo que hacen los
países que salieron de la trampa de la pobreza, y son hechos
contundentes todos. Todos los países del primer mundo nos muestran cómo
ellos responden a estos interrogantes. Y en la práctica, no en la
academia ni en las recomendaciones de los organismos multilaterales que
esos mismos países patrocinan.
Todos ponen trabas a la compra de empresas por extranjeros. Todos, hasta
Estados Unidos. Todos fomentan la reinversión de utilidades de los
mismos empresarios. Todos fomentan la inversión en proyectos nuevos.
En muchos países está prohibido, prohibido, que extranjeros compren
bancos; por ejemplo, en Francia. Todos tienen una parte muy importante
de su sistema financiero en manos del Estado. Y siguen teniendo unas
instituciones raras, con nombres extravagantes, como banco agrario,
banco industrial, banco para la construcción y la vivienda, banco para
el comercio exterior, públicos.
Entonces, si la respuesta no es la mismo, es que no es lo mismo, es que
es mejor que los dueños sean argentinos, que es mejor que sean
empresarios del sector, que es mejor que la nueva inversión se dirija a
crear nuevas fábricas, y que hay un rol indelegable y muy importante
para la banca pública. Entonces, el Estado debe disponer mecanismos para
fomentar que esto ocurra, que ocurra lo que nos conviene a todos los
argentinos, porque sino no va a ocurrir.
Esto no es por una inspiración nacionalista, sino por la comprobación
fáctica que ya se contó durante el día de hoy, que el horizonte de
planeamiento es diferente si se trata del país en donde uno vive y en
donde uno quiere vivir, que si se trata de un país que es uno más dentro
de un portafolio y que, encima, ese país es complicado de entender;
entonces, ya ni le dedico tiempo a tratar de entender por qué tengo que
hacer el esfuerzo de invertir en este país.
El horizonte del empresario local es más largo y, en general, sus
exigencias son menores, ya que éstas se aceptan para poder desplegar la
actividad donde se quiere vivir y no donde no se quiere o no se puede
ir.
Esto no quiere decir que no tiene que ser bienvenida la inversión de los
fondos o los bancos internacionales, sino que tenemos que ser muy
cuidadosos para que haya más inversión de argentinos, en empresas
argentinas, en nuevas empresas, en crecimiento, y que esto pueda tener
financiamiento competitivo.
La inversión extranjera no representó nunca, ni en Argentina en el
máximo del apogeo, ni en ningún país, más del 10% del total. El 90%
restante es responsabilidad de los argentinos.
Y repito algo que es importantísimo, porque estamos intoxicados de lo
contrario: todas estas iniciativas deben ser encaradas por los
gobiernos; y todos los gobiernos del primer mundo la practican, pero
nunca son incluidas en las recomendaciones o exigencias de los
organismos multilaterales. Peor: nos recomiendan lo contrario: o sea,
haz lo que yo digo pero no lo que yo hago.
Creo que el más franco de todos fue Bush en Mar del Plata, que pasó
desapercibido, pero él dijo “Argentina ya puede defenderse sola del
Fondo”. Uno se defiende de alguien que le trata de hacer daño, no se
defiende de alguien que lo trata de ayudar. Él la tiene clara, nos
tenemos que defender.
Un capítulo muy especial requiere el tema del financiamiento, porque han
pasado tantos años de no tenerlo, que hablar de la falta de
financiamiento es casi como oír la lluvia: llueve pero no podemos hacer
otra cosa. Tenemos tan aceptado que los únicos créditos disponibles en
la Argentina son salvavidas de plomo, que es común escuchar frases como:
“fijate lo bien que le ha ido que nunca tuvo que pisar un banco”. Es
casi como una contradicción para cualquier empresario no argentino.
O sea, que nos den un crédito es muy parecido a que nos den la
extremaunción; ya estamos muy cerca del final. Es imposible para muchos
imaginar que el crédito tiene que ser, y puede ser, una palanca para
crecer más, para crecer mejor. Pero es lógica la actitud de aversión al
crédito-salvavidas de plomo, si los préstamos tienen tasas de interés
muy superiores a la rentabilidad de los activos y, por lo tanto, sólo se
acude a ellos como manotazo de ahogado.
Ahora bien, desde hace más de 400 años que el capitalismo progresa, en
parte, gracias al invento de apalancar el capital propio con dinero de
terceros. Esto hace viable infinidad de proyectos que no verían la luz
si sólo debieran financiarse con fondos propios; que le pregunten a
Cristóbal Colón y a la Reina Isabel.
Para que esta fórmula universal funcione, hacen falta 2 requisitos
indispensables: el primero, es que el proyecto tenga rentabilidad en sí
mismo; y el segundo, es que la tasa de interés sea menor a esa
rentabilidad.
Estas condiciones no se han cumplido nunca jamás en la Argentina en las
últimas décadas. Ahora, hoy, tenemos un entorno macroeconómico que
favorece la rentabilidad y el crecimiento, por primera vez en mucho
tiempo. Falta que lo reguemos con créditos lógicos.
Muchos están preocupados por los cuellos de botella de la capacidad. La
principal capacidad ociosa que tenemos es el bajísimo endeudamiento de
las empresas en la Argentina, la otra cara de la moneda de la
inexistencia del crédito. Pero si tenemos buen crédito, esa es una
capacidad ociosa que podemos explotar. Nada tiene que ocurrir
alocadamente ni puede ocurrir en pocos meses o en pocos años; esto lo
digo por si alguien me viene a ver dentro de un mes, en el lugar en que
supuestamente voy a estar, nada le vamos a poder solucionar en semanas.
