¿Qué se persigue realmente con los cursos y demás acciones formativas
que se orquestan?, ¿qué se entiende por “desarrollo” de directivos?...
El aprendizaje y desarrollo permanente parece inexcusable, pero, ¿se
obtiene retorno de la inversión, o al menos de la expectación? Caben más
preguntas: ¿cuál es el papel de las áreas de Recursos Humanos en esta
materia?, ¿y el de los individuos?, ¿hay mercado para todas la
consultoras del sector?, ¿se mueven (como han dicho algunos proveedores)
las grandes empresas por precio, y no por calidad, al contratar
formación?, ¿por qué los proveedores parecen asociarse casi más por
métodos (e-learning, coaching…) que por contenidos?, ¿por qué se
declaran los directivos insatisfechos con la formación que reciben de
sus empresas?…
Con mi perspectiva de docente, diría que las empresas, en general,
pretenden:
· Satisfacer necesidades de formación técnica y funcional de las
personas.
· Contribuir al desarrollo profesional de directivos y trabajadores.
· Hacer más efectivas las relaciones jerárquicas.
· Acelerar la madurez personal de futuros directivos.
· Difundir mensajes de la Dirección, para el alineamiento estratégico.
· Introducir cambios funcionales u operativos.
· Cultivar creencias y valores relacionados con la cultura de la
organización.
· Poner en marcha programas específicos (mejora continua,
innovación...).
Pero en todo el mundo se reconoce que también a veces, con toda
legitimidad, se persigue:
· Facilitar el diálogo y el intercambio de experiencias entre las
personas.
· Generar un saludable y estimulante cambio de escenario por unos días.
· Mejorar la imagen interna y externa de la compañía.
· Consumir el presupuesto disponible.
· Premiar, motivar o satisfacer a los participantes seleccionados.
En cuanto al sector de la formación continua de directivos (las
consultoras de formación), se podría quizá hablar de lucha encendida por
los dineros puestos en circulación, incluidos los millones de euros que
las grandes empresas ponen en el mercado (leí, años atrás, que
Telefónica invertía hasta 10 millones, sólo en e-learning). Deberíamos
pensar que las empresas eligen método y proveedor pensando en la
eficacia de la formación, tal como la entiende Kirkpatrick, pero ya
sabemos, en efecto, que ésta —la formación de los directivos— se ha
estado utilizando también como premio, como ocasión de establecer
relaciones, e incluso para consumir los dineros asignados. Este
articulista, en su visible malicia, piensa también por cierto que, en el
arranque del e-learning en torno al año 2000, pudo haber más prisas por
estar entre las primeras grandes empresas que lo incorporaban, que
satisfacción producida en los usuarios.
En estos años he leído puntos de vista en el sector de la consultoría de
formación que me han sorprendido: “Los contenidos han sido magnificados
durante estos tres o cuatro años pasados, sin que se entienda muy bien
la razón… Quien más y quien menos se ha visto obligado a adquirir
conocimientos complejos con medios precarios. Recordemos la universidad,
con los libros de texto disponibles o las fotocopias de los apuntes del
más estudioso de la clase: contenidos más precarios, imposible”, decía
en 2003 José Ignacio Díez, hoy socio director de la consultora Élogos,
en un libro sobre las mejores prácticas del e-learning. Díez acababa su
introducción recomendando a las empresas que dosificaran bien su
esfuerzo inversor en contenidos.
En el mismo libro editado por Aedipe, Carlos Pelegrín, director de
Desarrollo y Formación de Telefónica decía: “Los mejores resultados
pueden alcanzarse con contenidos de calidad media, al tiempo que los
contenidos excelentes no garantizan absolutamente nada, incluso pueden
conducir al fracaso”. De modo que podría hablarse de una cierta
relativización de la importancia de los contenidos en la formación (en
este caso, on line) durante estos últimos años, a la vez que otros
protagonistas del sector sí parecían apostar por buenos contenidos.
También supe de una encuesta entre usuarios de e-learning, realizada por
Santillana Formación, en que se ponían de manifiesto la insatisfacción
con los contenidos disponibles. Y supe asimismo (2004) de un estudio de
Accenture, según el cual sólo el 14% de los directivos españoles
consideraba que los programas de formación (sin separar en este caso los
métodos) cumplían con los objetivos propuestos. Parece que este
porcentaje no era mucho mayor en países como Estados Unidos, Francia,
Alemania, Reino Unido o Australia.
