La alfabetización digital es un paso necesario, y los poderes
públicos se muestran aquí protagonistas; pero en estos párrafos les
invito a hablar igualmente de la alfabetización informacional, tan
inseparable hoy del postulado del aprendizaje permanente, si pensamos en
los profesionales de los diferentes campos técnicos y científicos. Si
hemos de distinguir la Sociedad de la Informática de la Sociedad de la
Información, y ésta de la Sociedad del Conocimiento, entonces déjenme
insistir en la destreza informacional.
Quienes ya se manejan aceptablemente bien con las tecnologías de la
información y la comunicación, han de manejarse igualmente bien con la
mucha información disponible en soporte electrónico (y en soporte
impreso), para seleccionar la más idónea en cada caso y traducirla
debidamente a conocimiento aplicable.
Parece haberse acuñado el acrónimo ALFIN para referirnos a la denominada
“alfabetización informacional”, movimiento que apunta a la suficiencia
en el uso de la información. Esta alfabetización se vincula sólidamente
con el aprendizaje continuo, que resulta inexcusable en esta Sociedad de
la Información y el Conocimiento. Pero, más allá de la suficiencia, el
nuevo trabajador del conocimiento ha de perseguir la excelencia
informacional: ha de hacer una excelente traducción de la información
existente a conocimiento aplicable.
Hace algo más de diez años, empezaron a extenderse de manera separada
dos conceptos relacionados con la Sociedad de la Información: en las
empresas, la gestión del conocimiento; y en las universidades, la
suficiencia o destreza informacional. El primero (knowledge management)
parecía suponer una especie de reingeniería conceptual de los
tradicionales sistemas de gestión de la información en las empresas,
atendiendo con mayor cuidado a la información técnica, funcional y
relacional de la actividad empresarial: el know what, el know how, el
know why, el know who... El segundo (information literacy) surgía entre
documentalistas y en algunas universidades, en sintonía con la creciente
preocupación por el aprendizaje permanente (self directed lifelong
learning). La idea de suficiencia informacional apuntaba ya entonces al
acceso, uso y aprovechamiento de la creciente información disponible,
aunque todavía no utilizábamos Internet.
Desde aquellos primeros años 90, por una parte, el avance de la gestión
del conocimiento en las empresas no ha sido siempre satisfactorio, a
pesar de las potentes herramientas disponibles; y por otra, la
información ha seguido multiplicándose sensiblemente y poniéndose a
nuestra disposición a través de las TIC: se dice que la información
disponible se duplica ya en nuestro mundo cada dos meses. Hoy, aquellos
conceptos —gestión del conocimiento y destreza informacional— se han
aproximado muy visiblemente entre sí en el mundo empresarial, para
entrar en sinergia con las emergentes figuras del nuevo directivo y el
nuevo trabajador, también muy especialmente con la idea del aprendizaje
permanente, y desde luego con la necesidad de innovar y, en definitiva,
con la evolución de la economía.
Pero cabe hablar igualmente de otros movimientos en curso, e íntimamente
relacionados con los anteriores. En conjunto, hablaríamos de:
· El aprendizaje y desarrollo permanente (lifelong learning movement).
· La destreza informacional (information literacy movement).
· La necesidad de innovar (innovation movement).
· El pensamiento crítico (critical thinking movement).
· La economía del conocimiento (knowledge management movement).
En las organizaciones, la destreza en el uso y aprovechamiento de la
información interna y externa accesible parece más que necesaria, aunque
no siempre la poseemos en el grado preciso. Quizá las nuevas
generaciones salgan de las universidades con sólida preparación para el
aprendizaje permanente, pero las empresas ya necesitan hoy mayor dosis
de conocimiento, para mejor encarar sus retos de competitividad y
prosperidad en la nueva economía. El concepto de excelencia empresarial
ha evolucionado también con las nuevas realidades, y no parece
cuestionarse que debamos ser asimismo excelentes en la traducción de
información a conocimiento, y en el flujo de éste en las empresas. Todo
apunta ciertamente a la necesidad de que mejoremos sensiblemente nuestra
competencia informacional.
Cómo nos relacionamos con la información
Puede decirse que muchos de nosotros somos procesadores humanos de
información: consultamos muchos papeles y generamos más. Aprendemos
continuamente y contribuimos, mediante la innovación, a extender las
fronteras de nuestro campo del saber. Lo que hacemos está lleno de
conocimiento: el que hemos adquirido, el que seguimos adquiriendo y el
que nosotros mismos hemos generado. Sin embargo, el paso de la
información (que yace en soportes) a conocimiento (que yace en personas)
es extremadamente complejo —nada automático— e invita al análisis y la
reflexión. Puede decirse que el tratamiento de la mucha información que
se nos ofrece consta de los siguientes pasos:
Conciencia de la necesidad de información.
Definición del patrón de búsqueda.
Identificación de las fuentes.
Acceso a las mismas (humanas, impresas o electrónicas).
Localización de información útil.
