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UNA BREVE HISTORIA DE BUDA
Sidarta – cuyo nombre significa “aquel que alcanza su objetivo” – nació
en una familia noble, alrededor del año 560 a.C., en la ciudad de
Kapilavastu, en Nepal.
Cuenta la leyenda que en el momento en que su madre hacía el amor con su
padre, tuvo una visión: seis elefantes, cada uno con una flor de loto en
el lomo, caminaban hacia ella Un instante después, Sidarta era
concebido.
Durante la gestación, la reina Maya, su madre, decidió convocar a los
sabios de su reino para interpretar la visión que había tenido, y ellos
fueron unánimes al afirmar que la criatura que estaba por llegar sería
un gran rey y un gran sacerdote.
Sidarta tuvo una infancia y una adolescencia muy parecida a la nuestra:
sus padres no querían, de ninguna manera, que él conociera la miseria
del mundo. Así, vivía confinado entre los muros del gigantesco palacio
donde sus padres habitaban y donde todo parecía perfecto y armonioso. Se
casó, tuvo un hijo, y solo conocía los placeres y delicias de la vida.
Sin embargo, cuando cumplió 29 años, pidió cierta noche a uno de los
guardas que lo llevara hasta la ciudad. El guarda se opuso, ya que ello
podía enfurecer al rey, pero Sidarta insistió tanto que el hombre
terminó por ceder, y los dos salieron.
Lo primero que vieron fue un viejo mendigo, de mirada triste, pidiendo
limosna. Más adelante encontraron un grupo de leprosos y a continuación
pasó un cortejo fúnebre. “¡Nunca había visto esto!” debió comentar con
el guarda, quien posiblemente replicó “Pues se trata de la vejez, la
enfermedad y la muerte”. De regreso al palacio, se cruzaron con un
hombre santo, con la cabeza rasurada y cubierto apenas con un manto
amarillo que decía: “la vida me aterroriza, por eso renuncié a todo para
no tener que reencarnarme y sufrir nuevamente la vejez, la enfermedad y
la muerte”.
La noche siguiente, Sidarta esperó a que su mujer y su hijo estuvieran
dormidos.
Entró silenciosamente en el cuarto, los besó, y volvió a pedir al guarda
que lo condujese fuera del palacio. Una vez allí le entregó su espada
con un puño lleno de piedras preciosas y su ropa hecha del tejido más
fino que la mano humana pudiera tejer, y le pidió que lo devolviese todo
a su padre. A continuación se rapó la cabeza, cubrió su cuerpo con un
manto amarillo y partió en busca de una respuesta para los dolores del
mundo.
Durante muchos años vagó por el norte de la India, encontrándose con
monjes y hombres santos que deambulaban por allí, y aprendiendo las
tradiciones orales que hablaban de reencarnación, ilusión y pago de los
pecados cometidos en vidas pasadas (karma).
Cuando juzgó que ya había aprendido lo suficiente, se construyó un
refugio en las márgenes del río Nairanjana, donde vivía haciendo
penitencia y meditando.
Su estilo de vida y su fuerza de voluntad terminaron atrayendo la
atención de otros hombres en busca de la verdad, que vinieron a su
encuentro para pedirle consejos espirituales. Pero después de seis
largos años, todo lo que Sidarta podía percibir era que su cuerpo estaba
cada vez más débil y las constantes infecciones no le permitían meditar
como deseaba.
Cuenta la leyenda que, cierta mañana, al entrar en el río para lavarse,
ya no tuvo
fuerzas para levantarse; cuando se iba a morir ahogado, un árbol curvó
sus ramas permitiendo que él se agarrase y no fuese llevado por la
corriente. Exhausto, consiguió llegar hasta la orilla, donde se desmayó.
Horas después pasó por el lugar un campesino que vendía leche y le
ofreció un poco de alimento. Sidarta aceptó ante el horror de los otros
hombres que vivían junto a él. Considerando que aquel santo no había
tenido fuerzas para resistir la tentación, decidieron abandonarlo
inmediatamente. Pero él bebió de buen grado la leche que le era
ofrecida, pensando que aquello era una señal de Dios y una bendición de
los cielos.
Animado por el alimento que acababa de tomar no dio importancia a la
partida de los antiguos discípulos; se sentó junto a una higuera y
resolvió continuar meditando sobre la vida y el sufrimiento. Para
ponerlo a prueba, el dios Mara envió a tres de sus hijas que procuraron
distraerlo con pensamientos sobre el sexo, la sed y los placeres de la
vida. Pero Sidarta estaba tan absorto en su meditación que no se dio
cuenta de nada: en aquel momento estaba teniendo una especie de
revelación, recordando todas sus vidas pasadas. A medida que lo hacía,
recordaba también las lecciones que había olvidado (ya que todos los
hombres aprenden lo necesario, pero raramente son capaces de utilizar lo
que aprendieron).