Nos preguntábamos párrafos atrás por qué había insatisfacción en torno a
la formación, y habría que analizar cada caso; pero también puede
resultar necesario, en pro y en pos de la satisfacción, sintonizar mejor
con los perfiles que la nueva economía parece demandar en directivos y
trabajadores. Por ejemplo, si apostamos por el perfil del new knowledge
worker que nos dibujaba Peter Drucker, ¿cabe realmente insistir en los
modelos líderes-seguidores como marco relacional? Frecuentemente
aparecen nuevos modelos de liderazgo (se trata del sustantivo a que más
adjetivos distintos añadimos en la literatura del management: ¿se han
dado cuenta?), que dejan al trabajador del saber en situación de
seguidor, si no en la de colaborador o subordinado. ¿Encaja esto
debidamente en la figura del trabajador experto, aprendedor permanente,
leal a su profesión, que trabaja con autonomía y disfruta innovando? ¿Ha
de ser el médico un “seguidor” del director del centro sanitario? ¿Ha de
ser el jefe de cocina un seguidor, o colaborador, o subordinado del
director del hotel, y preguntarle sobre el menú de Nochevieja? Todo esto
es más complejo, pero deseo provocar su reflexión porque hay muchas
lecturas del liderazgo en la empresa:
Posición a la cabeza de la empresa, de un departamento, etc.
Tarea del primer ejecutivo, típicamente en un proceso de cambio.
Sistema, método o estilo de dirigir personas.
Función de los directivos, complementaria a la de la gestión.
Familia de habilidades interpersonales de los mejores directivos.
Habilidad específica de guiar y energizar a los demás tras metas
comunes.
Posición virtual del líder, reconocida por sus seguidores.
Actitud entusiasta, contagiosa e integradora tras un logro colectivo.
Temo que al hablar de los directivos, lo hagamos también del liderazgo
pero entendiendo cada uno cosa distinta. Yo me quedaría con la
concepción sistémica del mismo: no hay líder si como tal no le ven sus
supuestos seguidores; como tampoco hay individuos creativos si como tal
no les ven los más expertos de cada campo…
De los métodos hablaremos despacio si siguen leyendo, pero admitamos ya
que pueden resultar satisfactorios y ventajosos como tales (outdoor,
coaching, e-learning…) pero en sí mismos no generan aprendizaje: se
aprende por el contenido formativo del proceso y no sé por qué digo esta
perogrullada. Puede resultar divertido, desde luego, un juego al aire
libre, pero lo importante es su contribución al aprendizaje (de algo que
necesitemos aprender); puede ser ventajoso el e-learning porque evita
condicionantes espaciotemporales, pero lo importante es lo que aprendo…
Desde luego, podemos aceptar que para un propósito determinado, hay
métodos más idóneos que otros, y parece oportuno echar un vistazo, como
haremos enseguida, a los distintos métodos en competencia.
Desarrollo y formación
Detengámonos ahora en la idea de “desarrollo”. Referido a la
organización —desarrollo organizacional—, el desarrollo parece suponer
una continua mejora de la eficacia colectiva, sin multiplicar para ello
los esfuerzos individualmente dedicados, ni sacar de límites la tensión
y la fatiga física y psíquica, es decir, con satisfacción de las
personas. Exige mejora e innovación en todos los aspectos funcionales de
la empresa, vista ésta como un sistema vivo (atención a lo de “sistema”
y a lo de “vivo”). Exige aproximación del “nosotros” y el “ellos”, y
compromiso de todos. Exige defensa del interés colectivo, y, quizá por
ello, puede chocar con intereses particulares. En principio, todas las
organizaciones persiguen su desarrollo, crecimiento y prosperidad,
aunque podría haber excepciones: algunos “cambios” parecen haber
consistido en “levantar la casa”, en cerrar fábricas, en asombrosas
reducciones de plantilla.
El desarrollo organizacional exige, también y por supuesto, aprendizaje
y desarrollo permanente de las personas, en todos los niveles. Referido
ahora ya nuestro concepto a las personas y concretamente al desarrollo
de directivos, el desarrollo parece suponer —pero recuerden que estoy
alentando su reflexión, aportación o disensión— un ensanchamiento del
horizonte (gran angular) y un mayor alcance de visión (teleobjetivo);
supone la detección (y correspondiente neutralización) de lo que falta y
sobra en el perfil profesional; supone el alineamiento con las
admisibles liturgias y doctrinas propias de la organización; supone la
emergencia de un autoliderazgo energizante y negentrópico, que guíe la
actuación; supone maduración personal y profesional, al servicio de la
colectividad. Los psicólogos del desarrollo apuntan precisamente esta
orientación al bien común o colectivo.
¿Están las empresas interesadas en acelerar el desarrollo de sus
personas? Cabe pensar que sí, pero probablemente no de todas ellas: tal
vez sólo de algunas bien seleccionadas. Hay —o había— seminarios o
workshops para casi todos (en ocasiones sustituidos por cursos on line
de menor éxito); pero sólo hay traslados a otros países, o al
headquarters, o participación en másteres, o coaching profesional, o
shadowing, para unos pocos: lo necesario para asegurar los relevos
generacionales. Diríase que hay aseguramiento del relevo, pero que no
hay suficiente desarrollo de las personas, o que éste es demasiado
lento. ¿Lo ve así el lector?
