LEGADOS PARA COMPARTIR (VIII)

Autor: Ing. Carlos Mora Vanegas

OTROS CONCEPTOS Y HERRAMIENTAS DE RR.HH.

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03-2007

Texto

Vengo a ti, Jesús, para que me acaricies antes de que empiece mi jornada. Que tus ojos se posen un instante en los míos. Déjame que lleve a mi lugar de trabajo la certeza de tu amistad. Llena mi espíritu para que soporte el desierto del ruido. Que tu resplandor bendito recubra la cima de mis pensamientos. Y concédenos la fuerza para quienes necesitan de mí."
Teresa de Calcuta
 
UN ENAMORADO MISTERIO DEL MAYAB

L. G. Nin Mussé
Se enamoran principalmente de los ojos hermosos, a pesar de que los suyos, dicen las leyendas, son viejos y de mirada aterradora. Estos seres, protectores de los balames y los yutziles (dioses de la montaña y el viento), que lucen como pequeños demonios, poseen viejas y desagradables caras en inocentes cuerpos de niños. Ha de saberse que cuando estos seres se cruzan con una mirada encantadora, quedan presos en sus virtudes y siguen llamando su atención con cenizas y travesuras para ser correspondidos. Si alguna mujer que lea esto siente que tiene un enamorado parecido, no debe sin embargo preocuparse.

Quien haya escuchado cierta leyenda maya sospechará a quién se refiere este enamorado misterio: los aluxes, seres míticos que forman parte de la cultura prehispánica del pueblo maya y que han matizado en una forma enigmática los misterios de la bondadosa tierra que los vio nacer. Y ya sea que los alejen con una ceremonia o con un poco de vino y una guitarra como cuentan las tradiciones, lo cierto es que estas presencias de origen milenario no son solamente admiradoras de lo fértil de la belleza sino que son seres de presencia histórica de suma importancia en la región maya, representados en formas de barro, formando parte de esos fenómenos sobrenaturales que son los duendes, las hadas, los elfos, etcétera, y que sobreviven en un mundo actual gracias no sólo a esos artistas, viejos y sabios indios mayas que en las comunidades eran contadores de cuentos, sino a la innumerable cantidad de relatos que atestiguan la existencia real de estos pequeños protectores de las selvas y lugares sagrados.

¿Pero qué son exactamente los aluxes? ¿Evidencias ancestrales? ¿Leyendas? ¿Personajes de la literatura indígena? ¿Un misterio del Mayab?

Era una vieja tradición en la comunidad del Mayab reunirse a la puerta de una choza o en la plaza comunal para que los viejos sabios contaran sus leyendas y derramaran así su sabiduría. De esa manera el conocimiento podía ir de padres a hijos y era una forma amena y divertida de enseñanza, transmitían sus ritos y la simbología que para ellos contenía la naturaleza por medio de fábulas y mitos, y eran escuchados con atención por aquellas orejas deseosas del aprendizaje, la fantasía y hasta el humor.

Pero si existía algo emocionante durante dichas reuniones, que despertaba la curiosidad y rebasaba la inventiva provocando el silencio de los escuchas, era cuando estos sabios indios hablaban de los Aluxes: los cuchicheos cesaban y los ojos quedaban fijos, los niños se arrimaban entre ellos y todo el ambiente se enfocaba en las palabras del narrador, pues la comunidad sabía que se trataba de un relato auténtico, de un testimonio real de su existencia.

El origen de este misterio maya se remonta a milenios, cuando los Aluxes fueron concebidos en una noche, bajo sortilegios de los ah kines y chilares de aquella época prehispánica. Se cuenta que en el Nophat, pueblo antiguo y numeroso donde habitaban seres ágiles y extraños porque iban y venían sin que nadie los notase y que no adoraban ninguna imagen, existía una vieja que vivía apartada de todos en una cabaña de hojas de palma y tierra.

 Esta solitaria señora conocía sortilegios, los poderes curativos y malignos de las plantas, sabía cómo emplearlas a la luz de la luna y poseía otros secretos inimaginables. Un día, movida por el deseo de tener un hijo, se internó de noche en las cuevas de los Uitzes (cerros cercanos) de donde salió tratando de esconder un huevo grande que puso a incubar bajo la tierra. Después, una noche, brotó un niño con cara de viejo, ágil y despierto, quien maravillaba a la gente porque hablaba y sabía. Este ser, conocido ahora como aluxe y a quien la vieja presentaba como nieto, habría de coronarse un día como rey de Uxmal, haciendo florecer el arte, la poesía, la música, la alfarería: la ciudad en todo su esplendor.