En su estado de éxtasis experimentó el Paraíso (Nirvana), donde “no hay
tierra, ni agua, ni fuego, ni aire, que no es este mundo ni otro mundo,
y donde no existe ni sol, ni luna, ni nacimiento, ni muerte. Allí está
el fin de todo el sufrimiento del hombre”.
Al finalizar aquella mañana, él había alcanzado el verdadero sentido de
la vida y se había transformado en Buda (el iluminado). Pero en lugar de
permanecer en ese estado durante el resto de sus días, decidió regresar
a la convivencia humana y enseñar a todos lo que había aprendido y
experimentado.
Aquel que antes se llamaba Sidarta – ahora transformado en Buda – dejó
atrás el árbol bajo cuyas ramas había conseguido alcanzar la iluminación
y partió hacia la ciudad de Sarnath, donde se encontró con sus antiguos
compañeros y dibujó un círculo en el suelo para representar la rueda de
la existencia que lleva constantemente al nacimiento y a la muerte.
Explicó que no había sido feliz siendo un príncipe que lo poseía todo,
pero que tampoco había aprendido la sabiduría a través de la renuncia
total. Lo que el ser humano debía buscar para alcanzar el Paraíso era el
llamado “camino del medio”: ni procurar el dolor ni ser esclavo del
placer.
Los hombres, impresionados por aquello que oían de Buda, decidieron
seguirlo, peregrinando de ciudad en ciudad. A medida que escuchaban la
buena nueva, más y más discípulos se añadían al grupo, y Buda comenzó a
organizar comunidades de devotos, partiendo del principio de que ellos
podían ayudarse mutuamente en los deberes del cuerpo y del espíritu.
En uno de estos viajes, regresó a su ciudad natal, y su padre sufrió
mucho al verlo pidiendo limosna. Pero él besó sus pies diciendo: “Usted
pertenece a un linaje de reyes, pero yo pertenezco a un linaje de Budas,
y miles de ellos también vivían de limosnas”. El rey se acordó de la
profecía que había sido hecha durante su concepción, y se reconcilió con
él. También su hijo y su mujer, que durante muchos años se habían
quejado por haber sido abandonados, terminaron por comprender su misión,
y fundaron una comunidad dedicada a transmitir sus enseñanzas.
Cuando estaba a punto de cumplir los ochenta años de edad comió un
alimento en mal estado y supo que moriría intoxicado. Ayudado por los
discípulos, consiguió viajar hasta Kusinhagara, donde se acostó por
última vez al lado de un árbol.
Buda llamó a su primo, Ananda, y le dijo:
“Estoy viejo, y mi peregrinación en esta vida está a punto de finalizar.
Mi cuerpo se parece un carruaje muy usado que se mantiene funcionando
apenas porque algunas de sus piezas están atadas con tiras de cuero.
Pero ahora, basta, es el momento de partir.”
Después se dirigió a sus discípulos y quiso saber si alguien tenía
alguna duda. Nadie dijo nada. Tres veces repitió la pregunta, pero todos
permanecieron en silencio.
Buda murió sonriendo. Sus enseñanzas, hoy codificadas en forma de
religión filosófica, están esparcidas por toda Asia. Consisten en
esencia en una profunda comprensión de uno mismo y un gran respeto por
el prójimo.
Copyright@2004 by Paulo Coelho
LA ESENCIA DEL PERDON
Paulo Coelho
Uno de los soldados de Napoleón cometió un crimen -la historia no cuenta
cuál-y fue condenado a muerte.
En la víspera del fusilamiento, la madre del soldado fue a implorar para
que la vida de su hijo fuese preservada.
-Señora mía, lo que su hijo ha hecho no merece clemencia.
-Lo sé -dijo la madre. -Si la mereciera, no sería realmente un perdón.
Perdonar es la capacidad de ir más allá de la venganza o de la justicia.
Al escuchar estas palabras, Napoleón conmutó la pena de muerte por el
exilio.
IMPORTA LA VIDA
El ir contra la realidad, haciendo problemas de las cosas, es creer que
tú importas, y lo cierto es que tú, como personaje individual, no
importas nada. Ni tú, ni tus decisiones ni acciones importan en el
desarrollo de la vida; es la vida la que importa y ella sigue su curso.