Temo que a menudo se confunde —o por lo menos se funde— el desarrollo
con la formación, pero recordemos que la formación de directivos apunta
por un lado a conocimientos y hard skills, y por otro a fortalezas y
soft skills; todo ello, salvo objetivos periféricos, persiguiendo la
efectividad. Yo casi echaría en falta una formación orientada a una
mejor calidad de vida en el trabajo, porque al final la efectividad y la
satisfacción son sinérgicas, y nutren el deseable círculo virtuoso
frente al vicioso de la fatiga psíquica, el estrés y el bajo
rendimiento.
Aprendizaje
Seguro que a todos nos gusta más esta palabra: aprendizaje; en principio
porque coloca al individuo como sujeto activo y no pasivo, pero hay más.
Probablemente, cada uno de nosotros definiría el aprendizaje a su
manera. Haciendo una interpretación etimológica, diríamos que aprender
viene a significar “perfeccionarse siguiendo un camino”. Y esto, en su
andadura hacia el futuro, nos parece aplicable tanto a los individuos
como a las organizaciones. La conquista de este futuro, o digamos más
sencillamente la prosperidad de la organización, demanda frecuentes y
rápidos cambios estructurales, técnicos, culturales…; pero también
demanda cambios en las personas. Más que de evolución o desarrollo de
las personas, habría a veces que pensar en una cierta reingeniería de
nosotros mismos.
Parece que lo de “aprender” vale tanto para conocimientos como para
habilidades, fortalezas, actitudes, creencias, conductas, madurez...
Conviene hacer el despliegue competencial con detenimiento, porque de
aquí se derivan los objetivos de aprendizaje más deseables y comunes
(genéricos) para todos los directivos, sin excluir en realidad a los
profesionales más expertos ni, en la medida que corresponda, al resto de
trabajadores. Además de la adquisición de nuevos conocimientos, como
alternativa o complementos de los ya acumulados, habríamos de orientar
el aprendizaje a:
El autoconocimiento, y el cultivo y aprovechamiento de fortalezas
personales.
La mejor explotación de las facultades cognitivas y demás recursos de
seres humanos.
La mejora de las habilidades interpersonales, para generar sinergias
funcionales.
El autocuestionamiento, y la revisión de valores, creencias y modelos
mentales.
La debida gestión de nuestras actitudes y conductas, en beneficio
colectivo.
Hemos de ser conscientes de cuáles son nuestras fortalezas y
debilidades, para explotar aquéllas y neutralizar éstas; hemos de tomar
mayor conciencia de nuestras facultades de seres humanos, sin olvidar
por cierto el uso de la intención, la atención y la intuición; hemos de
relacionarnos más efectivamente con los demás (e incluso con nosotros
mismos); hemos de revisar nuestros esquemas mentales, en beneficio de la
percepción de realidades sencillas y complejas (sistémicas), y asimismo
hemos de asumir el protagonismo de nosotros mismos y autogestionarnos
debidamente. Observen que estas cosas no se pueden dejar a otros: hemos
de protagonizar nuestro aprendizaje. Nada vamos a aprender en estas
áreas si no lo deseamos, por mucho que nos estimulen con sistemas de
créditos o puntos canjeables por obsequios (también leí sobre estas
prácticas desplegadas por algunos departamentos de formación de grandes
empresas).
Métodos
Empezaré por el autodidactismo, que es una opción siempre abierta, e iré
luego sometiendo a la consideración del lector mi propia visión de cada
uno de los métodos más al uso, exceptuando sólo los que se me olviden.
Fíjense por cierto en que si, en la economía actual, estamos predicando
el self directed lifelong learning, el peso relativo del título
académico que obtuvimos en la juventud, podría perder significancia…
Creo, aunque quizá sobre todo porque yo mismo soy bastante autodidacto,
que lo importante es lo que uno sabe, y no tanto los diplomas que haya
conseguido: al parecer hay títulos que se pueden comprar…
Autodidactismo
El permanente deseo de aprender y la actitud idónea para ello, son
siempre necesarios; pero cuando alcanzan suficiente nivel, hacen posible
el autodidactismo. Aunque a la empresa haya llegado con sus
acreditaciones, el autodidacto (digan autodidacta, si lo prefieren) no
sólo aprovecha cualquier oportunidad, sino que las genera. Hace del
aprendizaje una actividad autotélica; no aprende para aprobar ningún
examen, ni para lucir sus conocimientos: aprende por el aprendizaje
mismo: ésa es su recompensa. Su trabajo lo agradece porque lo acusa.
Aunque más que un método es una alternativa, he empezado por el
autodidactismo porque creo que es el método que mejor demuestra que el
aprendizaje es posible. Es una virtud, pero, coloquialmente, yo hablaría
a veces del “vicio” de aprender. No hay quien pare al autodidacto y
esto, curiosamente, puede acarrearle problemas, si trabaja en un entorno
de militante mediocridad.
