¿A cuántos sepelios has asistido? ¿Cuántos pésames has dado? ¿Cuántos
seres queridos han fallecido? ¿Cuántas veces has acompañado a un cortejo
fúnebre? Sin lugar a dudas todos tenemos desagradablemente respuestas a
esas cuestiones.
Llega el proceso de la muerte pasando de refilón por nuestras vidas. Son
como flechas lanzadas por un arquero invisible que por el momento no han
impactado en nuestra diana. Pero algún día ese arco que dispara los
dardos del final de nuestros días llegará, posiblemente, sin previo
aviso.
¿Recuerdas aquellos momentos cuando nos han dado la noticia, cuando
hemos de dar el pésame o recibirlo, cuando se vela el cuerpo presente
dentro de la famosa “caja de pino”, y cuanto en esas horas se dice?
Lamentablemente los estereotipos se manifiestan compulsivamente: “No
somos nadie” “La vida es corta” “Que buena persona era” “cuanto quería a
su cónyuge y a sus hijos” “llevo una vida ejemplar”...
Cuando estas circunstancias aterrizan, los sucesos se repiten de forma
clónica. Parece que debemos revivir y actuar de acuerdo a unos patrones
establecidos. Parece que es inevitable la dramatización, la especulación
y el espectáculo, a veces y desgraciadamente, sórdido de algunos de los
personajes que asiste a la obra de teatro que se escenifica sin ensayo
ni concierto.
Hablar de este proceso ineludible no parece ser el sustento literario ni
anímico favorito de nadie. Quizá sea por el miedo a lo desconocido,
aunque para mí sólo es el miedo a confrontar la vida que se experimenta.
Al hilo de ellos manifestar lo que en dos ocasiones me relataron sobre
algo que me sorprendió de una de las costumbres que poseen en la India,
pero que con el tiempo llegué a entender. Resulta que con el nacimiento
de una nueva vida se producen lamentos al pensar en lo que aún le queda
por pasar al recién llegado, y que por el contrario, en el momento de la
muerte se establece un cierto regocijo al saber que ese ser querido ha
dejado de padecer pasando al estado de conocimiento de la paz. Curioso,
pero cierto, y al mismo tiempo asumible y respetable por la cultura en
la que se mantienen.
Como observamos, las manifestaciones son distintas ante el mismo evento y no por ello lo sustancial cambia. No obstante, y antes de entrar con brevedad en la materia quiero traer a colación a un periodista, relevante cronista parlamentario y escritor ya fallecido cuyo nombre es Luis Carandell, quien recopiló y editó un volumen con numerosísimos epitafios que había recogido en centenares de cementerios que había visitado como consecuencia de sus numerosos viajes debido a su trabajo periodístico. Los había de todas clases.
Divertidos, morbosos, llenos de sabiduría, en clave de humor,
en tono de protesta, etc. La entrevista que le hicieron con motivo de la
presentación del libro fue entretenida, animada y desinhibida.
Mencionado todo esto, quiero retornar al principio y recordar el momento
en que el ataúd es introducido en el nicho y tapiado. Con posterioridad,
al cabo de unos días, el marmolista llega con una hermosa placa con
letras doradas incrustadas y la coloca, cerrando definitivamente el
suceso. La mayor parte de las mismas leen sentencias parecidas a las
siguientes: “aquí descansa en paz…” Compruébelo es verdad, es el común
denominador de todas esas preciosas lápidas de mármoles bien labradas.
El hecho de que tras la muerte se alcanza la paz es el punto de
encuentro entre nuestra cultura y la Indú. Sin embargo, en mi epitafio,
allá donde sea, quiero que pongan sin adornos dorados o florituras
oníricas “Vivió en paz y alcanzó la felicidad”. Simplemente porque esa
es la verdad. Y la verdad, está al alcance de todos, sólo has de
buscarla para poder concluir tus días y si quieres imitarme en mi
epitafio.
José Luis Marín Almellones Conferencista Motivacional http://www.especialistas.de/marin.htm
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