Durante su reinado hubo músicos perfectos y hombres diestros en hacer figuras de barro, la gente aprendió a sembrar gran variedad de flores, plantas y frutos creando una abundancia magnífica y colorida que se alzó orgullosa en toda la ciudad. Un día llegaron hombres de otras tierras queriendo cambiar su mundo, y fue cuando este lugar sagrado se vio invadido de armas, instrumentos y vestimenta jamás conocidos.

Deslumbrados, los habitantes de Uxmal se olvidaron entonces de su verdad, de los dioses que eran, y cuando por fin murió el “pequeño” soberano, llegaron guerreros de Mayapán y la población tuvo que soportar la caída de su ciudad que se rompía como la vasija que cae al suelo.

Se decía, y aún se dice, que causan fuertes trastornos a aquellos que no respetan la soberanía de la naturaleza y en especial no dejaban, ni dejan en paz, a ese hombre blanco que invade su territorio, causándole grandes trastornos y calamidades. Por esto hasta la fecha se cuenta que quienes intentan violar su privacidad y desplazar a estos juglares indígenas, eran y son víctimas de estos traviesos duendes mayas, que viven de noche y duermen de día, y los acosan con sus desenfados y osadías, haciendo evidentes sus travesuras y fealdades (fealdades sólo para los que no pueden ver la belleza bajo la apariencia).

Los aluxes han viajado a través del tiempo y la historia de boca en boca, se dice que a pesar de los años la ciudad esplendorosa nunca murió, sigue tan viva como invisible y sólo muestra su magia y viveza a los amantes de la naturaleza y conocedores de la verdad. Se han contado cantidad de relatos que surgieron de este gobernante “pequeño” y hasta ahora, después de que alguien tiene contacto visual con estos hombrecillos, propaga su versión, la cual no deja de coincidir en su apariencia demoniaca que caracteriza sus rasgos y facciones. Hay quienes dicen que aún viven en las complejas construcciones subterráneas, Tun Zaat (laberinto) y que para tranquilizarlos y ganar su amistad hay que poner ofrendas de zacá, elotes tiernos y cigarros Holoch, cosas que en la actualidad tuvieron que utilizar algunos arqueólogos para que éstos aluxes les permitieran sus tareas de excavación y restauración, y quienes aseguran que son duendes juguetones que emiten extraños silbidos y sonidos de animales, “uno voltea de un lado a otro y no hay nada”, aunque cuando se enojan en verdad causan muchas molestias, como arrojar puñados de tierra o piedras a su espalda, esconder sus pertenencias y hasta provocarles dolores de cabeza y fiebre.

Después de escuchar los relatos llenos de emoción de la gente de estas tierras se deja atrás la idea de superstición y se siente uno invadido por esta sensibilidad del Mayab. Y a pesar de que gente de todo tipo de religión, cultura y profesión ha dado prueba testimonial de haberlos visto, no todos pueden librarse de esa visión moderna y realista que impide penetrar en este misterio legendario en donde los aluxes son parte real de la naturaleza, como lo son las flores y los árboles y no hay campesino ni indio que desconozca o no intuya su existencia, sabiendo que esos duendes forman parte del embrujo que adormece estas tierras benditas del Mayab, que estos pequeños tan sólo desean resguardar a perpetuidad una de las civilizaciones más prodigiosas de la historia.

Enanos que siguen cumpliendo la encomienda de los dioses, protectores fieles de los encantos de la naturaleza y de la magia y fertilidad de su ambiente, personajes mitológicos o feos hombrecillos, como sea que los describamos, forman parte de una tradición milenaria que la historia siempre recoge con suma emoción aunque tan sólo sean, por qué no, un misterio enamorado del Mayab.

SOBRE LA SOLEDAD ABSOLUTA.
Paulo Coelho

Los periodistas ya terminaron sus entrevistas, los editores tomaron el tren de regreso a Zurich, los amigos con quienes había cenado volvieron a sus casas; yo salgo a caminar por Ginebra. La noche es particularmente agradable, las calles desiertas, los bares y restaurantes llenos de vida, todo parece absolutamente tranquilo, en orden, bonito, y de repente...

Y de repente me doy cuenta de que estoy absolutamente solo.