Es típicamente muy selectivo: sabe bien lo que quiere aprender y por
qué. Antes, el autodidacto buscaba oportunidades en la oferta “pública”
de la empresa, y leía libros y revistas; ahora tiene además una nueva
magnífica herramienta, Internet, que le ha hecho desarrollar una nueva
habilidad: la serendipidad. También es el autodidacto un gran
observador, incluso de sí mismo. Claro, como, a medida que avanza, se le
abren nuevas metas, antes o después necesita ayuda; pero suele ser
consciente de ello y la busca. La encuentra o no, pero la acaba
buscando.
Hay que decir ya que el autodidactismo tiene características muy
particulares: no genera negocio para los proveedores, no infla los
presupuestos del área de formación, no necesita grandes ayudas, no
adorna los currículos, no recibe créditos o puntos de los que otorgan
las áreas de Recursos Humanos, el sujeto es visto como bicho raro, no
hay nadie que pueda atribuirse el desarrollo del autodidacto... Si usted
es autodidacto, persevere pero disimule: está yendo contra el
establishment. A pesar de lo anterior, creo que el método crecerá en la
empresa, en el albor de la era del conocimiento, y al albur de la
insatisfacción que estuvo generando el e-learning como método
autoconducido.
Internet
Lo utilizan los autodidactos y los no autodidactos (todo el que puede),
y es más un medio (incluso remedio) que un método; pero me refiero aquí
a la búsqueda de documentación de interés, para la mejora de nuestro
perfil hard o soft. Yo lo hago muy a menudo, experimento valiosos
descubrimientos, y tengo en Internet mi segunda fuente de aprendizaje.
No me sorprende que se hable de la googlelización del e-learning, porque
los contenidos ofrecidos por éste parecen ser, en general, poco
rigurosos y profundos (estamos siempre refiriéndonos a la denominada
“formación de directivos”); en cambio, uno puede encontrar artículos de
expertos, informes y documentación diversa, sobre temas muy propios de
directivos: el liderazgo, la estrategia, la gestión de proyectos, la
relación con los clientes, el competency movement, el marketing, la
conversación inteligente, el feedback, la innovación, la calidad de vida
en el trabajo, la gestión del conocimiento, la inteligencia emocional,
la digestión de éxitos y fracasos, el autoconocimiento, la
globalización, el dominio personal, el pensamiento sistémico, el cambio
cultural... Todos estos temas son ubicuos: aparecen en todas las
organizaciones y culturas.
Me atrevo a comparar los documentos (en general de libre acceso) de
Internet con los cursos on line ofrecidos, porque, en los temas
señalados, estos cursos suelen ser muy breves (una o dos horas), a modo
de “píldoras”, y no parecen satisfacer a los usuarios. En cambio, hay
muchos portales que ofrecen textos valiosos y actualizados para
directivos. Sé de trabajos que, recién publicados, registran más de
1.000 lecturas cada uno de los primeros días. Obviamente, este
procedimiento, de muy bajo coste, tiene límites; pero, bien orquestado,
constituiría una cómoda fase propedéutica en muchos casos. Y también es
obvio que cada directivo, o knowledge worker, debe tener un plan
individual de aprendizaje, que sirva de guía a los esfuerzos dedicados.
O sea que, si una empresa destina 4, 8 ó 10 millones de euros a su
aprovisionamiento en materia de e-learning, debería estar segura de que
no iba a tener mejor retorno con menor gasto, mediante la libre conexión
de sus personas a la Red. Seguramente lo está si se los gasta, pero el
hecho es que el e-learning no ha satisfecho siempre a sus usuarios, e
Internet, si se busca bien, cada día nos satisface más. Quizá sea ya el
momento de desarrollar nuestras competencias informacionales (information
fluency): saber buscar, evaluar, contrastar, analizar, sintetizar,
aprender, integrar y aplicar lo aprendido...
E- learning
A estas alturas del artículo me he puesto ya muy pesado con el e-learning
(es porque empecé diseñando cursos off line en los años 80, luego on
line en torno al año 2000, y me parecía siempre muy triste que hubiera
que diseñarlos, al menos en mi entorno, como churros, con muy poco
tiempo previsto de diseño para los docentes: puedo estar equivocado,
pero así lo veía yo), pero algo añadiré. No sé si todavía en el
escenario finisecular, o ya en el neosecular, los proveedores parecieron
ver una gran oportunidad de negocio, e incluso se asociaron (año 2001)
para difundir las posibilidades del método y para mejor defender sus
intereses (Aefol en Barcelona y APeL, en Madrid). Por entonces, las
grandes empresas empezaban a poner en marcha sus plataformas y había
demanda de contenidos.
Recuerdo que en una presentación en 2002, Raúl González, directivo de
FYCSA (ahora Élogos), consciente quizá de los abandonos que el método
generaba, identificaba el éxito del e-learning con un end rate superior
al 75%, sin entrar a analizar la eficacia del aprendizaje. O sea, si los
alumnos no abandonaban, eso era ya un éxito en los programas de e-learning.
También recuerdo que, para que los alumnos no abandonaran, se
orquestaban sistemas de créditos y puntos canjeables por obsequios, como
ya comenté antes.
