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Al referirnos a los pensadores críticos estamos haciéndolo a quienes
piensan con esmero, asegurando la validez de cada inferencia, dudando de
su propia percepción de las realidades y cuestionando también el rigor y
el propósito de cada información, antes de darla por buena: son personas
que, con la información, se muestran exigentes y aun, en cierto modo,
desconfiadas. Puede haber opiniones distintas, y sobre todo distinta
interpretación de las palabras, pero, evitando asimilar el pensamiento
crítico al escepticismo o la criticidad compulsiva, vale la pena
profundizar en su esencia más aceptada.
No podemos asumir el liderazgo de nuestra trayectoria personal sin
cultivar este modo perspicaz y juicioso de pensar. Cuando damos por
buenas las síntesis o conclusiones de los demás, estamos cediendo
protagonismo y renunciando a nuestra plenitud de seres humanos. Sin
duda, la independencia en el pensar —el pensamiento crítico— constituye
un valor cardinal, especialmente en quienes han alcanzado suficiente
grado de desarrollo personal y profesional; no hablamos de sumarse a
corrientes críticas ni de militancias opositoras, sino de controlar
nuestro pensamiento, de desplegar un control de calidad.
Inexcusable en la percepción de realidades, este modo autocontrolado de
pensar habría de empezar por el cuestionamiento propio, para mejor
conocernos; pero sin duda lo necesitamos igualmente para evitar falsos
aprendizajes, evaluar la información con mayor acierto, abrir nuestra
razón a nuevas consideraciones, abordar la complejidad, dar en el hito
(o dar en el clavo) y llegar a mejores conclusiones. Estamos apuntando a
la calidad en el pensamiento, lo que refuerza nuestra efectividad e
incluso nuestra calidad de vida.
Al hablar de la Sociedad de la Información, a menudo nos referimos
simplemente a la revolución informática; pero, más allá de la tan
postulada alfabetización digital, hemos de desarrollar nuestra
alfabetización o destreza informacional: aquella que, inseparable del
aprendizaje permanente, nos permite llegar al conocimiento valioso y
aplicable en pro, y en pos, de mejores cotas de productividad y
competitividad en las empresas.
Déjenme recordar ya un párrafo de The Delphi Report (1990), de la
American Philosophical Association: “El pensador crítico ideal es
habitualmente inquisitivo, bien informado, de raciocinio confiable, de
mente abierta, flexible, justo en sus evaluaciones, honesto en reconocer
sus prejuicios, prudente para emitir juicios, dispuesto a reconsiderar
las cosas, claro con respecto a los problemas, ordenado en materias
complejas, diligente en la búsqueda de información relevante, razonable
en la selección de criterios, enfocado en investigar y persistente en la
búsqueda de resultados que sean tan precisos como el tema/materia y las
circunstancias de la investigación lo permitan”.
Puede que no estemos prestando suficiente atención a este movimiento (critical
thinking movement) que se impulsó en la década anterior, y que cabe
asociar ya con la inquietud por la excelencia informacional en las
empresas. La traducción de información a conocimiento, para asegurar la
efectividad de cada decisión y acción, exige diferentes fortalezas y
facultades, y entre ellas buena dosis de pensamiento crítico: una
competencia clave que nos evita falsos aprendizajes.
Pensamiento crítico y destreza informacional
Se diría que disfrutamos de abundancia de información, pero no siempre
responde ésta a nuestras expectativas o necesidades. No podemos creer
todo lo que se nos dice o lo que leemos, ni ignorar los propósitos
subyacentes en cada hecho o cada información. Cuando vamos a
documentarnos, cuando nos disponemos a aprender, hemos de dotarnos,
entre otras facultades personales, de tenacidad, perspicacia, sagacidad,
intuición y, desde luego, pensamiento crítico. La información puede ser
rigurosa y clara, pertinente y valiosa, amplia y oportuna; pero también
puede contener errores o imprecisiones, servir a intereses espurios,
resultar confusa o incoherente. No estamos hablando de la prensa del
corazón, ni de los medios cotidianos de información: estamos ahora
centrados en la que, directivos y trabajadores, manejamos para nuestro
desempeño profesional y nuestro aprendizaje permanente.
Fue también en los primeros años 90 cuando surgió el movimiento de la
information literacy (destreza informacional) entre documentalistas y
universidades, al tenerse ya conciencia de la necesidad del lifelong
learning (aprendizaje permanente), y empezarse a percibir el significado
de la denominada Sociedad de la Información. Por entonces (Doyle, C.S.
1992, “Final Report to National Forum on Information Literacy”, ED
351-033), Christina Doyle decía que la persona informacionalmente
diestra:
§ Admite que una completa y certera información sustenta la mejor toma
de decisiones.
§ Es consciente de la necesidad de la información.
§ Formula preguntas acordes con sus necesidades de información.
§ Identifica las fuentes potenciales de información.
