Mucho es lo que se ha escrito sobre 'servicio al cliente'; sobre el
tema abundan en Internet, librerías y bibliotecas cientos de libros y de
artículos. ¿Por qué seguir escribiendo sobre algo que pareciera tan
estudiado y, de hecho, tan obvio? En el día a día, como clientes, somos
los primeros en percibir que en la práctica, en muchas situaciones, el
asunto desborda los tratamientos teóricos que se han considerado sobre
el mismo. No faltan en las oficinas las quejas sobre el mal servicio al
cliente, aún después de hechas las capacitaciones y entrenamientos del
caso.
A mi modo de ver, con el argumento de que 'el cliente siempre tiene la
razón', el énfasis en el tratamiento del asunto se ha fundado a veces de
manera particular en torno al cliente, dejando de lado, en ocasiones, a
los otros actores. No podemos olvidar que el 'servicio al cliente'
resulta ser una conversación entre tres: quien ofrece el producto o
servicio, quien lo recibe -el cliente-, y el producto o servicio como
tal.
Y, claro, ya sabemos que el objetivo no es hacer ventas sino clientes.
Pero cabe de nuevo preguntar, ¿y dónde quedan el producto o servicio y
quién lo ofrece?
Dejemos por sentado que el producto y/o servicio es de buena calidad y
que ofrece las prestaciones esperadas por el cliente, y hagamos algunas
consideraciones sobre quien lo ofrece.
Luego de analizar algunas situaciones frustrantes que he vivido como
cliente, he comenzado a pensar que en estas malas experiencias he sido
atendido por personal que sufre de sordera. Sí, de sordera, pero no
fisiológica, de una sordera de orden psicológico que de manera
particular se hace evidente al conversar.
Hablamos y no somos escuchados, sentimos que nos miran por encima del
hombro, tal vez preocupados por el que sigue en la fila, pensando en el
cierre de la jornada, o distantes y encerrados en su propio punto de
vista. Nuestro interlocutor no se dispone a atender y a entender nuestra
posición y nuestras necesidades. A veces nos damos cuenta que ni él
mismo se escucha. Como los músicos, al conversar con alguien, no
solamente debemos entrar en sintonía con los acordes de nuestro
interlocutor sino además con los de nuestra propia voz. La relación con
un cliente no puede fundarse en la sordera; debe ser ante todo una
conversación, en torno a un producto o servicio, que demanda el mayor
respeto y cortesía por lo que el otro tiene a bien comunicarnos. No lo
olvidemos, más que hacer ventas se trata de hacer clientes a través de
las conversaciones con el otro; y para ello debemos estar dispuestos a
superar esa sordera que casi siempre se deriva del anquilosamiento que
produce la rutina y se escuda en la inflexibilidad de algunas normas,
procedimientos y reglamentaciones que en algunos casos resultan
inapropiadas.
Félix Londoño G. - flondonoarrobaeafit.edu.co
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