Las hordas brutales de un rey iracundo avanzaban a marchas forzadas hacia la ciudad del Amor. El escuadrón de exploradores de campaña que habían enviado en su búsqueda, tardó varios años en localizar el emplazamiento. De los cincuenta hombres que formaban aquella misión, tan sólo consiguieron regresar dos.
El informe que ofrecieron contenía detalladamente los pormenores de
las maravillas y tesoros que existían en aquel lugar y de lo difícil que
les resultó no ser contagiados con aquel ambiente embriagador donde la
fiesta era continua, la alegría manifiesta, el júbilo perenne, y la
serenidad era la tónica que reinaba en cada esquina.
Una de las cosas más sorprendentes era que tal lugar estaba situado en
medio de un grandísimo valle donde crecía multitud de cultivos. Las
plantaciones de cereales eran incontables, así como los inmensos campos
repletos de árboles frutales de todo tipo. Pero lo que no llegaba a
entender el rey de los impíos es que la ciudad no se encontraba en el
alto de una inaccesible montaña, ni en los riscos de un acantilado
imposible de conquistar.
La ciudad simplemente estaba estacionada en el centro de todo aquel
vergel descrito. La fortificación la constituida una muralla de unos dos
metros de altura, algo sin mayor importancia que sin duda sería
destruida por sus máquinas de guerra y asaltada por sus hombres de un
simple salto. Lo curioso era el tremendo foso que la circunvalaba de más
de diez metros de anchura. La profundidad se desconocía, pero no sería
problema. Construirían puentes sobre los que pasar o instalar las torres
de asalto.
Aunque lo que más le sorprendía es que la única entrada fuese una puerta
de doble hoja de madera que siempre permanecía abierta y a la que se
accedía mediante el típico puente levadizo que al parecer jamás se movía
dado que al llegar la noche simplemente cerraban el portón sin mayor
atranque que el de una viga cruzada en su parte posterior.
Sería pan comido esa batalla y la conquista de tan desprotegida
ciudadela. Ahora, él conseguiría ser el señor de la ciudad del Amor,
único reino que se le escapaba a sus dominios.
El día llegó. Las tropas destructoras asomaron por todas direcciones
rodeando la ciudad del Amor. Primero se envió un bando exigiendo la
rendición sin condiciones y la entrega de las llaves de la ciudad a
riesgo de ser tomada por la fuerza y sin misericordia.
De lo contrario y posteriormente ningún derecho o privilegio sería
respetado a los ciudadanos de la misma. Todos morirían. La respuesta no
se hizo de esperar. “No nos resistiremos ni lucharemos, pero no nos
rendimos, entrad si podéis”.
Entonces, el Rey de la Codicia, Duque de la Envidia y la Altanería,
Marqués de la Iniquidad y laIinmundicia, Conde de la Hipocresía y la
Tergiversación, y Señor de la Mentira y la Falsedad ante tan absurda
respuesta montó en cólera y ordenó un ataque descomunal. Su orden fue:
Arrasarlo y quemarlo todo, que no quede nada ni nadie con vida para que
jamás se vuelva a hablar de esta ciudad.
Los ejércitos, sus armas y máquinas de combate no consiguieron hacer
rasguño alguno. Al intentar cruzar el foso de la sinceridad comprobaron
que sus pulmones se ahogaban con los vapores que desprendían las aguas,
los puentes que quisieron instalar literalmente ardían al contacto con
tales gases. Las piedras y flechas lanzadas tropezaban en el muro
invisible de la integridad, la fidelidad y la lealtad. Y el ataque
frontal y desesperado con un ariete de cien toneladas contra la puerta
de la Honradez no consiguió moverla ni un sólo milímetro.
El asedio de años no consiguió ningún resultado, salvo el de
desesperación y la desolación moral y física de los atacantes que se
retiraron el día que su jefe murió de un ataque de rabia incontrolada.
Luego, la puerta se volvió a abrir, y sus habitantes como si nada
hubiera pasado, continuaron sus vidas.
José Luis Marín Almellones Conferencista Motivacional http://www.especialistas.de/marin.htm
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