Sólo cuando comprendes esto y te acoplas a la unidad, tu vida cobra
sentido. Y esto queda muy claro en el Evangelio. ¿Importaron todas las
tantas agresiones y desobediencias para la historia de la salvación?
¿Importa si yo asesino a un hombre? ¿Importó el que asesinaran a
Jesucristo?
Los que lo asesinaron creían estar haciendo un acto bueno, de justicia,
y lo hicieron después de mucho discernimiento.
Jesús era portador de la luz y por ello predicaba las cosas más raras y
contrarias al judaísmo, a sus creencias e interpretaciones religiosas:
hablaba con las mujeres, comía con los ladrones y prostitutas. Pero,
además, interpretaba la Ley en profundidad, saltándose las reglas y sus
formas. Los sabios y los poderosos tenían que eliminarlo. ¿Podía ser de
otra manera? Era necesario que muriera así, asesinado y no enfermo de
vejez.
Cuentan que un rey godo se emocionó al oír el relato de Jesús y dijo:
"¡De estar yo allí, no lo hubieran matado!"¿Lo creemos así, como ese rey
godo? Dormimos. La muerte de Jesús descubre la realidad en una sociedad
que está dormida y, por ello, su muerte es la luz. Es el grito para que
despertemos.
Anthony de Mello
CAMBIA TU PROGRAMACION
Los hombres buscan y huyen de muchas cosas, y no entienden que, tanto lo
que buscan fuera como aquello de lo que huyen, está dentro. Estás
intentando escapar de algo que está dentro de ti: tu inconsciente, en
donde están grabadas todas tus programaciones. Y lo que buscas, el amor,
la felicidad, está dentro de ti, eres tú mismo. Es el despertar a tu
suficiencia lo que va a liberarte. La resolución de todo está dentro de
ti, y si consigues ser suficiente, ya has llegado a ser tú mismo. Pero
mientras no se te vayan tus neurosis de adormilado, no intentes cambiar
el mundo; antes despierta tú.
Mientras duermes y sueñas, ves a las personas y al mundo igual que te
ves tú. El día que cambies, cambiarán todas las personas para ti, y
cambiará tu presente.
Entonces vivirás en un mundo de amor. El que ama, termina siempre por
vivir en un mundo de amor, porque los demás no tienen más remedio que
reaccionar por lo que él los impacta.
¿Sabes la solución? Te voy a decir un remedio mágico, porque no falla
nunca: cambia tu programación y todo cambiará. Renuncia a tus
exigencias: lo más importante para vivir el presente, tanto contigo
mismo como con los demás, es renunciar a las exigencias.
Las exigencias son la fuente de todo problema de relación y convivencia.
Exiges que el otro no sea egoísta, que no sea indiferente, y te
autoconvences de que lo haces por su bien. ¿Que lo haces por su bien? Y
entonces, ¿por qué te molesta su actitud?; ¿no será que está reflejando
algo que no te permites a ti mismo? No te engañes, llama las cosas por
su nombre. No seas exigente contigo mismo y comenzarás a no exigir a los
demás. Sal de esa programación que te tiene prendido en el árbol del
bien y del mal y comenzarás a aceptar la realidad sin juicios ni
críticas. Cuando te molesta que tu amigo sea exigente, es que tú lo eres
también. Cuando te molesta que no reaccione, no seas exigente y no le
pidas lo que no está dispuesto a hacer en ese momento.
Pero puedes comprenderlo y no juzgarlo, sino esperar que él sepa por sí
solo salir de su pasividad. Eso puede ayudarlo, y en cambio la exigencia
no.
No te compete a ti apresurar los resultados, porque tú no estás para
arreglar el mundo, sino para amarlo y comprenderlo. ¿No te das cuenta de
que, cuando buscas un resultado y luchas por él, lo que haces es
buscarte a ti mismo? Quieres, en el fondo, tener razón y demostrarlo.
Olvidas que, para cada persona, la vida tiene reservados un ritmo y una
ocasión. Mira a las personas tal como son, respétalas, acéptalas y trata
de comprenderlas allí en donde están y dales la respuesta que a ti te
corresponde: la del amor y la comprensión.
El mundo de la realidad que vives es falso, porque está sujeto a
conceptos. Los conceptos no son más que añadiduras que ha puesto tu
cultura. Anthony de Mello.
Ing. Carlos Mora Vanegas El Dr. Mora es Ingeniero - Administrador, Profesor Titular en el Área de estudios de Postgrado de la Universidad de Carabobo (Venezuela) cmoraarrobapostgrado.uc.edu.ve camv12arrobahotmail.com
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