El hecho es que, en 2004, la mayoría de los usuarios del e-learning
declaraba (quizá lo habrían declarado antes si se les hubiera
oportunamente preguntado) que el mismo estaba aportando poco, o nada, a
la mejora del desempeño. No todo el e-learning estaría resultando
frustrante, pero no parece haber servido suficientemente al aprendizaje,
y hoy ya no se habla tanto de este método. Una pena porque, haciendo las
cosas bien, se trata de algo incuestionable: tenemos que aprender
continuamente, y las TIC constituyen una ayuda valiosísima.
Cabría identificar el e-learning con la versión on line, multimedia e
interactiva, de aquella enseñanza programada de décadas atrás; pero
también, y entre otras posibilidades, parece ahora identificarse a veces
el e-learning con la formación a distancia tradicional, enriquecida con
seguimiento tutelar por e-mail. Opinen ustedes mismos, pero yo me quedo,
como definición del concepto, con el e-learning interactivo y
multimedia, aunque llegado el caso prefiera lógicamente un texto impreso
lineal, si su contenido fuera más satisfactorio.
Insisto: yo creo que hay que “educar” a este método en la calidad y el
servicio a las expectativas de los usuarios, haciendo un idóneo, y no
trivial, uso de la interactividad y de la presencia multimedia. Ya se
corromperá de mayor, pero hagámosle crecer íntegro y puro, caramba, o
enterrémoslo como hicimos con aquella enseñanza programada impresa. Para
mayor entropía, destacados proveedores han estado culpando públicamente
de los fracasos a sus clientes: “Estos directivos no se dejan asesorar
por las consultoras que contratan, y al final pasa lo que pasa…”, decía
el vicepresidente de APeL en 2004.
Formación a distancia
La formación a distancia tradicional sigue vigente, y aun fortalecida
por el avance de las comunicaciones. Uno lee o estudia el material
impreso, hace los ejercicios correspondientes, consulta a su tutor, e
incluso puede beneficiarse de la tecnología Internet para comunicarse
con otros alumnos y con el tutor. Como ya he sugerido, no faltará quien
denomine a esto e-learning, pero yo apuesto por distinguir claramente si
el estudio se efectúa en la propia pantalla del PC, con despliegue
multimedia y programado diálogo usuario-sistema, o si el estudio se hace
sobre material impreso lineal.
Son muchos los directivos que siguen másteres a distancia, y que se
sienten satisfechos de la experiencia, pero también se siguen a
distancia cursos de menor duración. Parece natural que para la
comunicación con el tutor, y con otros alumnos, se prefiera el asíncrono
método del e-mail, e incluso puede disponerse de un campus virtual para
debates síncronos y asíncronos; pero el estudio se hace sobre material
impreso, en general de buena calidad didáctica, fruto de la experiencia
docente. No es mala opción para directivos la formación a distancia
(orquestada desde dentro de la organización, o desde fuera de la misma),
si se acierta con los contenidos y las expectativas de servicio; y no me
sorprendería que algunos proveedores de e-learning dejaran el diseño
interactivo tipo “comida rápida”, y se pasaran a la formación a
distancia o mixta, apoyada en Internet.
Aula, sola o combinada
Llámenlo como quieran porque ya saben a qué me refiero: a seminarios o
workshops desarrollados en una sala para alrededor de 10-15
participantes, sea o no en régimen residencial, pero típicamente en
jornadas completas. A mí me parece que éste ha sido el método-rey en los
buenos tiempos, aunque quizá más que contribuir visiblemente al
aprendizaje de habilidades directivas, haya contribuido a los otros
propósitos ya mencionados (relaciones, currículos...). De modo que, si
quisiéramos elevar su eficacia (todavía pensando en Kirkpatrick), algo
habría que hacer con la formación en aula.
Mi impresión es que, a menudo, la solución con que se encuentra el
participante en el aula, poco tiene que ver con la necesidad que
transmitió, si transmitió alguna. Creo también que a veces se pasa al
proveedor un problema que debió resolverse internamente en la empresa.
Todo esto es muy complejo y no cabe en este artículo, pero, en general,
la formación en aula tiene que sintonizar también mejor con las
expectativas, si no las necesidades, de los asistentes. Nunca he sido
partidario de convertir las aulas en guarderías para adultos, y ahora
menos. Yo creo que habríamos de pasar de los workshops-guardería de
espíritu festivo, a workshops de alta densidad o workshops mayéuticos; o
sea, a una participación... distinta.
En lo que se refiere a la competencia de métodos, he observado cómo
algunos proveedores que se etiquetaban con el e-learning han hecho
transitar su imagen a la de “consultores de formación”, quizá para
ofrecer soluciones blended que combinen aquél con la formación en aula.
