RESUMEN
En el diario de nuestra vida ya habremos escrito muchas páginas producto
de nuestro aprendizaje, resaltando aquellos que de alguna manera nos
aportaron fortaleza, sabiduría, alegría, tristeza, ya habremos dejado de
acuerdo a nuestras acciones cuentos, anécdotas que al haber
experimentado en nuestro vivir, sin duda alguna aportaran luces a otros
que transitan por esta senada. Tal es el caso que hoy compartimos
algunas que caminantes como nosotros nos han legado.
PARA SER TOMADAS EN CUENTA
EL LIBRO PRESUMIDO
Encontrándose dos libros en una biblioteca que se iba ha abrir
próximamente, decía el uno al otro:
- No se como han consentido tu presencia en este lugar, puesto que a
diferencia mía eres muy feo. Tu encuadernación no está adornada con oro
como la mía, tampoco está hecha de cuero y además no tienes ningún
dibujo bello presentándote como portada.
- Al oír estas palabras quedó el segundo libro muy apenado.
Se abrió por fin la biblioteca y el libro feo vio como era el predilecto
entre el resto de ellos. Dijo entonces al libro presumido:
- Bien es cierto que eres más bonito que yo, sin embargo, yo soy más
leído pues mis páginas contienen más esencia que las tuyas.
No todo lo que reluce por fuera, reluce también por dentro
(Fábulas rosacruces)
EL HOMBRE, EL CABALLO Y EL PERRO
Un hombre, su caballo y su perro caminaban por una calle. El hombre
quería mucho a sus dos animales, que en alguna ocasión incluso le habían
salvado la vida. Pero esta vez, de repente y en un momento dado, el
hombre se dio cuenta de que, tanto él como su caballo y su perro, habían
muerto atropellados (a veces cuesta algo de trabajo comprender que se ha
abandonado definitivamente la vida).
Siguieron caminando. Mucho tiempo. El recorrido era largo, ascendiendo
lentamente cuesta arriba; bajo un fuerte solajero. Cada vez más
cansados, sudorosos y con una sed que comenzaba a ser abrasadora. Aunque
habían muerto, descubrieron que necesitaban desesperadamente un poco de
agua.
En una curva del camino, al pie de una gran montaña, se toparon con una
explanada de losetas doradas que terminaba en una impresionante puerta
de hierro forjado, con dinteles de mármol, tras la que se vislumbraba
una plazoleta con un suelo que brillaba como el fuego. Un acueducto
lleno de agua la atravesaba. El caminante se dirigió inmediatamente al
guardián que, dentro de una lujosa caseta, se encontraba a la entrada.
- Buenos días, le dijo.
- Buenos días, respondió el guardián con solemnidad, desde debajo de su
gorra.
- ¿Qué lugar es éste, tan hermoso? preguntó el hombre.
- Este es el Cielo, fue la escueta respuesta.
- ¡Qué suerte, hemos llegado al Cielo! Por favor, déjenos pasar, estamos
cansados y sedientos, dijo el hombre.
- Bien, puede usted entrar y beber toda el agua que quiera, pero solo,
le contestó el guardián, indicándole el camino con un gesto de su
cabeza.
El hombre miró con ansia el agua cantarina, pero volvió la vista hacia
su caballo y su perro, que le miraban implorantes, jadeando y con sus
lenguas asomando entre los dientes.
- Mi caballo y mi perro están tan sedientos como yo, dijo en un susurro
el hombre.
- Lo lamento mucho, le comentó cortésmente el guardián, pero aquí no se
permite bajo ningún concepto la entrada a los animales. Usted tampoco
podrá volver a salir una vez que entre en el Cielo, añadió.
- Pero ellos me han acompañado siempre, incluso han arriesgado su vida
por salvar la mía, le replicó el hombre con angustia.
El guardián se limitó a menear la cabeza negativamente y con firmeza. El
hombre se quedó quieto, desilusionado y con su reseca lengua clavada
como una estaca entre sus labios. Sin embargo, decidió no beber si sus
amigos no podían hacerlo. "Iré a ver si puedo encontrar dónde darles de
beber, y luego pensaré cómo pedirle a Dios que los deje entrar conmigo",
pensó.
Así que prosiguió su camino. Después de continuar ascendiendo por
estrechas veredas, monte arriba, cada vez más sedientos y agotados,
llegaron los tres a un jardín que rodeaba una vieja puerta de madera
entreabierta. La puerta se asomaba a un amplio camino de tierra, con
árboles frondosos a sus costados que ofrecían una acogedora sombra
recorrida por la brisa. Bajo el tercero de ellos estaba un anciano
jardinero de barba blanca, recostado en el suelo y con la espalda sobre
el tronco. Parecía adormilado, con la cabeza cubierta por un amplio
sombrero de paja
que le cubría el rostro. El caminante se aproximó.
- Buenos días, señor, le dijo.
- Buenos días, joven, respondió afablemente el anciano.
- Estamos a punto de morir de nuevo mi caballo, mi perro y yo, esta vez
de sed.
¿Hay algún lugar donde podamos beber los tres, aunque sea un momento,
por favor?, preguntó el hombre con esfuerzo, sin poder casi articular
las palabras por la falta de saliva.
- Detrás de aquellos arbustos hay un manantial de agua fresca, contestó
el anciano. Pueden pasar y beber lo que les apetezca.
Nada más oírlo, el hombre, el caballo y el perro saltaron como flechas.
Corrieron hasta el manantial, arrojándose literalmente dentro y bebiendo
con ansia hasta calmar la sed y refrescarse. Al volver hasta donde
estaba el anciano, el hombre le dió efusivamente las gracias.
- Pueden volver cuando quieran, fue la respuesta.
- A propósito - dijo el caminante - ¿cual es el nombre de este lugar?
- Están en el Cielo, contestó el anciano con una amplia sonrisa.
- ¡Pero no es posible, exclamó el hombre sin comprender nada, el
guardián que estaba al pie de la montaña, junto al gran portal de
mármol, nos dijo que el Cielo estaba allí!
- No, no, aquello no es el Cielo, ¡es el infierno!.
El caminante se quedó tartamudeando del asombro.
- !!!Pero, pero, pero entonces... esto es, es terrible... ese guardián
mentiroso del infierno va a engañar a mucha gente!!!
- De ninguna manera, respondió el anciano. La verdad es que nos hace un
favor, porque consigue que se queden allí aquellos que son capaces de
abandonar, a las primeras de cambio, a sus mejores amigos.
EL LEÓN Y LA ZORRA
Un León fingía que estaba enfermo: con este engaño hacía venir a su
cueva a todos los animales, y cuando los tenía allí los mataba.
Llegó también la zorra, pero, no fiándose dijo desde fuera al león que
sentía mucho su enfermedad. El león, viendo que no entraba, dijo:
¿Porqué no entras? ¿Recelas por ventura de mí, cuanto estoy tan débil
que aunque quisiera no me sería posible hacerte daño? Entra, pues, como
los demás.
Esto es, respondió la zorra, lo que me infunde recelo, que veo aquí
seguramente las huellas de que han entrado, pero no veo las de haber
salido.
No se debe fiar ciegamente en lo que nos dicen; se debe juzgar de las
palabras, según sean las obras de la persona que las pronuncia.
(Fábulas rosacruces)
Portalespiritual.
Ing. Carlos Mora Vanegas El Dr. Mora es Ingeniero - Administrador, Profesor Titular en el Área de estudios de Postgrado de la Universidad de Carabobo (Venezuela) cmoraarrobapostgrado.uc.edu.ve camv12arrobahotmail.com
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