§ Desarrolla acertadas estrategias de búsqueda.
§ Utiliza diferentes tecnologías para acceder a la información.
§ Es capaz de evaluar la información.
§ Puede organizar la información para facilitar su aplicación.
§ Incorpora la información a su acervo de conocimientos.
§ Utiliza la información en sus procesos mentales, por ejemplo para
solucionar problemas.
Pronto se avanzó en el despliegue de competencias de la denominada
alfabetización o destreza informacional, y sin duda el pensamiento
crítico resultaba capital. Entre las fortalezas y habilidades (tanto
intrapersonales como funcionales u operativas) del individuo
informacionalmente diestro, cabría destacar:
§ Afán de aprender.
§ Tenacidad.
§ Intuición.
§ Perspicacia.
§ Serendipidad.
§ Integridad.
§ Pensamiento crítico.
§ Estrategia de búsqueda.
§ Manejo de herramientas.
§ Lectura selectiva.
§ Evaluación de la información.
§ Comprensión y síntesis.
§ Conexiones y abstracciones.
§ Aplicación sinérgica y sistémica.
También en los primeros años 90, surgió en el mundo empresarial la idea
de la gestión del conocimiento (knowledge management), aparecida para
superar las prestaciones de los entonces vigentes sistemas de gestión de
la información. Los informes ofrecidos por los ordenadores no siempre
permitían acertar con las decisiones, y se vino a pensar que, más allá
de gestionar la información, había que hacer una idónea gestión del
conocimiento. Ya en este siglo XXI, los tres movimientos —pensamiento
crítico, destreza informacional y gestión del conocimiento— convergen
plenamente, y nos mueven a buscar siempre la información necesaria, a
traducirla con esmero a conocimiento, y a dar curso a éste en las
organizaciones, en beneficio colectivo. Disponemos de mucha información,
pero hemos de distinguir debidamente la más valiosa de la que resulte
confusa, desorientadora o falsa.
Criticidad y pensamiento crítico
Quizá procede insistir ahora en la diferencia entre lo que consideramos
en la empresa una persona crítica, y lo que entendemos por pensador
crítico. El crítico es, en efecto, mal visto en las organizaciones: a
menudo se le considera un individuo negativo y, por decirlo así, se le
pone bajo observación. Seguramente, el crítico está siendo injustamente
tratado, en general; pero en todo caso, el de pensador crítico es otro
concepto, y subrayemos diferencias.
Entendemos que el individuo crítico:
§ Busca defectos, fallos.
§ Presenta actitud negativa.
§ Cree poseer buen juicio.
§ Se precipita en las inferencias.
§ Genera desconfianza e inseguridad.
§ A menudo tiene reproches.
§ Ve lo malo.
§ Identifica fracasos y culpables.
§ Denota insatisfacción.
§ Admite todo lo que avala sus juicios.
Entendemos que el pensador crítico:
§ Busca verdades.
§ Presenta actitud exploratoria.
§ Quiere poseer buen juicio.
§ Lentifica las inferencias.
§ Genera confianza y seguridad.
§ A menudo tiene dudas.
§ Acaba viendo lo oculto.
§ Identifica causas y consecuencias.
§ Denota curiosidad.
§ Contrasta toda la información.
Sin duda podríamos destacar otras diferencias, pero tal vez no hace
falta. Podemos observar con prevención al crítico o al escéptico
compulsivos, pero, en las empresas del saber, hemos de catalizar la
presencia del pensamiento crítico, del pensamiento autocontrolado, tanto
en directivos como en trabajadores expertos.
Mensaje final
Hemos hablado de distintos movimientos oportunos en torno a la Sociedad
de la Información, y podríamos haberlo hecho igualmente del movimiento
de las competencias (competency movement), de creciente reflejo en las
iniciativas de formación continua: desarrollar en los individuos los
rasgos competenciales exigidos por su trabajo actual y futuro. Sin
embargo, los modelos de competencias, aunque alineados con la idea del
aprendizaje permanente, no están quizá prestando suficiente atención al
pensamiento crítico (ni al autoconocimiento, la intuición, las
fortalezas personales, la empatía...).
En la medida en que necesitemos directivos y trabajadores que piensen,
necesitamos que lo hagan con esmero y efectividad. Cuando, en las
empresas, limitáramos a alguien a obedecer, lo estaríamos limitando
mucho, muchísimo; si queremos que también piense —o que sobre todo
piense—, hemos de catalizar el cultivo del pensamiento crítico. Las
iniciativas de formación continua deberían quizá prestar mayor atención
a esta necesidad, en beneficio de las cotas de productividad y
competitividad perseguidas. Lejos de sofocar el pensamiento crítico,
cultivémoslo y facilitemos su cultivo.
Ing. José Enebral Fernández - jenebral1arrobami.madritel.es
"Consultor
de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y
nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación
continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante
métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información
y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en
diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training &
Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso,
Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".
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