Tal vez el lector piense, como yo, que la formación en aula —tanto para
reducir su duración y coste, como para asegurar su efecto— se puede
acompañar de lecturas y ejercicios facilitados por Internet o por las
intranets; pero esto podría verse como blended, o como mera formación en
aula con apoyos y complementos varios. Son los contenidos —creo yo— los
que determinan la idoneidad de cada método y de sus combinaciones.
Refiriéndose al blended, el Director de Desarrollo y Formación de
Telefónica de España, Carlos Pelegrín, sostenía que los proveedores que
eran buenos en e-learning no lo eran tanto en formación presencial, y al
revés, por lo que uno iría directamente a la formación en aula, con los
apoyos, on line u off line, convenientes. Considerando además el rechazo
generado por el e-learning en no pocos usuarios, pensaría en combinar el
aula con apoyos como el coaching (mejor si genuino), las lecturas de
interés, el feedback de buena fuente, la reflexión individual o
compartida, etc.
Ciertamente y volviendo al aula, no conviene dejar aisladas las acciones
formativas presenciales porque sus efectos se podrían diluir. Las
empresas lo saben bien, y suelen asignar a los directivos séniores (no
se asusten: así lo recomienda la Academia) la tutela del aprendizaje de
los más jóvenes (júniores; sí, sí: júniores). No es que la cosa funcione
siempre bien, pero el hecho es que el aprendizaje o desarrollo de los
jóvenes debe ser continuo y someterse a algún seguimiento tutelar; para
ser más precisos, debería estar programado desde una inicial etapa de
autoconocimiento multidimensional hasta una etapa final de constatación
del avance y de sus consecuencias, referido el ciclo a cada competencia
del perfil. Es más fácil de lo que parece, y no resta, sino que incluso
suma, atención y eficacia al trabajo cotidiano.
Coaching
Todo es más complejo, pero yo diría que éste es el método “pull” por
excelencia, y que tradicionalmente la formación en la empresa ha sido
típicamente “push”. Hay cosas que sólo puede lograr la mayéutica de un
buen coach, lo que viene a vincular este método con cierto grado de
aprendizaje-desarrollo ya alcanzado, es decir, con personal ejecutivo.
No obstante, ahora que asistimos a una cierta exoterización de lo
esotérico, cabe aplicar el diálogo confuciano o socrático a niveles
menos elevados. Hablaba yo de workshops mayéuticos, para referirme a una
variante del coaching grupal, que justamente contribuiría a la difusión
del método entre directivos jóvenes.
¿Qué negocio hay en torno al coaching? Pues casi habría que empezar
hablando de la propia formación en sus técnicas, y pronto tendríamos que
ir separando segmentos. Cuando una etiqueta se convierte en buzzword,
atrae a actividades próximas (y no tan próximas): habría que saber mejor
de qué estamos hablando cuando utilizamos el término. Como coach yo
vería más a un consultor que a un psicólogo, pero se trataría más bien
de un tutor que nos ayudara a generar respuestas propias a preguntas
nucleares que ni nos habíamos planteado. Sin más rodeos, pensemos en los
grandes maestros chinos y griegos de la Antigüedad.
Creo que todos los consultores de formación habrían de ir aproximándose
al perfil del coach; pero no deberíamos repetir los desatinos del
e-learning: hay que ser expertos mayéuticos, y también expertos en las
necesidades e inquietudes personales de los directivos (no
necesariamente sobre dirección de empresas). De entrada y por ejemplo,
el coach tiene mucho que hacer en temas como los valores, los modelos
mentales, el autoliderazgo, la eficacia personal y la calidad de vida.
Si se desarrolla la habilidad mayéutica y se profundiza en el self
management de los directivos y en la plenitud personal, el coaching,
mejorada también su asequibilidad, parece tener casi tanto futuro como
pasado.
Claro, como estamos empeñados en que el directivo, incluso intermedio,
ha de ser líder (puede verse como anagrama de “redil”), y en que el
líder es una especie de superhombre volador, también hay quien (por
ejemplo, el prestigioso pensador español Javier Fernández Aguado, a
quien, no obstante, leo con gusto) sugiere que liderazgo y coaching son
prácticamente sinónimos. (Se me está notando mucho mi prevención contra
el liderazgo, y dirá el lector que estoy lleno de odios cordiales: el
e-learning, el liderazgo… Sin embargo, créanme que soy, por ejemplo,
extremadamente cariñoso con mi gata, Kitty).
Mentoring
Presenta el mentoring similitudes con el coaching, pero también
diferencias notables; aquí el tutor o mentor es una persona de la
organización, de nivel típicamente superior, que asesora y ayuda al
pupilo en su carrera profesional. Así como el coaching se centra en el
propio individuo para construir su plenitud, el mentoring se guía por
las referencias de la organización. El mentor aprovecha su poder de
influencia en la empresa para que, llegado el momento, el desarrollo del
pupilo sea aprovechado en un puesto de mayor relevancia.
En 1997 me publicaron un artículo sobre el mentoring en el que decía yo
que “se trata de poner al servicio de la organización el placer de
enseñar y la satisfacción de aprender”, y que “a veces esto surge de
manera espontánea entre un sénior y un júnior de perfiles afines”.