Descubrimientos paralelos.
Examen de la información.
Interpretación y evaluación de la misma.
Contraste de informaciones.
Integración y aprendizaje.
Combinación con conocimientos anteriores.
Establecimiento de conexiones.
Posibles inferencias y abstracciones.
Síntesis y conclusiones.
Reflexión sistémica.
Aplicación y difusión.
En efecto, los directivos y trabajadores del conocimiento, antes de
actuar —realizar un estudio, definir un proyecto, preparar una oferta,
diseñar un proceso o producto, organizar una actividad, elaborar un
plan, solucionar un problema, etc.— nos informamos, aprendemos,
reflexionamos, y aplicamos finalmente lo aprendido, o lo difundimos.
Cada nuevo saber ha de encajar en el acervo existente y contribuir a
resultados. He aquí entonces la lista de subtareas del tratamiento de
información como materia prima; subtareas que describen, por un lado, el
camino de nuestro aprendizaje permanente, y que por otro constituyen
buena parte de nuestro desempeño cotidiano: el conocimiento es,
básicamente, capacidad de actuar.
Realizar satisfactoriamente estas subtareas resulta tan trascendente que
no podemos eludir un análisis de competencias necesarias. Necesitamos
competencias operacionales (conocimiento del campo, estrategia de
búsqueda e indagación, manejo de herramientas, capacidad de comprensión
y síntesis, cuestionamiento y evaluación de la información,
materialización del aprendizaje…), pero también competencias de carácter
personal (autoconocimiento, afán de aprender, flexibilidad,
concentración, tenacidad, pensamiento crítico…). Pero éstas serían sólo
las competencias informacionales de tipo “pull”, es decir, las que
ponemos en marcha para aprender; habría que sumar otras de tipo “push”,
relacionadas con la generación de información a que también estamos
obligados.
En efecto, nuestro perfil de directivos y trabajadores del conocimiento
nos obliga a generar información para los demás: a expresarnos
oralmente, pero sobre todo a escribir. Sumemos entonces otras
competencias informacionales, tanto operacionales (alegación,
comunicación escrita...) como personales (manejo de conceptos, empatía,
espíritu colectivo…). Muchas grandes empresas han desplegado sus modelos
de competencias para la gestión de los recursos humanos, pero puede que
las competencias informacionales, como las conversacionales, hayan sido
subestimadas, si no preteridas, en algún caso. El hecho es que no
podemos dar por supuesta nuestra destreza informacional en la economía
del conocimiento: estupendo si somos competentes en esta área, pero
comprobémoslo.
Hay que recordar que, en nuestra asignación de significado a los
significantes (el estudio de la información), influyen nuestros
intereses, inquietudes y deseos, nuestros conocimientos y experiencia
anteriores, nuestras creencias y modelos mentales que filtran la
realidad…; o sea, que hemos de hacer un esfuerzo de objetividad del que
no siempre somos conscientes. Dicho de otro modo, por un lado hemos de
neutralizar las interferencias endógenas (y en su caso las exógenas), y
por otro hemos de desarrollar las competencias informacionales diversas
(personales y operacionales) a que nos referíamos.
Conclusión
Hemos hablado de 16 pasos precisos en el tratamiento de la información
técnica y científica como materia prima, y hemos de insistir finalmente
en que, en general, cualquier deficiencia en cada uno de ellos se
arrastra en los siguientes. Lo que está en riesgo es la adquisición del
conocimiento necesario en cada momento, y al respecto diríamos que quizá
hay algo peor que la ignorancia: un falso aprendizaje. Si ya los buenos
aprendizajes pueden quedar obsoletos en poco tiempo y no siempre estamos
atentos a su renovación, imaginemos lo peligroso que pueden resultar los
aprendizajes equivocados o incompletos, fruto quizá de notables
deficiencias en el uso de herramientas, o en la penetración durante la
búsqueda, o en el pensamiento crítico, o en el rigor de las inferencias,
o en la integración de saberes.
Y un último detalle para el lector interesado que me haya acompañado
hasta aquí: no olvidemos los posibles serendipitosos descubrimientos
durante nuestros accesos a información. Podemos topar con interesantes
informaciones que, aunque no respondan a nuestro patrón de búsqueda,
convenga dejar registradas para un futuro próximo. Seguiríamos diciendo
cosas —como, por ejemplo, que casi nunca agotamos las posibilidades de
aprender, a partir de cada información considerada valiosa—, pero lo
dejamos por hoy. No olviden evaluar sus destrezas informacionales, con
ánimo de mejorarlas para llegar a ser informacionalmente excelentes.
No cabe pensar en excelencia informacional individual sin una suficiente
percepción de las realidades, sin un pensamiento crítico debidamente
desarrollado, sin el componente intuitivo que nos permita asignar el
mejor significado a cada significante.
Ing. José Enebral Fernández - jenebral1arrobami.madritel.es
"Consultor
de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y
nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación
continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante
métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información
y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en
diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training &
Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso,
Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".
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