Es evidente que ya estuve solo muchas veces este año. Es evidente que en algún lugar, a dos horas de vuelo, mi mujer me espera. Es evidente que después de un día agitado como el de hoy, nada mejor que caminar por las callejuelas y rincones de la ciudad antigua, sin tener que hablar con nadie, apenas contemplando la belleza que me rodea. Solo que esta noche, por alguna razón que desconozco, este sentimiento de soledad es absolutamente opresor, angustiante: no tengo con quien compartir la ciudad, el paseo, los comentarios que me gustaría hacer.

Claro, tengo un teléfono celular en el bolsillo y un número razonable de amigos aquí, pero creo que ya es muy tarde para llamar a nadie. Considero la posibilidad de entrar en uno de los bares, pedir algo para beber, y muy probablemente alguien me reconocerá y me invitará a sentarme en su mesa. Pero pienso también que es importante ir hasta el fondo de este vacío, de esta sensación de que a nadie le importa si existimos o no, y por eso continúo caminando.

Veo una fuente y recuerdo que estuve allí el año pasado, con una pintora rusa que acababa de ilustrar un texto que yo había escrito para Amnistía Internacional. Aquel día casi no intercambiamos palabra alguna, solamente escuchamos las gotas de agua y la música de un violín que llegaba de lejos. Tanto yo como la pintora rusa estábamos inmersos en nuestros pensamientos, pero ambos sabíamos que, aun cuando distantes, no estábamos solos.

Camino un poco más, en dirección a la catedral. Miro al otro lado de la calle, una ventana está semiabierta y allí dentro puedo ver a una familia conversando; la sensación de soledad aumenta avasalladoramente por causa de eso, el paseo se ha transformado en un empeño de adentrarme en la noche, buscando comprender lo que es sentirse absolutamente solo.

Empiezo a imaginar cuantos millones de personas en este momento se están sintiendo completamente inútiles, miserables – por más ricas, atractivas y encantadoras que sean – porque también esta noche están solas, y ayer también, y posiblemente estarán solas mañana. Estudiantes que no encontraron con quien salir esta noche, personas de edad delante de la TV como si fuese su última salvación, hombres de negocios en sus cuartos de hotel, pensando si lo que hacen tiene algún sentido, ya que todo lo que están sintiendo ahora es la desesperación de estar solos.

Recuerdo un comentario hecho durante la cena: alguien que acababa de divorciarse decía “ahora tengo toda la libertad con la que siempre soñé”. Es mentira. Nadie quiere ese tipo de libertad. Todos queremos un compromiso, una persona que esté a nuestro lado viendo las bellezas de Ginebra, discutiendo las visiones de la vida, o hasta incluso compartiendo un sándwich. Es mejor comer una mitad que comerlo entero, sin tener a nadie con quien compartir nada, ni siquiera un poco de comida. Es mejor quedarse con hambre que estar solo.

Porque cuando estás solo – y me refiero a la soledad no elegida, sino a la que estamos obligados a aceptar – es como si no pertenecieras ya a la raza humana.

Comienzo a caminar hacia el lindo hotel del otro lado del río, con su cuarto superconfortable, sus empleados atentos, su servicio de primerísima calidad.

Dentro de poco dormiré y mañana esta extraña sensación – que no sé por que razón – me atacó hoy, será apenas un recuerdo remoto y extraño, porque no tendré ningún motivo para decir “estoy solo”.

En el camino de regreso me cruzo con otras personas solitarias; observo que tienen dos tipos de mirada: arrogante (porque quieren fingir que escogieron la soledad en esta bonita noche) o triste (porque entienden que no hay nada peor en la vida). Pienso en hablarles, pero sé que se avergüenzan de la propia soledad.

Quizás sea preferible que lleguen al límite y entonces entiendan que es preciso 
atreverse, hablar con extraños, descubrir lugares para encontrar personas, evitar ir a casa para mirar TV o leer un libro – porque si hicieran eso, el sentido de la vida estaría perdido, la soledad se habría transformado en un vicio y a partir de entonces el largo camino de vuelta en dirección al ser humano ya no sería encontrado nunca más.
 

Ing. Carlos Mora Vanegas El Dr. Mora es Ingeniero - Administrador, Profesor Titular en el Área de estudios de Postgrado de la Universidad de Carabobo (Venezuela) cmoraarrobapostgrado.uc.edu.ve   camv12arrobahotmail.com 

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