Todo tiene que ocurrir en su medida y armoniosamente.
No estoy invitando a crear una burbuja crediticia; es mucho más
importante la calidad del crédito que el volumen que vayamos a
conseguir, porque con el volumen nos podemos estrellar. Calidad en
términos de regiones, en términos de destinatarios, calidad en términos
de tasas de interés que permita el crecimiento.
Pero sobre la base de la rentabilidad genuina que hoy tenemos, nos abre
la posibilidad de expandirnos si le anexamos un financiamiento
competitivo y masivo, al alcance de todos los que tengan buenos
proyectos de crecimiento.
Como decía antes, en el primer mundo, el Estado tiene un rol protagónico
en garantizar que este financiamiento llegue donde no llegaría, ni
llegó, si sólo dejásemos actuar a las fuerzas del mercado,
fundamentalmente en cuatro segmentos que a la banca privada no le han
compensado o no le han interesado: las PyMEs, el largo plazo, todas las
regiones y todas las clases sociales.
Celebro que la UIA haya planteado este tema como Conferencia, ya que me
parece sinceramente que estamos en un momento que me atrevo a llamar
histórico en lo que respecta a la producción y, sobre todo, lo último
que mostró Javier, a la posibilidad de romper nuestro círculo trágico y
recurrente que nos ha intoxicado con escepticismo; no tenemos bombas de
tiempo macroeconómicas como siempre teníamos.
Qué duda cabe que el escepticismo nos invade, casi es parte de nuestra
esencia.
Ser argentinos es sinónimo de ser escépticos. No creemos en nada ni en
nadie, no creemos que el futuro pueda ser diferente. Creo que el que
mejor ejemplifica esto es Federico Luppi, en la película Martín Hache,
cuando está cenando con su hijo en Madrid y le está explicando por qué
se fue de Argentina, le dice al hijo que la Argentina no es un país, que
la Argentina es una trampa. Por qué? Porque nos entusiasmamos, a veces,
y es ahí cuando te pegan el palo y, entonces, empiezan a aparecer las
heridas.
Ahora bien, creo que luego de lo que hemos hecho y aprendido de nuestros
últimos años, en estos últimos varios años, creo que, como sociedad,
hemos aprendido cosas importantes que los dirigentes de turno están
siendo catalizadores de esas lecciones y por eso creo, y espero, que
sean lecciones sólidas.
Junto con el panorama que nos ofrece el mundo para las próximas décadas,
se nos abre la posibilidad de convertir el escepticismo en entusiasmo.
Que tengamos la posibilidad no significa que la vayamos a aprovechar,
somos expertos en desaprovechar oportunidades. Para no desaprovecharlas,
no queda otra que cada uno, desde el lugar que le toca, asuma la
responsabilidad que le toca.
Una vez, cuando estaba tratando de convencer a un inversor extranjero
que invierta en mi empresa, me decía que la gran diferencia en hacer, en
cocinar, un plato de huevos con panceta, es que la gallina se ha
involucrado, pero el chancho se ha comprometido en serio.
A veces, cuando uno se compromete, termina hecho jamón; pero si no nos
comprometemos, no vamos a poder cambiar este tétrico círculo.
Dije antes que la principal víctima son las ganas de emprender, o sea el
entusiasmo, que es una palabra a la que yo le tengo particular aprecio;
no soy capaz de trabajar si no me entusiasma lo que estoy haciendo.
Entusiasmo casi es lo opuesto a escepticismo. Entusiasmo significa
“exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por cosa que lo admire y lo
cautive. Adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño.
Inspiración fogosa y arrebatada”.
También significa estar lleno de energía.
Los empresarios tenemos entusiasmo cuando aumentan las ventas, cuando
vemos a nuestra gente crecer, cuando ganamos más, cuando nuestros planes
se van haciendo realidad, cuando pensamos en nuevos proyectos.
No es indefectible que la Argentina sea como es hoy; no es indefectible
que haya una parte muy importante de nuestros compatriotas a los que le
estemos diciendo: “vos no pertenecés a este proyecto, vos no tenés nada
que hacer acá”. Argentina necesita de empresarios con mucho entusiasmo
para permitirnos imaginar un futuro diferente. Muchas gracias.
Fuente: Los Recursos Humanos. Portal de RR.HH. - www.losrecursoshumanos.com
Link original: http://www.losrecursoshumanos.com/empresarios-en-argentina-oportunistas-o-sobrevivientes.htm Autor: Lic. Gustavo Lopetegui Licenciado en Administración de Empresas / Contador Público Nacional, Universidad Argentina de la Empresa. Se ha desempeñado como Ministro de la Producción de la Provincia de Buenos Aires. Conferencia celebrada en la 11º Conferencia Industrial Argentina (2005) organizada por la Unión Industrial Argentina (U.I.A.)
Los Recursos Humanos.com es realizada por un equipo de estudiantes y graduados de las carreras de Relaciones del Trabajo y Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires (U.B.A.) que por iniciativa propia editan y distribuyen desde 2001 la Revista ENLACES de Recursos Humanos. con el fin de ampliar desde la práctica sus conocimientos sobre muchos conceptos y teorías adquiridos en la Universidad. El portal Los Recursos Humanos, está en la red desde Diciembre de 2004. [Conocer mas acerca de Los Recursos Humanos.com]
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