También decía, no obstante, que es preferible practicarlo “de manera
reconocida y auspiciada por la organización, con objetivos y metodología
específicos...”. Pero ustedes ya conocen seguramente las diferencias
entre el mentoring y el coaching, y sólo sirve a mi intención el señalar
que el primero es un recurso interno y el segundo no tanto. O sea, que
puede haber buenos mentores en la empresa, pero no es tan frecuente que
haya buenos coaches (habría que dedicar esfuerzo a formarlos).
Yo no lo decía en 1997, cuando hablaba de Telémaco y Mentor en un
boletín periódico, pero este método me produce algunas reservas. Véanlo
ustedes con o sin ellas, pero sugiero que se practique bajo normas, y
que no excluya otras posibilidades de desarrollo. No lo he incluido en
la lista tanto porque sea un método en competencia con los demás, sino
justamente porque debería convivir con otros.
Rotación
Fue un método muy utilizado en los 90, o me lo pareció a mí. Recuerdo
que discutí (levemente, que algo de prudencia empezaba yo a tener por
entonces) con un alto directivo de gran empresa, sobre si la rotación
era un medio o un fin (qué profundas reflexiones hacíamos todavía en
aquella bonanza). Supongo que todos aceptaremos que contribuye al
desarrollo del directivo, tanto más cuanto más distintos y distantes
sean los puestos ocupados. Esta fórmula, que puede parecer eficaz y
económica, también puede resultar muy costosa: todo depende. Piénsese
que el directivo en desarrollo va a aprender bastante, pero, mientras,
va a estar ocupando puestos para los que puede no estar suficientemente
preparado, y sabiendo que está de paso. En fin, veo algún posible
conflicto…
La rotación es saludable para todos, desarrollados y en desarrollo, pero
quizá “consumiendo la legislatura” en cada puesto. Puede que no estén
plenamente de acuerdo con esta afirmación mía, pero seguro que saben lo
que quiero decir y que no se sienten muy lejos de esta inquietud. Los
profesionales de Recursos Humanos saben bien cómo hacer las rotaciones,
pero lógicamente las circunstancias se imponen cuando mandan.
Nuevamente, hay que cuidar de que este método, de incuestionable
contribución al aprendizaje, no haga olvidar otros de paralelo devenir.
Otros métodos
El artículo pretende llamar la atención sobre los métodos más
practicados, pero hay algunos más que tienen su interés para los
usuarios, y sobre los que también conviene detenerse. Por otra parte, yo
podría estar mal informado sobre cuáles se practican más, y además
tiendo a pensar en jóvenes directivos y directivos intermedios, y no
tanto en altos directivos (que también pueden, empero, aprender cosas).
El outdoor tiene, sin duda, su interés, como lo tiene el turismo de
incentivos, combinado por ejemplo con un seminario sobre la intuición, o
con un kick-off meeting; pero no está muy presente en la lucha por el
grueso de los presupuestos. Creo que contribuye bien a la oxigenación,
la relación entre directivos e incluso al autodescubrimiento —lo que es
importante—, pero no sé si tanto al aprendizaje. Prueben el outdoor si
no lo han hecho, pero esfuércense en extraer enseñanzas. También lo veo
como complemento de la formación en aula, pero les recuerdo que
reflexiono por escrito para alentar sus propias reflexiones,
coincidentes o no con las de este articulista, que hoy parece estar en
flujo autotélico.
Los workshops mayéuticos parecen a mitad de camino entre la formación en
aula y el coaching, pero también encajan en la idea de coaching grupal.
No descartan —sino que le dan paso— la posterior etapa de coaching
individual, a la que quizá no se llegaría si no se conocieran las
ventajas de la técnica utilizada. Creo que esta modalidad, aunque de
momento parezca más esotérica que exotérica, puede extenderse en las
empresas, y yo mismo, como consultor, me estoy iniciando por si acaso.
El shadowing parece relacionado (dentro de la formación de directivos)
con los relevos. Como se practica parcialmente y sin suficiente
conciencia de ello, el rendimiento es bastante mejorable, en general.
Los shadows puede sentirse incómodos en presencia de terceros, y los
observados no presentan siempre el necesario perfil de buen tutor, de
modo que debe cuidar el método, si una organización lo adopta, tanto
para relevos en puestos directivos como para la polivalencia o
multi-skilling.
El traslado temporal al headquarters era una práctica habitual en
multinacionales, pero podemos referirnos a todas las variantes
habituales en las grandes y medianas empresas. Uno se va a otra ciudad o
país, aprende (o enseña, o ambas cosas) y vuelve, normalmente a un
puesto mejor. No todos los traslados responden al objetivo de aprender,
pero siempre se aprende algo. Aunque no se aprenda mucho, parece que
nadie discutirá un ascenso a quien haya estado una temporada junto a la
Alta Dirección de la empresa, o en algún departamento de cierta elite, o
simplemente en un destino lejano (ya se sabe que un experto es un señor
que viene de lejos).
La enseñanza acroamática debería también merecer mayor atención, porque,
me parece a mí, transmite experiencia. Creo que siempre hay alguien
dispuesto a contarnos historias de interés, aunque quizá les falte a
ellos concisión y propósito, y a nosotros paciencia, curiosidad y
capacidad de extraer enseñanzas. Hay, desde luego, excelentes
storytellers…, pero creo que ya estoy llegando a las 6.000 palabras.
Voy terminando
Someto a consideración los mensajes finales de este modesto consultor y
observador. Creo que la formación continua de directivos debería
enfocarse a su eficacia profesional, es decir, a una mejora del
desempeño que se traduzca en resultados, sin olvidar la mejora de la
bien entendida calidad de vida en el trabajo, que, lejos de mermar la
eficacia colectiva, la nutre. No hace falta eliminar las acciones
semiformativas tendentes a premiar a los mejores directivos o
trabajadores, pero parece necesario avanzar en el aprendizaje auténtico.
Separaría mejor, por consiguiente, la formación orquestada para el
aprendizaje eficaz, de la formación orquestada, en su caso, para otros
propósitos, de modo que siempre se pueda medir el rendimiento del dinero
y esfuerzo empleado.
La anterior eficacia en el aprendizaje parece consecuencia de un idóneo
análisis de las necesidades y soluciones posibles, y de medios para
orquestar éstas. Los directivos responsables de la formación en las
empresas pueden sentirse orgullosos de los presupuestos que administran,
pero más legítimamente de la satisfacción de las personas a cuyas
necesidades sirven. No me parece buena idea que las áreas de RRHH
estimulen (motivación extrínseca) el seguimiento de cursos (ni on line,
ni presenciales en aula) con puntos o créditos que influyan (o amenacen
influir) en la trayectoria profesional; aunque sí me parece razonable
que premien su asistencia a los mismos cuando hay para ello motivación
intrínseca, y se genera aprendizaje significativo, autotélico,
aplicable. Recuerden que, aunque convencido, no pretendo llevar razón,
sino provocar su reflexión; de modo que disculpen, por favor, mi tonillo
de teórica adoctrinadora: espero que no les haya molestado.
Los proveedores de e-learning-comida rápida, sin olvidar que han venido
suministrando probablemente lo que se les pedía, parecen ya haber
asumido que esto choca muy de frente con los usuarios, y haber
reorientado sus estrategias hacia métodos combinados. Pero yo creo que
hay que decidir si vale o no vale la pena seguir con la enseñanza
programada on line en el caso de la producción a medida. Quizá sí se
haya de seguir con ella, pero generando productos valiosos para
diferentes clientes, de modo que resulte rentable la calidad.
La rentabilidad de la formación en aula también está sobre la mesa, pero
no debería desaparecer. Yo siempre he tenido la sensación (me estoy
refiriendo siempre a la denominada “formación de directivos”) de que lo
aprendido en aula en 8 horas, podía aprenderse fuera de ella en 1 ó 2
horas: lo confieso como alumno, pero sin ocultar que yo me he dedicado a
la formación de directivos (tanto en aula como on line, y tanto en
contenidos técnicos como en habilidades directivas) durante toda mi
modesta trayectoria profesional. Pero, más que llamar la atención sobre
la densidad de los seminarios o workshops, querría insistir en la
necesidad de no dejar aisladas estas acciones formativas, con peligro de
que se diluyan en el tiempo.
Deseo insistir igualmente en la potencia de la mayéutica, dentro del
desarrollo de directivos. De hecho, como solución sencilla, se pretende
que los jefes sean también coaches de sus colaboradores…; bueno, la
técnica del coach puede aprenderse, pero habría que asegurarse de
haberla aprendido. De todos modos, quizá no haya que pedir a los jefes
que sean buenos coaches: bastaría con que facilitaran el desarrollo de
los profesionales de su entorno de influencia. Termino aceptando que
haya otros muchos métodos que quizá se utilizan con poca conciencia de
ello, pero que pueden resultar muy eficaces y económicos. Lo dejo ya
porque a menudo me dicen que me extiendo demasiado...
Una última cosa. Por mucho que un directivo (o trabajador) se sienta
desarrollado, siempre puede aprender algo: no lo olvidemos. No hay nada
más indecoroso (quizá lo haya, pero no se me ocurre) que un directivo
arrogante; bueno, sí, de repente se me ocurre que todavía más feo y
peligroso es un alto directivo narcisista o psicópata. En fin, seamos
siempre humildes, incluso quienes sean realmente grandes: es un síntoma
de desarrollo. Y otra más: protagonicemos nuestro propio desarrollo
profesional, ya sea como directivos o como expertos técnicos.
Ing. José Enebral Fernández - jenebral1arrobami.madritel.es
"Consultor
de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y
nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación
continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante
métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información
y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en
diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training &
Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso,
Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".
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